jueves, mayo 14, 2015

Richelieu (Italia de nuevo, y el affaire Montmorency-Bouteville)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey. La estrategia da sus frutos pues Richelieu, no sin esfuerzo, consigue alcanzar la cumbre del poder. Una vez allí, se deberá enfrentar a su primer conflicto en el exterior, conocido como de La Valtelina

Tras resolver el conflicto de la Valtelina, Richelieu hubo de enfrentarse a una fuerte conspiración interior y exterior, que terminó resolviendo con el ejemplarizante castigo del marqués de Chalais. A continuación, hemos pasado a contarte el que tal vez es el hecho más importante del mandato de Richelieu, esto es el sitio de La Rochelle.


Los años de poder de Richelieu, y sobre todo los primeros, se asemejan mucho al símil de la persona que tiene que cubrir un cuerpo muy grande con una manta pequeña. Determinada actuación lograba resolver un problema, pero eso no servía para otra cosa que para crearlo en otro punto. Cuando todavía no había terminado el follón de La Rochelle, esto fue lo que le pasó al primer ministro. Esta vez, el problema estaba en Italia.


Durante el sitio de La Rochelle, el 26 de diciembre de 1627, Vicente II de Gonzaga tuvo la mala idea de morirse. Gonzaga era el duque de Mantua, cabeza de los señoríos de Mantua y Montferrat. Según sus disposiciones testamentarias, ambos territorios deberían pasar a las manos de un noble francés, el duque de Nevers, Carlos de Gonzaga. Esta herencia, sin embargo, no era del agrado del importante partido antifrancés europeo. Tanto España como el imperio y Saboya se alinearon en contra de esta operación o, cuando menos, de que supusiera el control por parte francesa de las dos principales fortalezas del norte de Italia, esto es Mantua y Casal. Carlos Manuel, duque de Saboya, envió rápidamente las tropas sobre la zona; mientras que el gobernador de Milán, Gonzalo de Córdoba, sitiaba Casal.

Richelieu estuvo un tiempo atado de pies y manos: mientras el problema de La Rochelle siguió sin resolverse. Pero en cuanto pudo, se lanzó recto y por derecho. Las tropas acopiadas para sitiar la ciudad portuaria no pudieron descansar. Nada más llegar a París, comenzaron, junto con su generalísimo y su rey, una marcha forzada hacia los Alpes.

En realidad, la operación diseñada por Richelieu, por el tamaño de su ejército se puede ver claramente, no estaba pensando únicamente en la cuestión mantuana. El primer ministro esperaba, de paso, poder poner en orden la rebelión larvada de los protestantes del sudoeste de Francia, constantemente atizados por la casa de Rohan.

Los austríacos, exactamente igual que los romanos unos cuantos siglos antes, fallaron en sus cálculos, puesto que nunca pensaron que la armada gala sería capaz de pasar los Alpes en invierno. Pero lo cierto es que los franceses, el 1 de marzo, estaban en la ladera sur del monte Genèvre. En la noche del 5 al 6, ocuparon el desfiladero conocido como Paso de Susa. Al día siguiente, presentaron batalla con tanto empuje que el sitio de Casal hubo de levantarse y las negociaciones comenzaron. En ese punto, Richelieu resolvió con el rey quedarse en el lugar, dirigiendo las negociaciones, mientras Luis, con la mayor parte de las tropas, volvía a Francia para atacar a los protestantes sureños. El 14 de mayo, comienza la toma (y arrasamiento) de Privas, uno de los strongholds de los protestantes. A principios de junio, Alais capitula. Eso no detiene las depredaciones de las tropas monárquicas, pues cierto es que los franceses, que se llenan tanto la boca con que si inventaron los derechos humanos y otras mandangas, siempre han tenido una proclividad bastante acusada al genocidio de sus enemigos; incluso cuando esos enemigos también eran franceses. Ante la situación, la casa de Rohan resuelve negociar, y el 28 de junio de 1629 se firma la paz de Alais o paz de la Gracia.

La paz de Alais es un ejemplo más de cómo hacía las cosas Richelieu. Contra lo que suelen pensar los vencedores hipermétropes, que piensan que lo mejor es firmar paces humillantes, Richelieu tenía la obsesión de cerrar la gotera protestante, y sabía que sólo lo haría con un texto que apretase, pero no ahogase. Así las cosas, la paz de Alais, como el pacto de La Rochelle, obliga a los protestantes a aceptar en sus ciudades el libre ejercicio del culto católico, pero en modo alguno les prohíbe el suyo. Además, les restituía el derecho común a los protestantes; aunque, eso sí, les colocaba un colegio jesuita en Montpellier. En todo caso, la paz de Alais, en la práctica, restituía el edicto de Nantes, que no era poco.

