viernes, junio 27, 2014

Anschluss (10: ¡Italia!)

En diciembre de aquel año, Delbos regresó de su viaje por la Europa de Este y, unos pocos días después, compareció ante la comisión de Asuntos Exteriores de la Asamblea Nacional. En unas pocas semanas, el espíritu del ministro francés había cambiado radicalmente. En noviembre se había mostrado, como hemos explicado, totalmente implicado en la garantía de la independencia austríaca. Esta vez, sin embargo, declamó, con una voz monocorde, como si fuese la voz de un robot telefónico de atención al cliente, que en Varsovia el coronel Beck le había dicho que no albergaba ningún tipo de esperanza sobre el futuro de Austria. El coronel polaco decía estar convencido de que la Anschluss era un hecho que ya nadie podría parar y, de hecho, apostaba por la primavera de 1938 para su producción.


Joseph Beck, con casi total seguridad, hizo aquellas afirmaciones ante Delbos por indicación de Hitler. La jugada del canciller alemán fue maestra. Con esa afirmación, Beck dio el primer martillazo sobre el presunto muro de resistencia que Delbos había ido a construir. La declaración polaca dejaba claro ante el ministro francés que Polonia (y esto quería decir: también Hungría: Daranyi y De Kanya habían estado en Berlín a finales de noviembre y, tras una escena durísima con Hitler a cuenta de un congreso religioso en Budapest en el que el canciller había prohibido la participación de católicos alemanes, y tras calmarse Hitler, ambas partes habían llegado a la conclusión de que no tenían demandas territoriales comunes, así pues la Anschluss ya les valía…) había decidido jugar la carta de dejar hacer a Hitler para cobrarse esa compensión en forma de las partes de Checoslovaquia que ambicionaba. Polonia y Hungría decididas a mirar cómo Alemania movilizaba sus divisiones sobre Checoslovaquia y, eventualmente, Austria, significaba que la entente danubiana se hacía imposible. Hitler necesitaba saber cuál podría ser la reacción de Francia ante aquel fait accompli. Y el gesto de Delbos de confesar las cosas en el Parlamento le enseñó que la férrea voluntad de defender la independencia de Austria ya no lo era tanto. Con Francia reculando, el futuro de Austria quedaba en manos de quien más quería Hitler que lo tuviera: Mussolini.

Delbos, como ocurre siempre con los diplomáticos, tenía, desde luego, buenas noticias. Polonia le había asegurado a Francia que, en caso de guerra, combatirían a su lado; como también se lo aseveró Stoyadinovitch, el primer ministro yugoslavo. En Rumania, el rey Carol le habría contado que Göbels y Göring andaban a la gresca por la política danubiana y balcánica, y que Mussolini estaba muy preocupado por la pujanza alemana en la zona.

Toda esta farfolla, sin embargo, no lograba esconder el verdadero significado del viaje de Delbos: si Inglaterra le había encomendado, de alguna manera, la construcción de un pacto danubiano, el francés volvía a París con sólo dos participantes seguros: Checoslovaquia y Turquía.

La cosa estaba así: el húngaro Daranyi, durante su visita a Alemania de noviembre de 1937, estuvo en casa de Göring, y en su salón pudo ver, ya, un enorme mapa de Europa, en el que Austria ya no aparecía.

Roma era la única esperanza.

Italia tenía dos grandes intereses en el avispero austríaco: salvaguardar su posición en el Adriático, centrada en la ciudad de Trier o Trieste; y no retroceder en su influencia en el área alpina conocida como el Brennero.

Benito Mussolini, que ha pasado a la Historia como un fascista de libro con todo merecimiento, tenía sin embargo otra cara en el plano exterior. Tras lo de Abisinia, que estuvo a punto de salirle muy mal, había practicado una política exterior basada en colaborar con las potencias de la sociedad de naciones y, muy especialmente, cultivar la amistad con Inglaterra; sin olvidar que, a pesar que ideológicamente eran como el agua y el aceite, tenía unas relaciones más que amigables con Moscú.

Mussolini, cómo no, aplaudió encantado la llegada del nacionalsocialismo a Alemania. Para Italia, otra nación de importancia en Europa abrazando el fascismo suponía reducir muy considerablemente el riesgo de aislamiento. Pero Mussolini estaba lejos de querer cebar la máquina que estalló en lo que conocemos como segunda guerra mundial. Su verdadero sueño, como muchos de los suyos basado más en la ficción que en la realidad, era construir una Europa con un tetrapoder (Inglaterra, Francia, Alemania e Italia) en el que él jugase un papel arbitral que le permitiese ser, no la primera potencia, pero sí la más necesaria.

Mussolini apoyó, sin ambages, los primeros escarceos alemanes contra las potencias europeas, en 1933 y 1934; pero lo hizo menos por convicción que por demostrarle a esas mismas potencias que lo necesitaban.

En la primera entrevista entre Hitler y Mussolini, Stra 1934, Hitler no le ocultó al italiano sus planes imperialistas. En ese momento, el italiano se dio cuenta de que el III Reich le brindaba, por sí solo, una oportunidad de oro para ser ese país árbitro internacional: el avispero danubiano.

