viernes, abril 25, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (7)

Verdaderamente, hablar en un congreso del PCUS era una gran cosa. Pero también era un encargo amenazante.

En 1952, cuando Leónidas Breznev estaba en su momento dulce en Moldavia, Iosif Stalin estaba bastante cerca de su muerte, aunque esto es algo que no sabía nadie, salvo él, si tuvo controles médicos y esas cosas; y, por supuesto, si es que se lo cargó alguien, ese alguien.

Pero los temas estaban revueltos. Ciertamente, los años treinta habían vivido lo peor de la tendencia estalinista por la purga y el simple y puro asesinato de Estado; pero eso no quiere decir que el dictador hubiese renunciado a sus formas. La segunda gran oleada de purgas había sido en 1946, coincidiendo con la rehabilitación a la derecha del Padrecito del gran guardián de la ortodoxia revolucionaria, Andrei Zdanov. La Zhdanovshchina supuso un regreso radical a la pureza revolucionaria en un Partido Comunista que, con los años de poder, había acabado por albergar a personas de convicciones leninistas bastante discutibles. Esto duró hasta agosto de 1948. En dicho mes, Malenkov, que había sido apartado del secretariado del Comité Central durante la guerra, consiguió volver al mismo puesto, lo que venía a significar que recuperaba la confianza de Stalin. Poco tiempo después, Zdanov moría, en circunstancias que nunca han quedado del todo claras. La versión oficial es que se mamó de alcohol hasta morir; o sea, que murió más o menos como Jimmy Hendrix. Durante 1948 y 1949, la nómina casi completa de libertos y protegidos de Zdanov fue cayendo, primero encarcelados, luego fusilados, para ser sustituidos por gentes de Malenkov. Solamente un hombre zdanovista era lo suficientemente poderoso como para sobrevivir: Alexei Kosiguin, uno de los 11 miembros del Politburó del Partido, o sea el puñetero centro del poder, además de ministro de Finanzas y y viceprimer ministro (un Montoro de la vida, pues).

La salida de Zdanov del escenario de la vida, sin embargo, no detuvo la técnica purgatoria. En Crimea, primero, y en Georgia, después, se produjeron sendas acusaciones, faltas de toda base, de conspiraciones nacionalistas, al calor de las cuales un montón de cargos partidarios de esa zona fueron apiolados.

En 1949, Stalin llamó a Kruschev a Moscú, con el intento de que contrapesase el creciente poder de Malenkov, de quien el georgiano nunca se fió del todo. Los siguientes dos años se pueden resumir con la idea de Malenkov y Kruschev peleándose absolutamente por todo (muy especialmente la agricultura) mientras Stalin permanecía au dessus de la melée que el mismo había creado. En 1952, sin embargo, y según muchos analistas, las cosas comenzaron a cambiar.

Stalin se sabía viejo (como he dicho, también es probable que algo supiese de que comenzaba a tener problemas circulatorios serios) y no había podido evitar que sus dos lugartenientes adquiriesen importantísimas cuotas de poder. Aunque no se puede afirmar con total seguridad que fue así, los síntomas son muchos de que el secretario general del PCUS preparaba una nueva purga.

Ésta bien pudo ser la razón principal de su sorprendente gesto de convocar un congreso del Partido: buscaba legitimidad para el paso que quería dar. Según esta teoría, aprovecharía el Congreso para renovar el Comité Central del Partido, introduciendo en el mismo políticos jóvenes, alejados de los centros de poder del momento. Ampliando el número de miembros del secretariado del Comité Central y del Politburó, diluiría la influencia de los políticos más veteranos, lo que le dejaría espacio suficiente para actuar contra ellos.

Esta estrategia, de ser cierta, exigiría de la explosión de un escándalo que justificase las purgas. Por supuesto, esta estrategia no le era en modo alguno ajena al secretario general del PCUS. Como el propio Kruschev insinuó en su famoso discurso secreto de 1956 sobre las putadas de Stalin, es bastante probable que el propio georgiano estuviese detrás del asesinato del jefe del Partido en Leningrado, Sergei Kirov, en 1934; acción terrorista que le permitió justificar las amplias purgas que vinieron después. Lo que da coherencia y apariencia de veracidad a estas teorías es que este escándalo, en 1952, existió: fue el llamado complot de los médicos o de las batas blancas. Así las cosas, es dable pensar que Stalin pensara acusar a los dirigentes más veteranos de aquella conspiración inventada y, consecuentemente, llevárselos por delante, junto con toda su caterva de amigos.

Un poquito antes de que ocurriese todo eso, el 5 de octubre de 1952, Breznev pisó Moscú. En la primera jornada del Congreso, le fue encargada la misión, de bastante importancia, de proponer el secretariado del congreso. Asimismo, fue unánimemente votado como miembro de la Comisión de Credenciales.

En el Congreso, para sorpresa de sus asistentes y de los observadores occidentales, Stalin prácticamente no participó. Permaneció en silencio durante todas las sesiones y únicamente habló al final, y además lo hizo apenas siete minutos; longitud que, en un líder comunista, es un parpadeo. La carga del Congreso la llevaron, lógicamente, Malenkov y Kruschev. Breznev habló el cuarto día y, al final del Congreso, nadie se sorprendió de que fuese nominado uno de los 125 miembros del Comité Central.

