lunes, junio 30, 2014

Anschluss (11: Hitler da la orden)

El elemento fundamental que había dado vía libre a los alemanes en Austria fue el progresivo desinflamiento de Italia en la cuestión checoslovaca. La colaboración en España y el progresivo alejamiento de Roma respecto de las potencias democráticas hacía cada vez más difícil para Mussolini oponerse a los deseos de Hitler de entrar en Praga. Por lo demás, entre los países de la zona que albergaban menos esperanzas en el reparto del país, Yugoslavia y Rumania, el sentir era claro, y Berlín lo percibía con nitidez, de que no estaban dispuestas a jugarse nada por defender a Praga. Por lo que se refiere a Hungría y Polonia, ambos países, atraídos por las posibilidades de expansión territorial que ofrecía la operación, es obvio que no pondrían problema alguno. Ciertamente Hitler había perdido la partida inicialmente jugada de conseguir que Polonia se aviniese a realizar una campaña militar conjunta de invasión. Pero, sin embargo, había conseguido lo que necesitaba al fin y al cabo, que no era otra cosa que la negativa de polacos y rumanos para que tropas rusas, eventualmente, cruzasen su territorio. Todo esto, sin tener en cuenta que, en realidad, Rusia, o mejor deberíamos decir la URSS, estaba en aquel momento básicamente preocupada por Japón, así pues no tenía mucho tiempo para pensar en esos asuntos. La relativa neutralidad soviética anulaba cualquier posibilidad de actuación por parte de Francia, que no la aventuraría sin la ayuda de Moscú. Y, en lo concerniente a Inglaterra, todo el mundo en Europa conocía bien la escasa proclividad del Foreign Office a la hora de mancharse las manos (hasta que llegó Tony Blair, claro).


En la ecuación de Checoslovaquia sólo había una incógnita que seguía siéndolo para los planes germanos: Austria debía colaborar. Esta es la razón por la que el canciller quería invadirla y otros políticos nacionalsocialistas más tibios preconizaban una especie de Anschluss fría, basada en el desarrollo pleno de los acuerdos del 11 de julio y, por lo tanto, llevar hasta el extremo la alemanización de Austria, al estilo de lo que ya había propuesto Otto von Bismarck: una alianza cara a la galería que fuese una fusión de facto.

Hay un factor más para la aceleración de los planes de invasión que a menudo se olvida. Se trata de Göring. Hermann Göring, tal vez por cultivar cierto perfil de alto mando militar a la antigua, con conocimientos y práctica diplomática, tendía casi siempre a ser algo más tibio que su Führer. En la práctica, pues, solía actuar de contrapeso de algunas de las impaciencias de su jefe. Pero en el tema de Austria cambió en los últimos meses de 1937. Una de las razones para ello pudo ser, desde luego, la sintonía que encontró en Guido Schmidt, quien como ya hemos dicho lo visitó con relativa frecuencia en aquel tiempo. Pero la segunda, y no menos importante, era la necesidad de conseguir llevarse bien con el poder nacionalsocialista. Göring había sido nombrado Comisario Extraordinario del Führer para la Ejecución del Plan Económico Cuatrienal; y, a finales de 1937, llevaba esa tarea como el culo.


Como otros muchos antes que él, y otros muchos después, Göring creyó que la economía era una cosa que obedecía los toques de corneta de «lo que es justo». Planificó, pues, lo que la propaganda decía que los alemanes deseaban, y no se preocupó demasiado de si tenía pasta para pagarlo. En consecuencia, la economía alemana se le escapó de las manos, lo cual le provocó un enfrentamiento moral con Schacht, mucho más ortodoxo que él. La clase patronal se le puso en contra, y consiguió ganar para su partido al alto estado mayor alemán; con lo que el viejo proyecto de Göring de convertirse en uno más de la alta clase de militares hizo aguas.

Dentro de este caos, Göring cayó en la cuenta de que algunos de los cuellos de botella de la economía alemana (porque Göring, como todo el mundo, culpaba a factores exógenos de su propia estupidez), notablemente su falta de materias primas y necesidad de productos agrícolas, se podían solucionar si Austria quería, pues el país tenía excedentes de ambos. Sin embargo, Von Schuschnigg siempre se había negado a activar esas cláusulas del acuerdo de julio.

Así las cosas, Göring se endureció. Tanto, que cuando Guido Schmidt le invitó, probablemente por un mero deseo de ser coleguita y tal, a una jornada de caza en Austria, el alemán primero montó la mundial porque la cacería iba a tomar parte en una región del país Karwendel, donde sería fácil que nadie se enterase, ni en Berlín ni en Viena, de que había estado allí; y después la volvió a montar porque, decía, Austria no estaba dispuesta a aceptar que sus camaradas (los nazis austríacos) lo vitoreasen libremente por las calles.


