jueves, julio 02, 2015

La GTA: (4: el Uruguay)

 Recuerda que de esta historia hemos escrito ya un prólogo, y que te hemos dado una primera visión muy general de la situación del Paraguay y sus vecinos. Además, te hemos explicado la situación y papel básico en la zona del Imperio brasileño. Luego hemos seguido con los dimes y diretes de la Confederación Argentina.


El 1 de marzo de 1864, el gobierno uruguayo de Berro termina su periodo, y es sustituido por Anastasio Cruz Aguirre. Aguirre intentará casi inmediatamente algún tipo de confluencia con Paraguay, para lo que envía a Asunción al doctor Vázquez Sagastume. Lo que probablemente callaron ambos contertulios es que el principal elemento de la desesperación oriental, que era la desaparición de Rosas como contrapoder de los brasileños, era algo que ellos mismos habían propugnado.


Brasil maniobra, y el 6 de mayo de aquel año llega a Montevideo el diplomático José Antonio Saraiva, con importantes exigencias de reparación económica para diversos daños sufridos por súbditos del imperio. José de Herrera, ministro de Exteriores de Anastasio Aguirre, rechaza estos puntos tajantemente, y protesta, inútilmente, por la acción de los cuatreros brasileños en su frontera.

Ante el progresivo agravamiento de la situación, Uruguay decide fortalecer su misión secreta en Asunción con la presencia, también secreta, de otro diplomático: Antonio de Carreras. «Ya no es misterio para los hombres observadores», lleva escrito en un memorando durante su traslado aquel mes de julio, «que el gobierno del Brasil y la Argentina tienen interés en dar a la cuestión oriental [léase: el temita del Uruguay] una solución favorable al general Flores». Mitre, según interpretan los uruguayos, sueña con hacer llegar el territorio de Argentina hasta Bolivia y partes de Brasil, y para ello necesita anexarse Uruguay, anulando así, de paso, la fuerte influencia de Urquiza, por dilución del fuerte sabor entrerriano y correntino que, en ese momento, tiene el cóctel argentino. Por su parte, Brasil ambiciona «correr» su frontera hasta las márgenes del río Negro.

Ante todas estas reclamaciones, López actúa finalmente, y el 30 de agosto de aquel 1864, a través de su ministro José Bergés, le envía un documento con protestas enérgicas al representante brasileño en Montevideo, César Sauve Viana de Lima.

Argentina, por su parte, reacciona enviando a Montevideo a una comisión de paz formada por el ministro de Asuntos Exteriores del país, Rufino de Elizalde, y un representante inglés, Edward Thornton. El gobierno uruguayo recibe a esta comisión y de hecho acepta firmar una amnistía para los revolucionarios uruguayos de Flores. A pesar de ello, las negociaciones con esta comisión quedarán rotas, por ser sus peticiones excesivas a los ojos del gobierno uruguayo (en puridad, pretendían prácticamente la instauración del gobierno Flores).

El 4 de agosto, Saraiva presenta un ultimátum, amenazando con represalias militares en seis días caso de no atenderse todas sus reclamaciones. El gobierno uruguayo, lógicamente, rechaza la nota. Brasil contesta colocando ya a los militares en primera línea, concretamente el vicealmirante Joaquín Márquez Lisboa, barón de Tamandaré, quien envía al fondo del río los vapores uruguayos General Artigas y Villa del Salto.

El Villa del Salto está capitaneado por un español nacionalizado, llamado, según mis lecturas, Tudorí o, tal vez, Tudurí (¿catalán o mallorquín, tal vez?). Logra desembarcar tanto su material como la tripulación en Paysandú, donde este Tudorí ordena incendiar el barco. En Montevideo, tras saberse la noticia, Uruguay y Brasil rompen relaciones, y en las plazas de la capital se queman banderas brasileñas. El 7 de septiembre, el general José Luis Mena Barreto recibe orden de entrar en Uruguay hasta el río Negro. Mena ejecuta esta orden el 16 de octubre con el concurso de 12.000 hombres, y ocupa rápidamente Cerro Largo.

