miércoles, octubre 21, 2015

Estados Unidos (8)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución.

El nuevo Congreso surgido de la nueva Constitución fue convocado el 4 de marzo de 1789 en New York City. Sin embargo, a finales de mes todavía no habían llegado suficientes diputados ni senadores. El 1 de abril, la Cámara de Representantes consiguió un quorum suficiente, y el 6 el Senado. Con ambas cámaras constituidas, pudo comprobarse la votación presidencial, en la que cada Estado había optado por dos nombres, sin distinguir entre presidente y vicepresidente. El más votado fue George Washington, con 69 votos. Y el segundo, John Adams (34 votos) fue nombrado vicepresidente.

El primer y obvio reto al que hubo de enfrentarse Washington fue financiar el nuevo gobierno. Tras un largo debate, el 4 de julio de 1789 el Congreso aprobó una ley que establecía una modesta tarifa, impulsada por James Madison. Se establecía un impuesto del 8,5% sobre determinadas importaciones. Asimismo, se establecía que las importaciones llegadas en barcos americanos tendrían una menor imposición que las otras.

Por su parte, el Senado trabajaba en la conocida como Judiciary Act, que sería aprobada el 24 de septiembre de 1789. Esta ley es fundamental en la armazón de los Estados Unidos, puesto que establece las condiciones en las cuales las cortes estatales pueden revisar, o incluso invalidar, leyes o decisiones de tribunales federales por implicar poderes que la Constitución concede a los Estados.

Por lo que se refiere al gobierno, inicialmente se fue apañando con los tres ministerios que había tenido el gobierno confederal (Asuntos Exteriores, Tesoro y Guerra), pero en julio de 1789 el Congreso creó el Departamento de Estado para que se encargase de las relaciones exteriores. Más tarde, se rehicieron los departamentos del Tesoro y de Guerra. Tras la organización administrativa, llegó el momento de Washington para llenar el organigrama. El presidente decidió no echar mano de antifederalistas casi para ningún puesto, pero sí consideró que sería bueno que su gobierno estuviese muy representado desde el punto de vista territorial. Nombró al general Henry Knox (el de Fort Ídem), de Massachusetts, como secretario de Guerra; a Edmund Randolph, virginiano, como fiscal general; y al neoyorkino Alexander Hamilton secretario del Tesoro. Al frente del departamento de Estado estuvo inicialmente el mismo que ya había tenido dicha función con el Estado confederal, esto es el neoyorkino John Jay; pero en 1790 fue sustituido por el virginiano Thomas Jefferson. Jay fue nombrado Chief Justice del Tribunal Supremo, aunque como veremos tuvo también una actuación tan importante como polémica como negociador internacional.

En 1790, Hamilton envió al Congreso su primer informe sobre las finanzas del gobierno. Siendo como era Hamilton un capitalista de Nueva York, bastante pijo y esas cosas, era lógico que dicho informe estuviese impregnado de una cierta obsesión por allegar a los grandes capitalistas al gobierno. Recomendaba aquel informe realizar tres emisiones de bonos destinadas a atraer inversores. Estas emisiones permitirían eliminar la deuda externa, de unos 12 millones de dólares, así como deuda interna por valor de unos 40 millones, incluyendo deudas de guerra; pasivos de los Estados, todavía no pagados, por valor de unos 20 millones más.