Fue por esta razón que don Hermann se convirtió en un apasionado partidario de la intervención militar sobre Austria, a realizar antes de marzo de 1938 porque, decía, para el Reich era fundamental poder disponer de los minerales de Estiria y la madera del Tirol.


Que Göring abrazase, con la fe del converso, el discurso Austria ens roba, supuso una gran noticia para el señor que se encontraba en su casita de campo de Obersalzberg, muy cerca de Berchtesgarden. Lo importante que era la cuestión austríaca para Hitler lo deja bien claro el dato de que este tema, y la cuestión judía, eran los dos únicos sobre los que nunca pedía consejo a su entourage. Para Adolf Hitler, nacido en Austria al fin y al cabo, superar los montes nevados que veía desde su porche y entrar en Austria era, nunca mejor dicho, un casus belli. Y, además, el canciller austríaco, a pesar de que todo el mundo pensase que lo de Checoslovaquia estaba hecho, sabía que no podía invadir aquel país. La Reichswehr le había dejado bien claro que el ejército alemán no estaba preparado para una guerra, y todavía existían posibilidades de que estallase si daba ese paso. Por otra parte, sobre la mesita del porche tenía Hitler un informe reciente, escrito por sus servicios diplomáticos; este informe decía que el polaco coronel Beck le había dicho a Yvon Delbos (en parte porque los alemanes le habían sugerido que lo soltase) que consideraba a Austria perdida y carne de Anschluss; y, según el informe, Delbos no había reaccionado oponiendo cortapisa o amenaza alguna. Toda la cuestión era acertar con el momento. Y Hitler, por lo general, siempre acertaba. Más en concreto, Hitler pensaba en su discurso ante el Reichstag del 30 de enero (quinto aniversario del advenimiento de los nacionalsocialistas al poder) para sacar a pasear el órdago a grande en Austria.

Mientras Hitler pensaba estas cosas entre juego y juego con su impresionante pastor alemán (que fue envenenado justo antes del suicidio de su dueño, en el búnker), el canciller Kurt von Schuschnigg no estaba en su mejor momento, precisamente. La depreciación de diversas monedas europeas había puesto en dificultades el comercio exterior del país, la situación económica empeoraba y, con ello, el paro en el país. Lo cual era una putada para el canciller, puesto que había prometido que 1938 sería el año del pleno empleo. Algunos colaboradores le insinuaban la posibilidad de buscar una entente con los viejos enemigos socialdemócratas, que pasaría por regular algunas de las principales reivindicaciones de las clases trabajadoras. Sin embargo, él seguía creyendo más sencillo (lo era; lo que está claro es que fuese mejor) un acercamiento con las derechas.

Sin embargo, los nacionalsocialistas austríacos cada vez honraban menos los acuerdos de colaboración más o menos taimada alcanzados con el gobierno. En Tirol y otras zonas, por ejemplo, ensayaban y llevaban a cabo acercamientos con miembros y organizaciones de las Heimwehren, haciéndoles ver que la acción nacionalsocialista era mucho más atractiva. Asimismo, ellos mismos distribuían los rumores de posibles golpes nacionalsocialistas contra el gobierno. En enero de 1938, los servicios secretos austríacos fueron advertidos por la mismísima Reichswehr, en el sentido de que se preparaba un acto de provocación modelo incendio del Reichstag. Se hablaba del asesinato del agregado militar alemán en Viena o, incluso, del del propio embajador Von Papen. Asimismo, medios alemanes presionaban a Von Schuschnigg para que dimitiese como canciller, para ser sustituido por una personalidad política de signo neutro, con un vicepresidente nacionalsocialista, que contaría con Guido Schmidt como principal asesor. Este nuevo gobierno organizaría un plebiscito como el que, por cierto, para entonces defendía incluso la prensa británica.

En el sur de Baviera se hicieron pronto evidentes, en aquellas primeras semanas de 1938, los movimientos de las formaciones paramilitares nacionalsocialistas, tanto las SA como las SS. El gobierno austríaco recibió informes fidedignos de que las milicias paramilitares locales, que se habían refugiado en áreas de Alemania alejadas de la frontera, se estaban moviendo hacia Baviera.


El NSDAP, o el Reich que para el caso es lo mismo, había perfeccionado ya sus planes de invasión. Preveían la marcha de tres columnas. La primera partiría de Reichenhall, pasaría la frontera por Lofer y avanzaría hacia el Pizgau. La segunda saldría de Freilassing y se marcaría como objetivo Salzburgo, avanzando luego por la Alta Austria hasta fusionarse con la tercera columna en Linz. Esta tercera y última columna saldría de Passau y, una vez unida a la segunda, marcharía sobre Viena. Los efectivos de la Legión Austríaca estaban plenamente motorizados, para poder realizar estas marchas en muchas mejores condiciones que lo hicieron Mussolini, o Mao. Por último, la Gestapo austríaca estaba ya plenamente organizada y preparada para empezar a trabajar.

Todo estaba, pues, en perfecto estado de revista.