miércoles, julio 09, 2014

Anschluss (12: un complot descubierto, y un cambio de planes)

1938, que por supuesto es el año que sigue a este tan interesante de 1937, es, para el Gobierno austríaco, el año en el que ya se tiene que tomar absolutamente en serio todos los rumores y noticias en el sentido de que los nacionalsocialistas están pensando en complotar contra su autoridad.

Uno de los miembros de Los Siete, el doctor Tavs, aportará casi inocentemente el motivo.


A principios de año, concede una entrevista a la revista yugoslava Slovenski Glass en la que, el muy tontolaba, desvela con total naturalidad la inmensa mayoría de las cosas que los nacionalsocialistas austríacos habían pactado de boquilla con Von Schuschnigg. Obviamente, esto sitúa al canciller ante la espada y la pared, y es por esto que el máximo mandatario del país ordena al prefecto Skubl, secretario de Estado de Seguridad, que realice un registro en la Teinfalstrasse.

Es obvio que los nacionalsocialistas no habían tomado precaución alguna contra este tipo de acciones pues, aunque formalmente su vida pública estaba prohibida, sabían bien, por el propio Von Schuschnigg, que no iban a ser molestados. Por otra parte, ni se podían imaginar que Tavs iba a hacer el pollas de aquella manera. Corolario: cuando la policía austríaca entró en el local, encontró todo tipo de documentación clandestina. Una especie de papeles de Sokoa a la teutona.

Uno de los principales elementos encontrados por la Policía fue toda la documentación relativa a la relación entre la Teinfalstrasse y la Helferstorferstrasse, esto es, entre los ilegales consentidos y los ilegales de verdad. En los papeles intervenidos estaba toda la documentación sobre organizaciones de combate, nombre y filiación de los correos, así como la identificación precisa de quién o quiénes se responsabilizaban, en cada provincia, de la dirección política del nacionalsocialismo. Lo que se dice un mapa preciso del movimiento semiclandestino.

Con todo, lo más importante que apareció en el local fue lo que se conoció como plan RH; que es un tema que no tiene nada que ver con aquello que decía Arzallus del RH de los vascos, sino con la planificación del golpe de gracia a una Austria independiente.

El Plan RH contaba con la producción de un ultimátum basado en la renuencia de los austríacos a desarrollar los acuerdos de julio del 36. Los nazis pensaban fijarse fundamentalmente en el famoso (famoso en su día, se entiende) párrafo tercero de dicho acuerdo, que afirmaba la alemanidad de Austria. La verdad es que fue una torpeza por parte de Von Schuschnigg firmar aquel acuerdo sin casi fijarse en aquel párrafo, que consideraba un mero texto introductorio de carácter decorativo. Cuando se trata de política, no digamos ya de identidades nacionales, hasta el texto más insulso puede ser importante; como, por otra parte, bien hemos comprobado en nuestro predio muy recientemente con el gesto del parlamento catalán de colocar la palabra nación en el preámbulo de un Estatuto, esto es, pretendidamente también un texto meramente cornucópico y sin valor jurídico alguno.

Para las gentes de Hitler, sin embargo, aquel párrafo tercero fue de la máxima importancia desde el minuto uno después de la firma. De hecho, como digo, su principal «percha» para sostener un ultimátum contra el canciller era el hecho de que, según ellos, en múltiples declaraciones a periódicos de todo el mundo, Von Schuchsnigg había dejado clara su traición a los principios de este párrafo. Un hombre que rechaza la alemanidad de Austria no está, decían, capacitado para dirigir un Estado alemán y, consecuentemente (al loro que viene lo bueno), el pueblo alemán tenía la obligación moral de salir en defensa de sus hermanos austríacos, oprimidos por un canciller antigermano. Esto, por supuesto, no era inmiscuirse en los asuntos de un Estado soberano, sino exigir el cumplimiento de las cláusulas de julio.

Una toma de posición, en términos imperativos, por parte del III Reich, provocaría, tal era la esperanza de los nacionalsocialistas, la dimisión del canciller Von Schuschnigg; la hipótesis no era nada descabellada pues, verdaderamente, a principios de 1938 había que estar tolili para pensar que se podía estar al frente de Austria una vez que Berlín te había puesto oficialmente la proa. Paralelamente, el Reichswehr concentraría unidades motorizadas, carros de combates e incluso aviones en la frontera; pero sin intervenir. Se trabajaría a toda prisa para alcanzar un acuerdo con Yugoslavia que permitiese colocar tropas también en esa frontera. El Plan RH era, en realidad, un plan de invasión germano-yugoslavo, en el que Berlín había ofrecido a Belgrado el cebo de que lo que se cocía en Austria era el regreso de los Habsburgo, lo que podía provocar el intento de hacer renacer el Imperio. Hitler necesitaba esta complicidad, porque no tenía nada clara la participación de sus propias Fuerzas Armadas en la movida.