El Congreso aceptó sin problemas refinanciar la deuda externa, pero con la interna se puso bastante más de canto. La cosa tenía su razón de ser, y la verdad es que es increíble que Hamilton no se diese cuenta y fuese tan bocachancla. Buena parte de la deuda que ahora quería amortizar, la que devenía de compromisos de guerra, estaba formulada en títulos en su día emitidos por los revolucionarios, pero que a causa del impago de los mismos habían perdido su valor. En el momento en que Hamilton hizo su informe, valían aproximadamente 25 centavos por dólar; pero Hamilton, inexplicablemente, puso negro sobre blanco en un papel que pensaba amortizarlos a su valor facial. Para los especuladores, por lo tanto, la cosa era fácil: bastaba con bloquear la medida en el Congreso para darles tiempo a comprar a los sufridos poseedores de los bonos sus papeles, a precio de mercado, para luego presentarlos a la amortización, con un beneficio seguro. Esta estrategia fue aplicada, por cierto, incluso por amigos personales del propio Hamilton. Insider trading a lo bestia. Aunque hay que reconocer que la culpa fundamental fue del propio Hamilton pues, como cualquier ministro de Economía sabe, medidas como la compra de algo a un precio distinto del que marca el mercado, o la devaluación de la moneda, se desmienten siempre hasta el último segundo antes de tomarlas.

A ello hay que unir que los Estados del Sur eran abiertamente hostiles a la propuesta de que el gobierno de la Unión asumiese el pago de las deudas de guerra de los Estados. En el sur había algunos, como Georgia, que apenas las tenían; y, lo que es peor, había otros, como Virginia, que ya las habían pagado religiosamente. En esas circunstancias, muchos Estados esclavistas venían a considerar que la medida era un trile por el que se les obligaba a pagar a ellos las deudas de “los del Norte”, que eran los que habían estado más esquivos a la hora de amortizar. La asunción de deudas fue derrotada varias veces en el Congreso y, en realidad, no pasó hasta que el gobierno prometió que Filadelfia sería la sede de la capital de la Unión durante diez años, durante los cuales se adecentaría un lugar al sur del Potomac.

Con las emisiones de bonos, Hamilton creó la primera burbuja especulativa de deuda pública de los Estados Unidos. El pago de los intereses de aquellos bonos llegó a suponer la mitad del presupuesto del gobierno. En ese entorno, Hamilton hizo dos propuestas.

La primera fue la creación de un banco nacional. Los federalistas, en su inicio, eran contrarios a que el gobierno emitiese papel moneda, pero Hamilton argumentó que era necesario proveer de billetes la economía para poder hacer posibles las transacciones mercantiles. Asimismo, el banco podría asistir al gobierno con préstamos a corto plazo en el caso de encontrarse con problemas de liquidez. La propuesta fue aprobada, 39 votos contra 20, y the First Bank of the United States abrió sus puertas en Filadelfia, en diciembre de 1791.

Durante la discusión parlamentaria sobre este tema, James Madison había argumentado que la medida sería inconstitucional, puesto que el gobierno no estaba mandatado para otorgar concesiones. Cuando la ley fue enviada al presidente para su firma, éste preguntó a Jefferson y Hamilton su opinión al respecto. Si bien Jefferson estuvo de acuerdo en la inconstitucionalidad de la medida, Hamilton argumentó que si el gobierno tenía la potestad de regular la moneda, disponía de la potestad implícita de crear un banco para ello (argumento, en mi opinión, totalmente cierto). Washington le hizo caso.

El siguiente paso de Hamilton fue intentar mejorar los ingresos del gobierno federal. Para ello propuso la imposición de tasas sobre diversos productos, entre ellos el alcohol destilado; imposición que se aprobó en 1791. Sin embargo, nada más ponerse en vigor la nueva tasa, se montó la mundial en los territorios (entonces) fronterizos.

La medida era una putada para todos, pero especialmente en algunas zonas, como la Pensilvania occidental, donde era habitual que los agricultores convirtiesen el grano en whiskey para transportarlo en mejores condiciones (y ahora deberían pagar la tasa). Además, en un efecto que no sorprenderá a nadie que haya visto películas como la excelente comedia de John Sturges The Hallelujah Trail (estrenada en España con el título La batalla de las colinas del whiskey; pocos diálogos son más divertidos que aquél en el que Burt Lancaster grita "¿Qué hace ahí ese maldito símbolo de buena voluntad?"), en realidad el alcohol destilado era una eficiente moneda de cambio en esos territorios fronterizos, donde el papel moneda era rara avis; y era, además, más necesario que el agua para muchos hombres, que habrían soportado mucho mejor una subida del pan.

