lunes, mayo 18, 2015

Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo

El bautismo es una ceremonia presente en muchas religiones y, muy particularmente, en la judía, de donde pasó al cristianismo pues, como acertadamente ha escrito en exégeta Reza Vermes, Jesús, si es que existió, nació, vivió y murió judío.

Que el bautismo fue escogido rápidamente por los primeros cristianos como un rito de iniciación a sus creencias lo demuestra la importancia que se le concede en los Evangelios, a través de la figura de Juan el Bautista. Jesús, sin embargo, practicaba el bautismo, siempre según los mismos escritos, a través de sus apóstoles; aunque algunos primeros padres consideraban, probablemente para sustentar el especial estatus que la religión cristiana les iba dando, que había bautizado personalmente a su madre y a su apóstol Pedro.

En los comienzos de la Iglesia, el bautismo se practicaba mediante tres inmersiones, que invocaban a la Santísima Trinidad. Aproximadamente en el año 500, sin embargo, ya se había hecho común bautizar con una sola inmersión (en España, desde el 591, tras la conversión de Recaredo, pues la Iglesia sospechaba que las tres inmersiones eran tomadas entre los arrianos de nuestro país como un símbolo de la división entre Padre, Hijo y Espíritu Santo; esto es, que bautizando mediante tres inmersiones, los arrianos seguían siéndolo en secreto). Además, para entonces ya se había consolidado también la costumbre de bautizar a algunas personas únicamente derramando agua sobre sus cabezas. Esta última forma fue adoptada por necesidad, puesto que cuando los catecúmenos eran lo que entonces se llamaba clínicos, esto es personas impedidas o inválidas que no se podían mover de la silla o de la cama, obviamente la inmersión era imposible. Cuando la Iglesia adopte la costumbre de bautizar a sus feligreses recién nacidos adoptará esta forma de bautismo por la lógica de que un bebé recién nacido no parece muy prudente andarlo sumergiendo en el agua (lógica que, al parecer, es falsa, pues pocos humanos se mueven más como pez en el agua que los bebés recién nacidos).

La Iglesia, primeramente, bautizaba a todo aquél que daba un paso al frente y mostraba su intención de ser cristiano. Sin embargo, muy pronto desarrolló el catecumenato, esto es, el proceso durante el cual la persona que desea ser bautizada, aspirante a cristiano por lo tanto, es instruida sobre las bases de la religión y sus obligaciones. El catecumenato duraba incluso años en algunas iglesias, y en la modernidad se ha desplazado a los momentos de la primera comunión y el matrimonio; de nuevo, a los bebés no se les puede instruir de gran cosa. En principio, el plazo de una persona que tuviese buenas costumbres para convertirse al cristianismo era de dos años entre el momento en que expresaba la voluntad y el momento de su bautismo, salvo que su estado de salud aconsejase adelantar la movida. Así lo establecía el canon 42 del granadino concilio de Elvira, o Iliberis.

Las personas que estaban en estado de catecumenato eran denominadas oyentes, por su especial estatus durante la misa. La palabra ya dice todo de cuál podía ser su actitud durante la celebración. Pero no sólo eso: además, tenían que abandonar la iglesia inmediatamente después del sermón del sacerdote; no podían, claro, participar en la eucaristía. En un estado superior e intermedio, eran denominados postrados, puesto que podían quedarse después del sermón, pero en estado de postración. Finalmente, el catecúmeno que llegaba a la situación de poder ser bautizado era llamado competente o iluminado.

El iluminado confesaba sus pecados al obispo y se presentaba en la iglesia vestido de forma humilde, donde era sometido a una serie de exorcismos sublimados. Los clérigos soplaban tres veces en su cara, y un sacerdote les ungía con saliva las orejas y la nariz, mientras declamaba el imperativo latino efeta, esto es, ábrete, abre tu corazón y tu mente a Dios. O sea, un poco como Kuato, el mutante hermano de Jordi Pujol, en Total recall. Con todo esto más algunas fórmulas declamadas por los sacerdotes, se entendía que se expulsaban los demonios del catecúmeno, pues en la primera iglesia se entendía que la persona que no estaba bautizada albergaba a los demonios en su interior, esto es, una superstición entre cristiana y pagana que se metaforiza en el concepto del pecado original; que es algo que llegará cuando se plantee la pertinencia de bautizar a niños y bebés.

