miércoles, noviembre 18, 2015

Lectura: SPQR, por Mary Beard



Qué: SPQR. A history of Ancient Rome.
Quién: Mary Beard.
Dónde: Profile Books. El libro ha sido editado en su versión en inglés el 25 de octubre pasado. Dudo que haya una versión en español.
Cuánto: 16 pavos en versión Kindle. Otras, no sé.
Nota (de 0 a 10): No menos de 9.




No hace mucho tiempo, recensionando un libro de la inconmensurable Margartet McMillan, ya tuve ocasión de confesar que, a mí, la historiografía británica de la vieja escuela me chala; y ya, si está escrita por mujeres, mejor que mejor, porque las buenas historiadoras inglesas parecen haber salido de un cántaro que es incapaz de manar vinagre. Ahora tendré que cambiar, o ampliar mi punto de vista; por lo visto, también lo saben hacer igual de bien cuando hacen Historia de la nueva escuela.

Creo que al protolector de este libro no hay que hacerle más que una advertencia seria: lo más flojo de la obra es su título. Cuando un libro de Historia se llama A history of blablabla, se corre el peligro de comprarlo por entender que le va a aportar a uno una narrativa discursiva que empieza en un punto y termina en otro, refiriendo, o tratando de referir, todos los hechos incluidos en ese espacio temporal. Un libro de éstos bien puede ser el primer libro que uno lea sobre algo; de hecho, es recomendable que así sea. Si, un suponer, no sabes nada de la guerra civil española salvo que fue una guerra, tal vez sería bueno que te leyeses la monografía sobre la materia de Hugh Thomas (por citar una de varias posibles), dado que aspira a contarte más o menos los hechos desde la A hasta la Z del conflicto; y luego ya puedes pasar a otros análisis que den cosas por sabidas.

Si no sabes nada o casi nada de la Antigua Roma, SPQR no creo que deba ser tu primer libro. Mejor harías leyéndolo el segundo porque, a pesar de que la profesora Beard claramente ha intentado (y conseguido) escribir un texto comprensible y enganchado a los datos, en realidad no ha escrito exactamente lo que el título de la obra (tal vez impuesto por la editorial) promete.

SPQR no es un libro sobre Roma. Es un libro acerca de Roma. La diferencia es importante.

Cuando se escribe la Historia de Roma, y sobre todo si se dan por ciertos los rumores, acusaciones y correveidiles que son frecuentes entre sus historiadores, y más que ninguno Suetonio, a quien conocemos by the way Robert Graves, es muy fácil caer en la tentación de escribir una novela sobre el poder, en la que las personas sean muy importantes (como esa Livia que imaginó el autor de I, Claudius, que todo lo manejaba) y la sociedad romana se convierta en el lienzo delante del cual se desarrolla la acción, como una obra de teatro. Pues bien: este libro va, más que nada, sobre el lienzo. Su temática es más especulativa que asertiva, porque al situarse en el terreno de preguntarse cómo y por qué Roma funcionó como funcionaba en sus diferentes etapas, Mary Beard se sitúa conscientemente en un terreno en el que se pueden hacer muy pocas aserciones; estamos en un barrio que se llama hipótesis.

Como muy acertadamente nos hace ver este libro en diversos de sus puntos, por mucho que en el centro de Roma haya sobrevivido un Coliseo y otras innúmeras ruinas; por mucho que las huellas del paso de los romanos en lugares como España sea tan evidente que probablemente no podemos imaginarnos como otra cosa que romanos con smartphone; por mucho, digo, que haya tantas cosas, tantos testimonios, que nos permitan imaginar aquella Roma con un importante nivel de detalle, la verdad es que sabemos poco de aquello. La mayor parte de las cosas que sabemos sobre el periodo republicano y ya no digamos sobre la monarquía y la fundación de Roma provienen de especulaciones posteriores hechas por los choznos de los hombres que hicieron aquella parte de la Historia. Incluso para los tiempos más famosos y conocidos, los testimonios de que disponemos son una pequeña proporción de todos los que hubo; eso sin mencionar que, por definición, el poder imperial no tardó en construir un relato de sí mismo que no sería muy inteligente identificar con la verdad, si es que tal cosa existe.

Roma se nos aparece como una representación teatral realizada por personas a las que apenas conocemos, y que actúan detrás de una sábana. Esa sábana, ajada y ya muy usada, tiene algunas partes en las que el desgaste es tan grande que casi nos deja ver con transparencia lo que está al otro lado. Esas porciones de vista más clara son los escritos de Cicerón, o los de Salustio, Plinio, Dión Casio, Josefo para la movida hebrea... el tipo de testimonios que llevan ahí siglos, intrigando a los estudiosos.