Fue un movimiento apresurado. Con fecha 30 de agosto, Paraguay había roto de hecho su habitual neutralidad, avisando en una nota al gobierno de Brasil de que les consideraría responsables de cualesquiera acciones cometidas contra el gobierno uruguayo. En ese momento, Río de Janeiro no cuenta con el apoyo declarado de Buenos Aires ni de Urquiza. Y tenía, desde luego, sus razones para considerar difícil o cuestionable el apoyo porteño. La causa brasileña nunca fue popular en Argentina, que veía al Imperio como lo que era, esto es, la gran potencia competidora en la zona; y, consecuentemente, Mitre no estaba precisamente en una situación ideal, máxima teniendo en cuenta que el otro gran poder interno del país, Urquiza, hacía de don Tancredo (1). No pocas fuerzas internas del país, entre ellas el famoso José Hernández, clamaban en la prensa por una alianza argentina... con Paraguay, y contra Brasil.

De hecho, desde Asunción el doctor Sagastume remite a un enviado, José de Caminos, para que se reúna con Urquiza y le proponga un pronunciamiento contra Buenos Aires, seguido de una alianza entre Argentina (ya dominada por Urquiza, según este modelo), Paraguay y el gobierno blanco uruguayo. Urquiza responde como hemos dicho: como don Tancredo. Sin embargo, consigue ser lo suficientemente polisémico como para conseguir que José de Caminos regrese a Asunción, 8 de noviembre de 1864, rebosante de alegría, convencido de que trae una manzana en la alforja. Los «compromisos» de Urquiza, que no están del todo claros, podrían ser: una expresión pública de simpatía hacia la causa de paraguayos y uruguayos blancos; la exigencia a Mitre de permitir el libre tránsito del ejército paraguayo por tierras argentinas; el pronunciamiento cuando Mitre, como era de esperar, rechazase esta condición.

Antes de que lleguemos a la primera acción de guerra paraguaya, la toma del buque brasileño Marqués de Olinda, y adelantándonos un poco a ella, es importante entender que Brasil también jugó sus cargas frente a Urquiza, consciente de que el entrerriano se había convertido en el árbitro de la situación; y que lo hizo mucho mejor que los paraguayos. Invirtió en esta labor a uno de sus mejores hombres: el vizconde de Río Branco, José María Paranhos, muy hábil diplomático, especialmente en tiempos comprometidos. Otra característica importante del vizconde es que conocía de treinta años atrás a Urquiza pues, como secretario entonces que era de del marqués de Paraná, participó con éste en la negociación de la caída de Rosas.

Paranhos llegó a Buenos Aires el 2 de diciembre de 1864. Allí se encontró a un Venancio Flores fuertemente deprimido por el avance de la guerra, y sobre todo a un presidente Mitre deseando encontrar la forma de retirar todo indicio de alianza con los brasileños.

La principal habilidad de todo buen diplomático es estar bien informado sobre quién tiene enfrente, y saber, en consecuencia, alimentarle sus debilidades o flaquezas. La de Mitre, sin duda alguna, era el mando, siquiera teórico, y la altísima consideración que tenía de sí mismo como estratega militar, que en modo alguno concretan los hechos, pues la vida de Mitre se jalona bastante más de derrotas que de victorias. Conocedor de todo esto, Paranhos le ofrece a Mitre el mando supremo de la guerra. Infatuado y enorme como un pez globo, Mitre comienza a cambiar de rumbo: acepta surtir a los brasileños de bombas para atacar a Leandro Gómez, que se encuentra encastillado en Paysandú como ahora veremos; permite que Martín García se constituya en base de reparaciones de la flota imperial; Paranhos, por último, logra de Mitre la instrucción a su prensa afecta para que reinicie su campaña anti-paraguaya. Fue entonces cuando Mitre, a través de su periódico La Nación Argentina, acrisoló la expresión «el Atila de América» para referirse al paraguayo López.

Tras dejar a Mitre bañándose en su propia saliva tras verse comandante supremo de las fuerzas de la guerra, Paranhos se fue a ver a Urquiza. Y, conociéndole como le conocía, no le costó convencerlo de aceptar la causa brasileña, siquiera por omisión. De hecho, durante las mismas fechas del asedio de Paysandú, que ahora mismo vamos a contar, se produjo el hecho que, convenientemente lubricado por Paranhos, acabó por colocar a Justo José de Urquiza, definitivamente, del lado de los brasileños. El líder entrerriano fue visitado por Manuel Osorio, futuro marqués de Erval, jefe de las fuerzas de caballería brasileña. Mientras los federales de Entre Ríos esperaban una orden de su jefe para cruzar el río en ayuda de los uruguayos, éste lo que estaba haciendo era discutir el precio de 30.000 caballos que le vendería al ejército brasileño; el cual, es obvio, los iba a utilizar para acometer a esos mismos uruguayos a los que los entrerrianos querían ayudar.

