lunes, febrero 17, 2014

Libia (3)

Los poderes occidentales no dudaron lo más mínimo en apostar por Libia para hacer del país un aliado. Casi una década después de la independencia, de hecho, Libia era uno de los principales receptores de ayuda financiera de los Estados Unidos, a cambio de lo cual tanto Washington como Londres tenían acceso libre a las bases militares de Wheelus y al-Adem. Esta situación contrastaba claramente con la que se producía en el que había sido el principal bastión británico en Oriente Medio, Egipto, donde el nacionalismo arabista de Gamal Abdul Nasser estaba cambiando las cosas de forma muy relevante.

En la creación de la Libia independiente, Naciones Unidas había tratado de conseguir un equilibrio entre las tres grandes regiones que formaban el país. La Asamblea Nacional fue diseñada, de hecho, para garantizar dicho equilibrio, al estilo de los senados de los países que, como España o Estados Unidos, tienen en su política un fuerte componente territorial. La forma federal de Estado fue una imposición sobre todo de la Cirenaica, que temía que una Libia unitaria fuese dominada por la Tripolitania, donde, al fin y al cabo, vivían dos tercios de la población del país. Por mera lógica, los tripolitanos, y sobre todo el Partido del Congreso Nacional, liderado por Bashir al-Sadawi, estaba en contra de esta forma federal. Por esta razón, el diseño de la constitución libia fue, en realidad, un diálogo de sordos; y la solución finalmente adoptada, esto es un Estado federal bajo la monarquía sanusiya, un pastiche.

La constitución federal acabaría por demostrarse de compleja implantación, sobre todo por las materias en las que concedía al gobierno federal poder legislativo, pero no ejecutivo. Estas materias eran muchas, y entre ellas se encontraban la imposición directa, el comercio exterior y, ojo, la riqueza del subsuelo. En la práctica, esto suponía que, en materias cruciales para el funcionamiento de un país, como los impuestos, el poder central no tenía más remedio que alcanzar acuerdos permanentes con los poderes locales. Como bien sabemos en España, esto fue el germen de la creación de las baronías, con la diferencia de que, en un país como Libia, esta semilla prendió en un suelo previo de poderes tribales, lo cual hacía las tensiones centrífugas casi insoportables. Una dinámica separadora de tal calibre tiende a explicar, tal es el criterio de este amanuense, la aparición, al fin y a la postre, de figuras centralizadoras como la de Muamar el-Gadafi.

El país, formalmente, tenía dos capitales: Trípoli y Bengasi. Además, disponía la formación de consejos provinciales en ambas ciudades y Sebha. Además, unos años después de la independencia, el rey se trasladó a al-Bayda, una especie de El Escorial a la libia, creando de facto una nueva referencia geográfica de poder.

Cada provincia era gobernada por un gobernador o wali, nombrado por el rey. Poseía una asamblea legislativa y un consejo ejecutivo del que emanaban una serie de nazirs, o ministros, todos ellos nombrados por el rey a propuestas del wali. El rey, además, disponía de un Diwan o consejo privado, formado básicamente por cirenaicos como él.

El rey Sanusi aprovechó su poder tras la independencia para quitarse de en medio a los grupos que más le podían molestar. Así, pretextando que provocaban inestabilidad, ilegalizó el Partido del Congreso Nacional y el Club Omar al-Muktar. Cuando convocó elecciones al parlamento, se preocupó de ilegalizar al resto de partidos antes. Por lo tanto, en 1952 se puede decir que Libia era, en términos franquistas, una democracia orgánica (aunque en su caso mejor se diría tribal). Desde entonces hasta ahora, los libios no volvieron a soñar con votar.

Los sucesivos gobiernos que llegaron durante la primera década de independencia se encontraron con el obstáculo creado por los poderes provinciales. Además, el parlamento prácticamente no existía como elemento de control del gobierno, a pesar de que ése era el papel constitucional que se le había otorgado. Únicamente despertó a principios de los sesenta, cuando una serie de escándalos de corrupción le obligaron a cesar al primer ministro Abd al-Majid Kubar. Sin embargo, poco a poco en el gobierno central se iba creando una clase burocrática que, a trancas y barrancas, se las arreglaba para superar el modelo sanusiya, que era poco más que gobernar con su asamblea de colegas tribales.

Por encima de todo, Libia se enfrentaba a un problema muy superior que el derivado del nivel de (sub)desarrollo de su clase política y de sus instituciones: su inviabilidad como país.

Basado en una economía fundamentalmente rural, asentada en un suelo no demasiado productivo y de hecho en su mayor parte desértico (con el agravante de que las pocas infraestructuras rurales habían sido destruidas en la segunda guerra mundial); con una población distribuida de una forma totalmente irregular, en su mayor parte carente de información, y con una sociedad escasamente estructurada, Libia era un país inventado por los afanes descolonizadores y unas pocas elites ideológicas y tribales, pero con escasas potencialidades a la hora de mantenerse. Con un 90% de la población iletrada, en realidad era uno de los países más pobres del mundo.

En junio de 1956, el país creó un Consejo de Desarrollo, con el apoyo de Naciones Unidas, que adoptó un plan de desarrollo de seis años que había sido elaborado por un equipo de técnicos internacionales dirigido por Benjamin Higgins. Sin embargo, este plan chocó, en buena medida, contra la dicotomía entre centralistas tripolitanos y federalistas cirenaicos.

Sin embargo, las cosas iban a cambiar pronto. Ya en 1940, Mussolini había ordenado a la Aziendi Generale Italiana Petroliche la realización de prospecciones en busca de petróleo en el área de Sirt. Estos trabajos fueron rápidamente abandonados con la guerra, pero al llegar la independencia la idea de que Libia podía llegar a mantenerse gracias al petróleo volvió a tomar cuerpo. Tres grandes compañías del sector, la británica D’Arcy, la holandesa Shell y la estadounidense Standard Oil, fueron los primeros en ir. En 1947, la Esso ya decía tener claro que Libia poseía recursos petrolíferos suficientes como para que su explotación comercial fuese viable.


En muy pocos años, Libia se había convertido en el cuarto mayor productor petrolífero del mundo.