lunes, marzo 17, 2014

Libia (9)

Ya a finales de la década de los setenta, a causa de la obstinación del régimen libio de mantener su antiamericanismo incluso más allá de lo que lo que lo hacían otros países del mundo árabe, así como las primeras sospechas de que podía estar financiando terroristas, Estados Unidos había comenzado a propugnar restricciones al comercio con el país. En 1981, La situación dio un salto cuántico más con la salida de varias compañías petrolíferas estadounidenses del país y, finalmente, en 1982 llegó el embargo de Washington al petróleo libio.

La retórica del régimen fue la de costumbre, esto es yo puedo con esto porque no le tengo ningún miedo al enemigo imperialista. Pero lo cierto es que sólo en 1981 la producción de petróleo en Libia cayó un 40%, provocando un inmediato déficit de la balanza de pagos y, consiguientemente, el fin del momio basado en gastar dinero a espuertas en políticas sociales y, en general, la financiación del proceso revolucionario. Libia, que en algunos momentos de los años setenta llegó a tener un gasto en desarrollo por habitante que cuadruplicaba al del resto de los países árabes juntos, se encontró, casi de la noche a la mañana, sin dinero, y sin haber hecho las cosas que tenía que hacer a causa de la natural ineficiencia que se observa siempre en estos sistemas, a la vez, centralizados e híper-generosos. En 1980, el gobierno anunció un plan de desarrollo a 20 años, que comenzaría a llevarse a cabo a través de un primer plan quinquenal. Pero, en realidad, aquel plan venía a ser algo así como la cara a los reyes magos de lo que se debería haber hecho mientras había un dinero que ahora empezaba a escasear. Al contrario, aquel país sin Estado, controlado por comités revolucionarios a los que, en gesto muy soviético (que se aprecia incluso más allá del marxismo; así, las democracias parlamentarias cuando sostienen el principio de que la masa de votantes es sabia per se), se les concedía el don de la inteligencia política, nunca controló cosas básicas. Por ejemplo, la masa monetaria (que en un país que es exportador nato tiende a desbocarse por definición) y, consecuentemente, la inflación. Durante los ochenta, la situación avanzó tan rápidamente hacia el caos que a mediados de la década los ministerios implicados en las políticas de desarrollo ni siquiera se molestaban en hacer informes de gestión. Para colmo, en 1985, el siempre impulsivo Gadafi llevó un conflicto con las naciones vecinas hasta el punto de expulsar del país a cerca de 100.000 trabajadores expatriados, una medida que tuvo un efecto que se sospecha parecido a la expulsión de los judíos de España.

A todo eso hay que añadir el problema de la desestructuración de la Administración. Una característica muy propia de los regímenes de corte soviético, que de alguna manera Gadafi adaptó a su revolución verde, es la escasa importancia de los puestos gubernamentales. En la vieja URSS, por ejemplo, mucho más importante que ser ministro de algo era ser secretario del comité central del Partido encargado de ese algo. De hecho, el ministro solía ser un subordinado del cargo partidario. En la Libia de Gadafi pasaba algo parecido. El Congreso Popular, teórico gobernador del país, en realidad tenía que obedecer a los comités revolucionarios, coordinados por Gadafi a través, sobre todo, de la figura de su secretario Ali al-Kilani, miembro por supuesto de la tribu gadafita. Esto era tan evidente que Gadafi incluso se permitió dimitir como miembro del Congreso Popular, además de mover a los otros cuatro miembros del comité revolucionario inicial desde el mismo hacia la estructura coordinadora de los comités revolucionarios, gesto con el cual terminó de convertir la teórica estructura de gobierno en un huevo vacío.

El poder revolucionario escapó, pues, del control de la Administración; en realidad, deberíamos decir de la seguridad jurídica. Esta es una de las razones por las cuales la Libia de Gadafi se pudo convertir en santuario y banco del terrorismo; en realidad, para aquellos que, desde la diplomacia, quisieran parar o contrarrestar estas acciones, no tenían a nadie con quien contactar como no fuese al propio Gadafi personalmente, que con los años iba adoptando posturas y modos de vida más peripatéticos. Muy pronto, los comités revolucionarios se infiltraron en la propia policía; pero en 1980 dieron un paso más, un paso que le sonará a quienes lean sobre la guerra civil española, con la creación de sus propios tribunales populares dedicados a perseguir y condenar a los enemigos del régimen. Por lo demás, exactamente igual que pasó en la Alemania de Hitler o la China de Mao, la Constitución de 1969 pasó a ser una tibia referencia jurídica porque, realmente, la regulación efectiva del país había que ir a buscarla a la obra personal del jefe: Mein Kampf, el Libro Rojo y, aquí, el Libro Verde. Y cabe recordar, una vez más, que los líderes y los regímenes que tomaron esta decisión antijurídica y notablemente lesiva para los mínimos derechos de las personas fueron admirados en muchas partes en su tiempo. Hitler lo fue, aunque la mayoría de sus admiradores en Francia, en Reino Unido, en Estados Unidos, en la URSS, luego hicieron como que nunca les había gustado; Mao mesmerizó a cohortes enteras de progresistas occidentales; y Gadafi, más modestamente es cierto, no le fue a la zaga.