Las sorpresas llegaron al día siguiente, 16 de octubre, con la primera reunión de ese CC. La presidió el propio Stalin quien, además, propuso inmediatamente que el Secretariado fuese ampliado de cinco miembros a diez. Además, en lugar de un Politburó de 11 miembros, le cambió el nombre (ya lo recuperaría) por Presidium del Soviet Supremo, formado por 25 miembros de pleno derecho y 11 miembros candidatos. Breznev, por cierto, fue elegido uno de estos miembros candidatos, además de uno de los diez secretarios del CC (compartiendo mesa con, entre otros, el propio Stalin, Kruschev, y Malenkov).

Kruschev habría de decir en su discurso secreto de 1956: «es evidente que Stalin tenía planes para matar a los antiguos miembros del Buró Político». La verdad, no es que Stalin me caiga muy bien, pero no está del todo claro; aunque, como hemos visto, las señas son bastante claras. Eso sí, Breznev estaba en una nube. Se trasladó a Moscú para trabajar en la médula espinal del comunismo internacionalista. Le dieron un apartamento de tres habitaciones sólo para su familia, lo cual en la URSS de aquel momento era un lujo asiático. De hecho, cuando fue secretario general, siguió viviendo en el mismo edificio de la vieja Mozhaisky Chaussee, renombrada Kutuzovkski Prospekt, sólo que en un piso más grande. Su nivel de poder debía de ser muy grande, puesto que el 7 de noviembre, durante el desfile del Día de la Revolución, estuvo en la famosérrima terraza de la Plaza Roja en compañía de Stalin y el resto de grandes dirigentes.

Pero, claro, nada dura eternamente.

Casi no había empezado Breznev a saborear las mieles del poder cuando estalló la conspiración de las batas blancas. Diversos médicos, todos ellos integrados en la elite de la medicina soviética, en algún tiempo terapeutas de los hombres con mayor poder en el PCUS, fueron acusados de ser agentes de la inteligencia británica y el denominado Jewish Joint Distribution Committee, una especie de lobby hebraico trasnacional (cinco de los nueve médicos acusados eran judíos).

Estos nueve doctores habrían llevado a cabo una conspiración para matar a Zdanov y a Anatoli Scherbakov, el jefe del partido en Moscú muerto en 1945, a base de prescribirles medicinas incompatibles con su alimentación. También habrían envenenado al mariscal Iván Konev, héroe de la batalla de Berlín, y al general Sergei Shtemenko, entonces jefe de personal del ejército soviético.

Los sovietólogos han dado por seguro, y tiene bastante lógica, que, de haber seguido la burra yendo al trigo, o sea si Stalin no la hubiese espichado, cuando menos Molotov, Mikoyan y Beria habrían terminado en el paredón; tal vez acompañados por el mariscal Voroshilov. Malenkov también podría haber sido de la partida. Son varios los testimonios que nos dicen que, cuando Stalin sufrió su ataque y los jerarcas rusos fueron llamados a su dacha, Lavrentii Beria no pudo esconder su nerviosismo y su alegría, a pesar de pasar largas horas, por ejemplo, con la hija de quien se estaba muriendo. Éste es un síntoma más de que el jefe policial georgiano tal vez conocía bien las intenciones de su paisano respecto de él.

La conspiración de las batas blancas fue descubierta el 13 de enero de 1953 por el equipo de investigación periodística del Pravda, y desató una inmediata caza de brujas.

¿Quién montó aquella milonga? Bueno, si a estas alturas de estas notas habéis aprendido algo sobre sovietología, ya sabréis por dónde voy a ir. De todos los hombres de la elite del poder hay uno solo que no he citado; y ese, en buena lógica, tenía que ser el colaborador necesario de Stalin en toda la movida (lo cual, de todos modos, tampoco garantizaba que, en una segunda vuelta, no acabase en la morgue). Kruschev pudo hablar en 1956 largo y tendido sobre las intenciones purgatorias de Stalin, probablemente, porque las conocía mucho mejor de lo que quería confesar. Si hemos de fijarnos en las gentes de Kruschev que subirían como la espuma cuando llegó al poder, y que en 1953 estaban en condiciones de ayudarle con aquello, tendremos que fijarnos en S. Ignatiev y sobre todo en Frol Kozlov, de quien tendremos que volver a hablar, y que entonces fue quien escribió el reportaje sobre la conspiración para la revista Kommunist, texto fundamental para lanzar las purgas.

¿Y Breznev? Pues no lo sabemos. No podemos asegurar que estuviese en esa partida. Yo, al menos, no puedo. No obstante, cabe recordar, véase el título de esta serie, que Breznev, todo lo que le encargaban, lo hacía bien. También merendarse gente, deportarla, o torturarla. En segundo lugar, era un hombre de Kruschev, de quien es difícil imaginar que fuese ajeno a la movida. Last, but not least, si nos fijamos en las consecuencias, algo fundamental en la sovietología, da que pensar que muy probablemente fue uno de los conspiradores que ayudaron a Stalin. ¿Cuál es esa consecuencia? Pues habremos de contarla a fondo en el próximo post, pero podemos adelantarla: se puede estimar que algo tuvo que ver Breznev en la conspiración a favor de Stalin porque, una vez muerto éste y desarmada la conspiración, le metieron un pepino por el culo.


Y eso es algo que los soviéticos no hacían a humo de pajas.