viernes, noviembre 13, 2015

Breve historia del metro (13)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Las primeras tribulaciones de Méchain en el tramo sur del meridiano, hostión incluido.

La recuperación (parcial) de Méchain y la impaciencia de los gobernantes franceses por un proyecto que duraba ya demasiado.

El retorno al trabajo de Delambre y el día que descubrió que lo habían despedido.

Las tribulaciones de Méchain en una Cataluña en guerra, y el momento en que se dio cuenta de que la había cagado.

El descarrilamiento del proyecto del meridiano, que no fue tal.

El reinicio de la misión... por parte de Delambre. La procrastinación de Méchain en Italia, y sus medio-confesiones a su colega. Las tribulaciones de Delambre para conseguir que un depresivo Méchain aceptase ir a París a terminar la misión. Finalmente, y tras no pocos esfuerzos, el metro fue fijado. Después ha llegado la muerte de Méchain.



El 8 de octubre de 1804, las noticias de la muerte de Méchain llegaron a París. Algunas semanas después, su hijo Augustin, que había estado con él en sus últimas horas (y de hecho había tenido un ataque de nervios cuando se murió) llegó a la capital. Lo primero que hizo fue ir a ver a Delambre para darle los papeles de su padre que tenía él. El resto fueron enviados por correo por la viuda cuatro meses más tarde.

En enero de 1806, coincidiendo en el tiempo con la publicación de los principales opúsculos obituarios sobre Méchain, también se publicó el primer volumen de la obra de Delambre Base du système métrique, en la que su autor citaba a Méchain como el primer y principal miembro de la expedicion del meridiano. No obstante, meses antes de la publicación, Delambre había hecho un descubrimiento. A causa de las presiones del editor que quería el primer volumen publicado lo antes posible, Delambre había dejado para otro momento el análisis a fondo de los papeles de Méchain. Cuando lo pudo hacer, como decimos poco tiempo antes de la publicación, se percató de la discrepancia de las mediciones de latitud hechas en distintos puntos de Barcelona, y no sólo de eso, sino que con su experto ojo de astrónomo se dio cuenta de que en los papeles se podía encontrar un esfuerzo sistemático por parte del autor de las notas por hurtar dicha discrepancia a otros ojos que no fuesen los suyos (de Méchain).

Como amigo, Delambre se sintió traicionado. Pero su peor problema lo tenía como científico. El metro había sido ya definido y esculpido en platino. El metro existía ya de una forma definitiva; ¿tenía el científico Delambre la obligación moral de hacer saber que, en parte, dicho metro se basaba en cálculos erróneos?

Los papeles revelaban con claridad la agónica existencia de Méchain. Una vez y otra, había reutilizado los datos y los había presentado de nuevo, en un intento por hacerlos coincidir con lo que se esperaba que fuesen. Un hecho muy significativo es que sus anotaciones no estaban hechas en un libro, sino en páginas sueltas, lo que venía a reflejar cierta voluntad de hacer desaparecer algún día algunas partes del relato. De hecho, ni Delambre ni nosotros podemos estar seguros de que Méchain no hiciese observaciones hoy desconocidas. En ocasiones, incluso había páginas que claramente habían sido copiadas para hacerlas pasar por las anotaciones originales, mientras que éstas habían desaparecido.

Delambre construyó un volumen coherente con todos aquellos flashes inconexos, redactando las notas correspondientes que informaban de su origen. El 12 de agosto de 1807, en la sala octogonal del Observatorio de París, Delambre presentó este inventario de documentación a tres testigos. En una de sus notas, Delambre justificaba las ediciones y sustracciones que había hecho sobre los datos porque, según él, no afectaban al cálculo del meridiano. Años más tarde, en 1810, Delambre daría el último paso en la documentación de su misión, depositando en el Observatorio su propia correspondencia con Méchain. No obstante, cedió esta correspondencia sellada, con la instrucción de que sólo fuese abierta en el caso de que surgiesen serias dudas sobre los resultados de la misión del meridiano.

Todo el problema de las observaciones de Méchain y lo que ahora sabía, sin embargo, colocó a Delambre en una situación de insatisfacción que acabaría por aflorar conforme pasó el tiempo y la misión del meridiano fue dejando de ser algo cercano. Diez años después de que el metro hubiese sido oficialmente establecido, Delambre admitió, por fin, que el progreso del conocimiento científico estaba erosionando la validez de los cálculos realizados en su día. Llegó a sugerir el redondeo de la longitud del metro a 443,3 lignes, eliminando dos decimales en los que, según su visión, estaba acumulada toda la basura de la misión del meridiano.