Algunas semanas antes, 19 y 24 de abril, se habían firmado los tratados de Susa y París, respectivamente, por los cuales el duque de Nevers veía confirmado su señorío mantuano, bajo la protección de Venecia, del Papa y del ducado de Saboya, todos ellos unidos contra el eje hispanoaustríaco. Si unimos a eso el acercamiento entre Francia e Inglaterra, podemos considerar que 1629 es el año de una victoria diplomática sin precedentes para Armand Jean du Plessis.

Aunque hasta ahora nos hemos detenido en contar los designios de la alta política gestionados por Richelieu, bien estará que también nos detengamos un poco en algunos aspectos algo más del día a día, que nos habrán de llevar al mismo lugar. Por ejemplo, el empeño del primer ministro en regular los duelos, que exasperó bastante a la nobleza.

Estamos en 1627, y hemos de fijarnos en un tipo llamado François de Montmorency-Bouteville. Hombre muy aficionado a los duelos, había violado ya veintiuna veces las regulaciones de este tipo de enfrentamientos e, incluso, había llegado a matar a uno de sus adversarios, Jacques de Goyon de Matignon, conde Thorigny. Guy d'Harcourt, barón de Beuvron, amigo del finado, deseaba vengar esta muerte.

Bouteville, enterado de aquellas intenciones, se había refugiado en Flandes. El rey Luis XIII, que no gustaba de follones con estas cosas, finalmente decretó que podía volver a Francia, pero que no podría residir en París. Bouteville, en un gesto claramente provocador ante el rey y su primer ministro, no sólo apareció en París, sino que anunció que se batiría en duelo con Bevron en la capital, en la place Royale; debajo de las ventanas de la residencia del cardenal Richelieu. La cosa era mucho más que un enfrentamiento por el tema de los duelos. Era un reto al cardenal, a ver si era capaz de actuar contra un Montmorency, al fin y al cabo una de las familias más rancias de Francia.

El duelo tuvo lugar el 12 de mayo. En el mismo, uno de los padrinos de Brevron, Bussy d'Amboise, resultó muerto. Brevron huyó a Inglaterra: por haber participado en el duelo, se enfrentaba también a la pena capital. Bouteville, por su parte, tomó una diligencia para alcanzar la Lorena. Sin embargo, enviados de Richelieu lo encontraron en Vitry-le-Brûlé, y se lo llevaron detenido a la Bastilla. Evidentemente, toda la familia Montmorency comenzó a hacer lobby para que fuese liberado. Sin embargo, como dejó escrito Richelieu en sus memorias, y es una buena pista de por dónde iba como gobernante, «salvarle habría supuesto abrirle la puerta a los duelos y al incumplimiento de las leyes».

El 22 de junio, Montmorency-Bouteville y el conde de Chapelles (uno de sus padrinos en el duelo) fueron decapitados.

Aquella ejecución fue vista por la nobleza como un ultraje. En su momento, fue aceptada aparentemente sin resistencia. Pero, sin embargo, pocos meses después, en 1629, cuando Richelieu regresase a París después de haber acomodado las cosas en el orden internacional, acabaría por aparecer.

En ese momento, María de Medicis atacó con todo lo gordo. A lo bestia. Las calles de París se llenaron de panfletos que ponían al cardenal de chupa de dómine. La Medicis, además, había firmado una alianza secreta con Gastón de Orleans. Lo que sigue se parece bastante a un argumento de Dumas. Ni María ni Gastón se fiaban el uno del otro, por lo que decidieron confiar su pequeño acuerdo escrito a una confidente elegida por los dos. Esta mujer, orgullosa de portar el secreto más importante de Francia, encargó una cadena de oro con una botellita del mismo mineral, dentro de la cual metió el papelito; y llevaba la joya en público siempre que podía. Al poco tiempo, todo el mundo en el Louvre sabía lo que contenía la botella de marras. Cuando Richelieu se enteró, tuvo probablemente la sensación de que ya estaba bien con la jodida vieja. Conocedor de todas las victorias que había procurado y de lo mucho que el rey le debía, decidió dar un golpe teatral: anunciar que se marchaba de la Corte. Fue un movimiento muy bien diseñado: Luis XIII, acojonado ante la posibilidad de perder a su mejor gobernante, llamó a todos los implicados a su seno, y les conminó a bienquistarse. La cosa terminó con un abrazo colectivo... pero, sobre todo, el nombramiento de Richelieu como «principal ministro del Estado».

Como el buen cardenal sabía bien, resultaba mucho más fácil ganar las batallas en el campo contra los enemigos, que en el palacio contra los amigos.