jueves, marzo 13, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (2)

Breznev estuvo en la escuela de Kursk entre 1923 y 1927. Tras este periodo formativo, fue destinado como supervisor en una explotación en Orsha, en la Rusia Blanca, más o menos a la misma distancia de Moscú de la que separa Madrid de La Coruña. A pesar de estar muy lejos de Kamenskoye, Orsha está en las orillas del mismo río: el Dnieper. Fue en esa estancia cuando Leónidas conoció a una enfermera llamada Victoria Petrovna, que se acabaría convirtiendo en su mujer.

Luego volvió a Kursk durante un periodo corto, para pasar a tener el primer destino de comunista dispuesto a todo, esto es su primera misión donde Cristo perdió su copia del 18 de Brumario. Más concretamente, fue enviado a la provincia de Sverdlovsk, en los Urales, donde fue nombrado jefe del distrito agrícola de Bisertsky. En Bisertsky, además, fue la primera vez en que el futuro secretario general del PCUS superó el modo puto miembro de Komsomol: lo nombraron vicepresidente del comité ejecutivo del soviet local, lo que venía a significar más o menos ser diputado provincial, en términos españoles.

Sin embargo, ya hemos dicho que Leónidas Breznev sabía hacerlo todo bien. A finales de 1929, gracias a su empuje y tal, es nombrado jefe adjunto del distrito agrícola de Sverdlovsk, con lo que por primera vez fue gestor de las explotaciones primarias de toda una provincia.

En este punto, la vida de Breznev cambia y, la verdad, que yo sepa, jamás los sovietólogos han sabido explicar muy bien por qué. Acabamos de ver a un joven prometedor comunista, ascendiente además con rapidez en la estructura del partido oficial gracias a sus conocimientos agrícolas que, por ello, con seguridad son sólidos y bien aplicados. Ese joven, sin embargo, sin razón aparente, en ese punto, decide volver a Kamenskoye y estudiar para ingeniero.

¿Por qué? Para eventuales futuros fabuladores de la vida de Breznev, hay varias posibilidades a la hora de llegar a este capítulo.

Puede que Breznev tuviese una fuerte vocación de metalúrgico. Su abuelo y su padre lo habían sido, y él siempre había ambicionado, en su adolescencia, serlo también. Es una posibilidad muy plausible, aunque tiene en su contra que es la que mayoritariamente alimentaron las publicaciones hagiográficas de la época, lo cual siempre hace pensar que es mentira.

Puede que se decepcionara de la labor agrícola. Esta es una teoría que se da de hostias con su vida posterior, que iremos viendo, en la que los logros en materia agrícola abundan. Pero también es cierto que los jerarcas medianos comunistas no elegían sus destinos, así pues que a Leónidas le fuese encomendado el proyecto de las Tierras Vírgenes no quiere decir que eso fuera lo que a él más le apeteciese en el mundo mundial.

Puede, por último, y por citar las opciones más bastas, que, simple y llanamente, se diese cuenta de que plantando nabos en los Urales no iba a llegar muy lejos. Hay una ley fundamental del poder, que nos dice que nadie llega a tenerlo, sobre todo si es en grado sumo, por casualidad. Las personas que acaban teniendo un poder absoluto lo buscan, lo pretenden, y engañan, mienten, muerden, zancadillean o lo que haga falta por conseguirlo. Y eso incluye soñar con el poder desde muy pronto. En la URSS de los años veinte del siglo ídem, había jóvenes que se metían en el komsomol porque, honradamente, y tras leer El Capital, habían concluido que el comunismo era chupi lerendi para la Humanidad. Pero la mayoría de ellos se metían porque querían que el comunismo fuese chupi lerendi para ellos mismos.

Si Leónidas Illych Breznev llegó a secretario general del PCUS, entonces lo más probable es que no entrase en el komsomol por convicciones marxistas, sino por ambición de poder. Y él sabía, el tiempo lo demostraría, que su ascensión en el cursus honorum leninista era poco menos que imposible sin el concurso de sus allegados políticos, socios y libertos manumitidos varios. Y todos ellos estaban en un sitio. En Ucrania. En Kamenskoye.

Incluso cabe una cuarta posibilidad, y es que la cagase en Sverdlovsk. Que, en alguno de los muchos enfrentamientos ideológico-crematísticos que entonces eran tan comunes a lo largo y ancho de los partidos comunistas de las repúblicas soviéticas, tomase partido por un bando perdedor, y fuese consecuentemente puteado hasta el punto de decidir su regreso a la casilla de Salida. Tampoco se puede descartar que fuese así, pues es lógico que nada sepamos de ese fracaso si se produjo. Un tradicional chiste ruso dice que la única diferencia entre Stalin y Breznev es que el segundo tenía el bigote sobre los ojos. Con seguridad, Leónidas practicó un aspirado, barrido y fregado de su pasado, al estilo del que hizo su antecesor Pepito el Georgiano.

Be it as it may, en 1931 Leónidas Breznev ha vuelto a casa, como por Navidad, y se encuentra estudiando para ingeniero y trabajando en la factoría metalúrgica, ahora renombrada Planta F.E. Dzerzhinsky, junto a su padre Ilya y su hermano pequeño Yakov. Ese año se casa con la enfermera y, además, entra definitivamente en el Partido Comunista.

