jueves, marzo 20, 2014

Libia (10)

En realidad, durante buena parte de los años setenta, el régimen libio no mostró un especial interés en enfrentarse con los intereses occidentales, y Estados Unidos les dejó hacer, interesado como estaba en que el país no cayese en la órbita de influencia soviética. Por ello, Washington nunca reaccionó seriamente a la decisión de Gadafi, a la muerte de Nasser en 1970, de erigirse en su heredero en la construcción de una estrategia panárabe en la zona que presentase batalla a la influencia occidental. Los estrategas de Langley calcularon que, siendo como era Gadafi bastante infatuado y un poco pollas con la cuestión del nacionalismo árabe, acabaría a hostias con sus propios correligionarios. Y no se equivocaron, porque primero fue el propio Gadafi quien partió peras con el régimen del egipcio Anuar el-Sadat, al que consideraba tibiamente nasserista; y, en 1980, fue Arabia Saudita quien mandó a freír vientos a Trípoli, fundamentalmente a causa de su manía de ir por libre en el tema del petróleo.

Gadafi comenzó a gastar partes nada desdeñables de los cuantiosos recursos que le aportaba el petróleo en jugar al Strategos en la zona. En 1981, se metió de hoz y coz en un conflicto con Chad por el área de Auzou (que, si viene del francés, debiéramos escribir en español Ozú). Como consecuencia, el presupuesto de defensa creció exponencialmente, hasta llegar a la cuarta parte del presupuesto público. Después, trató de desestabilizar Túnez, país que consideraba poco musulmán; lo cual le granjeó los primeros conflictos con Estados Unidos, así como con Francia. En 1981, a causa de este problema y de la invasión del Chad, París rehusó firmar un contrato de Elf Aquitaine con la LIPETCO.

Con todo, el problema fundamental fue Washington. Las diversas pruebas que fueron acumulando los servicios de inteligencia norteamericanos acabaron en acusaciones abiertas de financiación del terrorismo (desde 1979, Libia fue incluida en la lista de países promotores del terrorismo), de promover la inestabilidad en el África negra y, sobre todo, de obstaculizar las tentativas de paz en Oriente Medio. La retórica de Washington se hizo más directa tras el asesinato de los atletas judíos por el grupo palestino Septiembre Negro durante los Juegos Olímpicos de Munich (1972) y el asesinato del embajador norteamericano en Sudán, un año después. Gadafi siguió a lo suyo, apoyando de una forma más o menos descarada a los grupos radicales palestinos, y realizando intentos de entregar armas al IRA irlandés.

En el terreno que más preocupaba a los americanos, Gadafi condenó los acuerdos de Camp David. La actitud de Trípoli había provocado ya que la Administración Carter prohibiese en 1978 la venta a Libia de material militar. Pero el 15 de febrero de 1980, Washington fue más allá cerrando su embajada en Trípoli.

Como es bien sabido por los curiosos del pasado, en 1981 hubo cambios importantes en la política mundial, aunque en principio fuesen inapreciables. Estados Unidos, que estaba en una situación económica manifiestamente perfectible y además sufría de una honda depresión social después de haber pasado la década anterior recibiendo bofetones como el de los rehenes de Teherán, votó para la presidencia a un actor de relativo poco éxito, antiguo membrillo macartista, que basó su campaña en prometerle a los estadounidenses un regreso a los good old days. Poca gente creyó que fuese a hacerlo, como poca gente creyó que, en realidad, el ascenso de una mujer en Reino Unido, Margaret Thatcher, fuese a ser un gran cambio. Pero, para bien o para mal, lo fue.

Ronald Reagan era un tipo tan simple que nunca dejaba que le entregasen más de dos fichas escritas sobre cualquier tema. Como suele pasar con personas que simplifican de esa forma sus análisis, sus ideas eran bastante maniqueas, y su compromiso con cumplirlas, total. Una de esas ideas de Reagan era no pasarle ni una al libio de la jaima. Pretextando su relación con el terrorismo, en mayo de 1981 Estados Unidos clausuró la embajada libia en su país y, acto seguido, acusó formalmente a Libia de haber intentado asesinar a representantes norteamericanos. Es probable que Gadafi todavía pensase que el actor iba de farol (mucha gente lo pensaba de hecho en Europa). Pero las cosas cambiaron en agosto de ese mismo año 1981, cuando unidades de la Sexta Flota estadounidense dispararon a dos cazas libios en el área del golfo de Sirte, que según Libia eran aguas territoriales y según Estados Unidos, internacionales.