El catecúmeno era puesto mirando hacia el oeste, esto es la oscuridad (el sol sale por el este), para que declamase su renuncia al mundo; y luego miraba hacia el este, esto es hacia la luz. Una vez sacado del agua el nuevo cristiano, el sacerdote le ungía con crisma (aceite) en la cabeza, se la cubría con un velo, y le besaba. Se le ponía un vestido blanco, que habitualmente no se podía quitar durante ocho días; días durante los cuales tampoco se lavaba.

Conviene saber que ya en los primeros bautismos había padrinos, con una función muy parecida a la que tienen actualmente. Eran especialmente importantes cuando el catecúmeno era un niño, pues por ser el infante incapaz de responder son sí mismo aparecían ellos (como hoy en día) como los fiadores de su fe cristiana; razón por la cual eran llamados anagoges, esto es, fiadores. También se los conocía como susceptores, ya que asistían al sacerdote en el momento de meter y sacar al niño del agua.

Honradamente, desconozco cómo se procede hoy en día, tiempos ya de Vaticano II y esas cosas, a la sacralización del agua utilizada en el bautismo. Pero durante mucho tiempo, ésta, que se realizaba el Sábado Santo, tenía sus bemoles. Se leían unas profecías de las escrituras, tras lo cual se pasaba a la bendición de la pila bautismal. Tras varios rezos, el sacerdote celebrante divide el agua con la mano derecha haciendo la señal de la cruz, la vuelve a tocar como señal de poder y, acto seguido, vuelve a realizar sobre ella la señal de la cruz tres veces. Acto seguido, mueve el agua hacia los cuatro puntos cardinales, como señal de la catolicidad del cristianismo y también, decían algunos, como recuerdo de los cuatro ríos del Paraíso (Fisón, Gehon, Tigris y Éufrates). Una vez hecho todo esto, el sacerdote forma otras tres cruces sobre el agua, esta vez con su aliento, en lo que se ha interpretado como un rito antidemoníaco. Luego introduce por tres veces el cirio pascual que ha acompañado toda la ceremonia, metaforizando la bajada del Espíritu Santo sobre Jesús cuando fue bautizado en el Jordán. Finalmente, hace la señal de la cruz sobre el agua con los óleos y crismas usados con los catecúmenos.

Como bien sabemos por ejemplos como el bellísimo de Florencia, durante mucho tiempo no se bautizó en las iglesias propiamente dichas, sino en edificios anexos a la mismas denominados baptisterios. La razón de esta práctica es que, hasta que a la Iglesia le entraron las prisas por bautizar a los nenes recién nacidos para que no acabasen en el Purgatorio, que es meconio relativamente moderno, no se bautizaba en cualquier día del año, sino en las dos pascuas. El baptisterio, por ello, pasaba toda la cuaresma cerrado a cal y canto, con el sello del obispo, que era roto por éste el Sábado Santo.

Resulta curioso recordar que la forma de bautismo que, al menos en la Iglesia católica, ha permanecido como la más común, esto es de los recién nacidos, no está en las prácticas de la primera Iglesia. Aunque sobre este tema (como sobre otros muchos) hay mucha discusión entre los expertos, todo parece indicar que el bautizado, en tiempos de los primeros cristianos, había de ser una persona totalmente consciente de lo que hacía, que además practicase un ayuno previo al momento de su bautismo; razón por la cual, probablemente, los niños quedaban fuera del ceremonial.

