lunes, septiembre 22, 2014

Anschluss: (16: el NSDAP comienza a hacer de las suyas, y Von Schuschnigg camina hacia La Luz)

El 15 de febrero, a las siete de la tarde, en el café Luitpold de Munich, comenzó la celebración de la victoria por parte de los nacionalsocialistas emigrados en Alemania. La verdad es que no todas las personas que se dejaron ver por allí estaban muy felices. Los viejos miembros del grupo de la Teinfaltstrasse, prácticamente todos ellos acogidos en Alemania, habían leído adecuadamente la noticia de que Seyss-Ynquart iba a entrar en el gobierno austríaco, y entendido que era muy probable que ni siquiera regresasen a Viena. Leopoldo, Tavs e Inder Mauer sabían que, a poco que Austria se pusiera de canto, Berlín cedería a la hora de permitir que no regresasen a Viena. De aquel primer grupo sólo quedaban en Austria Jury, protegido por Menghin y Globotschnigg. Hitler nunca les perdonó que permitiesen que la policía vienesa se hiciese tan fácilmente con una documentación muy comprometedora que podría haber dado al traste con la Anschluss si el gobierno austríaco la hubiese manejado de otra manera (lo cual equivale, más o menos, a decir si se no se hubiese dejado manipular por Guido Schmidt, valedor real de que dichos papeles nunca viesen la luz).


El 20 de febrero, por fin, se produjo el discurso de Hitler ante el Reichstag. Lo más importante de su alocución no fue lo que dijo, sino lo que no dijo. Porque en ningún momento expresó su compromiso con los acuerdos de Berchstegaden, cuya tinta todavía estaba húmeda; y mucho menos, por supuesto, afirmó su compromiso con la independencia de Austria. Esa misma tarde, se celebró en la ciudad una reunión de jefes regionales (gauleiter) del NSDAP, presidida por Rudolf Hess. Tomaron una merienda cena en la que, sorpresivamente, apareció el canciller. En su discurso, el (casi) siempre fiel Hess soltó una loa de la hostia sobre su jefe, del que, dijo, había salvado a Alemania de una situación insostenible. Y es que así se vio en Alemania el tema de Austria; como la feliz gestión por parte del Führer de una situación que amenazaba la seguridad del país.

En las horas siguientes, comenzó la siguiente fase de la Anschluss: unos 3.000 hombres de probada fe nacionalsocialista fueron instruidos para inscribirse en el Frente Patriótico, así como en otras organizaciones sociales legales austríacas. La misión de este movimiento era hacer indiscutible a los ojos de cualquier observador la fe nacionalsocialista del austríaco medio y, por lo tanto, sustentar así la idea de un dominio nazi en el país, querido por la sociedad. La Gestapo de Munich, en paralelo, comenzó a trazar planes para desplazar, en el momento necesario y con toda urgencia, altos mandos a Viena.

En Viena, los nacionalsocialistas locales crearon, en la Seitzergasse, una cosa que llamaron Oficina Alemana, con secciones de: Trabajo, Asociaciones, Prensa, Cine, Teatro, y otras actividades de impacto social. En otras palabras, se reinventó, en unas horas, la Teinfalstrasse.

Seyss-Ynquart fue nombrado ministro del Interior el día 15 de febrero, y la verdad es que no hizo el menor esfuerzo por disimular: al día siguiente, ya estaba en Berlín, entrevistándose con Heinrich Himmler y Heydrich, en lo que se vendió en Viena como un intento de coordinar las policías alemana y austríaca en la lucha contra el comunismo. Lo increíble es que, a esas alturas, todavía Kurt von Schuschnigg tuviese algunas ilusiones de poder controlarlo, dado que era católico y, de hecho, miembro de la misma organización religiosa donde habían militado él y Schmidt, la sección vienesa de las asociaciones y uniones federadas de estudiantes católicos alemanes. Por lo visto, también se sentía relativamente cercano a él porque ambos eran muy melómanos.

Melómano y todo, lo que Seyss-Ynquart había hecho en Berlín había sido trazar con Himmler y Heydrich un meticuloso plan de trabajo para preparar a la sociedad austríaca para el siguiente paso, que obviamente debería ser la anexión. El plan diseñado tenía varios puntos:

  • A partir de aquel mismo momento, los nacionalsocialistas establecerían estrechas rutinas de espionaje y control sobre sus principales adversarios.
  • Elaboración de listas de personas sospechosas, con indicación de sus circunstancias vitales.
  • Provocar conflictos que justificasen el refuerzo de las unidades, diríamos nosotros, político-sociales de la policía austríaca.
  • Colocar personas fieles al partido en comisarías clave.
  • Tomar medidas categóricas contra los periódicos extranjeros hostiles al nacionalsocialismo.
  • Proteger, en la medida de lo posible, a los alemanes residentes en Austria.
  • Ejecutar en la medida de lo posible la penetración nacionalsocialista en la judicatura.
  • Elevar un movimiento en Austria a favor del regreso de los legionarios nazis expulsados del país, con los que se constituirían las unidades auxiliares de la policía.
  • En caso de tumultos, detener inmediatamente a los jefes católicos, legitimistas y socialdemócratas.
  • Como ya se ha citado, enviar a Viena, en «viaje de estudios», a diversos altos mandos de la Gestapo.

