viernes, octubre 23, 2015

Breve historia del metro (5)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Las primeras tribulaciones de Méchain en el tramo sur del meridiano, hostión incluido.

La recuperación (parcial) de Méchain y la impaciencia de los gobernantes franceses por un proyecto que duraba ya demasiado.

El retorno al trabajo de Delambre y el día que descubrió que lo habían despedido.

Mientras Jean Baptiste Delambre se encontraba, a su pesar, inmerso dentro de los hechos de la revolución y la guerra francesas, Pierre François Méchain se encontraba, si no a la luna de Valencia, sí cuando menos a la de Barcelona. En efecto, el segundo de los miembros de la expedición del meridiano sabía muy poco en la ciudad condal sobre lo que estaba pasando en su país. La carta más moderna que había recibido era de marzo de 1793; así pues, de todo lo ocurrido desde entonces tenía informaciones muy parciales.

Méchain convaleció en cama unos dos meses de su accidente en las afueras de la ciudad. Pasado ese tiempo, cuando llegó la primavera y el buen tiempo, ergo se acercaba el solsticio de verano, comenzó a exigir a su gente que lo sacasen a la terraza de la Fontana de Oro, donde fue instalado en medio de un montón de almohadas y con el círculo de Borda.

La ambición del francés era medir la oblicuidad de la Tierra o, si se prefiere, el ángulo de la Tierra sobre el plano de su órbita alrededor del Sol. Era necesario seguir al Sol hasta que alcanzase su máxima altitud. En ese momento, Méchain orientaba los telescopios del círculo, mientras que Tranchot se encargaba de girarlo. Era un esfuerzo muy duro para Méchain. Su herida afectaba gravemente a la movilidad de su brazo derecho por lo que, siendo diestro, debía realizar todas las mediciones con el izquierdo.

El doctor Salvà, que no estaba nada convencido de los progresos del enfermo, sugirió una cura de baños en Caldas. Méchain le hizo caso; para entonces, estaba muy preocupado por la inutilidad de su brazo derecho, que los doctores opinaban tal vez nunca volviese a usar.

Para cuando regresó de sus baños, Méchain se encontró con que España estaba a punto de obtener una victoria militar a ambos lados de los Pirineos. Lavoisier le escribió una carta en la que le informaba de la disolución de la Academia, pero también de que ahora, como miembro de la Comisión de Pesos y Medidas, Méchain tenía derecho a un salario de diez francos diarios; la guerra, sin embargo, se encargó de que Méchain nunca recibiese esta misiva, y es por esto que, más o menos al mismo tiempo que Delambre estaba recibiendo la comunicación de su cese, él estaba todavía enviando cartas a París solicitando instrucciones. Finalmente, a través de gacetas y Radio Macuto, había acabado por tener alguna noticia de la disolución de la Academia, y había llegado él solo a la conclusión de que podrían estar haciendo con él lo mismo que con Delambre, esto es: cesarlo. Parece ser que no le faltaba razón, y que, en realidad, si el Comité de Salud Pública no fue a por él fue porque, estando en España, siempre hubiera podido buscar y encontrar asilo en nuestro país (llevándose su equipo y sus notas).

Méchain, de hecho, estaba en una situación en la que lo más lógico es que hubiese caído en los brazos de España. No tenía un duro, porque los banqueros no le daban crédito. Su moneda francesa no valía nada en Barcelona. Media Francia estaba ya luchando contra Francia y, por último, él mismo no era nada partidario del tono que, al parecer, habían tomado las cosas desde 1792. Sin embargo, todo eso cedía ante un sentimiento que para él era el más fuerte: la profesionalidad. Méchain quería terminar lo que había empezado, se sentía obligado a ello.

Afortunadamente para él, en el otoño de 1793 su brazo derecho había empezado a recuperarse. Por esta razón, reclamó permiso del general Ricardos para poder completar su triangulación en los Pirineos. Lógicamente, hubo de jurar solemnemente que ni él ni ninguno de los miembros de su equipo se pasaría a Francia o facilitaría a París los datos geodésicos antes del final de la guerra. Así las cosas, en septiembre Méchain, Tranchot y el capitán Bueno viajaron hacia las montañas. En Figueras, tras triangular el lugar meticulosamente, se dividieron en dos grupos: el capitán Bueno y Méchain por un lado, y Tranchot por el otro.

El objetivo de Tranchot era el Puig de l'Estelle, en el Canigou. Se le había permitido ir allí porque aquel lugar, parte integrante de Francia, estaba dominado por los españoles. Sin embargo, para cuando llegó las tropas francesas habían roto la barrera que las mantenía en Perpiñán, y empujaban a los españoles hacia su país. Tranchot siguió haciendo mediciones, seriamente obstaculizado por el clima; pero el 7 de octubre, en medio de un ataque francés a posiciones españolas, una banda de guerrilla rural de las muchas que habían formado los locales entonces lo emboscó en nombre de la revolución. Tranchot reaccionó identificándose como un fiel francés que estaba realizando una misión encomendada por la propia Asamblea Nacional, como demostraban sus papeles. Pero los paisanos no se impresionaron con esta información, así que lo ataron y se lo llevaron a su pueblo para ahorcarlo. Allí, sin embargo, el alcalde, que probablemente no quería cargar con la muerte de un señor que seguía diciendo que estaba en misión oficial, cosa que sus papeles parecían confirmar, lo mandó detenido a Perpiñán.