De hecho, el primer canon claramente a favor del bautismo de los niños no se produce hasta el III concilio de Cartago, en el año 397. En dicho concilio, la utilidad del bautismo de niños fue establecida con el argumento que la catolicidad del cristianismo, esto es que Dios no hace distinción de personas ni de edades, por lo que ni los obispos ni sacerdotes que celebren el bautismo deben hacerla. El principal punto de discusión, en este concilio, fue técnico, ya que los conciliares se planteaban si debían esperar cuando menos ocho días desde el nacimiento, como marcaba el rito judío de la circuncisión. En el fondo de esta cuestión está el hecho, evidente para la Iglesia hasta ese punto, de que aquél que se bautizaba traía su carga de pecados, y recibía a cambio la higiene de los mismos. El niño recién nacido no tiene pecados pero, tal y como acordaron los padres conciliares tomando sobre todo como fuente a Cipriano de Cartago, en tanto que nacido de la carne de Adán (todos somos hijos de Adán) heredaba by default el pecado de éste, por lo que debía acceder al bautismo, que se lo lava, lo antes posible. Otro concilio de Cartago, esta vez el del 418, estableció que negar la necesidad de bautizar a los recién nacidos era anatema. De todas formas, hay que recordar que todavía el canon décimo segundo del concilio de Trento anatematiza la idea de que las personas han de ser bautizadas no antes de la edad de Cristo al morir, salvo los enfermos; lo cual nos viene a decir que muchos siglos después de establecido el bautismo de una forma más o menos canónica, seguían surgiendo o existiendo opiniones que le exigían al catecúmeno ser adulto.

El concilio de París (829), en su canon sexto, discutió a fondo el problema derivado de que el bautismo incluía la condición sine qua non de una formación del catecúmeno en las reglas y obligaciones de la fe cristiana, combinada con el hecho de que, para entonces, ya era común bautizar a los recién nacidos. Se establecieron una serie de elementos de formación para el infante que habían de suplir a esa formación previa (y que, tal es mi opinión, acaban convirtiéndose en la primera comunión).

El Concilio de Trento definió como anatema defender la idea de que los bautismos del Bautista tenían la misma calidad y fuerza que los practicados (más bien ordenados) por Jesús. Esto fue establecido en el canon primero de la séptima sesión. En el segundo se estableció que también era anatema bautizar con cualquier agua. La verdad es que Trento, quizás porque fue un concilio celebrado tras mucho tiempo sin concilios, se dedicó bastante al tema. Por supuesto, también canonizó la superioridad de la Iglesia católica en su doctrina sobre el bautismo, y también canonizó contra las interpretaciones teológicas, muy queridas por algunos protestantes, según las cuales el pecador no pierde la gracia del bautismo mientras no deje de creer; o aquéllas según las cuales el bautizado, al serlo, sólo adquiere el compromiso de guardar la fe de Cristo, no sus leyes. Muy especialmente, se atacó la interpretación de que el bautismo como un sacramento que convertía en veniales los pecados cometidos. Trento, incluso, anatematizó la afirmación de que, siendo los recién nacidos bautizados faltos de discernimiento y capacidad de comprensión, debían ser rebautizados cuando hubiesen alcanzado la edad del discernimiento; que es, al fin y al cabo, lo que está implícito en las ceremonias de la primera comunión y la confirmación.

Resulta curioso que el propio catecismo de la Iglesia, a la hora de limpiar, fijar y dar esplendor a la definición del bautismo y su función, acuda al concilio de Florencia, celebrado en el siglo XV. Este dato, creo yo, nos da una buena medida de lo problemático y hasta cierto punto complejo que fue el tema durante mucho tiempo, puesto que la Iglesia hubo de migrar, y no es una migración fácil, desde el concepto del bautismo como un rito de entrada en la religión cristiana por parte de fieles conscientes, hasta convertirse en un rito de confirmación de la fe de los padres en el cuerpo y el alma de su hijo, como en realidad es hoy en día. Lo cual, curiosamente, es un problema actualmente para la Iglesia, puesto que, en países en los que el laicismo gana terreno, esta última interpretación juega en contra de la catolicidad eclesial: al ser los padres ateos o agnósticos, y al ser el bautismo un acto que depende de su albedrío y no del de su hijo, el bautismo, que se instrumentó así para ganar adeptos, tiende a perderlos. Aunque resulta infatuado que alguien que ya no es socio del club de golf se permita dar consejos a los socios sobre cómo ejecutar el swing, es éste otro de los puntos en los que la Iglesia haría bien en revisar sus postulados, probablemente eliminando esa teoría del pecado original que cualquiera que vea el rostro de un bebé recién nacido no se cree ni con tres botellas de absenta en el cuerpo, y sustituyéndola por algo más practicable y que apele, desde luego, a la conciencia madura del ser humano.