viernes, septiembre 18, 2015

Los Estados Unidos (3)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión.


¿Cuál fue la primera y fundamental razón que llevó a las colonias en albergar la idea de una secesión? La de siempre: el mal gobierno de la metrópoli.

La guerra de los franceses y los indios generó todo un cachondeo de control. Muchos proveedores de las colonias británicas, en efecto, se dedicaron a hacer su agosto proveyendo a los enemigos de Londres en la guerra. En 1760, Pitt exigió el final de todo aquel contrabando. El gobernador de Massachussets respondió a esta exigencia montando un sistema por el cual los agentes de la Corona en el comercio tuviesen que obtener de la Corte Superior de la colonia lo que se llamó writs of assistance, que venían a ser como órdenes judiciales que dotaban a estos agentes de poderes que hoy diríamos policiales para investigar a los comerciantes sospechosos.

Estas autorizaciones pasaban por el parlamento correspondiente y fueron usadas muy comúnmente en aquella época, debiendo ser renovadas cada vez que subía al trono un nuevo monarca. Por ello, cuando en 1760 resulta que murió Jorge II, hubo que renovarlas en nombre de Jorge III. Fue el momento que los mercaderes de Massachussets vieron para librarse de aquel molesto temita. Para presentar batalla frente al gobernador Thomas Hutchinson, los colonos massachussetianos tuvieron un gesto que inauguraba toda una tradición americana: contratar a un abogado listo.

Aquel leguleyo hijoputa se llamaba James Otis, y en 1761 se presentó ante la Corte Suprema de la colonia para protestar por algunas writs firmadas por Hutchinson. El discurso de Otis ante los jueces fue tan encendido que John Adams, que lo escuchó en directo, llegó a escribir que ahí empezó la independencia americana. Lo podéis leer aquí. En efecto, si lo leéis comprobaréis que la excelente pieza retórica de Otis contiene, sobre todo, una idea que es the crux of the matter para la independencia de los EEUU: nadie, ni siquiera un Parlamento, puede actuar o legislar contra la ley natural. Nadie puede, por lo tanto, realizar un acto legal y legítimo por el cual legisla contra los derechos humanos.

La creciente interferencia de Londres en el comercio americano estaba poniendo a los colonos de los nervios. Cuando, con el final de la guerra, la metrópoli adquirió el control de Canadá, parecía haber desaparecido los problemas para los colonos; pero pronto se vio que no.

Londres nombró ministro de Asuntos Americanos a George Grenville. El primer asunto que abordó fue el de los indios de la (entonces) frontera occidental de las colonias, algunos de los cuales habían sido aliados del francés; y eran gentes, en general, que necesitaban ser pacificados. Pero el problema de Grenville eran los blancos. Para entonces ya se había planteado la gran dicotomía de intereses blancos respecto de la frontera. Por un lado, los tramperos y comerciantes de pieles querían algo que hoy se ve muy progre: que el Oeste fuese reservado para los indios y la fauna local. Aunque no lo hacían por altruismo, sino básicamente para forrarse. Frente a ellos tenían a los terratenientes y “hombres de progreso”, que ya en esa segunda mitad del siglo XVIII abogaban por un desplazamiento de la frontera, y demandaban protección para los colonos. De hecho, el oficio de Ben Franklin era trabajar de lobbista para estos últimos, que pretendían obtener concesiones en el actual Ohio. Los clientes de Franklin eran de Pennsylvania. Los de George Washington, de Virginia.

Londres pensó que tenía tiempo para diseñar su política, pero se equivocó. No contó con los indios, hondamente preocupados por el final de la guerra, que había hecho desaparecer de sus tierras y aledaños el contrapoder francés.