Las cosas pintaban mal para Tranchot, pero en realidad tuvo suerte. Era administrador de Perpiñán Françesc Xavier Llucía, persona que resultó estar al tanto de la misión del meridiano. Nada más llegar Tranchot a la ciudad, lo liberó y le garantizó libertad de movimientos. Algunos días antes, Méchain había hablado con él para solicitarle que construyese pequeños puestos de observación en algunas cumbres para que pudieran ser observados por él en la distancia. 

Pero, contra las promesas que había hecho Méchain a los españoles, estaba en lado francés.

Mucho más que eso. Uno puede preguntarse, de hecho, por qué Puig de l'Estelle fue, en realidad, la única cumbre de observación en toda la mitad del proyecto adjudicada a Méchain en la que éste permitió a Tranchot trabajar solo. No pudo ser por desconfianza en sus habilidades, puesto que el asistente dominaba perfectamente la técnica. Fue, sobre todo, porque Tranchot, y esto Méchain lo sabía, era un devoto republicano, además de capitán cartógrafo. En su condición de militar, por lo tanto, estaba obligado a proveer a las tropas francesas, si podía, de cuanta información tuviese sobre los fuertes españoles y su ubicación.

Méchain y Bueno estaban en Puig Camellas. El 25 de octubre, lograron ver con su telescopio una figura oscura en Puig de l'Estelle: Tranchot. Méchain terminó sus medidas el 4 de noviembre, mientras que Tranchot todavía estaba triangulando. Esperaron dos semanas, pero el asistente no apareció, lo que preocupó hondamente a Pierre François.

La cosa era evidente: con las mediciones pirenaicas, la misión en Cataluña, esto es en España, se había terminado. Lo que todo el mundo en París esperaría no es que Tranchot cruzase de nuevo la frontera para juntarse con su jefe, sino que su jefe hiciese el viaje exactamente contrario. Pero Méchain era un hombre extraordinariamente escrupuloso y poco dado a dejarse influir por los hechos externos a la ciencia. Él había hecho un solemne juramento ante el general Ricardos y, para él, eso era lo único que valía.

El momento en el que Méchain le estaba escribiendo encendidas cartas a Tranchot instándolo a volver fue el que escogió el ejército español para contraatacar en la zona. Lograron avanzar hasta volver a encapsular a los franceses en Perpiñán, con lo que, de nuevo, inmovilizaron a Tranchot.

Perpiñán, ciudad sometida a la más que probable invasión española, reaccionó como suele ocurrir, esto es con una grave lucha interna entre moderados y radicales, que ganaron éstos últimos. El gobierno de la ciudad se dedicó a ejecutar a militares y civiles que consideró demasiado próximos a la reacción monárquica. Entre los que visitaron el cadalso se encontraba Llucía, el gobernador franco-catalán. Si no cayó Perpiñán fue porque lo impidieron las lluvias de noviembre. Con la situación estabilizada, un preocupado Méchain regresó a Barcelona; por su parte Tranchot, tal vez tras valorar sus posibilidades o seriamente acojonado ante la suerte que había corrido su único valedor en Perpiñán, se las arregló para cruzar la cordillera aquel invierno y reunirse en Barcelona con su jefe.

Aquel signo de franqueza no impresionó a Ricardos. El general, probablemente, consideraba algo que yo, personalmente, también pienso: que Tranchot no se había atrevido a pasarse a Francia, pero eso no quiere decir, necesariamente, que no lo desease o hubiese contemplado. En consecuencia, no se fiaba de los franceses, así pues decretó que no podrían pasar a Francia y continuar su misión hasta terminada la guerra, y que tampoco podían sostener correspondencia alguna en la que incluyesen cálculos o cifras.

En marzo de 1794, Ricardos murió en Madrid. En cuanto el tiempo lo permitió, los franceses, al mando del general Jacques Coquille Dugommier, que había tenido a sus mandos en Toulon a un tal Napoleón Bonaparte, atacaron en el teatro pirenaico. A mediados de junio, los altos pasos de montaña ya eran suyos, obligando a los españoles a encastillarse en Figueras. Para entonces, Méchain había tenido confirmación por la prensa de la disolución de la Academia, y había llegado a la conclusión de que el proyecto meridiano había corrido la misma suerte. Se sentía injustamente detenido por los españoles; de hecho había intentado, sin éxito, salir de Barcelona en barco. Quería volver a Francia porque sabía que la parte de la misión que le quedaba (si es que había misión, claro) era mucho más fácil: puesto que el recorrido había sido ha triangulado por Cassini, todo se reducía a revisar los ángulos calculados en su día con el círculo de Borda. Para solventar la frustración, recomenzó sus observaciones astronómicas en la terraza de la Fontana de Oro.


Momento en el cual se dio cuenta de algo.