lunes, septiembre 21, 2015

Breve historia del metro (3)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Las primeras tribulaciones de Méchain en el tramo sur del meridiano, hostión incluido.

El doctor Salvà y su sirviente llevaron a un exangüe Méchain a una casa cercana. Allí el doctor residente, por cierto uno de los mejores de Barcelona, logró recuperar su pulso, si bien no su consciencia. Muy preocupados por su supervivencia lo cargaron en un carro y lo llevaron a Barcelona, para ponerlo en manos del doctor Sarpons, entonces reconocido como el mejor cirujano de Barcelona. La oreja derecha de Méchain sangraba abundantemente, e incluso aquel experimentado cirujano estaba seguro de que no sobreviviría a la noche. Los médicos decidieron sangrar todavía más al enfermo (trataban de evitar la formación de coágulos en el cerebro, al parecer) y dejar el tratamiento de las heridas traumatológicas para el día siguiente, y así evitarle estrés al cuerpo.

Méchain amaneció al nuevo día respirando pero sin haber despertado. Toda la parte derecha de su torso estaba hundida. Se le habían roto las costillas y la clavícula. Lo vendaron como una momia. Tres días después, la fiebre comenzó a ceder, y recobró la consciencia.

Tampoco tenía prisa el francés por recuperarse. Evidentemente, cuando comenzó la guerra estuvo en un tris de ser expulsado, y de no ser por tener pendiente el informe a los españoles probablemente habría sido así. Pero ahora el gobierno español había cambiado de idea, y le conminaba a todo lo contrario: tenía prohibido salir de Barcelona hasta que terminase la guerra. El nuevo gobernador general de Cataluña, de hecho, temía (con razón) que si Méchain regresaba a Francia con sus mediciones, podría usarlas para dar alguna ventaja a los franceses en sus batallas. Además, se había decretado el embargo de los activos en poder de franceses, y eso significaba que no había en toda Barcelona, en toda Cataluña, en toda España, un solo banco o prestamista que estuviese dispuesto a prestarle el dinero que habría necesitado para marcharse.

Si la desgracia se había cernido sobre Méchain, a Delambre no le iba mucho mejor. Dios parecía no estar muy de acuerdo en que el hombre lograse medir ese mundo que se supone que él había creado en siete días.

Una vez que superó los primeros problemas derivados de milicianos locales que tomaban sus instrumentos por armas peligrosas, y provisto con nuevos salvoconductos válidos, Delambre salió a toda prisa hacia Saint-Martin-du-Tertre. Tenía prisa por poder hacer mediciones hacia la colegiata de Danmartin antes de que el viento de la revolución se llevase el edificio por delante. Sus movimientos fueron rápidos, especialmente desde que los franceses consiguieron parar a los prusianos en Valmy, y los ánimos en las zonas rurales que atravesaba se pacificaron.

Sin embargo, la Naturaleza todavía tenía algo que decir. El día de septiembre en que Delambre consiguió subir a las alturas de la iglesia de San Martín de Montículo, le fue imposible ver tanto la colegiata de Danmartin como la cúpula de los Inválidos, porque había una niebla del carajo.

Delambre trabajaba a temperaturas tan siberianas que incluso afectaban al elegante movimiento de los círculos de su medidor geodésico. Para colmo, al estar en el punto más alto estaba al lado de la campana, que no dejó de hacer su trabajo de marcar los momentos del día, dejándole sordo a él y a sus asistentes. Finalmente, comprendiendo que sus problemas de vista eran un hándicap en esas condiciones y que además Lefrançais era mucho más bajito que él, por lo que cabía mejor en el pequeño espacio de que disponían, decidió dejar las mediciones en manos de su adjunto.

Tres semanas, tres, esperaron, ateridos, Delambre y su gente hasta que un día vieron París finalmente. Pero vieron París, sólo. Porque, cuando se levantó la niebla, descubrieron que había una puta colina que se interponía entre ellos y los Inválidos. Así las cosas, Delambre hubo de medir los ángulos tomando como referencia la cúpula del Panteón, sabiendo que algún día debería rehacer el trabajo que había hecho en París.