Los indios ottawa, en parte con las orejas calientes por comerciantes franceses que les prometían el regreso de París a la zona, encontraron un jefe dispuesto y hábil en Pontiac (de ahí que estos sucesos se conozcan en la Historia estadounidense como La Conspiración de Pontiac). El indio, es obvio, no tenía nombre de coche; es el coche el que tiene nombre de indio. En mayo de 1763, los ottawa comenzaron a repartir leches con el objetivo literal de echar a los ingleses al mar. En un mes, los indios se llevaron por delante siete de los nueve fuertes que los ingleses tenían al oeste de Niágara. La situación de los ingleses era tan desesperada que se apuntaron, con siglos de antelación, a una triste realidad posterior: la guerra bacteriológica. Literalmente acorralados por los indios, comenzaron a utilizar trozos de tela infectados de viruela para inocularles la enfermedad. Funcionó. Centenares de indios murieron, y eso permitió a los ingleses darle la vuelta a la tortilla (o al pancake) y tener la zona pacificada en un año, más o menos.

Las noticias del ataque de Pontiac llegaron a Londres en agosto de aquel 1763, e impulsaron la emisión por parte del gobierno de lo que se conoce como Proclama de 1763, que hay que reconocer que no es un nombre ni poético ni imaginativo. La Proclamación era la típica medida provisional que buscaba ganar tiempo para poder armar una política de verdad con la frontera occidental. Se establecían las fronteras de tres nuevas colonias: Quebec, Florida Oriental y Florida Occidental. Esto suponía reservar para los indios todo el territorio desde los Alleghenies (ignoro si tienen nombre en español) hasta el Mississippi, y desde el norte de Florida hasta el paralelo 50.

La Proclamación dejaba un poco de lado a los especuladores. Pero también es cierto que éstos estaban al pie del cañón y los de la proclamación, en una fría metrópoli en el otro extremo del mundo. George Washington, él mismo con vivísimos intereses comerciales de capital virginiano, hizo una llamada a la desobediencia de la proclamación. Tanto él como otros realizaron tal cantidad de reclamaciones sobre los terrenos del valle del Ohio que el propio gobierno inglés comenzó a negociar con los indios cesiones de tierras.

Pero los colonos no pararían. En 1768 un grupo de ellos llegó al oeste de Carolina del Norte, al valle de Watauga; y al año siguiente el famosérrimo Daniel Boone recorrió la conocida como Wilderness Road, desde el río Holston hasta la muy fértil y gallinácea Kentucky (en cierta ocasión le regalé a Tiburcio una monografia sobre las negociaciones diplomáticas de España en torno a Kentucky; lo mismo, si gritáis mucho, un día escribe algo...)

Además de la expansión, la política inglesa presentaba otros problemas. La regulación de Londres era especialmente problemática para los agricultores de las colonias sureñas. Frente a éstos, tanto a la hora de vender lo que producían como de comprar lo que necesitaban, los comerciantes ingleses aparecían como intermediarios bastante parásitos que no hacían sino inflar los precios de las importaciones, y reducir los precios en origen de las exportaciones (fenómeno éste que fue cantado, a la canaria, por Los Marismeños; y que también está presente en el celebérrimo eslógan Londres ens roba). A ello hay que unir que los navieros, también ingleses, les puteaban poti-poti con los fletes. Como consecuencia de todo ello, conforme los rendimientos de las tierras se redujeron (como ocurría en Virginia, ya lo hemos dicho, a causa de la voracidad de la planta del tabaco), los agricultores se endeudaban fuertemente. Thomas Jefferson llegaría a quejarse de que las deudas en el campo virginiano eran tan grandes que se habían convertido en hereditarias. Los agricultores trataron de pagar sus deudas con moneda local, colonial; pero la negativa de los comerciantes ingleses fue tan fuerte que el gobierno de Londres aprobó (1764) la Currency Act, que prohibía expresamente esta práctica.

En medio de todo este follón estalló la Parson's Cause, que operó de catalizador de toda esta mala hostia. Este conflicto se centraba en definir cómo habría de pagarse al clero de la Iglesia establecida; el momento en que se asoma a la Historia una figura tal vez poco conocida por nosotros, pero mucho por los estadounidenses: Patrick Henry. Un hombre que tuvo la misma habilidad de Martin Luther King, esto es decir la frase correcta en el momento correcto. La de Henry fue: dadme la libertad, o la muerte.