El Plan RH contaba con pillar a Italia demasiado preocupada con otras cosas. Consideraban los nazis que Mussolini no tendría mucho que decir a la caída del gobierno austríaco y su sustitución por un gabinete presidido por un político neutro y con un vicecanciller y tres ministros nazis. Seis meses después, el pájaro cuco desalojaría a todos los demás pollitos del nido, el gobierno pasaría a ser plenamente nacionalsocialista y entonces, sólo entonces, se convocaría un referendo, con resultado más que previsible (porque los referendos, por lo general, siempre los gana quien los convoca).

La documentación del Plan RH contenía dos listas ministeriales distintas, pero en las dos se concedía el ministerio del Interior a Seyss-Ynquart. Guido Schmidt retendría sus responsabilidades de Exteriores; y un tercer filonazi, Glaise Hostenau, ocuparía un ministerio sin cartera que le daría, a la vez, acceso a las deliberaciones gubernamentales y un margen de actuación más que sobrado para poder actuar de enlace entre los ejércitos austríaco y alemán.

El Plan RH se completaba con una serie de documentos meticulosamente descriptivos de una serie de provocaciones que serían impulsadas por los nazis para lubricar la campaña del ultimátum. Entre ellas, figuraba el asesinato del mismísimo embajador Von Papen. En realidad, en primer lugar los nazis austríacos habían elegido al agregado militar, general Muff. Pero había sido Berlín quien había ordenado que el objetivo se cambiase. Probablemente, Hitler esperaba matar, literalmente, dos pájaros de un tiro. La sección del estandarte 89 de la SS ilegal austríaca, con mucho la más activa, había sido ya designada para realizar el apiole. Ya se habían agenciado para los terroristas unos uniformes de la Legión de Hierro, cuerpo paramilitar creado por los legitimistas austríacos, a los que les iban a cargar el mochuelo.

Antes de descubrirse los papeles, un Von Papen en plena fase de soltura intestinal había ido a ver personalmente a Von Schuschnigg para pedirle protección ante un complot contra él de la Legión de Hierro. El 5 de enero, y tras haber sido denunciado por los nacionalsocialistas, la policía llegó a detener a un ex nazi, ahora enlistado en la Legión, llamado Walter von Leubuscher, quien sería el teórico asesino del embajador.

Von Papen quedó chupetizado cuando se enteró de lo que se estaba tramando; sobre lo cual, pese a ser embajador en Viena, tenía información apenas borrosa, si es que la tenía, ya que en el NSDAP no se fiaban de Von Blomberg ni en general del ministerio de Asuntos Exteriores, al que reputaban demasiado petado de viejos políticos de la derecha nacionalista alemana no nacionalsocialista. Papen era partidario de la profundización de los acuerdos de julio pero, probablemente por la distancia que, en todo caso, había tomado con Berlín, no era consciente de cómo estaban cambiando las cosas en Alemania. De cómo, paulatinamente, el nacionalsocialismo estaba colocando peones importantísimos en el Ejército alemán, lo cual hacía que cada vez fuese menos probable que los hombres de uniforme fuesen a contrapesar las claras convicciones de Hitler en el sentido de que debía invadir Austria. Este camino, sin embargo, era pedregoso.

El jefe militar germano, general Von Fritsch, estaba convencido de que Heinrich Himmler preparaba un golpe contra él que llevaría a cabo la Gestapo. Fritsch sabía de buena tinta (y es verdad, por cierto) que un completo dossier sobre las personas con las que hablaba por teléfono o se reunía había viajado hacía poco a Berchtesgarden; Hitler no confiaba en él y tan sólo esperaba la eclosión de un general suficientemente pronazi para sustituirlo. Y, como hemos explicado algunos párrafos más arriba, ya no podía contar con la complicidad de Göring quien, por razones propias, se había pasado al partido Hawk en lo que a Austria se refiere.

