jueves, septiembre 18, 2014

Anschluss (15: la ¿respuesta? de Europa)

Una vez que los dos responsables de política exterior se encontraron dentro del gabinete de Hitler comenzaron, como decíamos, las negociaciones propiamente dichas. La principal dificultad de las negociaciones, en realidad, fue la total indiferencia que mostró Hitler hacia los detalles de la misma. Él ya había dicho lo que tenía que decir, y ya había anunciado lo que iba a hacer. En realidad, todo lo que se estaba hablando en ese momento se la pelaba.



Las condiciones que aceptaron los austríacos fueron:


  • Una amnistía inmediata a favor de los nacionalsocialistas encarcelados.
  • El nombramiento del consejero de Estado Seyss-Ynquart, para entonces ya la voz y los ojos del NSDAP en Austria, como ministro de la Seguridad Pública. Los alemanes exigieron que se permitiese al capitán Leopoldo y el doctor Tavs la entrada en Austria, de donde habían sido expulsados.
  • La anulación de una serie de medidas que se habían tomado, recortando o eliminando privilegios y pensiones de funcionarios que habían manifestado sus convicciones nacionalsocialistas.
  • El pase al retiro, si no inmediato en un plazo muy breve de tiempo, del general Alfred Jansa, jefe de Estado Mayor del Ejército austríaco. En realidad, lo que quería el Reich era el cese del ministro de Defensa, general Zehmer, pero en esto los austríacos se mostraron inflexibles.
  • El nombramiento del consejero ministerial Wolf, mano derecha de Schmidt, como jefe de comunicación del Gobierno. Esta condición dejó patidifuso a Schuschnigg, que creía en Wolf y no sabía nada de sus contactos en las oscuridades berlinesas.
  • La colaboración entre los nacionalsocialistas y el Frente Patriótico.

Las negociaciones fueron interrumpidas por un almuerzo que fue poco más que un aperitivo (un efecto probablemente buscado por Hitler; se pasó todo el breve rato de la colación llamando la atención sobre lo austero que era todo en su guarida de mando). Tras ello, y con la hora del ultimátum a punto de caer, se llegó al último acto de lo que difícilmente podríamos llamar negociación; aunque justo es decir que, sabiendo como sabemos nosotros cómo se las gastaron los germanos con los checos poco tiempo después, la verdad es que los austríacos se podían dar con un canto en los piños.

Von Schuschnigg sacó una de esas cosas que ponían de los nervios a Hitler, y que suelen estorbar a los totalitarios: la ley. Personalmente, dijo el canciller, él estaba dispuesto a aceptar el programa de cesiones que habían dibujado; pero la Constitución de su país obligaba a que quien realizase esa aceptación fuese el presidente Miklas, no presente en la reunión. El argumento terminó por convencer a Hitler, quien dio un nuevo plazo, hasta el 15 de febrero a las seis de la tarde, para que el presidente de la nación diese su nihil obstat al programa alemán.

El lunes 14, ya en Viena, Schuschnigg se dejó ver en una cena en honor del cuerpo diplomático. Quienes estuvieron allí lo encontraron con un ánimo suficiente como para especular que se había recuperado; pero se le veía hondamente triste. No es de extrañar, en el caso de un hombre que ahora se daba cuenta de que había sido, en buena parte, víctima de una conspiración, una conspiración que empezó el lejano día que Franz von Papen se le acercó en el intermedio de un concierto para comunicarle suavemente sus condolencias por la muerte de su esposa; y una conspiración en la que habían participado, de palabra, obra u omisión, personas a las que hasta aquel domingo había considerado amigas y aliadas suyas.

El canciller se llevó aparte a los ministros francés, inglés e italiano y les hizo un breve resumen de la reunión de Berchtesgaden, que casi le había llevado a él al colapso. Hablando como si tuviese una canica en la garganta que le impidiese expresarse, Schuschnigg acabó confesando que nunca en el siglo XX, el jefe del Gobierno de una nación soberana había tenido que soportar un trato tan mezquino y despreciativo (y no mentía; eso sí, hasta aquella fecha, porque la marca sería prontamente superada). Los diplomáticos sacaron enseguida a pasear el relativo optimismo de Guido Schmidt, pero Schuschnigg les dejó claro que no lo compartía. En su opinión, les dijo, Hitler le había dado un ultimátum, acompañado del consejo de no tratar de procurarse el apoyo de las potencias occidentales. Sin embargo, les dijo, él ya tenía claro que Austria no podría librar aquella lucha por sí sola.

El martes por la mañana, mientras Hitler desayunaba sus verduritas acostumbradas contando los segundos, tic tac, tic tac, que faltaban para las seis de la tarde, Viena hervía de conversaciones, conciliábulos y capillas. Entre las gentes informadas se supo rápidamente que tanto Schuschnigg como Miklas estaban manejando la idea de dimitir. A mediodía, el ministro francés en Viena se presentó en la Ballhausplatz para expresarle al canciller el deseo de su gobierno de mantener la independencia austríaca, y preguntarle si Francia podía hacer algo para aliviar la situación; ese gesto, de pura elegancia diplomática exenta de significado real, fue todo el apoyo que recibió Austria aquel día. El secretario de Schuschnigg, Hornbostel, en ausencia del jefe del Gobierno, le contestó que muchas gracias, pero que el ultimátum vencía en unas pocas horas, y que no veía qué podían hacer.