Lo usual era que el salario de los curas virginianos se pagase en tabaco. Pero cuando en 1758 una mala cosecha había disparado sus precios, la asamblea de la colonia había aprobado la llamada Twopenny Act, por la cual los sujetos pasivos de la contribución al clero podían satisfacerla mediante el pago de dos centavos por libra de tabaco (en un momento en que la libra de tabaco valía cinco y medio en el mercado).

Los curas, encabronados, no dijeron aquello de “Dios proveerá”, ni pusieron la otra mejilla, ni una leche; prefirieron quejarse al rey, ya que lo tenían bastante más a mano que Dios (además de parecerse mucho). El rey les hizo caso y en 1759 ilegalizó la Twopenny Act. Sobrados y envalentonados, los curas se fueron a los tribunales y reclamaron el pago de un año entero de, por así decirlo, intereses de demora. Fue en uno de estos juicios en el que Henry defendió a los contribuyentes. Realizó un discurso encendido, muy en su estilo, en el que clamó porque el rey, con el acto de ilegalizar la ley colonial, “había degenerado en un tirano”. El jurado condenó a los contribuyentes, pero fijó el pago al sacerdote litigante en un simbólico penique. En 1764, Henry entró en la House of Burguesses, donde se convertiría en el mejor defensor de los virginianos.

En todo caso, el principal problema que había aflorado la guerra era El Problema, el que siempre lo joroba todo: los impuestos.

La guerra había sido muy costosa, y se unía a otras guerras. Todo ello lo tenía que pagar Londres, y para poder sufragarlo subió las cargas impositivas. Los propietarios de tierras, en la segunda mitad del siglo XVIII, estaban dedicando un tercio de lo que ganaban en pagar impuestos. Esto se combinaba con una creciente autonomía de las asambleas coloniales, que en apenas tres décadas aprobaron más de 8.000 leyes propias, un 5% de las cuales fueron vetadas por Londres.

En abril de 1764, el gobierno Grenville, seriamente amenazado por problemas financieros, decidió aprobar la denominada Sugar Act, con la que esperaba recaudar 45.000 libras que necesitaba como el maná. Desde 1733, pesaba sobre la importación de melaza, necesaria para destilar el ron americano, una tasa de seis centavos por galón que, sin embargo, en la práctica no se aplicaba. La Sugar Act se planteó como objetivo recaudarla hasta el último mango. Asimismo, se elevaron las tasas sobre otras importaciones imprescindibles. El gobierno inglés, también, decretó en la legislación que las causas judiciales que se planteasen por el tema de los impuestos se desplazasen desde los tribunales coloniales a las mucho más manejables admiralty courts, donde, para empezar, no había jurados. Tal vez comience el lector a entender por qué los EEUU le tienen tanto cariño a esta institución.

Españoles, argentinos, mexicanos, peruanos y otros especímenes de homo sapiens que, si Google no miente, tienen cierta costumbre de leer este blog, estamos básicamente acostumbrados a que nos metan impuestos por el orto. Pero ése no era el caso de los habitantes de las colonias. Debéis saber, en este sentido, que la Sugar Act fue la primera ley jamás aprobada por un Parlamento que tenía por objetivo declarado (lo decía en su preámbulo) gravar, no a los habitantes del Imperio, sino a los de sus colonias americanas. La Sugar Act es como una exacción impositiva aprobada en Madrid sobre la hierba mate. Como aprobar un decreto que cobrase una tasa específica a los espectáculos de aizkolaris.

Entenderéis el volumen y calidad de la tormenta perfecta si os digo, además, que el gobierno de Su Cachonda Majestad tuvo la enorme torpeza de aprobar la Sugar Act y la Currency Act en el mismo mes. Aquí es donde el tema general de los impuestos y el conflicto específico del tabaco de los curas se dan la mano.

En documento oficial, la ciudad de Boston se preguntaba: “Si se nos grava con impuestos de cualquier intensidad sin haber tenido nunca una representación legal allí donde se nos imponen, ¿acaso no nos reduce eso desde el estatus de hombres libres al miserable estado de esclavos tributarios?” James Otis, con su proverbial precisión de abogado litigante, lo expresó con mayor claridad: “Ninguna porción de los dominios de Su Majestad puede ser gravada sin su consentimiento”. Algunas de las colonias, notablemente Massachusetts y Nueva York, comenzaron a comentarse sus cuitas y apareció, como si tal cosa, la idea del boicot; de la huelga de importaciones.

