lunes, agosto 03, 2015

La GTA (y 11: game over)

[Con este post cerramos la serie sobre la guerra de la Triple Alianza y, de paso, nos vamos de vacas. Que lo paséis bien.]

Recuerda que de esta historia hemos escrito ya un prólogo, y que te hemos dado una primera visión muy general de la situación del Paraguay y sus vecinos. Además, te hemos explicado la situación y papel básico en la zona del Imperio brasileño. Luego hemos seguido con los dimes y diretes de la Confederación Argentina, y hemos contado la guerra del Uruguay. Una vez pasado este escalón, ha «comenzado» la guerra del Paraguay propiamente dicha, desarrollada inicialmente en el teatro argentino. Sin embargo, con el tiempo las tornas cambiarán, y la guerra se acercará al propio Paraguay. Inmediatamente te hemos contado la batalla de Tuyutí que, pese a haberse resuelto a favor de los paraguayos fue, paradójicamente, el hecho que alejó definitivamente la posibilidad de que éstos pudiesen ganar la guerra. A continuación hemos contado el hostión del cuarenta y dos que se llevaron los aliados en Curupayty. Luego te hemos contado el asalto de Humaitá. Luego ya, con la guerra irremisiblemente perdida para el Paraguay, hemos contado la batalla de Lomas Valentinas y la muy democrática forma como los ejércitos aliados se desempeñaron en Asunción

Con la toma y destrucción de hecho de Asunción, Caxias dio la guerra por terminada. El 17 de enero, estando en misa, le dio un síncope que le obligó a retornar a su país. Sin embargo, las jornadas siguientes dejaron claro que todavía permanecía una importante resistencia paraguaya, por lo que el Emperador brasileño toma la decisión de poner al frente de las tropas a su yerno el príncipe Gastón María de Orléans, conde D'Eu.

De hecho, la resistencia sigue ahí. El 10 de marzo, unos brasileños que están intentando cortar los abastecimientos de López son atacados por paraguayos en el arroyo Ykyry. Sin embargo, el 5 de mayo los aliados asestan un golpe fundamental a López, al tomar Ybycuí, lugar donde el paraguayo había instalado una fundición que debía dotar de armas y municiones a su ejército. El conde D'Eu pasa a cuchillo a casi todos los prisioneros.

López en Azcurra parece haber encontrado una posición prácticamente inexpugnable. Las tropas brasileñas deberán flanquearlo, cruzando la sierra por el llamado paso Valenzuela, para aparecer en la retaguardia paraguaya. Tras haber hecho esa operación, atacan el 12 de agosto a los paraguayos, que ya tienen una desventaja de medios de 1 a 12, con un intenso bombardeo. Después del mismo, lanzan un ataque desde los cuatro puntos cardinales. Obviamente, pese a la feroz resistencia paraguaya, los aliados penetran y, una vez que lo hacen, se entregan a una represión difícilmente imaginable. De hecho, fue tras esa batalla que el conde D'Eu dio orden de realizar la más repugnante de las acciones de la guerra de la Triple Alianza, cual ve sellar un hospital de Peribebuy, lleno de heridos, mujeres, niños y ancianos, y prenderle fuego. A los pocos inquilinos del centro de sanación que, una vez producidas las llamas, consiguieron encontrar una vía para salir fuera, los obligaron a volver a bayonetazos.

El 13 de agosto, con los restos de su ejército, Solano se pone en marcha camino de Caraguatay, población a la que llegó en el ocaso del día siguiente. El conde D'Eu, que se iba encontrando ya poblaciones abandonadas por las tropas paraguayas, se decide a perseguir una de las dos columnas guaraníes en huida, la del general Bernardino Caballero (la otra quedó al mando del general Resquín). El día 15, Caballero es alcanzado por la vanguardia brasileña al mando del general Vasco Alves Pereyra. Sabiéndose perdedor, Caballero se encastilla tras el arroyo Yukyry, con una tropa formada casi en su totalidad por adolescentes. Un historiador de aquella acción, Juan José Chiavenatto, ha dejado escrito: «los niños de seis a ocho años, en el fragor de la batalla, despavoridos, se agarraban a las piernas de los soldados brasileños, llorando para que no los matasen». Según la misma fuente, cuando terminada la batalla las madres de aquellos niños, que habían asistido impotentes a la matanza desde el bosque, salieran de entre los árboles para enterrarlos o socorrerlos, el conde D'Eu hizo quemar el trozo el selva para matarlos a todos.

