jueves, agosto 06, 2015

Limónov

[Ya sé que dije que me iba de vacas. Pero las lecturas van cayendo cuando caen...]





Qué: Limónov
Quién: Emmanuel Carrère.
Dónde: Editorial Anagrama, en español. Folio, en francés.
Cuánto: NPI. Fue un regalo.
Nota (de 0 a 10): Depende (tendrás que leer el post).


Empecemos por lo bueno: Limónov  es un libro escrito en la cúspide creativa de un excelente periodista y excelente narrador. Es un libro excelentemente escrito y excelentemente traducido por Jaime Zulaika, así pues si sólo lees en español vas a poder disfrutarlo en su totalidad. Está muy bien estructurado, con un control inteligente de los tiempos que relata, administra con pericia las tensiones narrativas. A mí me lo regalaron hace algunas semanas, cuando convalecía en el hospital de una intervención quirúrgica, y lo coloqué en la lista de pendientes. Para cuando lo leí, me duró dos días, apenas. Luego he leído algunos capítulos concretos en francés, y los he disfrutado de nuevo.

En suma: el bote de pepinillos tiene una forma y diseño alucinantes, y la etiqueta del bote de pepinillos es bellísima y original. Sólo queda un problema: que te gusten los pepinillos.

Lo cual no es mi caso.

De una forma temeraria e infatuada por mi parte, al terminar el libro he desarrollado una teoría: el autor, Emmanuel Carrère, es hijo de Hélène Zouravichvili, que se ha hecho mucho más conocida con su nombre de casada: Hélène Carrière d'Encausse. Hélène es una de las mayores expertas en la Unión Soviética y Rusia de la actual historiografía francesa. Su bibliografía es extensa y de gran interés y, como el propio Emmanuel reconoce en el libro que aquí recensionamos, fue uno de los personajes clarividentes que supieron avizorar la caída del Muro (más en concreto, la desintegración de la URSS) cuando nadie creía en ella. Yo no sé, la verdad, cómo andará la familia Carrière de complejos edípicos pero, como digo, tengo la sensación de que, en el momento que el hijo se planteó escribir sobre una realidad que él conoce bien, pero sabe que su madre conoce muy bien, como es la actual Rusia, sintió la presión de hacer algo que ella nunca hubiese hecho, de encontrar una esquina de la bandeja en la que ella nunca hubiese reparado; y encontró a este Eduard Limónov; un tipo al que, desde luego, Hélène Carrière, probablemente, nunca dedicaría un libro. Y, en parte, lo escribió por eso.

Dice en la introducción de su texto Emmanuel que escribir la historia de Limónov es, en buena parte, escribir la historia contemporánea de Rusia y, un poco, la de todos nosotros desde la segunda guerra mundial. Difícilmente podré estar más en desacuerdo, y de ese desacuerdo nace esta desazón mía con este libro: me gusta cómo está contado, pero el tema me repele. A mí no me parece que la peripecia de Limónov represente a Rusia, ni a Europa, ni a todos nosotros desde la segunda guerra mundial. A mí, desde luego, no.

Eduard Limónov es un desclasado. Un ejemplar del lumpenproletariado que creó el sistema soviético, teóricamente nacido para darle el poder a ese mismo lumpenproletariado, arriba los pobres del mundo y bla. Es un tipo para el cual el sistema soviético, que casi no tiene sitio para nadie, menos lo va tener para él que es un verso suelto, muy suelto; lo cual lo mueve a crecer y desarrollarse en un ambiente más allá de rango, trufado de borracheras y de una vida muy a lo Lou Reed, take a walk on the wild side; influencia que, de hecho, es explícitamente asumida por el biógrafo en su texto. Dado que, como digo, la URSS no dejaba de ser la Inquisición de Isabel la Católica o el puritanismo de los habitantes de Salem, sólo que con estrellas rojas y un terror quintaesenciado, Limónov no puede por menos que acabar siendo golpeado, de formas diversas, por ese sistema que no lo acepta. Él, sin embargo, no opta, ante este rechazo, por convertirse en eso que podríamos denominar un opositor. Emmanuel Carrère se sorprende, al relatar la vida de este hombre, de que siendo como fue un emigrado de la URSS desde principios de los ochenta, cuando resulta que la URSS fue y se cayó, se le viese propugnar que había que fusilar a Milhail Gorvachov y fundar una formación política llamada, ahí es nada la pomada, Partido Nacional Bolchevique. Yo, la verdad, no veo nada de sorprendente, porque la verdad es que la resistencia de Limónov respecto del sistema soviético tiene más que ver con sus ganas de hacer de su capa un sayo que con una resistencia stricto sensu. Yo, personalmente, tras leerme las cuatrocientas páginas que Carrère dedica a su vida, no acabo de tener la sensación de que a Limónov le importen demasiado los demás; que es lo que suele importarle al opositor de cualquier sistema político. Carrère, en varios puntos de la biografía, viste la contraculturalidad de Limónov de querencia por los pobres, por los desfavorecidos. No cuela. Vicente Ferrer no se dedicaba a violar a las tías que se cruzaba por la calle (un poco más abajo, se entenderá por qué escribo esto).