Como consecuencia, los recaudadores contratados por el gobierno se encontraban, muy a menudo, con que su labor se veía obstaculizada por personas que hacían cositas como dispararles (retén, lector, esta imagen del honrado ciudadano resistiéndose a tiros a la rapiña del Estado depredador; te ayudará a entender el tipo de canal mental por donde transitan las gentes Tea Party, NRA, y tal). En 1794 se produjo un ataque en toda regla de agricultores de Pensilvania a los recaudadores, tras el cual Hamilton convenció a Washington de que tomase una medida por primera, pero no última vez, en la Historia de los EEUU: enviar al ejército a recaudar. La fuerza de 15.000 soldados se enfrentó a un movimiento de remensas a lo bestia, y al final hizo un centenar de detenciones, de las cuales dos personas fueron ejecutadas. El resto fueron perdonadas.

A las rebeliones internas, de las cuales la más grave fue esta Whiskey Insurrection, los EEUU debían añadir la sorda oposición exterior. España, por ejemplo, le hacía luz de gas a la nación manteniendo el Mississippi y Nueva Orleans cerrados al tráfico de barcos americanos. Por su parte, Inglaterra utilizaba fuerza militar para defender a los comerciantes de pieles canadienses contra sus competidores americanos; y ambos excitaban a los indios contra el hombre blanco.

A la Administración le costó darle a los hombres de la frontera la protección que querían. No fue hasta 1794, por ejemplo, que el general Mad Anthony Wayne consiguió doblarle el brazo a las tribus del noroeste del país, en la batalla de Fallen Timbers. Un año después, estas tribus indias, en el tratado de Fort Greenville, aceptaron ceder sus tierras en el Ohio. Sin embargo, el tratado de Greenville llegó muy tarde, puesto que para cuando se firmó entre los hombres de la frontera, y sus apoyos en otros Estados, ya se estaba formando un partido de oposición que amenazaba con hacerle sombra a los federalistas.

Hasta entonces, la cosa había ido de coña para los federalistas. Siendo como eran el backbone de la lucha por la independencia de los EEUU, disfrutaban de casi todo el crédito de su consecución. Federalistas eran casi todos los hombres ricos del país, y los creadores de opinión, pastores de almas incluidos. Tenían un líder sólido en Alexander Hamilton. Sin embargo, la política económica de éste, obsesionado con crear un Estado moderno y adecuadamente financiado, no había hecho otra cosa que ahondar las diferencias entre esos ricos que eran su principal apoyo y las personas de condición más modesta. Esta división había llevado a otros padres de la Patria, notablemente Jefferson y Madison, a diseñar su propio esquema político. Consciente de que las elecciones convencionales apenas habían concitado el voto de una cuarta parte de los que tenían derecho a ello, concebía el proyecto de movilizar a esa mayoría oculta.

Thomas Jefferson fundó un periódico antifederal, la National Gazette, en Filadelfia, y bajo la dirección de un amigo suyo excelente propagandista: Philip Freneau. Durante los años 1791 y 1792, Jefferson escribió en ese periódico una serie de artículos que dibujaban la ideología de, como él dijo, “un partido republicano, como podría llamarse”.

La búsqueda de apoyos no le fue mal a Jefferson. El gobernador de Nueva York, que se llamaba George Clinton y estaba en constante enfrentamiento con el general Philip Schuyler, suegro de Hamilton; así como otro político neoyorkino, Aaron Burr, quien con la ayuda de Clinton había derrotado también a Schuyler en las elecciones al Senado, y que atrajo hacia las filas republicanas a los miembros de la conocida como Sociedad de Tammany. Un tercer fichaje importante fue un suizo llamado Albert Gallatin, radicado en Pensilvania, que pronto se convirtió en el número tres del partido detrás de Jefferson y Madison.