En diciembre de 1981, los ciudadanos estadounidenses vieron prohibidos sus viajes a Libia, y el presidente Reagan hizo un llamamiento público a los que estaban dentro para que saliesen a la naja. En marzo de 1982, Washington embargó todas las exportaciones de petróleo libio y, lo que es casi más importante, todas las exportaciones de complejos elementos de bienes de equipo para la extracción y producción de petróleo y gas procedentes de Estados Unidos.

El 17 de abril de 1984, un grupo de libios pro régimen disparó en la plaza de San Jaime de Londres a Yvonne Fletcher, una policía local que estaba realizando las típicas labores de vigilancia durante una manifestación contra Gadafi. Sin embargo, a pesar de esta muerte, Bruselas todavía permaneció renuente a aplicar sanciones económicas contra el país norteafricano (como, por otra parte, hace siempre). Reagan, sin embargo, siguió a lo suyo y en 1985 amplió el boicot a Libia a todos los productos refinados del petróleo. Ese mismo año hubo sendos ataques en los aeropuertos de Viena y Roma, que fueron atribuidos al grupo de Abu Nidal, que se daba por financiado por los libios. Como resultado de estos dos atentados, en enero de 1986 el POTUS (President Of the United States) invocó la International Emergency Economic Powers Act (que, si se piensa, es IEEPA, o sea el grito típico de los tejanos en los rodeos) cesando toda operación financiera con la Jamahiriya, además de congelar todos los activos libios en Estados Unidos. Además, como es lógico, Estados Unidos apoyó al presidente chadiano Hisen Habré en la guerra de Aouzou.

No obstante, como le ha ocurrido siempre a los Estados Unidos sin que, la verdad, parezca que le importe mucho, este tipo de hostilidades manifiestas provocaron el efecto de hacer al agredido más fuerte en el interior. Tras el suceso del golfo de Sirte, de hecho, Gadafi se presentó ante el Congreso Popular y, contrariamente a lo que siempre había dicho, anunció que tomaría las riendas del poder gubernamental directamente, además de proponer medidas que en la práctica convertían Libia en un país militarizado y movilizado contra los Estados Unidos.

Sin embargo, la escasez de entusiasmo con que los libios habían aceptado la monarquía, y después el régimen del Libro Verde, se hizo de nuevo patente cuando Washington dio el paso final en el enfrentamiento con Libia, como fue el bombardeo norteamericano de Trípoli y Bengasi. Gadafi, en sus delirios panarabistas modo yo soy el líder más liderés de Liderilandia, siempre había pensado que el pueblo libio se levantaría en armas en defensa de la ideología panárabe, además de su propia persona. Lejos de ello, sin embargo, se encontró con que aquellos bombardeos provocaron más manifestantes contrarios en los países vecinos que en la misma Libia. De hecho, Gadafi desapareció de los medios de comunicación durante semanas, probablemente temeroso de la posibilidad de ser derrocado por ese pueblo que no se había tragado el viejo truquito de meterse conmigo es meterse con los alemanes/vascos/catalanes/rusos/bla.

En 1986, cuando Gadafi comenzó a sentirse aislado, en realidad disponía de tiempo atrás de síntomas suficientes de que esta vez la política de Estados Unidos iba en serio. La Exxon había abandonado el país ya en 1981. En 1983, fue la Mobil.

Muamar el-Gadafi sabía ahora que su política internacional, y muy probablemente también la interna, no podía seguir como hasta ahora. Había jugado una mala mano de póker. No exactamente un farol, porque contaba con el par de ases de sus ingresos petrolíferos para financiar sus aventuras. Lo que nunca pudo esperar es que un actor mediocre y simplón fuese a llevar un ful de mano, y decidiese utilizarlo. Solo, o en compañía de otros, el líder de la revolución libia acabó por darse cuenta de que, para poder siendo Libia, tal vez no le quedaría otra que ser menos revolución.