La masacre llamada de Acosta Ñu se produjo sobre la persona de 3.500 paraguayos que estaban en la infancia. Por esta razón, tradicionalmente en su fecha Paraguay ha celebrado (honradamente, no sé si sigue haciéndolo actualmente) el Día del Niño.

Con ésta y otras masacres a su espalda, López se retiraba hacia Cerro Corá con el pálido reflejo de un ejército que le quedaba, y una respetable muchedumbre de civiles. El 15 de agosto, declara capital del Paraguay la villa de San Isidro de Caraguatay. Luego se dirige al norte, para deternerse a finales de aquel año 1869 en la sierra Amambay. Cruza la cordillera y acampa en Samacuá, para luego seguir al norte hasta Punta Porá y, finalmente, llegar a Cerro Corá el 14 de febrero de 1870. Ni medio millar de soldados lograron llegar con él.

A finales de febrero, sabedor de que sólo es cuestión de tiempo que los aliados vayan a por Cerro Corá, otorga condecoraciones a los suyos y comunica a quienes están con él su decisión de morir defendiéndose. Los indios de la zona se ofrecieron para llevárselo a lugares recónditos de la selva donde nadie lo encontraría, ofrecimiento que López declinó.

El 1 de marzo, López se levanta un poco antes que lo que tiene acostumbrado. Reparte sus cosas, como recuerdos, entre varias personas. Sabe perfectamente, por la información que recibe, que ha llegado al final. Pocas horas después comienzan los bombardeos. López se sube a su caballo y arenga a los poco más de 200 soldados para que lo acompañen en una última acción. La carga es breve y su final, previsible. López termina rodeado de brasileños que le intiman la rendición, pero carga contra ellos; y en ese momento, un cabo llamado Francisco Lacerda, aunque todos lo conocen como Chico Diabo, le clava una lanza en el vientre; mientras cae, otro soldado le abre la cabeza con un sable.

El día que llegó a Buenos Aires la noticia de la muerte de Solano, Sarmiento hizo formar una banda que se fue a tocar serenatas bajo la ventana de Bartolomé Mitre. Y le escribe a un contacto inglés: «No crea que soy cruel. Es providencial que un tirano haya hecho morir a ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana.»

La guerra en pro de la religión, la humanidad y la civilización había alcanzado sus últimos objetivos.



A modo de epílogo

La guerra del Paraguay o guerra de la Triple Alianza es, como he dicho, un episodio más perdido dentro de los muchos hechos ocurridos que las generaciones posteriores han olvidado. Muy particularmente, da la impresión, por cosas que he leído una vez me interesé por el tema, que se trata de un hecho bélico y político que es víctima, como otros muchos, de la suerte de complejo de superioridad que el hombre contemporáneo tiene hacia el siglo XIX, habitualmente visto como una especie de pre-modernidad en la que, comparada con los hechos dramáticos del siglo XX, no pasó nada de importancia.

Lejos de ello, sin embargo, el siglo XIX, desde luego el europeo, no digamos el norteamericano, pero desde luego el suramericano y no digamos el asiático, está trufado de hechos de gran importancia que a menudo preterimos. Sin ir más lejos, la guerra del Paraguay explica que el país que le da nombre experimentase una de las pérdidas de territorio más dramáticas que se han dado en los últimos doscientos años en cualquier parte del mundo; amén de una crisis demográfica de la que, probablemente, nunca ha terminado de recuperarse.

¿Caben enseñanzas para el hombre moderno, o ésta es una de esas cosas que pasan en la Historia y que, como son tan lejanas a nosotros, ya no nos importan? En primer lugar, hay que decir que esta pregunta nos la hacemos por una sola y simple razón: porque el territorio afectado por los hechos, el Paraguay, es una cosa que la inmensa mayoría de nosotros (y hablo aquí de los españoles) ni siquiera somos capaces de señalar con éxito en un mapa físico de Sudamérica. La guerra de la Triple Alianza fue casi contemporánea a la guerra civil estadounidense, y a nadie se le ocurre ni por un momento poner en duda que los rescoldos de esta última conflagración sigan ardiendo. Aceptamos con toda naturalidad que los EEUU de hoy en día estén petados de gentes que todavía usan la bandera confederada y, de hecho, estamos bien informados por los telediarios patrios de los problemas que hoy, en el año 2015, está provocando dicho uso en muchos estados del sur; pero, probablemente, si alguien nos dice que los guaraníes van dando por saco con el tema de que si los diezmaron en la guerra, pensaremos que hay que ver lo cascarrabias rencorosos que son estos tipos.