No nos hacemos mucha idea del enorme trabajo que realizó Delambre durante todos aquellos años. Había comenzado a escribir en 1799, a causa de las discusiones de la comisión internacional. Y en 1810 publicó su tercer volumen. Y le había costado todos esos años darse cuenta de la verdad, y es que el error es, en buena parte, connatural con el momento de conocimiento científico en que uno se encuentre cuando lo comete. Esta asunción, incluida en el tercer volumen, tiene que ver con cosas que Delambre había aprendido justo antes de escribirlo.

Algunos años después de la misión del meridiano, la reflexión científica llegó a darse cuenta de que la forma adecuada de enfrentarse a la misión de Méchain y Delambre era asumir que la Tierra tiene un nivel de excentricidad en su forma que hace que lo suyo sea tratar de trazar la curva más lógica derivada de las observaciones y, a partir de ahí, estudiar en qué medida cada dato se aparta de dicha curva.

Esto, básicamente, es lo que Adrien-Marie Legendre y Karl Friedich Gauss (por separado) llamaron el método de los mínimos cuadrados, una de las claves de bóveda de la actual estadística. Y es, probablemente, el momento mágico en el que la ciencia pasa, por así decirlo, de soñar con la inexistencia del error, y decide, simple y llanamente, intentar comprenderlo.

En 1805, mientras Delambre trabajaba en el primer volumen de su obra, Legendre decidió aplicar su método a los datos de la misión. Asumió que el meridiano de la Tierra trazaba una elipse, y luego usó el método de los mínimos cuadrados para estudiar su excentricidad. Encontró que dichas desviaciones eran tan grandes que no podían adscribirse (como siempre había temido Méchain) a errores en la medición; tenían que deberse a la propia excentricidad del planeta.

La reivindicación de Méchain fue completada por un astrónomo francés, Jean Nicolas Nicollet, quien, usando entre otros el método de los mínimos cuadrados, fue capaz de distinguir en las observaciones de Méchain los errores de observación de los errores sistemáticos, minimizando los primeros.

Así pues, Méchain sufrió la locura, la depresión, la manía persecutoria, y sufrió sicológicamente en los últimos años de su vida como casi no nos podemos hacer idea, por la sola razón de que la matemática se retrasó apenas una decena de años en llegar en su auxilio. Hay que estudiar, chavales. Hay que estudiar mucho.

En 1803, Jean Baptiste Delambre sufrió unas fiebres reumáticas que lo convirtieron en un viejo casi inválido. Un año más tarde, después de años de relación en modo Juanito Valderrama y Dolores Abril, se casó con Elisabeth de Pommard, la madre de quien entonces era su asistente. De hecho, el niño Pommard, que quería ser astrónomo como su Tito, se enroló en la Escuela Politécnica, pero pronto la dejó para adscribirse a la burocracia financiera de Napoleón. Murió teniendo 26 años de edad, en Nápoles.

La evidente tristeza personal, sin embargo, se combinó para Delambre con la mayor de las famas científicas. Era secretario permanente de la Academia, había sucedido a Lalande en el Collège de France, era miembro del Bureau des Longitudes y tesorero de la Universidad parisina. En 1809, cuando Napoleón instituyó un premio al mejor trabajo científico de la época, la Academia, por unanimidad, concedió el premio en el apartado de ciencia aplicada al trabajo de Delambre. Esta nominación montó el pollo. La familia de Méchain protestó por no ser parte del premio, y la Academia, con esa forma que tienen los científicos de ser crueles con los colegas cuando les apetece (porque, la verdad, decimos de los premios literarios; pero los científicos son de lo peor), en lugar de simplemente aceptar el hecho, emitió un dictamen en el que recordaba que Delambre había medido 89 de los 115 triángulos del proyecto, además de mejorar los métodos geodésicos y reelaborar todos los datos de Méchain. Delambre acabó por retirar la obra del concurso por conflicto de intereses.

Dos años después, vino lo inesperado: la caída del metro.

En los nuevos tiempos franceses, que releían con indudable voluntad de cambio los tiempos revolucionarios, muchos de los cambios de éstos fueron atacados. El primero de ellos, la división del tiempo. Y no ha de extrañar, pues en contra de lo que habían considerado los revolucionarios con su buenismo un tanto bobote, la gente nunca se había acostumbrado a aquel calendario basado en las fases de las estaciones, mucho menos a la semana de diez días. De hecho, la gente había seguido celebrando el nuevo año en el punto en que lo hacen hoy. La ambición napoleónica de conseguir buenos términos con el Papado hizo el resto. Así pues, a medianoche del 10 de Nivôse del año XIV, volvió a ser de nuevo el 1 de enero, en este caso de 1806.