Aquí es donde llegamos al meollo de la cuestión, que es el que me lleva a pensar que, más que probablemente, el hecho de que este libro no acabe de gustarme es culpa mía (lo cual es un dato que necesariamente debe conocer el valiente que esté leyendo este post). Es culpa mía, porque la verdad es que yo nunca he compartido la fascinación de mucha gente (entre ellos, Carrère)  por esas personas que viven en la última frontera de la vida, según la versión de sus hagiógrafos defendiendo a capa y espada su libertad de acción y de expresión y, según mi visión, adoptando la cómoda posición del anarquista medio: un tipo que no cree en los convencionalismos, en las sociedades ni en las normas, pero que, al fin y al cabo, si vive como vive es gracias a que las normas existen y los otros, la mayoría, las respetan.

A mí, por lo tanto, estos tipos contraculturales que no aceptan nada pero sin embargo, en lugar de ser consecuentes e irse a alguna isla de las Feroe a fundar Nueva-Nueva Cristianía y llevar a cabo sus ideas, siguen instalados en esa sociedad que tanto odian, no me mueven a la admiración. Eso, cuando no son personas que se hacen acreedoras de serios correctivos. Eduard Limónov acaba en la cárcel, y por motivos políticos, allá por la página trescientos y pico del libro; pero es que ya en la 59 de la edición española se pasea por su ciudad con otros colegas, todos ellos profundamente etilizados, y se cruza con un tipo que va con dos tías; la patota de dipsómanos le propina al tipo una paliza de muerte y a las dos tías las violan: a una, con los dedos, y a la otra, al modo tradicional, por turnos. Carrère, supongo que asqueado de lo que está escribiendo, nos aporta una tenue luz al contarnos que Limónov, que está en el grupito de los del fist fucking, en un momento saca la mano, la ve manchada de sangre, y se le baja el rollo. Ignoro, sinceramente, cuál es la lección moral del episodio: ¿violar a una tía entre varios está bien, siempre y cuando no le hagas sangre? ¿Mientras no hay sangre la escena te empalma y te motiva? ¿Éste es, verdaderamente, el cursus honorum de un intelectual contemporáneo?

 Limónov acaba saliendo de la URSS más o menos al mismo tiempo que lo hacen disidentes (nótese que la última palabra escrita antes del paréntesis no está precedida del adjetivo «otros») del sistema como Solsenitsin; personaje que es tratado en el libro con la displicencia, cuando no desprecio altivo, con que lo trata el propio Limónov; eso sí, ignoro, incluso después de haberlos leído, los argumentos que basan dicha actitud. Termina en Nueva York sin oficio ni beneficio; Carrère nos vende su desgracia contándonos que no se adapta al ambiente un tanto (un tanto bastante) superficial de la «emigración rusa oficial», con la que inicialmente contacta. A partir de ahí, se inicia un rosario de experiencias sexuales, vitales, culturales y políticas, que jalonan la existencia de este presunto epítome de «todos nosotros desde la segunda guerra mundial», Carrère scribit. Esas experiencias son la base del libro y, por lo tanto, si el lector de este post está interesado deberá leerlas; sólo le diré que tiene mojones repugnantes, como el momento en el que Limónov se va luchar a Serbia al lado de esos cíclopes de la condición humana llamados Slovodan Milosevic, Radovan Karadzic, Arkan, ... los de Palacagüina, vaya.

Como digo, el problema que yo tengo es que no creo en el mito que está detrás de este libro. A mí estos personajes permanentemente borrachos, folladores compulsivos, permanentes editores de fanzines en los que se escriben sapos y culebras de todo el mundo, desde la Virgen María hasta el tercer portero del Rayo Vallecano, no me fascinan. Sé que muchos de ellos, al parecer el propio Limónov, han escrito libros al parecer excelentes de eso que creo que se llama literatura sucia; piezas narrativas, épicas o líricas descarnadas en las que describen sus vivencias en toda su crudeza. Y sé también que este tipo de literatura lleva varias décadas ya, desde que nació, alucinando a cohortes y cohortes de ansiosos lectores, la mayoría de ellos acomodados ciudadanos occidentales que lavan la mala conciencia de su confort amando cosas como el hip-hop, o Henry Miller, o los poemas de Bukovsky o cualquier cosa que huela a una mezcla de lejía y alcohol potado. Pero, como digo, no es mi caso.