Es cierto que entre las guerras ocurridas en el mundo antes de 1918 y después media una diferencia importante, que es la existencia de instituciones multinacionales. Ni Paraguay ni Uruguay contaron en su momento con una suprainstancia de arbitraje, más o menos reconocida por todos, para poder acudir en defensa de unos derechos; por mucho que esa suprainstitución ha demostrado ya, en los últimos cien años, lo inútil que puede llegar a ser. Pero, aun así, yo creo que estos son unos hechos que no pueden ni deben ser olvidados. En primer lugar, porque a los muertos se les debe un respeto, sobre todo a los muertos civiles y los de reemplazo, que son los que la palman en las guerras sin haber mediado por su parte una decisión consciente en tal sentido. Pero, en segundo lugar, porque hechos como la guerra del Paraguay nos colocan delante de realidades de las que estamos muy lejos de habernos vacunado.

La guerra de la Triple Alianza es la expresión de unos hechos ocurridos por mor de una colonización económica, llevada a cabo fundamentalmente por Inglaterra, que trata de eliminar un elemento incómodo y rabiosamente proteccionista como fueron los gobiernos del doctor Francia y la familia López. Es, también, la expresión de cómo el rey (en puridad, emperador) de una zona geográfica, sintiéndose fuerte, impone sus reglas por encima de consideraciones de una mínima justicia. Y es, también, la expresión de una doblez se podría decir que repugnante por parte de no pocos actores de esta Historia, los cuales, tras ser llamados a la alta magistratura de sus naciones, malbarataron esa posición semidivina en querellas personales, animadversiones adquiridas y el simple y puro interés a corto plazo.

Es un hecho que las escuelas en todo el mundo, cuando hacen algo por enseñar la Historia, se centran en los hechos heroicos de su nación, bien sean positivos, esto es victorias; o dulcemente negativos, como son las derrotas nobles, tales como El Álamo para los estadounidenses, o los últimos de Filipinas en el caso español (aunque de los últimos de Filipinas ya no se habla en nuestras aulas desde hace medio siglo...) Mi concepción de una auténtica educación del ciudadano es, lo confieso, totalmente opuesta. El conocimiento y estudio de la Guerra del Paraguay debería ser materia de obligado conocimiento en el currículo de las escuelas brasileñas y argentinas, por el simple hecho de que qué clase de ciudadano crítico vas a ser si ni siquiera ejerces la crítica hacia lo que significa tu ciudadanía. No hacer las cosas así acaba llevándonos a donde estamos, por ejemplo, los españoles; quienes, pudiéndonos darnos justísimos golpes de flagelo por episodios de latrocinio presentes en nuestra Historia, acabamos refocilándonos en una invención del márquetin protestante llamado Leyenda Negra, que es mercancía intelectual averiada en sí misma.

Éste es un elemento que siempre nos falta en nuestras supuestas conciencias críticas que, como digo, no lo son tal. Todos los pueblos necesitan que pasen los siglos para poder asumir los pasivos de su balance histórico. Serán los niños japoneses del curso 3050-3051 los que verdaderamente estudiarán y conocerán las atrocidades cometidas por sus tatarabuelos en Manchuria, porque lo verán con los mismos ojos con que nosotros vemos las bestialidades cometidas por los españoles medievales. Cuando alguien nos cuenta que en la Semana Santa española de muchos lugares se escogía a un judío de la comarca y se lo flagelaba de verdad en la iglesia (el concepto es: devolverle a los perros hebreos lo que le hicieron al Cristo), lo aceptamos sin problemas porque eso es algo que pasó hace seiscientos años; ya podemos estar tranquilos. Pero si nos dijeran que esa práctica se realizó durante la segunda guerra mundial, ya no querríamos saber nada de ella. Por no hablar, claro, de las atrocidades de nuestra última guerra civil, sobre las que se produce el calculado y consciente conocimiento, cuando se produce, de apenas el 50% que al sujeto le interesa conocer.

Ponerse a pensar que, en la antesala del tiempo nuestro, predicamos el genocidio y la desaparición de un pueblo, y lo celebramos en las calles como quien gana una Copa América, es cosa jodida. Se entiende. Pero es lo que hay. Los hombres buenos son los que hacen las naciones prósperas; pero son los hijos de puta los que las hacen fuertes. Si te gustan tus músculos, habrás de saber que fue un hijo de perra quien los alimentó. Y si no sabes eso, se podría decir, socráticamente, que sólo sabes que no sabes.