Pero vayamos con la guerra del Uruguay, esto es Paysandú y Montevideo.

El 16 de octubre, el imperio brasileño había invadido la Banda Oriental, como ya hemos contado. El 28 de noviembre, las tropas imperiales toman la ciudad de Salto, sitiando casi inmediatamente Paysandú. Flores exige la rendición, pero dentro de la ciudad, el coronel Leandro Gómez se niega. Son 10.000 hombres asediando a 900; 900 que, además, cuentan con unos cañoncitos que son incapaces de llegar hasta la flota brasileña que los hostiga (entre otras cosas, como hemos visto, con proyectiles que facilita el infatuado Mitre). Gómez da órdenes de concentrarse en la plaza central de la ciudad; los atacantes toman los suburbios y los incendian. El ataque dura tres días; desde bien lejos, se puede ver la columna de humo y el fuego. En uno de esos gestos simbólicos a la par que inútiles, el presidente Aguirre, igual que Hitler hizo mariscal a Von Paulus cuando estaba perdiendo Stalingrado, nombra general a Gómez y, a sus hombres, «guarnición benemérita de la patria en grado heroico».

A pesar de que en las provincias argentinas el asedio de Paysandú genera toda una corriente de simpatía hacia los sitiados (Rafael Hernández, el hermano del autor del Martín Fierro, incluso logrará burlar el bloqueo brasileño, y combatirá junto al ya general Gómez), Urquiza, fiel a su trancredismo, no hace nada. Paysandú, para desgracia de sus agresores, resiste durante días, a pesar del durísimo bombardeo de la flota brasileña, abastecida en Buenos Aires a plena luz del día por un gobierno que no ha entrado en la guerra formalmente y que en los cíceros de la prensa se dice neutral (ni siquiera no beligerante, como Franco: neutral).

El 10 de diciembre, los brasileños se retiran para reabastecerse de bombas (argentinas). El 14 de diciembre, el gobierno blanco uruguayo decreta la quema en plaza pública de los tratados de Río de 12 de enero de 1851. El 29, en la muy cercana San Francisco, los jefes brasileños y Flores discuten el asalto final. El ataque se realiza en la madrugada del 31 de diciembre, 20.000 hombres contra 600 defensores, porque Tamandaré quiere saludar al año nuevo con la bandera brasileña ondeando en Paysandú. Eso sí, no lo logrará. A mediodía del 1 de enero, los defensores reciben un golpe moral con la muerte del coronel Tristán Azambuya, y esa tarde Gómez convoca una junta de mandos. Predomina la idea de pedir una tregua para enterrar a los muertos, petición que es enviada con un prisionero, que no regresa. Por la noche continúa el ataque. Al amanecer del día 2, Gómez envía otro parlamentario; los brasileños contestan negando la tregua e intimando la rendición.

Más o menos al mismo tiempo que llega la nota, una unidad brasileña logra desbordar las trincheras. El coronel Oliveira Bello (podría ser Antonio Lopes de Oliveira Bello, aunque no lo tengo yo adverado; la cosa extraña es que Antonio era coronel de caballería, y eso no cuadra bien) llega hasta el puesto donde está Leandro Gómez contestando la nota que acaba de recibir. Le intima la rendición, y Gómez entrega su espada. Junto a él, se rinden los mandos Federico Fernández, Juan Braga, Eduviges Acuña y Francisco Figueroa.

Llevándose a los prisioneros de guerra ya rendidos, Oliveira dobla una calle y se encuentra con el comandante Francisco Belén, oficial de Venancio Flores, que manda a treinta hombres. Belén se dirige a Oliveira e, invocando el nombre y mando de su jefe, le exige la entrega del general Gómez. Oliveira se resiste. En medio de esa discusión llega otro mando florino, Goyo el Jeta Suárez, y exige lo mismo. A este mando, no entiendo muy bien por qué (tal vez por ser de mayor grado, tal vez por traer una orden por escrito de Flores, como el brasileño exigía), Oliveira sí que le entrega a los prisioneros.

Es Belén quien se lleva a los prisioneros durante unos metros, hasta llegar a un portal. En ese punto se para y ordena: «aquí nomás». Gómez y sus mandos son introducidos en el ancho portal, donde los desnudan, los apalean y los cosen a puñaladas. Algunos testimonios incluso indican que a Gómez le cortaron los genitales en vida.


