miércoles, abril 23, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (6)

El trabajito que le dieron a Breznev en Moldavia no era ninguna panacea. Porque Moldavía presentaba el problema de ser, en el seno de la URSS, una especie de entelequia. Se trataba de una de las repúblicas soviéticas más pequeñas, con una identidad más que discutible, hasta el punto que su pertenencia a la URSS, si hacemos abstracción del argumento estalinista o te unes o te fostio, que es el que realmente imperaba, no se entiende muy bien.

La buena teoría propagandística soviética nos dice que los moldavos estaban en la URSS por defender ésta la identidad eslava. Pero es que el eslavismo de los moldavos es cosa digna de discutirse. Formada la república soviética por la Besarabia y la Bukovina septentrional, con habitantes hablantes de un dialecto del rumano (que, no se olvide, es una lengua romance), afirmar el eslavismo moldavo venía a ser aceptar barco como animal soviético.

La teoría soviética recordaba el presunto buen rollito histórico entre moldavos y rusos, y el dato de que en 1812 fueron éstos lo que «liberaron» Moldavia del poder otomano. Besarabia habría participado en la revolución rusa (bajo la dirección del proletariado ruso, decían los manuales soviéticos; no fuese que alguien se fuese a confundir), aunque en 1918, siempre según los soviéticos con la colaboración de los EEUU, Rumanía la invadió. En 1940, después de dos décadas de presunta dura lucha de los moldavos por sacudirse el yugo rumano, Bucarest le devolvió el caramelo a la URSS (intentó volver a quitárselo en la guerra, pero escogió el bando errado).

Obviamente, los rumanos, incluso en la era de Ceaucescu, tenían otra visión. Solían recordar que los besarabios y bukovinos septentrionales eran rumanos antes de que estas dos identidades existiesen. Para los rumanos, la actuación de Rusia en 1812 no había sido una liberación, sino una invasión (que ya había realizado Austria en 1775, por cierto); y, en 1918, en lugar de una invasión rumana, lo que se produjo, según ellos, fue una decisión por parte de los parlamentos de ambas naciones en el sentido de unirse a su madre patria. Por último, los rumanos no se cortaban en recordar que la cesión de Moldavia en 1940 a la URSS se produjo en el marco del pacto nazisoviético entre Hitler y Stalin; un papel que, en buena teoría, era caca. Claro que Stalin se ponía escatológico, como los del mismo Bilbao, únicamente cuando le salía de los cojones.

Como es fácil de sospechar, la política de la URSS hacia Moldavia, una vez que tras la segunda guerra mundial se consolidó su poder sobre estos territorios, fue eslavizarla a cristazos. Como ejemplo, los moldavos, que como ya hemos dicho hablaban una lengua romance que consecuentemente se escribía con las mismas letritas que estás viendo, lector, fueron obligados a escribirlo en cirílico. Se estima que entre el final de la segunda guerra mundial medio millón de moldavos (de un total de 3 millones) fue deportado, ejecutado o condenado a trabajos forzados (de hacerse esto en España, sería necesario putear a casi 8 millones de personas; para que nos vayamos haciendo idea de las proporciones, casi ningún libro memoriohistórico eleva la cifra de encarcelados por Franco tras la guerra civil por encima de los 300.000).

A puñados, los moldavos fueron enviados a Kazajstán o Siberia con la misma excusita con que se puteó a los ucranianos: porque habían colaborado con los nazis (por lo visto, firmar un pacto con esos mismos nazis merced al cual se apiolaron Moldavia los soviéticos, no era colaborar; pocas veces ha conocido la Humanidad un estadista más polisémico que Iosif Stalin). Por último, Moscú procedió a enviar un cuarto de millón de colonizadores rusos a Moldavia, con el fin de llevar a cabo la eslavización de su sociedad (una cosa parecida a lo que hacen los marroquíes en el viejo Sáhara cañí).

En julio de 1950, Leo Breznev fue enviado a Kishinev, que así se llamaba la capital; ahora se llama Chisinau) para que terminase toda esta labor. Y cumplió, vaya si cumplió. Seis meses después de haber llegado, decretó la total desaparición de la clase de los propietarios rurales o kulaks; al que no se llevó por delante lo envió a Siberia a pensarse las cosas. Asimismo, procedió a una política de rusificación tan intensa que, a principios de los setenta, los moldavos eran apenas un tercio de los habitantes de su propia capital (si lees esto y eres catalán o vasco, imagínate que un gobierno deportase o asesinase a dos tercios de los actuales habitantes de Barcelona o San Sebastián, y los sustituyese con tipos de la Carihuela o el Albaicín que se trajesen consigo su acento, sus costumbres culinarias, sus rebujitos y sus salas rocieras. Pues eso).