Así las cosas, antes de llegar las seis de la tarde, Austria aceptó las condiciones impuestas por el Reich. En los días siguientes, procedió a tomar las medidas comprometidas en los acuerdos. Guido Schmidt,  ya ministro de Asuntos Exteriores, siguió jugando su juego. Dio instrucciones claras a sus diplomáticos de transmitir tranquilidad, y por ejemplo el embajador en Londres, el barón de Frankenstein, cumplió dicha labor tan bien que Neville Chamberlain pudo ir a los Comunes a afirmar que Austria en modo alguno se sentía objeto de un ultimátum, y que los acuerdos con Hitler habían sido libremente aceptados.

La pelota estaba ahora en el tejado de las grandes potencias.

Estas potencias europeas no reaccionaron de una forma parecida. Italia, por una parte, estaba bastante más interesada por las acciones que había venido realizando para acercarse a Londres, y que consideraba estaban a punto de dar frutos. Por lo que se refiere a Francia, teniendo en cuenta su juego de alianzas, las noticias sobre lo ocurrido en Berchtesgaden la inquietaron mucho; pero no por Austria, sino por Checoslovaquia. La previsible caída de Austria suponía, para París, la importantísima desaparición del proyecto de crear en el Este europeo un frente antialemán, cuando menos un tridente Viena-Praga-Budapest. Las autoridades francesas, sin embargo, mostraban una cortedad de vista bastante grande al considerar, como consideraron, que la independencia austríaca no estaba necesariamente en peligro, porque el país, según consideraban ellos, tenía recursos suficientes para enfrentarse a los embates del nacionalsocialismo. Por último, los británicos, siempre tan poco proclives a pasar a la acción, adoptaron una posición de wait and see, convencidos de que la cuestión austríaca rompería el buen rollo entre Berlín y Roma. Además, su crisis de gobierno pronto les colocaría en una difícil posición para tomar acciones relevantes.

El día 18, París movió ficha, proponiendo al Foreign Office una toma de posición común sobre la materia, sobre la base de los siguientes elementos:


  • Ambos países afirman la necesidad imperiosa de que se mantenga la independencia austríaca.
  • Ambos países se reservan la posibilidad de decidir que Austria, de hecho, ha entregado su soberanía tras la reunión de Berchtesgaden.
  • Todo acto de violencia en la zona por parte de Alemania se encontrará con la «oposición enérgica» de ambos países.
Anthony Eden era partidario de un movimiento muy parecido al que se contiene en estos elementos. Sin embargo, Neville Chamberlain no era de esa opinión. Para este político, la cuestión austríaca, y en general toda la Europa del Este, era un elemento colateral de un elemento mayor de mucha más importancia, que eran las relaciones entre Londres y Roma [inciso español: si para Chamberlain el tema de Austria era sólo una derivada del tema mayor consistente en atraer a Roma a su redil estando como estaba Italia ayudando descaradamente al bando nacionalista de la guerra civil, ¿cómo podía nadie pensar que no iba a considerar dicha guerra civil española como un mero elemento colateral del elemento colateral?].

El enfrentamiento entre ambas posiciones fue tan frontal y con ausencia de términos medios, que acabó causando la caída de Eden. Chamberlain quería prolongar las negociaciones con Italia unos tres meses, y simplemente no quería ruidos durante ese tiempo. El apoyo británico al borrador francés habría sido un barrito de paquidermo. Los chamberlainanos consideraban que, una vez iniciados los contactos con Mussolini, éste, a cambio de conservar las ventajas ofrecidas por Inglaterra, abrazaría la causa de la independencia austríaca [pero ni siquiera aspiraban a que abandonase su política española, porque en España, cuando menos, luchaba contra la URSS, algo que a Inglaterra ya le iba bien]. Pero lo cierto es que los ingleses ni siquiera colocaron el tema austríaco en la agenda de temas a discutir con los italianos.

El Quai d'Orsay, a pesar de la caída de Eden, mantuvo su propuesta de acción conjunta. Pero recibió pronto de lord Halifax, nuevo ministro de Asuntos Exteriores, una negativa clara. Para ello, los ingleses se agarraron a la versión interesadamente difundida por Schmitdt: que el acuerdo de Berchtesgaden había sido eso: un acuerdo libremente consentido por ambas partes. En la sesión de la Asamblea Nacional francesa de los días 25 y 26 de febrero, teóricamente dedicada a la política exterior pero convertida en un monográfico sobre Austria, todos los partidos políticos se pronunciaron demandando acciones en defensa de la independencia austríaca. El 1 de marzo, el gobierno francés recibió un mensaje de Eduard Benes solicitando la conservación de la independencia austríaca, argumentando que lo contrario haría perder la confianza checoslovaca en el apoyo francés y, consecuentemente, podía llevar al país a iniciar negociaciones con Alemania. Este mensaje causó una viva impresión al gobierno francés y provocó una nueva solicitud de entente dirigida a Londres.

Llegaron mensajes de inquietud por el ultimátum de Berchtesgaden de Atenas, de Sofía, de Budapest, reavivando la llama de una coalición danubiana, y haciendo renacer en algunos países, como Hungría, las acciones de represión del nacionalsocialismo local.

Todo esto, sin embargo, transcurrió sin movimientos de importancia: muy especialmente, sin la esperada por casi todos toma de posición conjunta de Francia e Inglaterra que era lo único que podría haber acojonado algo a Hitler. Europa, pues, aceptó el ultimátum de Berchtesgaden con muy poquita renuencia.


A Austria le quedaban dos telediarios.