Con razón reclaman los uruguayos que esta acción, contraria a todo derecho bélico, fue realizada por unos tipos que decían en su prensa que hacían lo que hacían en pro de la civilización. Caramba. Si llegan a ser incivilizados, abren en canal a sus prisioneros y se los meriendan en espeto...

Tras la acción de Paysandú, y su repugnante coda, se produce una situación que es de ésas que se prestan a la subjetividad opinativa. Una posición mitrista nos dirá que, en ese momento, Argentina no estaba en guerra y que, por lo tanto, fue consiguientemente agredida en los sucesos que habrían de ocurrir. Mi idea personal es que esta opinión no se sostiene ni con parihuelas. La actitud de Mitre durante el mes de diciembre de 1864 fue claramente belicista y, tras la visita de Paranhos, colaboracionista con uno de los bandos que estaban en liza. Esto lo hizo, además, saltando por encima de las convicciones federales de gran parte del pueblo argentino de provincias, que provocaba la simpatía de la opinión pública con los blancos oficialistas uruguayos. Argentina, diga lo que diga su declaración formal de guerra, estaba mucho más en guerra en diciembre de 1864 de lo que lo pudo estar el general Franco en el momento más profascista de su vida.

El 2 de enero de 1865 cae Paysandú, tras lo cual los brasileños enfilan hacia Montevideo. La escuadra se coloca frente a una ciudad que apenas cuenta, como mucho, con 8.000 efectivos al mando de Juan Saá. Sin embargo, se produce un inesperado movimiento. En el norte del país, algunas montoneras blancas cruzan la frontera del país y se meten en el río Grande, tomando diversas poblaciones y procediendo a liberar a los esclavos (pues tal vez convenga recordar que, por aquel entonces, Brasil es un Estado esclavista; al contrario que Argentina, que prohíbe la esclavitud en su Constitución. Bueno, o no...) A pesar de que todo conspira para que los brasileños levanten el campo para defender su territorio, Paranhos toma la decisión de que se ocupen primero de Montevideo.

El 15 de febrero, el Senado uruguayo debe elegir presidente, y se producen grandes presiones, animadas sobre todo por los ingleses, por parte de los sectores pacifistas, en el sentido de tener un mandatario más proclive a la negociación. Por un escaso margen, Aguirre pierde la magistratura en favor de Tomás Villalba, colorado y no blanco. Villalba se salta la jerarquía y nombra a un conmilitón suyo, Manuel Herrera y Obes, para que negocie la capitulación con Paranhos, a pesar de que Juan José de Herrera sigue siendo ministro de Asuntos Exteriores. Una fuerza multinacional formada por marineros ingleses, franceses, italianos y españoles desembarca en la ciudad, supongo que para garantizar que la entrada de Venancio Flores en la ciudad no genere cositas como las de Paysandú.

En realidad, es probable que a Brasil la capitulación no fuese lo que quería. Si aceptamos la idea, que tiene bastante lógica a la luz de los hechos, de que el Imperio no había perdido de vista la idea de expandirse hacia el sur, es muy probablemente que a los cariocas les hubiese venido mucho mejor doblegar a una Montevideo relapsa a sangre y fuego; pues eso les habría permitido tomarla y, tal vez, quedársela for good. Mediando una capitulación, sin embargo, hubo de entregarle la ciudad a Flores, quien entró en la misma entre el silencio de la población.

Esto es la guerra del Uruguay. Pero, en realidad, la guerra de la Triple Alianza es la guerra del Paraguay. Es lo que nos queda por contar ahora.



(1) Dado que por la temática y el tono de los comentarios que suscita esta serie es como para sospechar que se lee allende los mares, tal vez se deba explicar en este punto que en España, en otros países no sé, fue muy popular hace más de cien años un espectáculo taurino en el que una persona se quedaba rígida y quieta en medio de la arena de una plaza de toros. Normalmente, a causa de que el actor no se movía, el toro no lo atacaba, y en eso consistía la atracción. A este personaje que realizaba la acción de no mover ni una pestaña se lo llamaba Don Tancredo, y es por eso que, en el lenguaje coloquial español, en algún momento porque ahora lleva ya camino de ser expresión en desuso, «hacer de don Tancredo» ha significado, ante cualquier problema o petición de definirse, no hacer nada, ni tomar partido ni dejar de tomarlo. Los más viejos del lugar recordarán que incluso existía una frase más antigua para definir lo mismo, que era «estar como Quevedo». Expresión que provenía de la frase hecha «estoy como Quevedo: ni subo, ni bajo, ni estoy quedo».