En noviembre, Delambre estaba de nuevo en Montlhéry, donde había comenzado su accidentada excursión, pues pensaba hibernar en París (no lo culpo; es la mejor época. El otoño parisino está sobrevalorado por lacrimosos poetas asténicos.) Sin embargo, no pudo hacerlo. Los propietarios de la granja de Malvoisine que le habían permitido construir un puesto de observación en su tejado le comentaron, con ese savoir faire que siempre despliega el francés rural (¡que lo hagas, coño!), que temían que la nieve de la invernada colapsase la estructura, causándoles posibles daños. Le conminaron a desmontarla. Para Delambre, eso significaba que no podría volver en la primavera (otra época parisina sobrevalorada, a menos que se experimente furor uterino) a terminar sus mediciones en la propia granja y otros nodos escogidos en los alrededores.

Delambre procedió a hacer esas mediciones en lugar de volver a París y, una vez terminadas, trató de seguir su trabajo hacia el sur. Pero cuando estaba llegando a Fontainebleau, la nieve comenzó a caer y la práctica de mediciones solventes devino imposible. Acababa Delambre de terminar de hacer mediciones desde los últimos nodos en los que se podía ver París. Ahora tendría que volver a la ciudad. Eso sí, invirtió los meses de febrero y marzo en hacer el trabajo pendiente en la cúpula del Panteón. Las autoridades le permitieron construir una pequeña habitación cerrada, que por lo tanto hacía posible su trabajo en condiciones de temperatura propias del hombre blanco. En lo alto de la cúpula colocó un globo iluminado para que el Panteón fuese visto con más precisión. Pudo hacerlo porque la Revolución había quitado de ese lugar la cruz que antes estaba y, aunque se pensó en sustituir ésta con una estatua de Renommée (la Fama), nunca fue colocada.

En los dos primeros meses de 1793, mientras los albañiles construían el nidito astronómico, el rey de Francia fue llevado a los tribunales, condenado y ejecutado; acción que provocó una guerra con Inglaterra y una serie de escaseces en la propia París que pronto provocaron manifestaciones indignadas. Luego se declaró la guerra con España, se produjo la contrarrevolución en la Francia occidental, y el futuro Terror se puso al punto de baño María. Pero de todo esto Delambre se enteró más o menos como se entera un operador de call center de Toledo de las vicisitudes del mercado secundario de deuda estonio. Mientras todo esto pasaba, él completó las observaciones de Saint-Martin-du-Tertre, Danmartin, Belle-Assisse y Montlhéry, que era lo que necesitaba. Realizó la última medición el 9 de marzo, con notas suficientes como para medir el meridiano que atraviesa París en invierno (que es el mismo que lo atraviesa en verano; pero es mucho más bonito observar dicha travesía en la primera de las estaciones citadas).

En dicha fecha, Delambre había hecho menos de la décima parte de su trabajo; mientras que, por esos días, Méchain había realizado ya casi la mitad del suyo, y estaba fijando la posición de Montjuïch. No obstante lo dicho, todavía confiaba, como le dijo a Méchain por carta, en que llegasen a encontrarse aquel mismo año con el trabajo hecho.

A pesar de este optimismo delambrero, las cosas no iban bien. El gobierno francés, aunque es verdad que tenía otras cosas de las que ocuparse, del tenor de no ser invadido y tal, seguía el proyecto de cerca, y estaba un poco hasta los pelos. La Academia había asegurado que el trabajo del meridiano estaría hecho en un año, pero todo parecía indicar que tardaría bastante más.

En realidad, el gobierno francés sabía que todo aquello duraba ya bastante más que el tiempo que se habían tomado Delambre y Méchain. Como ya hemos dicho, Jerôme Lalande, el feo y desagradable científico, había sido el primer patrocinador de la idea de unas medidas armonizadas para todos. Su propuesta no había concitado interés público alguno hasta 1789, cuando el gesto seudovoluntario de la nobleza francesa en el sentido de renunciar a sus privilegios seculares supuso, de rebote, que abandonase su autoridad sobre pesos y medidas. La Revolución, mientras todavía era monárquica, había invitado a la Academia para que estudiase la posibilidad de establecer un sistema métrico. La lista de nombres implicados en estos trabajos es un auténtico hall of fame de la ciencia: Condorcet, Lavoisier, Laplace, Borda, Legendre...Todos ellos formaron una Comisión sobre Pesos y Medidas. En febrero de 1790, como ya hemos citado, la Asamblea estudió la propuesta de Lalande en el sentido de que se adoptasen los sistemas de pesos y medidas vigentes en París para toda Francia. Era una buena propuesta para una nación como Francia, crecientemente centralizada, pues estaba en fase de convertir un conglomerado de naturales de Neustria, Angulema, Borgoña, Normandía, Picardía, el Delfinado, Liguria, etc., en una apretada falange de enfants de la Patrie. Sin embargo, como bien sabemos (Napoleón, hermanos, no cayó del Cielo ni fue impuesto por los reptilianos), el proyecto francés, en realidad, ambicionaba más. Mucho más. Y es por eso que un mes después, Charles Maurice de Talleyrand se presentó en la Asamblea con una propuesta más, por decirlo mal y pronto, del mundo mundial. El antiguo obispo reconvertido a diplomático se mostró decidido partidario de la idea mayoritaria dentro de la Academia, cuyo mayor patrocinador era Condorcet: dejemos atrás todas esas medidas nacidas de las pulsiones históricas, las necesidades y las decisiones de unos pocos: reyes y aristócratas; y creemos una medida basada en la Naturaleza, que es el patrimonio de todos.