Las gentes que lo trataron entonces lo pintaron como una persona distante, consciente de su poder como cuadro del partido, que miraba a la gente por encima del hombro y escasamente se relacionaba con ella. Había razones para ser así. En la segunda mitad de la década anterior, en toda la Ucrania rural había comenzado el programa estalinista de colectivización forzosa, de dekulakización del campo. Cinco millones de personas fueron arrancadas de las tierras que venían ocupando en ocasiones de siglos atrás. Fueron encerrados en trenes de ganado, golpeadas, torturadas, sometidas a hambre, a frío, humilladas delante de sus hijos y, al fin y a la postre, deportadas a Siberia, a los Urales, a otros lugares, donde muchos de ellos murieron de hambre, de pena, o de ambas cosas. Este proceso contra los propietarios rurales burgueses no había terminado cuando Stalin decretó la total colectivización del campo, incluyendo también a los explotadores pobres. La resistencia de los pobladores fue tan feroz que en 1930 hubo de decretarse desde Moscú un alto en el camino. Pero duró poco.

En el otoño de 1931, un auténtico peso pesado del régimen, Vyacheslav Molotov, hizo un viaje a la provincia de Dnepropretovsk. Viajó de aldea en aldea, en un tren blindado, ofreciendo la colectivización voluntaria. Al mismo tiempo, las cuotas de producción a cumplir por los koljozes y los agricultores fueron elevadas de tal manera que, para cumplir con ellas, las explotaciones se quedaban sin alimento ni grano para el año siguiente.

En enero de 1933, ante el relativo fracaso de los cuadros comunistas a la hora de conseguir de Ucrania las cantidades de grano que Stalin quería, el secretario general envió a un grupo de fieles de Moscú a encargarse de la movida. Entre ellos, M. Katayevich, que ya era secretario del Comité Central del Partido Comunista Ucraniano, fue nombrado jefe del partido en Dnepropretovsk.

Katayevich es el inventor de las tristemente famosas buksirniye brigady, una policía paralela formada por patotas de comunistas acérrimos, a las que se concedía completos poderes represivos, y con una sola misión: conseguir que los campesinos cumpliesen las cuotas. Literalmente, este ejército ilegal de jovenzanos con porra robó a los ucranianos todo lo que tenían; y, cuando no les quedó nada que robar, a ellos los apalearon y a ellas se las pasaron por la piedra (y luego se llevaron la piedra). Resulta muy difícil de imaginar una manera de que Leónidas Breznev no formase parte de esos grupos, de los que formaba parte, puesto que lo confesó, el que luego sería famoso disidente Viktor Kravchenko; de lejos, un comunista menos vocacional que el Cejas.

Ya hemos hablado de esto en alguna otra ocasión. Cualquier cosa que se pudiera comer desapareció de las granjas ucranianas. Entonces sus habitantes mataron al ganado para comérselo. Cuando se acabó el ganado, mataron a los perros. Luego, a los gatos. Finalmente, a las ratas, a los insectos. Se lo comían todo porque Iosif Stalin había decidido condenar a la hambruna a una de las zonas de Europa, y del mundo, con mayor potencialidad de producción de comida. Cinco millones y medio de muertos, aunque Stalin llegó a vanagloriarse de que fueron diez.

En 1935, más o menos pues en los convulsos tiempos del asesinato de Sergei Kirov en Leningrado (1 de diciembre de 1934) tras el cual Stalin comenzó su primera purga, Leónidas Breznev, todavía demasiado joven para estar en esos juegos malabares, se recibió, como dicen en Latinoamérica, de ingeniero metalúrgico. Esto lo convertía en un cuadro técnico del Partido. En 1936, seguía currando en la fábrica, y había sido nombrado director de la escuela politécnica.

Estamos ya en tiempo de purga estalinista en modo experto, y ya sólo es cuestión de tiempo que llegue a Ucrania. En 1937 Pavel Potyshev, el dictador de Ucrania de facto, el hombre que más ha hecho por cumplir las órdenes de Stalin para matar de hambre a los ucranianos, es llamado a Moscú, y ya nunca nadie vuelve a saber de él. Katayevich, que sigue siendo el jefe del partido en Dnepropretovsk, es quien lo sustituye. Alguien le tiene que sustituir a él, y ese alguien es E.K. Pramnek. Pero eso es sólo el principio, porque la caída de Potyshev provoca la de un huevo de gente que pertenece a su tribu comunista ucraniana.

Un día, el jefe adjunto del comité ejecutivo del soviet de la ciudad de Dneprodzerzhinsk es purgado elegantemente. Teniendo en cuenta que el cargo equivale más o menos al de vicealcalde de la ciudad, la purga deja un agujero jodido que es necesario cubrir lo antes posible. Y alguien se acuerda del jovencito de treinta años que anda por Zamenskoye, buen chico éste, las hostias que daba por el campo cuando lo de las colectivizaciones, tú…

Es el principio de la fulgurante carrera, con sus marchas atrás todo hay que decirlo, de Leónidas Illych Breznev, secretario general del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.


Y de las JONS.