El problema, como digo, probablemente está en mí. Yo pienso, como pensaba Hobbes, tal es para mí el fondo de su pensamiento, que lo verdaderamente difícil para el ser humano es vivir en sociedad. Que lo fácil es ser Michael Douglas en Días de furia, o cualquier adolescente de ésos que de vez en cuando amortajan su instituto a balazos en Estados Unidos. Los hikikomori, esos chavalotes japos que se quedan en su habitación sin salir nunca por repulsión hacia la sociedad que hay fuera, no me parecen heraldos de una contemporánea forma de protesta, sino seres que, como ya he apuntado antes de los anarquistas, hacen lo que hacen por la sola razón de que hay otras personas que no lo hacen y, por lo tanto, trabajan y pagan sus facturas. Porque si todo el mundo fuese hikikomori o pasara como ellos de esa movida llamada sociedad, a ver adónde enchufaban estos tipos su consola y su ordenador porque, simple y llanamente, no habría electrones esperando en el enchufe. El gesto rebelde de «no aceptar la imposición de un semáforo» (se crea o no, yo conocí gente en mi adolescencia que actuaba así) sólo se puede producir porque hay otros, los conductores, que respetan las normas que les impiden atropellar al tonto'l'culo que está cruzando la calle cuando no debe.

A mí, por lo tanto, el tipo que permanece toda su vida en eterna rebeldía, con una botella de bourbon (de vodka, en este caso) en una mano y la polla en la otra, buscando constantemente en el cajón de las ideologías una que todo el mundo deteste para convertirse en su adalid, no me inspira admiración alguna. El que verdaderamente tiene mérito es ese tipo que, cuando uno lee biografías como la de Limónov, suele ser encapsulado en la expresión genérica la gente. Los Limónov de la vida siempre son distintos a la gente, nunca hacen lo que hace la gente, beben cuando la gente no bebe, leen cosas que la gente no lee, escriben o hacen cosas que escandalizan a la gente... Como digo, a mí los héroes me parecen, precisamente, la gente. En uno de sus mejores libros, si no el mejor, La pastoral americana, Philip Roth los homenajea. Su personaje, el Sueco, no es un héroe a pesar de ser un burgués acomodado que trata de llevar una vida sin demasiados sobresaltos y sacar adelante a su familia. Es un héroe precisamente por eso.

El siglo XX está petado de estas figuras rebeldes Limónov style, que han fascinado y siguen fascinando a mucha gente con sus libros descarnados en los que cuentan sus experiencias borderline. Tal vez sus hagiógrafos deberían reflexionar un poco sobre lo mal que soportan el tiempo.

El elemento más brillante del libro es, sin duda, la descripción de la descomposición de la Unión Soviética en un fistro diodenal como la Rusia actual, que es un sí es no es capitalista, un sí es no es seudosoviético, un sí es no es zarista, todo a la vez. Carrère no muestra interés alguno de describir esa misma historia antes de 1989, cosa que no le reprocho, pues me tengo por el último hombre blanco al oeste del río Pecos al que le interesa la URSS de Leónidas Breznev, de Yuri Andropov y de Konstantin Chernenko; treinta años de un sistema que no duró ni ochenta y que, pese a ello, no parecen interesarle ni a los interesados por la URSS, para los cuales da la impresión de que el experimento soviético terminó en 1953, con la muerte de Stalin. En el momento en que comienza la desintegración, como digo, ya la cosa cambia, y el libro tiene páginas vibrantes en las que se cuenta ese falso llano, en realidad puerto de primera especial, en que se convirtieron los años de Gorvachov, de Yeltsin y, finalmente, de Putin. Lo que pasa es que también trata de convencernos de que Limónov, con su Partido Nacional Bolchevique, su estrecha corte de rapados juveniles que van a mítines presididos por pósteres... ¡de Fantomas!, es elemento fundamental de esa ecuación.

Al final del libro, en Asia Central, descubrimos, como de repente, a un Limónov como más ascético y místico que, incluso, en una escena alcanza, dizque Carrère, el nirvana de los budistas. No sé qué opinarán de esto los amigos, que los tengo, que llevan años practicando, yendo a seminarios con rimpochés por medio mundo, y contando las 100.000 postraciones de rigor y, por lo que sé, están bastante convencidos de que al menos en esta vida no se van ni a acercar.  

¿Qué hacer con un libro escrito por un gran escritor, pero en el que falla el tema? Eso es decisión del lector. Yo lo leería. Como digo, yo lo he hecho con pasión, y algunos de sus pasajes tres o cuatro veces. Como digo, todas las barreras que aparecen en estas reflexiones tienen que ver, probablemente, con la cosmovisión de quien les escribe. Y eso es intransferible.

Lo mismo a tí, pues, este libro te hace tilín.