La cosa tenía una lógica aplastante. Hitler tenía la intención, y cada vez más tenía los medios, de sentar sus reales en el lecho del Danubio. Hacía falta que alguien tratase de influir en el mismo terreno, para así contrapesarlo; y ese alguien sólo podía ser Italia. El corolario de esta intención fueron los protocolos de Roma.

Cuando Austria sufrió el golpe de Estado de 1934, Mussolini movilizó sus divisiones en el Brennero. Es bastante difícil que no supiese que la cosa no estaba lo suficientemente madura como para una victoria hitleriana en Austria; lo hizo para decirle a Londres y París: «aquí estoy yo, y podéis confiar en mí».

Luego llegó su aventura africana, y el espectáculo, no muy agradable, de encontrarse 52 estados en su contra en Ginebra. Para colmo, en 1936 los vientos cambiaron en Francia, y un gobierno que había aceptado de muy mala gana la posibilidad de sancionar a Italia por lo de Etiopía fue sustituido por otro del Frente Popular, de signo bien distinto. Además, en España también una coalición de izquierdas había ganado las elecciones [y pueden sin miedo los lectores de este blog pensar que el gesto de Mussolini de ayudar a Franco tiene mucho más que ver con romper esa posible entente Madrid/París que con pruritos ideológicos anticomunistas, que al Duce le importaban más bien poco.] Fue este repentino aislamiento el que hizo pensar a Roma que, en lugar de jugar a ser una especie de contraversión del nacionalsocialismo, lo que tenía que hacer era entenderse con él; porque, además, entendiéndose con Hitler, acojonaba a las potencias occidentales, moviéndolas a pactar. En 1936, tras el levantamiento de sanciones, todavía esperó un poco antes de hacer nada. Pero diversas novedades, entre otras la creciente colaboración francorrusa, le llevaron a decidirse.

Mussolini entró en la guerra de España a ganar por KO. Era, realmente, lo que necesitaba: una victoria rápida que elevase en Madrid a un nuevo posible aliado (acreedor, en realidad) y que le dejase las manos libres para poder volver a diseñar una política de cierta equidistancia entre los dos bloques que acabarían peleándose en la guerra mundial. Los italianos entraron por Málaga con la intención de darse un paseo militar hasta los Nuevos Ministerios, y por eso en Guadalajara se llevaron el patinazo que se llevaron, para desesperación del general Franco. La prolongación de la guerra civil española condenó a Austria de la misma forma que la cuestión austríaca terminó por condenar a la República española. Tener que implicarse cada vez más en el conflicto supuso para Mussolini no tener las manos libres frente a Hitler, que le reclamaba, cada vez más, que no se metiese en los temas del área danubiana. Aun así, Mussolini todavía creía que podría salvar Austria para sí.

El 25 de octubre de 1936, pocas semanas después del acuerdo entre Alemania y Austria por lo tanto, el voluble conde Ciano voló a Berlín. Volvió convencido de que lo mejor que podía hacer Italia era aliarse con Alemania. El 1 de noviembre, Mussolini pronunció su famoso discurso de Milán en el que santificó la creación del eje Berlín-Roma. Aquel discurso activó todas las alarmas en Viena. Aun así, en noviembre de 1937 [nunca nos cansaremos de afirmar la importancia de este año], el Duce hizo llegar a Von Schuschnigg un memorando con los puntos en los que, según él, consistía verdaderamente la alianza con Berlín. Esto es:

Ni Alemania ni Italia se unirán a un pacto que les puedan ofrecer Inglaterra y Francia para desunirlos.
Las dos potencias llevarán a cabo una política común en España.
En el futuro actuarán coordinadas frente a amenazas comunistas.
Italia defenderá las pretensiones coloniales alemanas.

En suma, Mussolini le dijo a los austríacos que la independencia de su país era una conditio sine qua non para el funcionamiento del Eje. Fue  por lo demás, una declaración dictada por los hechos, puesto que para entonces, y desde el verano del 37, Mussolini estaba preocupado por una acción que no había previsto. Con su capacidad limitada de entender los hechos internacionales (mucho más limitada en su yerno), el Duce había creído que su política de basculamiento entre Inglaterra y Alemania se iba a producir ceteris paribus, esto es, que las otras partes no se moverían. Pero no había sido así. Como ya hemos dicho, en aquel año de 1937, Berlín inicio una ofensiva de visitas, sobre todo a París pero también a Londres, por parte de germanos ilustres que, como vulgares zetapés, no hacían otra cosa que hablar de paz, paz, paz… La jugada, ya lo hemos dicho, les salió redonda, porque Inglaterra se tragó aquel anzuelo que quería tragarse, y llegó a albergar ilusiones de poder llegar a un pacto con el III Reich; pacto que, de producirse, reduciría a Italia a la condición de barrio periférico de la potencia teutona.

Así estaban las cosas en diciembre de 1937, cuando el secretario de Estado de Exteriores austríaco, Guido Schmidt, recibió un mensaje confidencial de Anthony Eden, según el cual el Foreign Office tenía la casi total certeza de que se avecinaba una nueva ofensiva alemana sobre Austria.