lunes, mayo 11, 2015

En la mesa de los Austrias

Cuando menos los lectores habituales de este blog no será la primera vez que me lean cuando escribo que la ambientación histórica es una misión imposible, o más bien demasiado cara como para interesar a los productores de cine y de televisión. Aunque a mucha gente, la inmensa mayoría de hecho, le de igual, es importante saber que lo que se ve en la pantalla cuando se reproduce el pasado no es el pasado; porque el pasado es algo demasiado diferente de nosotros como para poder reproducirlo.



Una batalla perdida de la ambientación audiovisual es el lenguaje. Reconozco que es un tema demasiado chirriante y exigente por mi parte, pero en la mayor parte de los casos es lo que me tira para atrás de las historias del pasado filmadas. Me ha pasado recientemente, de hecho. Había oído hablar bastante de El Ministerio del Tiempo, pero no había tenido la ocasión de verlo. Un día, zapeando sin pasión, me encontré en uno de sus episodios, y me quedé. Unos veinte minutos. Veinte minutos durante los cuales los protagonistas, que según he leído son españoles de hoy que viajan en el tiempo, sostuvieron un diálogo, mientras viajaban en carro, con el Lazarillo de Tormes. Bueno, con el Lazarillo, no: con un tipo que, extrañamente, hablaba como si fuese un estudiante de grado de Ingeniería Industrial. Lo cual tiene cierto demérito, pues de cómo hablaba el Lazarillo, igual que de cómo hablaba Sancho Panza, sabemos bastante.

Viene la cosa a colación porque en estas últimas horas he estado repasando algunas notas de un tema que en su día me interesó algo, no diré que bastante, que es el tema del protocolo de las grandes casas, y de la corona, durante la España renacentista y barroca. Y me dio que recordar lo muy distintas que son las cosas que se cuentan de las que eran; a pesar de que para documentarse apenas hace falta leerse un par de manuales de protocolo y buenas costumbres de los que entonces se escribieron y editaron bastantes.

Una cosa que me llama la atención de las comidas de época, por ejemplo, es que los organizadores de la escena filmada suelen prestar poca atención a quiénes la sirven. Da la impresión, las más de las veces, de que la comida es presentada en la mesa por una serie de criados, todos ellos más o menos de la misma jerarquía. No era tal. La comida era dispuesta en la mesa por el maestresala, palabra que ya lo dice todo sobre su oficio, auxiliado por pajes pero todos ellos bajo su estricta vigilancia. Por lo demás, en casi todas las comidas de época de las películas y series de televisión suele faltar la salva, que era el proceso por el cual el maestresala probaba todas y cada una de las cosas de las que iba a comer el señor, para asegurarse de que eran seguras.

Arrastrados por la reminiscencia de los tiempos medievales y más antiguos, en los cuales se comía con las manos, no pocas veces los guionistas de este tipo de escenas hacen a los hombres significados del Renacimiento y siglos posteriores comer con los dedos. Esto no es del todo correcto, aunque sí es muy cierto que el tenedor tardó mucho tiempo en saltar desde la cocina al comedor; pero lo que no lo es, es hacer a los comensales trasegar su comida, especialmente si era carne. Una de las funciones del maestresala, de hecho, era trinchar. Era él quien cortaba la carne servida, habitualmente no sólo para el principal de los señores de la mesa, sino para todos los comensales. Eso del personaje que se corta su propio filete es hecho bastante más contemporáneo.

Otro elemento común de las colaciones de la época de los Austrias españoles es que comenzaban por la fruta. Nos lo dice Miguel de Yelgo en su divertido Estilo de servir á príncipes: «Se dan por principios las frutas acedadas [maduras] y las demás que arrojase el tiempo, dando por postres las conservas, dulces y las frutas de sartén». Así pues, la fruta fresca, tal cual la conocemos nosotros hoy en nuestros postres, era en realidad el primer plato; quedando para el final de la comida las elaboraciones dulces y de otro tipo.

Otro tema muy curioso, que le ayudaría a algún que otro guionista a ganar puntos, es la presencia de médicos en las comidas. Esto no es secreto difícil de encontrar, pues cualquiera que haya leído el Quijote (que lo haya leído de verdad, no que diga que lo ha leído) encontrará la referencia bien clarita en su capítulo 47, dedicado al momento en que Sancho Panza, en lo mejor de su gobierno, se sentó a comer. Un hombre que está allí junto al maestresala y los pajes le informa de que es médico, describiendo su oficio con estas palabras: «estoy asalariado en esta ínsula para serlo de los gobernadores della, y miro por su salud mucho más que por la mía, estudiando de noche y de día y tanteando la complexión del gobernador, para acertar a curarle cuando cayere enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer de lo que me parece que le conviene y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al estómago».