Las cosas no hicieron sino empeorar. Grenville, cuando presentó la Sugar Act en el Parlamento, anunció que estaba preparando otra medida recaudatoria. Llegó en marzo de 1765, conocida como Stamp Act. La Stamp Act era mucho más importante para Londres que la Sugar Act: las previsiones de ingresos alcanzaban las 60.000 libras. En virtud de la ley, cada vez que un ciudadano de las colonias necesitase un documento legal, comprase una licencia, un periódico, un folletín, un almanaque, un mazo de naipes o unos dados, le sería obligatorio comprar un sello con un valor variable desde medio penique hasta 10 libras. Si la Sugar Act afectaba a los comerciantes (e, indirectamente claro, a los bebedores de ron), la Stamp Act afectaba a casi cualquier miembro de la incipiente clase media colonial, desde los abogados a los taberneros.

Inmune a la crítica y a la reflexión estratégica, el gobierno inglés siguió en la misma línea aprobando una nueva Quartering Act, la cual establecía que cuando los barracones existentes fuesen insuficientes para albergar a todos los soldados británicos de los fuertes, se podría seudoexpropiar espacio en hoteles e incluso casas particulares; más aun, determinados bienes que hasta entonces les habían sido facilitados por el ejército deberían ser sufragados por los colonos. Hay que recordar, en este sentido, que una medida de este sentido provocó todo el follón del Corpus de Sangre en Cataluña, que ha quedado escrito en piedra en la letra de su himno.

La reacción colonial no se hizo esperar; y aconsejo vivamente a quienes no entiendan cómo es posible que en EEUU exista una cosa llamada Tea Party que se apliquen a leer un poco sobre esto, porque así lo entenderán. Se generó una organización civil intercolonial: los Sons of Liberty. Los SoF, financiados por los comerciantes y en buena parte formados por ellos, se dieron a la violencia. En diversas ciudades de las colonias, atacaron los locales de los partidarios de la Stamp Act y acosaron a las fuerzas armadas.

En octubre de 1765, Massachusetts, siempre al frente de la movida, convocó un congreso sobre la Stamp Act. Se celebró en la ciudad de Nueva York y acudieron delegados de nueve colonias. Este congreso elaboró una Declaración de Derechos y Agravios de corte bastante moderado, que venía a pedir que los coloniales fuesen tratados como ingleses, y que la imposición de impuestos debiera contar con la aprobación de los territorios que los iban a soportar (o sea: lo que ya se daba en las cortes medievales españolas, que es que a los ingleses, cuna de la democracia moderna y bla, ya les vale...). Desde luego, ni por su candela verde, que diría un cronopio, se atrevieron los congresistas a ponerse en modo rebelión, no digamos ya en modo independencia.

El congreso se vio seguido por el boicot. En los principales puertos americanos, los comerciantes firmaron acuerdos para no comprar mercadería inglesa. En 1 de noviembre, cuando la Stamp Act entró en vigencia, se produjo un lock-out de comerciantes en toda regla. Cuando volvieron al tajo, se dedicaron a incumplir la ley sistemáticamente, pasando de comprar los sellos.

En Londres, para entonces, Grenville había caído, por lo que había comenzado el gobierno del marqués de Rockingham. El nuevo primer ministro comenzó a escuchar las quejas también de los comerciantes ingleses, afectados por el boicot. En enero de 1766 Pitt, haciendo gala de su legendario olfato para detectar espacios para la demagogia, hizo un discurso en el Parlamento en el que estimó que Inglaterra estaba sacando 2 millones de libras de las colonias cada año (una cifra alucinante) y abogó por que la Stamp Act fuese retirada absolutely, totally and immediately.

Lo consiguió. La Stamp Act fue archivada por la B de Varios en marzo de 1766.



¿Había aprendido Londres la lección? 



A ver, lector, no te me emociones. Para leer este blog hay que tener un nivel, hombre.




¿Cuándo cojones, a todo lo largo y ancho de la Historia, ha aprendido Inglaterra una lección de humildad?