Talleyrand, siempre iluminado por Condorcet, que fue el auténtico Vickie el Vikingo de aquella movida, propuso algo más que dejó alucinados a los señores asambleístas: que todas las medidas que se desarrollasen, de longitud, peso, área, etc., estuviesen interconectadas en un solo sistema de carácter universal. Esto es: una vez definida la unidad de longitud, todas las demás derivarían de ella.

La propuesta hoy nos parece lo natural; pero en ese momento tuvo la calidad de alguien que hoy nos propusiese propulsar los bateaux mouche de París (que, por cierto, se disfrutan mucho más en invierno, no sé si lo sabéis) con impalas salvajes. De hecho, ni los científicos se ponían de acuerdo sobre esa interrelación. Lavoisier y el cristalógrafo René Just Haüy se pusieron a trabajar para definir el kilogramo, o el grave como se llamaba entonces, como un decímetro cúbico de agua de lluvia al punto fundente (o sea, cero grados Celsius; ni frío, ni calor); pero, claro, a nadie se le escapa que sin metro no hay decímetro, así pues tuvieron que dejar el curro en stand by (sería en 1799 cuando Louis Lefèvre-Gineau definiese el gramo como un centímetro cúbico de agua de lluvia a la temperatura de máxima densidad, esto es 4 grados).

Talleyrand sacó adelante la propuesta, y la Asamblea, además, añadió otra petición de los académicos, en el sentido de que la división de las nuevas medidas fuese decimal. La batalla entre lo decimal y lo sexagesimal venía produciéndose en Europa desde el Renacimiento, cuando Simon Stevin comenzó a usar la división por diez. Con posterioridad, personalidades como el británico John Locke se habían ocupado de cantar las ventajas de lo decimal. Lavoisier, en el momento de la Revolución, era su mayor fan. Cuando la nueva república americana decidió utilizar la división decimal para su moneda, los partidarios crecieron todavía más.

Sin embargo, la cosa no era nada fácil. En realidad, el partido de quienes decían que la nueva división debería basarse en el número doce tampoco estaba mal dotado. A los partidarios de esta solución les parecía que para cualquier comerciante analfabeto, obtener mitades, cuartos y tres cuartos de cualquier cosa le sería mucho más fácil trabajando en base doce. El principal obstáculo del sistema doudecimal era sus fricciones con la aritmética, que se pretendían solver mediante la construcción de una aritmética doudecimal en la que los números diez y once tuviesen dos nuevos símbolos de un solo dígito. Otros expertos abogaban por un mundo de base 8, un número que permitía dividir cualquier cosa física en mitades ad infinitum. Menos partidarios tenían las base 2 o las basadas en algún número primo, como el 11.

En medio de estas discusiones que eran, por así decirlo, enmiendas a la totalidad, la Academia tomó una decisión en el aspecto, con mucho, más batallón del proyecto: los prefijos. Parece una chorrada, pero si te paras a pensarlo te darás cuenta de que los prefijos del sistema decimal es lo que más usas de él. Así pues, si lo más importante de una medida para un científico es cuánto mide, lo más importante para el 99% del resto del mundo es cómo se va a llamar. La solución intuitiva es no cambiar los nombres. O sea: si los vinateros miden el vino en pellizcos, pues se estandariza la medida del pellizco, dejando el nombre. Pero esto repelía el espíritu ilustrado y revolucionario, que verdaderamente quería construir un nuevo mundo. Un mundo en el que los meses se llamarían fructidor y brumario, mandando a tomar Fanta a los viejos dioses romanos; y que, con las mismas, también pasaba de los viejos nombres de las medidas.