La necesidad de hacerle un aclarado bajo la canasta a sus propias ideas del Libro Verde llevó a Gadafi incluso a dar marcha atrás en su primera decisión de colocar el país bajo el paraguas de la Sharía, la ley musulmana (algo que le granjearía gran parte de los enemigos que se lo acabaron cargando, por cierto). El 3 de julio de 1978, en un debate con el ulema del monasterio de Muley Mohamed, arguyó que la ley musulmana no podía ser la guía de las sociedades modernas. No lo hizo, como pudiera parecer, para defender, un suponer, la libertad de las mujeres. Lo  hizo para cauterizar el hecho de que el Corán, como texto hijo de su tiempo que es, es un documento que no es que no ponga en solfa, es que defiende con bastante claridad la propiedad privada. Rechazando la Sharía, Gadafi pavimentaba el camino hacia la total eliminación de las prácticas privadas en su sociedad y en su economía.

El problema para Gadafi, para su régimen y para su revolución, es la tendencia burocrática que tienen siempre los esquemas organizativos basados en los soviets, los comités revolucionarios, las juntas revolucionarias, o como se les quiera llamar. Se puede formular el principio general de que estos mecanismos de vida social y política, mientras no están en el poder, son muy flexibles y participativos; y, cuando lo toman, fabrican con rapidez elites pancistas para las cuales la operativa de los comités ya no es procurar el progreso o la felicidad social, sino preservarlos a ellos en el momio. Porque esto mismo le pasó al régimen libio, en 1981 Gadafi tuvo que llamar a la creación de los Guardias de la Revolución, una especie de revolucionarios vigilando a los revolucionarios para que fuesen revolucionarios. Y que no sirvieron para una mierda.

Una pregunta interesante es: todo este proceso, ¿qué enemigos internos generó? Fueron varios. Estaban los monárquicos que habían sido desalojados del poder. También hay que contar con los inevitables revolucionarios de primera hora que habían terminado desafectos. Pero también estaba el clero, que con la sacralización de los principios del Libro Moco había perdido mucho poder e influencia. Y, en general, personas que tenían la mala costumbre de querer vivir bajo regímenes de seguridad jurídica, derechos reconocidos, y tal. La mayoría de estos grupos no se formaron en Libia, sino en occidente o en algunos países vecinos. Quizás el más conocido fue el Frente Nacional para la Salvación de Libia, formado por el ex revolucionario Mohamed Mugharif. Pero, por lo general, Gadafi no encontró problema en luchar contra estos movimientos, a base de reorganizar las fuerzas armadas casi constantemente para colocar allí a personas de su estricta confianza.

Es muy probable, de hecho, que Gadafi, si hubiese sido estratégicamente más inteligente, no hubiese tenido problemas para pervivir y seguir, hoy, vivo en su jaima. La razón es que cuando se es un Estado petrolífero se tiene una gran ventaja. Es verdad que el petróleo puede pasar etapas de relativa moderación en sus precios, lo cual coloca al país en situaciones comprometidas, como bien sabe ahora mismo el conductor de autobús y presidente de nación honoris causa, Nico Pasado. Pero también es cierto que a ratos repunta, y que si usas la pasta bien cuando repunta, y te preocupas de no buscarte demasiados enemigos, a base de vaivenes del mercado lo vas llevando.

Para conseguir esta estabilidad, sin embargo, Gadafi habría necesitado más cosas que un viento favorable en los mercados de futuros de materias primas. Habría necesitado, por ejemplo, llevarse mejor con sus vecinos y compis del mundo árabe, cosa que no pasó porque muchos de ellos pasaron décadas en situación de sordo cabreo con ese tipo que puteaba a los ulemas.


Pero habría necesitado, sobre todo todísimo, no haber hecho el pollas, y no haberse buscado enemigos demasiado grandes. Ya hemos dicho que a finales de los setenta, el primer cabreo de los Estados Unidos le dio un aviso serio. ¿Lo entendió? Me temo que va a ser que no.