El historiador antiguo es, por lo tanto, un tipo que ve las cosas a través de una sábana vieja o, si se prefiere, tal vez es un símil más de nuestro tiempo, un personaje que se ha resuelto retransmitirnos un partido de fútbol, pero al que no han permitido el acceso al estadio. Desde sus alrededores, escucha a los aficionados en el interior que de repente braman; pero, propiamente, no tiene manera de saber si ese bramido se debe a un gol del equipo de casa, a una falta sufrida por alguna estrella local, a una ocasión fallida o, tal vez, a que en el videomarcador se ha informado de que al gran rival le han metido un gol en otro partido. De vez en cuando, alguien que está dentro (ya lo he dicho: Cicerón, Livio, mausoleos desenterrados, o el rico acervo arqueológico pompeyano) sale del estadio, y entonces nuestro historiador puede hacerle preguntas. Pero cualquiera que sepa algo de fútbol sabe que el mismo partido, contado por un aficionado del Real Madrid y otro del Barça, puede ser bien diferente. La fuente es importante; pero si bien en la Historia moderna se pueden seleccionar las fuentes, en la Antigua no.

Este estado de cosas ha llevado a los scholars a sostener polémicas sin fin. ¿Realmente fue Calígula un hijo de puta? ¿Era Tiberio el amargado amoral que pintan Suetonio y Graves o fue, en cambio, un paso muy importante en la consolidación del poder imperial? ¿Claudio era tan buena persona, o ese cabronazo que, Suetonius scribit, recibió la noticia de la muerte de Mesalina, y siguió a lo suyo? SPQR contiene jugosas especulaciones sobre alguno de estos temas; sin ir más lejos, sus análisis sobre la figura de Calígula le parecen a este amanuense muy acertados. Pero lo cierto es que va más allá. Mucho más allá.

Ya lo he dicho: SPQR no va sobre los actores; va sobre el decorado. Los actores se mueven, hablan, traicionan, se casan, temen, mueren; pero, en realidad, son elementos del decorado, porque es el decorado, esto que hemos dado en llamar el mundo romano, el que importa. ¿Cómo era el mundo romano; cómo nació, cómo evolucionó; cómo fagocitó sus tensiones internas, cómo resolvió el problema de ser una potencia mundial, una sociedad tan variada, el problema de la ciudadanía, las tensiones creadas por la pobreza?

En el libro de la profesora Beard, es Roma quien toma la palabra, y la toma de muchas maneras. Acorde con las tendencias actuales de la investigación histórica, echa mano la autora de todo lo que puede: las cartas de Cicerón, desde luego, pero también las investigaciones arqueológicas e incluso los análisis de las dentaduras de los esqueletos, que al parecer permiten estimar si el lugar donde una persona vivió y el lugar donde nació y se crió son distintos. Con todos esos materiales, el libro arma una reflexión sobre el ser romano, sus cambios, sus tropiezos y sus éxitos, que enseñará, creo, muchas cosas a muchos lectores. Lectores que, tal vez, consideran que esto de Roma es un tema cerrado, después de miles de libros escritos sobre la materia, pero que acabarán descubriendo que, en realidad, es un enigma.

Yo creo que cualquier persona que se acerca medianamente a la cultura romana acaba descubriendo esto. Yo, por ejemplo, quedé desvirgado el lejano día que leí por primera vez la obra seminal de Foustel de Coulanges, La cité antique. Hasta aquel día había concebido la civilización clásica, y pasé a concebirla de otra forma bien distinta. Unos tipos que yo imaginaba creyentes de una religión más bien lúdica, entregados a hacer sacrificios y tal, se me desplegaron en el libro de Coulanges como sociedades fuertemente ancladas a la religión; en el fondo, mucho más condicionadas por la misma que la sociedad europea medieval, que hasta entonces yo había tenido por lo más de lo más del sometimiento religioso. También descubrí leyendo a Coulanges la Historia de Grecia y de Roma, sobre todo de la segunda, entendida como una dialéctica entre poderosos y no poderosos, entre los que tienen y los que no tienen como los describe Beard.

Tal vez este libro pueda ser ese Coulanges para alguno. Ese libro que te descubre que las cosas no son tan sencillas como las pensaste (y que te encanta que sean tan complicadas). No se trata de aseveraciones tipo Cuarto Milenio en plan yo voy ahora y digo que César Augusto en realidad nunca existió y es una figura que se inventaron los emperadores posteriores. No se trata de ese tipo de revisiones radicales que salen en los periódicos. Se trata, simplemente, de una eficaz descripción (además, muy bien escrita) de lo complicado que es el tablero en el que estamos jugando nuestra partida del conocimiento.

Es, en suma, un libro que se lee con deleite. Confieso que un par de veces, leyéndolo en el autobús, me ha obligado a bajarme en mi parada y sentarme en el banco para continuar hasta agotar los párrafos de un determinado análisis; porque es un texto al que, por decirlo de alguna manera, hay que seguirle el rollo para saborearlo bien.

Por 16 pavos, será difícil que encuentres algo mejor. Pero, ya te digo, si estás buscando un libro que te cuente a cuántas tías se pulía Calígula, sigue buscando.