En 1792, los republicanos todavía preferían a Washington como presidente, y los federalistas no estaban en condiciones de pensar en otro, por lo que el general resultó elegido por unanimidad. A la hora de elegir vicepresidente, volvió a ganar Adams con 77 votos electorales; pero George Clinton obtuvo 50. Los republicanos enseñaban las garras.

Hasta el momento no hemos citado un hecho que, sin embargo, es de gran importancia en la Historia de los EEUU: el comienzo de la primera administración Washington coincide casi al segundo con el estallido de la Revolución Francesa. Como es fácil de sospechar, en su inicio los estadounidenses abrazaron los objetivos de la Revolución, y de hecho Washington hizo una gran alharaca cuando el general Lafayette le envió, en 1790, la llave de la Bastilla. Las cosas cambiaron un poco, sin embargo, en 1793, cuando llegaron las noticias del apiole del rey Luis XVI; y más que cambiaron cuando llegó el Terror. Todos estos hechos consolidaron a los hamiltonianos, hemos de recordar que en su mayoría grandes hombres de negocios, en su oposición a lo que pasaba en Francia. Los jeffersonianos, por su parte, vigorizaron su violenta oposición a la monarquía, y apoyaron lo que estaba pasando como una especie de marea (tic, tac, tic, tac...) que iba a acabar con todas las testas coronadas de Europa (léase del mundo).

El viejo tratado con Francia de 1778 establecía que los EEUU deberían defender las indias occidentales francesas si la metrópoli fuese atacada y, además, establecía la apertura de los puertos americanos a los expolios obtenidos por los barcos franceses. En 1792, los girondinos en el poder enviaron a América a Edmond Genêt, con la misión de asegurarse que dicho tratado se cumplía. Genêt quería, también, crear partidas armadas que atacasen la Florida y la Luisiana españolas, y también quería agitar a los corsarios americanos contra los barcos ingleses.

Genêt llegó a Charleston en abril de 1793. Luego fue a Filadelfia, donde se encontró con que Washington, tras consultar con Hamilton y Jefferson, había decidido publicar su Declaración de Neutralidad (22 de abril), extrañándose por completo de las guerras francesas. Jefferson se oponía a la medida argumentando que, puesto que sólo el Congreso podía declarar la guerra, sólo el Congreso podía adverar la neutralidad. Hamilton, sin embargo, argumentaba que los compromisos del tratado del 78 con Francia habían perdido toda exigibilidad con la muerte del rey, puesto que se firmaron con él.

Otra cosa era el comercio marítimo. Francia había abierto sus colonias a los barcos americanos, pero Londres no permaneció quieta, y en noviembre de 1793 decretó que todo barco a o desde las colonias francesas, con las que estaba en guerra, sería controlado y embargado por la marina británica. Un año después, se había incautado de más de 300 barcos americanos, y todo el mundo en EEUU esperaba la guerra. Los republicanos sacaron adelante una propuesta en el Congreso para mantener los barcos americanos fuera de las aguas controladas por los británicos, lo cual supuso un grave problema fiscal por el descenso de los ingresos procedentes de las importaciones.

En marzo de 1794, sin embargo, Londres abrió algo la mano en las condiciones impuestas a los países neutrales, y Washington decidió llevar algo más allá las negociaciones. Al mes siguiente, John Jay salió para Inglaterra con instrucciones de tratar de pactar varias cláusulas con los británicos. Jay le propuso a los ingleses la rendición de sus últimos fuertes en el noroeste, la indemnización por los barcos interceptados, y el respeto del estatus neutral de los americanos. Si no conseguía estas cosas (que no las consiguió, o sólo muy parcialmente) debía tratar de negociar el mejor acuerdo comercial posible, y tratar de convencer a los países del norte de Europa para que apoyasen su neutralidad.