Fue en mayo de 1790 cuando el citoyen Auguste Savinien Leblond propuso, por primera vez, el neologismo “metro” como medida básica de longitud. Sin embargo, el personal asumió que las subdivisiones del metro (como el perche, 1.000 metros, el estadio de 100 la palma de 0,1 o el dedo de 0,01) mantendrían sus nombres. En un informe de la Comisión de Pesos y Medidas que data de mayo de 1793 es donde se propone, por primera vez, utilizar los prefijos clásicos, latín y griego, para subdividir las medidas: kilo, mili, etc.

Esto dio para mucho, y espero que tenga yo tiempo y vosotros paciencia para contarlo. Pero, con todo, la propuesta que más vibración de cuerdas vocales consumió, con diferencia, fue la que justifica estas notas, esto es, basar la unidad de medida en las dimensiones de la Tierra. Talleyrand, en la propuesta a la Asamblea de la que hemos hablado recién, había propuesto definir el metro como el recorrido durante un segundo de un determinado péndulo. Sabido es que el movimiento pendular venía alucinando a los científicos desde que Galileo demostró que depende de su longitud. La propuesta de Talleyrand había sido ya discutida 170 años antes por el holandés Isaac Beeckman y el padre Martin Mersenne. Y veinte años antes, ya Turgot le había encargado a Condorcet que estudiase la posibilidad de un sistema basado en el péndulo.

Condorcet, que seguía convencido de lo adecuado de la solución, propuso a Talleyrand que el gobierno francés promocionase un auténtico congreso científico internacional, en el que dos hombres de ciencia de cada nación se juntasen para discutir el tema. El francés contactó con sir John Riggs Miller, miembro del parlamento inglés que también estaba intentando encauzar las aguas británicas, siempre proclives a fluir a su bola, por la misma canalización. Esto hizo a Talleyrand albergar la idea de una entente científica franco-británica, con lo que demuestra que no conocía a los ingleses como creía. En todo caso, de América llegaron mensajes de que una rutilante nueva estrella de dicho firmamento, Thomas Jefferson, se interesaba por el tema. Jefferson, secretario de Estado, tenía la orden de su presidente, George Washington, de abordar la reforma de los pesos y medidas americanos, y hacerlo coordinadamente con los franceses. Condorcet, literalmente empalmado desde un punto de vista cerebral (el otro no sabemos) anunció, campanudo, que en un futuro muy cercano Francia, Inglaterra y los Estados Unidos estarían usando el mismo sistema de pesos y medidas. Como científico era la hostia, pero como adivino no valía ni lo que se paga en las fruterías por el perejil.

El tema del péndulo tenía un pequeño problemilla. Desde Galileo hasta Condorcet, los científicos habían aprendido que el periodo de un péndulo dependía también de dónde se lo situase en la Tierra (me suena que un tipo llamado Foucault construyó un videojuego con esto). Así pues, era necesario escoger un lugar para hacer el experimento. Científicamente hablando, supongo que estaremos de acuerdo en que el lugar lógico a escoger era el Ecuador; pero tenía el problema de quedar donde Cristo perdió el carné de la Asociación Nacional del Rifle. Condorcet pensó un poco, y acabó convenciendo a Talleyrand de que lo lógico, a falta de pan, eran las tortas de escoger un punto a medio camino entre el polo norte y el Ecuador, puesto que allí la longitud del péndulo sería la media de las que se pueden medir en la Tierra. Buscando a esa latitud un lugar al nivel del mar y con pocas montañas cerca que pudiesen dar por saco, el científico (sólo por casualidad) francés terminó por escoger la ciudad (sólo por casualidad) francesa de Burdeos.

Ni qué decir que una vez que esta propuesta traspasó la raya de la Patrie, quedó claro que de evidente y consensuada, la elección de Burdeos no tenía nada. Los ingleses no se cortaron un pelo, así pues Riggs Miller dijo que la medida habría de hacerse en Londres. Jefferson propuso el paralelo 38, que es la latitud mediana de los EEUU, y que sólo por casualidad caía en Monticello, o sea en su Estado. Y no pocos franceses, incluso, abogaron por París. Finalmente, la ley aprobada por la Asamblea el 8 de mayo de 1790 tuvo que decir que la medición se haría “a 45 grados, o cualquier otra latitud que pueda llegar a preferirse”, además de formar la Comisión de Pesos y Medidas. Ya se sabe que cuando un problema es batallón, se forma una Comisión.