Las cositas que hizo Breznev en Moldavia se adivinan tan demócratas y tan respetuosas con los derechos humanos que no fue hasta tres años después de que se hubiese ido de allí que la URSS permitió a un corresponsal occidental visitar Kishinev.

Breznev había aprovechado, como casi siempre, una purga interna entre comunistas para ascender a jefe del partido en Moldavia. Meses antes de su llegada, su antecesor, Nikolai Grigorievitch Koval, había sido severamente criticado por no avanzar en la socialización rural (lo que luego Leo hizo en seis meses). En junio de 1950, la purga de Koval quedó sellada con un decreto del Comité Central del PCUS. Koval fue multiplicado por cero junto con sus dos hombres de confianza, F. I. Kashnikov y M. M. Radul, y luego siguieron otros. Cuando, al mes siguiente, Breznev llegó a Kishinev, en el edificio del partido de la Lenina Prospekt no quedaba ni el gato.

El nombramiento de Breznev tiene toda la pinta de haber sido muy apresurado. De hecho, para ser secretario general del PC moldavo, era necesario que fuese miembro de su Comité Central, cosa que no era en julio de 1950. Y, además, dicho Comité debía celebrar un pleno para realizar dicho nombramiento; pleno que, sin embargo,  no se celebró. De hecho, cuando fue nombrado secretario general del PC moldavo, Breznev todavía era miembro del Comité Central del PC ucraniano, lo cual se daba de hostias incluso contra una constitución hermenéuticamente tan ligera como la soviética.

Leo se trajo a Moldavia a una parte de sus amigos los de Palacagüina. Por ejemplo, Nikolai Shelokov, ex alcalde de Dnepropretovsk, que pasó ser viceprimer ministro de Moldavia (pero, ojo, que las repúblicas soviéticas eran soberanas, ¿eh?). Pero también el futuro secretario general del PCUS forjó alianzas con aquéllos de los cuadros del PC moldavo que se avinieron a apoyarle. Uno de ellos fue Konstantin Usinovitch Chernenko, desde 1948 jefe de agitación y propaganda del Comité Central del PC moldavo, hasta 1956 que Breznev se lo llevó al Comité Central del PCUS. Como sabrán los mínimamente duchos en la URSS, Chernenko llegaría a ser, de hecho, sucesor de Breznev cuando éste terminó por reventar y reventó Yuri Andropov aussi. Desafortunadamente para él, heredó un país descojonado y le tocó lidiar con diversos líderes occidentales, que lo mismo no eran más listos que él pero, con seguridad, solían estar más sobrios.

La alianza más fuerte con gente de Moldavia se produjo, en todo caso, con el profesor Sergei Trapeznikov, un comunista de la vieja escuela que también se iría con Breznev a la cumbre del poder cuando éste la alcanzó y que allí se convirtió en el político soviético más estalinista de la era pos-Stalin, que tiene mérito (al lado de Trapeznivok, Andrei Gromiko era un rabioso votante de VOX). Cuando Breznev llegó a Moldavia, Trapy era joven, 38 años, pero ya ocupaba la rectoría de la Academia del Partido Comunista Moldavo. No salió de ese ámbito pues, una vez llamado a Moscú, acabó ocupando el departamento de Ciencia e Instituciones Educativas del Comité Central. En la segunda mitad de los setenta, todavía escribía artículos justificando la purga estalinista de Bujarin u otros jerifaltes comunistas. Para que nos entendamos: eso equivale a que un diputado del PP ocupase hoy páginas de los periódicos escribiendo artículos loando las ejecuciones del general Franco tras la guerra civil.

Trapeznikov, mientras su jefe Leo aplaudía con las cejas, inició una política de purga sistemática de comunistas avant la lettre o de baja intensidad. De hecho, ninguno de los dirigentes del partido de segundo nivel que había sido designado en el congreso del partido de abril de 1951 fue nombrado de nuevo en el congreso de septiembre de 1952.

El caso es que la mano dura funcionó. En 1952, cuando Breznev estaba listo ya para saltar a nuevos destinos, podía exhibir un campo totalmente colectivizado y una Moldavia, en general, más próspera que la que había recibido dos años antes. Cómo lo consiguió, eso la Historia soviética nunca nos lo contó, y ahora es tal vez un poco tarde para averiguarlo.


Con estos éxitos en la mano, a Leónidas Breznev le llegó un encarguito de ésos que te hacen pensar que lo mismo vas a ver el cielo, o las estrellas: hablar en el XIX Congreso del PCUS, previsto para octubre de aquel año. El primero que convocaba Stalin desde 1939.