Schuschnigg reaccionó como tenía por costumbre: con cautela. Para empezar, prohibió que la documentación incautada fuese publicada. Eso sí, el 30 de enero, cuando se celebraba el aniversario de la llegada al poder del NSDAP en Alemania (el día que Hitler debería haber planteado el ultimátum a Viena; cosa que como veremos enseguida, no hizo), las manifestaciones fueron prohibidas en Viena. Pero con este gesto se cargó, sin querer, toda posibilidad de que las cosas fuesen de otra manera.

Tras los registros policiales en Viena, el general Von Fritsch, en soledad porque Von Blomberg estaba de luna de miel, creyó que era el momento de «atacar» a Hitler. Convencerlo de que debía hacerle caso en su principal reivindicación, que ya le había explicado a Blomberg, en el sentido de que el Ejército necesitaba dos años sin conflictos para poder consolidarse. Para ello contaba con que el escándalo de la Teinfalstrasse se conociese en todo el mundo. Ni se le ocurrió que el canciller austríaco fuese a guardarse los papeles. Pero eso mismo es lo que hizo.

Con el silencio de Schuschnigg, a Fritsch todo le salió mal. No sólo no se encontró a Hitler escandalosamente crucificado en la prensa mundial por golpista; sino que el suceso, al permanecer en secreto pero dar lugar a represiones en Austria, favoreció al bando nazi, esto es Hess, Himmler, Göbels y, ahora, también Göring, para reclamar «venganza para la Teinfalstrasse».-

Hitler, mientras tanto, dio orden desde Berchtesgarden de aplazar sine die la sesión del Reichstag de 30 de enero, aquélla en la que habría de presentar el ultimátum. Lógico. El Plan RH había sido descubierto. Hacía falta montar otra estrategia. Ya no se podía acusar a Austria de haber violado el tratado; a Viena le bastaría con airear dos o tres fotocopias.

Rudolf Hess fue a verle al Obersalzberg. El lugarteniente de Hitler era de la opinión de que había que golpear. Esperar una señal de los nacionalsolcialistas austríacos para invadir el país con las SS. Hitler, mucho más inteligente que su amigo de celda, le corrigió: cualquier cosa que se haga, ya no va a bastar la mera acción de presión del Partido. Para que lo entendiese su interlocutor, y derrochando con él una paciencia que al resto del mundo le negaba, le explicó: «puesto que lo previsto en el Plan RH ya no podremos ejecutarlo clandestinamente, cualquier intervención nuestra provocaría una guerra civil en Austria; y, si eso pasa, tendré en dos días al mundo entero a mis espaldas».

[Inciso español. Valore el lector la forma bien diferente en que, asimismo, valoraba Hitler dos hechos aparentemente iguales: el estallido de sendas guerras civiles. Sabía que una guerra civil provocada por los nazis en Austria generaría un conflicto internacional en el que todo el mundo, también Italia, estaría en su contra de una forma u otra. Sin embargo, año y medio antes se había metido de hoz y coz en otra guerra civil, la española, sabiendo que nada de eso iba a ocurrir. Las razones para esta diferencia son dos: una, la geopolítica: España no está donde está Austria. Otra, la política a secas: por mucho que ahora queramos ver en la guerra civil una «guerra en defensa de la democracia», en ese bando democrático había importantísimos elementos muy poco democráticos, con enormes sintonías con la URSS. Éste es el segundo factor que hacía a España diferente de Austria; que hacía que el problema austríaco fuese un problema y el español, no.]

Hitler, en todo caso, había llegado a la conclusión de que el Ejército tenía que meterse en tema hasta el corvejón. En ese punto Hess, lógicamente, contrapuso la renuencia de Fritsch, y de otros muchos generales. Sin embargo, Hitler le contestó: lo de Austria tendrá que ser en unas semanas. Ya he hablado con Göring y Göbels. Pero es necesario que la oposición del ejército y de la Wilhelmstrasse (Exteriores) se acabe de una vez. Acto seguido, le dijo a Hess: «ha llegado la hora y voy a hacer tabla rasa. La dirección del Ejército y de la Wilhelmstrasse deben ser nacionalsocialistas. Desde ahora, seré mi propio ministro de la Guerra. Blomberg, Fritsch y sus acólitos deberán irse. He pensado en Von Ribentropp para ministro de Exteriores».

Y terminó, entre dientes:

«En cuanto tenga al Ejército en la mano, le voy a decir un par de cosas a ese Schuschnigg».



Y se las dijo. Vaya que se las dijo.