La Comisión tardó un año en discutir todos estos temas y presentó sus conclusiones ya el 19 de marzo de 1791. Finalmente, su sentencia era abandonar la estrategia pendular, que quedaría sustituida por la ya citada de la diezmillonésima parte de la distancia entre el Polo Norte y el Ecuador, tal y como se establecería mediante las triangulaciones que se llevarían a cabo.

Esta decisión es, por contarlo básicamente, una victoria de Borda sobre Condorcet. El científico y marino argumentó, en este sentido, que la solución de Condorcet no le convencía porque al fin y al cabo haría depender una medida: el metro, de otra: el segundo. En un eventual cambio de las medidas de tiempo, pues, el metro colapsaría. Debe recordarse, además, que en ese mismo momento la propia Academia estaba discutiendo si la división del tiempo del día, heredada de los muy sexagesimales babilonios, no debería ser cambiada. Lo lógico, seguía Borda, era definir la longitud con longitud, y además con una longitud, la de la Tierra, que cabía esperar que no cambiase. Todo, por lo mencionar que era racional estimar que la diezmillonésima parte que se buscaba daría una longitud razonablemente cercana al aune parisino; una medida, pues, a la que mucha gente estaba habituada.

La selección del meridiano a medir también fue compleja. Borda quería que el arco seleccionado atravesase, cuando menos, un punto con 10 grados de latitud, para que así la extrapolación de todo el arco fuese más precisa. También debería incluir el paralelo 45, esto es la distancia media entre el Polo y el Ecuador, reduciendo los problemas causados por la excentricidad del volumen de la Tierra. Los dos puntos finales a medir debían de estar situados al nivel del mar. Y, por último, el trayecto elegido debería atravesar una zona ya bien conocida. Tal vez sólo por casualidad, este conjunto de científicos franceses concluyeron que la única línea que cumplía en todo el mundo estas características estaba en Francia: la que iba desde Dunquerque hasta Barcelona, pasando por París. Decisión que, por cierto, dio al traste con toda la colaboración internacional que había surgido con el proyecto del péndulo. La Royal Society en Londres se puso como el puma de Baracoa y acusó a la Academia de hacer pasar una medida francesa por universal. Jefferson también perdió la pasión por el sistema métrico, como bien saben todos sus compatriotas que todavía miden a los jugadores de la NBA en pies.

En la misma zona se contaba, eso es cierto, con algunas experiencias previas. Jean François Fernel, en tiempos de Enrique II, había medido la distancia entre París y Amiens por el simple método de desarrollar un contador mecánico que anotaba todas las vueltas que daba una de las ruedas de su carro (medición que, por cierto, fue razonablemente precisa). Sin embargo, desde que en 1617 Willebrord Snell, conocido por algunos como el Eratóstenes holandés, introdujo la triangulación, los científicos abrazaron este método. Sin embargo, la triangulación presentaba el problema de conocer con precisión las excentricidades de la Tierra que, como se sabe, no es redonda, redonda del todo.

De hecho, la Academia llevaba ya años preocupada por este tema, y había enviado una expedición al Perú para comprobar la excentricidad del Ecuador, así como otras para medir la curvatura de la Tierra en la cercanía del Polo. En 1740, una expedición de Cassini (la tercera) midió el meridiano entre Dunquerque y Perpiñán.

Siendo la línea a medir una línea “de casa”, los optimistas y por supuesto imparciales savants franceses aseveraron al gobierno revolucionario que la medición necesaria tomaría todo lo más un año. Y es por eso por lo que, cuando en el final del invierno de 1793 quedase claro que Delambre y Méchain estaban lejos de cumplir con su cometido, anduviesen un poco mosqueados. Bueno, por eso y porque el entusiasmo generado había supuesto una provisión para el proyecto de 300.000 libras, esto es tres veces el presupuesto anual de toda la Academia.


Así estaban las cosas cuando en marzo de 1793 Delambre, quien ya había aprendido suficiente en su primer viaje sobre las barricadas y poderes locales y, por lo tanto, había asumido que no daría un paso sin el nihil obstat oficial, solicitó permiso para salir de París.