Tal era la función del médico en los ágapes: plato a plato, comenzando por la fruta, vigilaba lo que se iba a comer y, a partir de los conocimientos que tenía sobre la figura y padecimientos de su señor, si consideraba que era nocivo para él comer de tal o cual cosa, tocaba el plato con su vara, señalando al maestresala que debía retirarlo. Por lo que se deduce de la escena cervantina y de otras fuentes, como el libro de Oliveros de la Marcha sobre la etiqueta en la Corte del duque de Borgoña, no debía de ser infrecuente que el médico, en realidad, se dedicase a prohibirle a su señor los platos más suculentos, sabiendo que en ese caso volverían a la cocina... que era donde comía él.

Otro elemento que falta de las comidas de época son las reverencias. Ya he dicho que, demasiado a menudo, los sirvientes de las películas parecen camareros; pero, en realidad, en la España de los Reyes Católicos y de los Austrias, eran pajes que debían obediencia y pleitesía. Por esta misma razón, nos informa Yelgo, cada vez que el señor beba, los pajes habrán de hacer una reverencia pronunciada, y permanecer doblados hasta que deje la copa en la mesa.

Tampoco se acuerdan las ambientaciones modernas de la luz. Comer, entonces se comía, y sobre todo se cenaba, en lugares mucho peor iluminados; y esta es la razón de que la comida entrase en la sala precedida de dos hachas ardientes. Y, es más: si volvemos de nuevo al gesto de beber del señor, durante el mismo dos gentilhombres habrán de encender una vela cada uno, sosteniéndolas en altos mientras deglute; y, al terminar, nos informa Yelgo, harán una reverencia y «levantarán las velas un poquito, y las asentarán en la mesa, haciendo una referencia al compás de bajarlas».

Cada vez que un señor llamaba a un paje para darle cualquier orden, éste venía obligado a hacer una reverencia en el umbral de la puerta, luego otra a mitad de camino, y una tercera al llegar junto a su señor. Una vez terminada la orden, deberá hacer una reverencia, luego dar la vuelta y, sin empezar a caminar, otra. En suma: cinco reverencias en cada recado.

Con todo, quizás el detalle que más atención llama de muchas películas de época es la costumbre de sentar a las mujeres en sillas, escabeles o taburetes. En España, y hablamos de las casas nobles y del palacio real, las mujeres no se han sentado hasta la llegada de los Borbones, que fueron quienes les pusieron un taburete en culo. Hasta entonces, y con la única excepción de situaciones y mujeres muy principales (como Isabel la Católica), las mujeres se sentaban cojines en el suelo. Es costumbre que, muy probablemente, llegó a España del mismo sitio que llegó la costumbre de cubrir el rostro de las mujeres en público, esto es de la España mora.

Los cojines y almohadas usados en estas sentadas se designaban estrados, lo cual tiene su lógico teniendo en cuenta que el origen de la palabra, del latín stratum, quiere decir acostado. En la España de los Austrias, los actos públicos contaban con el concurso de un hombre de la Corte, conocido como repostero de los estrados de la reina. Su función era tener almohadas a punto para el caso en que alguno de los hombres presentes quisiera hablar con alguna dama. Se la colocaba en el suelo para que el hombre pudiese hincar la rodilla y charlar cómodamente.

Si el encumbramiento de un grande de España, hombre, era situarse y estar junto a su rey tocado, esto es sin haber tenido que quitarse el sombrero como el resto de los mortales, el encumbramiento de su mujer era una ceremonia denominada tomar la almohada, ya que, puesto que sólo a las mujeres muy principales les estaba permitido sentarse en presencia de la reina, la principal muestra de su principalía era el hecho de que les entregasen una para sentarse ellas mismas.

Como he dicho, los Borbones cambiaron eso, y dictaron que la mujer se sentase en taburetes. En el siglo XVIII, cuando ellos llegaron a la gobernación de España, las mujeres todavía no llevaban ropa interior inferior; dentro de sus faldas apenas se llevaban a sí mismas y, por eso mismo, la moral de la época consideraba que, no pocas veces, cuando se levantaban de sus sentadas se producían, con demasiada frecuencia, espectáculos poco edificantes.