El siguiente fue el sistema métrico. En 1805 los científicos de la Academia hicieron lo que pudieron por conservarlo, y en 1810, cuando de nuevo el sistema fue atacado, intentaron convencer a Napoleón de que ahora que tenía control sobre media Europa, en realidad era el mejor momento de diseminar el sistema. Pero Napoleón tenía otra visión, y ni siquiera la propuesta de renombrar el sistema métrico y llamarlo napoleónico le hizo cambiar.

El general estaba preparando su invasión de Rusia, y por esta razón quería paz en casa. El 12 de febrero de 1812, Francia adoptó las llamadas “medidas ordinarias”. Un sistema basado en la barrita de platino, pero acercado a las medidas tradicionales. El sistema decimal seguiría enseñándose en la escuela, pero estaba herido de muerte. Lo cierto es que este sistema de medidas fue recibido fuera de Francia como lo habría sido el decimal. Para los habitantes de los países invadidos, las medidas tradicionales francesas eran tan extrañas como las nuevas.

Con la caída de Napoleón, Delambre perdió buena parte de sus privilegios y un 75% de su salario. Sin embargo, Luis XVIII le conservó el cargo de secretario perpetuo de la Academia, así como su puesto en el Collège de France y en el Bureau des Longitudes. Establecido en el 10 de la rue du Dragon como un viejito respetable, dedicó los últimos años de su vida a escribir una Historia de la Astronomía.

Estamos ya en 1819. El año del gran escándalo científico-funerario creado por el gesto de Suecia de enviar a Francia la supuesta calavera de Descartes, que llevó a muchos a preguntarse quién era, entonces, quien había estado enterrado en el Panteón y había sido movido recientemente a la iglesia de Saint-Germain-des-Pres. Ese año, Delambre, probablemente, se sintió morir, puesto que comenzó a hacer preparativos para ello. Por ejemplo, quemó la mayor parte de sus papeles personales. Asimismo, escribió una autobiografía donde trataba de contar la verdad sobre la misión del meridiano. Como ya hemos dicho, archivó en el Observatorio tanto las observaciones del meridiano como su correspondencia con Méchain (ésta última, bajo llave). Murió en su casa, a las 10 de la noche de 1822.

A la muerte de Delambre, quedaba por publicarse el último tomo de su Historia de la Astronomía, el dedicado al siglo XVIII. El viejo Delambre le había dicho a sus amigos que en ese tomo se contaría “toda la verdad” sobre la misión del meridiano. Decía que quería lavar su conciencia y que por eso sólo se refería en el libro a astrónomos ya muertos. Incluido él, pues había dejado encargado a su albacea científico, Claude Louis Mathieu, la publicación del tomo tras su muerte.

Lo que Delambre dice de Méchain en ese tomo y lo que dijo 17 años antes su oración fúnebre casi no se parece en nada. Había pasado demasiado tiempo, durante el cual Delambre habría aprendido demasiadas cosas. Con esa capacidad de rencor que, como digo, sólo tienen los hombres de ciencia cuando discuten entre ellos sus méritos a mala hostia, Delambre se remontaba hasta los mismos comienzos de la carrera de Méchain como astrónomo, negando incluso la historia de que había tenido que vender su telescopio a Lalande para pagar las deudas de su padre (y cito esto porque, la verdad, maldita la necesidad de hacer este desmentido décadas después de haberse producido la supuesta venta; como se ve, la crueldad de un científico resentido no tiene límites).

Seguía Delambre negándole a Méchain cualquier calidad como innovador, aseverando que todas las fórmulas que había usado en sus mediciones eran suyas. En una venganza muy sutil, el libro se deshace en elogios hacia Tranchot, y Delambre no podía olvidar, cuando los escribió, que los estaba vertiendo sobre la persona más odiada por su colega.

Por supuesto, el libro de Delambre se ocupaba de la discrepancia barcelonesa, quitándole importancia y, además, añadía otros datos nunca contados sobre el final de la misión: que la mujer de Méchain había sido compelida a obligarle a terminar las mediciones; que Méchain había exigido la dirección del Observatorio para volver a París. Etcétera. Eso sí, al final (esto también es muy de los científicos, que se pasan el día estrechando manos en las que antes han escupido, mientras sonríen) admitía que Méchain, esa persona a la que en las páginas anteriores motejaba de ladrón, de científico falto de brillantez, de extorsionador, era “un hombre admirable desde todos los puntos de vista”. Y, por supuesto, afirmaba que todos los errores y problemas en la misión del meridiano no comprometían el cálculo del metro.

Las cartas entre Delambre y Méchain no fueron abiertas hasta 1912. Para entonces, ofrecían ya pocos alicientes para los investigadores. Sin duda, eso es lo que buscaba el hombre que las donó.