Jay era un buen negociante. Pero Hamilton echó por tierra todas sus posibilidades, de nuevo, por bocachancla: le confesó al representante británico en Nueva York que los EEUU no entrarían en guerra con Inglaterra en ningún caso. Literalmente, dejó a su compañero del gobierno sin bazas en la mano. Finalmente, Jay consiguió arrancarle a los ingleses, ya en noviembre, el compromiso de abandonar los fuertes, no sin aceptar a cambio que los ingleses pudiesen seguir comerciando con pieles en el lado americano de la frontera canadiense. El tratado era tan malo para los EEUU que, de hecho, el gobierno y el Senado lo tuvieron en el cajón hasta 1795 antes de ratificarlo, para así tratar de evitar que provocase toda una ola de opinión pública a favor de la guerra. Eso no impidió a los republicanos montar toda una campaña de descrédito en la persona de aquél a quien llamaban, con esa sorna modo Donald Trump que se gastan, “sir John Jay”.

Sin embargo, las gestiones de Jay tuvieron una consecuencia muy positiva para los Estados Unidos. España, que acababa de abandonar la coalición con Inglaterra, se vio compelida, al saber de los movimientos de Jay en Londres, para buscar un acuerdo con Filadelfia. El acuerdo fue negociado por Thomas Pinckney, y culminó en octubre de 1795 en un pacto por el cual España abría el Mississippi para el tráfico americano, y les abría el puerto de Nueva Orleans por tres años.

Con estos mimbres se llegó a 1796, año electoral. Washington había prometido en 1792 que no repetiría una vez más (es posible que estuviese hasta sus sagrados testículos de ser presidente de aquella tropa de diletantes y lenguaraces enfrentados), y llegado dicho año, a pesar de que había muchas personas en el país que lo veían como algo así como un presidente vitalicio, permaneció impasible el ademán. En su famosa Farewell Address, que podríamos traducir como El discurso del Chao Pescao, el primer presidente de los Estados Unidos de América se demostrada sobradamente coscado de cuáles iban a ser los grandes problemas de la Unión desde entonces hasta ahora,  and so on. Habla, efectivamente, de la esterilidad y distorsión provocada por las peleas partidarias y, sobre todo, del enfrentamiento territorial (Norte contra Sur, dice, pero también Atlántico contra Oeste), que dice debe superarse con el espíritu de unión que había llevado a todos esos hombres a rebelarse contra un enemigo común. Cámbiese a Inglaterra por el general Franco, y se podrá ver que el discurso de Washington es, obviamente sin saberlo, una defensa cerrada de eso que en España llamamos la Transición.

No sé si lo sabéis, pero en homenaje a su primer presidente, el Congreso aprobó una ley, actualmente vigente, según la cual ningún militar del ejército USA podrá nunca tener un rango superior al de don Jorge.

Retirado Washington voluntariamente de la carrera presidencial, comenzaron los cabildeos. Los federalistas creían tener en Jay a su mejor candidato, pero la campaña tras el tratado con Inglaterra lo invalidaba. Así pues, el ticket quedó formado por John Adams y el negociador con Madrid, Pinckney. Los republicanos nominaron a Jefferson y a Aaron Burr. Hamilton, que para entonces odiaba a su conmilitón Adams, trató de que Pinckney fuese nombrado presidente, pero no lo consiguió. Ganó Adams, con 71 votos electorales. Eso sí, segundo quedó Jefferson, con 68 votos; con lo cual, el presidente habría de conformarse con un vicepresidente republicano.

El gobierno de los Estados Unidos quedó conformado por un presidente que llegaba a tal condición a pesar de los movimientos orquestales en la oscuridad en su contra de sus propios correligionarios, y un vicepresidente de la orilla opuesta cuya obsesión sería pillar cacho incluso a costa de limitar los éxitos y aciertos de su jefe.

Bienvenidos a la Historia de los Estados Unidos de América.