Casi al día siguiente de esta entrevista, hordas de estudiantes y de viajantes de comercio alemanes comenzaron a viajar a Austria. Aquella invasión silenciosa fue tan brutal, que a finales de marzo la ocupación hotelera en Viena era del 100%.

Comenzaron inmediatamente las manifestaciones nacionalsocialistas, que tomaron como teatro, además de Viena, las cabezas de territorio como Graz, Linz, Innsbruck, Salzburgo o Klavenfurth. Especialmente Graz y Linz, ciudades ambas que tenían un pasado más alemán, y que fueron convertidas, de hecho, en ciudades alemanas. El canciller Von Schuschnigg, cuando los austracistas de aquellas ciudades protestaron, quiso llegar a algún acuerdo; pero, con ese optimismo antropológico que, la verdad, no se sabe de dónde había sacado, mandó con dicha misión a Seyss-Ynquart, que de paso que «negociaba» con los nazis locales les pasaba dinero y camisas pardas. Para entonces, diversas empresas austríacas se habían pasado al bando nazi y estaban untando el movimiento, que contaba con 300.000 schillings. Pronto, lo que se percibió en Viena fue el peligro real de que desde Graz y Linz se organizase una marcha sobre la capital, a la Mussolini (o a la Mao, que eso de las marchas largas o largas marchas se ha dado mucho). Para entonces, la embajada alemana en Viena ya no se cortaba de demostrar su complicidad con el nacionalsocialismo local.

En diversas localidades de Estiria se colocaron carteles en los escaparates de comercios judíos llamando al boicot de los mismos; la policía no impidió ni una sola de estas pegadas. Las empresas comenzaron a despedir a sus trabajadores hebreos.

Un día, un tipo llamado Buzzi, nacionalsocialista convencido y funcionario del Banco de Austria, tomó una decisión bastante importante por sí mismo. Cuando el gobernador de la entidad, Viktor Kienböck, le llamó la atención por ello, se limitó a contestar, fríamente: «Ahora soy yo quien manda aquí». Cuando el gobernador le terciase: «Pero está usted decidiendo en contra de los intereses de Austria»; el otro contestó, simplemente: «¿Y los intereses de Alemania? ¿Es que no los tenemos en cuenta?»

Escenas de muy parecido jaez se producirían allende y aquende los despachos de la Administración Pública.

Kienböck, por cierto, dimitió el 18 de febrero.

Prácticamente de la noche a la mañana, Austria pasó de un optimismo realista, basado en la convicción de que la sociedad austríaca no era nazi, a un pesimismo total, en el que no se veía capaz de resistir. Y el comienzo masivo de venta de capitales por los judíos terminó de convencelos. Los socialdemócratas, tapándose la nariz, dirigieron mensajes a Von Schuschnigg, a mediados de febrero, indicándose, muy acertadamente, que en apenas quince días no quedaría una sola persona en Austria que tuviese ganas y redaños para oponerse a los nazis, o, si los tuviese, estuviera fuera de la cárcel para hacerlo; y, consecuentemente, le pedían una palabra y un llamamiento al que ellos podrían responder. Para que nos hagamos una idea, esto es más o menos como imaginarse a Pablo Iglesias haciendo una coalición con Rajoy para repeler una invasión francesa. Von Schuschnigg, en principio, estaba ya de biorritmo flojo, especialmente desde que había recibido informes sobre la que había montado su ministro en Graz. Ahora su mantra era que esto sólo lo podía arreglar Mussolini. Sin embargo, estos apoyos acabaron por galvanizarlo, y fruto de esa mejora de su plan mental es su discurso del 24 de febrero, convocado y diseñado para responder al de Hitler cuatro días antes. Discurso en el que pronunció una frase entonces famosa: «¡Rojo, blanco y rojo hasta la muerte!»; que fue interpretada como una llamada a la lucha, y que entusiasmó incluso a los socialistas. Fue, sin embargo, un gesto cara a la galería. Horas después, la labor de zapa nacionalsocialista, creando Estados dentro del Estado y manipulando la opinión pública, continuó, nunca mejor dicho, impasible el alemán.

En Berlín, sobrados como estaban, habían cometido la enorme torpeza de permitir la difusión radiada en directo del discurso de Schuschnigg. Evidentemente, respondieron con rabia, arremetiendo contra el canciller austríaco y apelándolo de traidor y mentiroso. Rápidamente, le dieron la vuelta a la tortilla: Hitler había hecho un discurso conciliador (que ni modo), y Schuschnigg le había contestado con uno de combate. Sin embargo, la galvanización creada en Austria por el discurso del canciller había alcanzado a sindicatos y a patronos, que organizaron una especie de referendo avant la lettre, aprobando el 22 de febrero una moción que fue firmada por buena parte de los empresarios y, en días siguientes, por centenares de miles de trabajadores.


Aquel apoyo fue el que llevó a Von Schuschnigg a pensar en disparar un último cartucho. ¿Dices que Austria es Alemana?, parecía preguntarle a Hitler. Muy bien: en ese caso, convoquemos un referendo, y a ver quién mea más lejos.