viernes, febrero 14, 2014

Libia (2)

En octubre de 1918, cuando Turquía firmó el armisticio de la Gran Guerra, Italia se apresuró a aventar los acuerdos de Londres de abril de 1915, que le otorgaban la soberanía sobre Libia. Sin embargo, agotada tras una guerra, no tenía ningunas ganas de seguir disparando balas en el norte de África, por lo que aceptó que, bajo la supervisión británica, la Sanusiya se estableciese autónomamente en la Cirenaica. En 1919, Italia aprobó dos estatutos distintos para la Tripolitania y la Cirenaica, de forma que cada una de las regiones tendría su propio parlamento.

Cirenaica e Italia firmaron en 1920 el acuerdo de al-Rajma, por el cual al-Sanusi recibió el título de emir de la Cirenaica, así como un importante paquete de poderes autónomos. En esta región el parlamento local se reunió cinco veces (aunque sus miembros eran básicamente los jefes de las tribus); en Tripolitania ni siquiera hubo elecciones. De hecho, la región occidental de Libia entró en una guerra civil entre tribus. Al-Suwayli, probablemente el único líder con capacidad y ambición de unificar el gobierno de la Tripolitania, fue muerto en una acción de guerra en agosto de 1920. Temerosos de los avances que se estaban produciendo en Cirenaica mientras ellos se pegaban, los grandes líderes tribales tripolitanos se reunieron en Gharyan en noviembre de 1920. Bueno, no todos, porque los bereberes, siguiendo las instrucciones de su líder al-Baruni, no acudieron. Con esas ausencias, los reunidos acordaron nombrar a un líder único asistido por un Consejo para la Reforma Central. En enero de 1922, con poca capacidad para lograr encontrar ese líder único, ofrecieron a Sanusi la extensión del emirato cirenaico a la Tripolitania. Idris al-Sanusi se lo pensó mucho. Sabía que, de aceptar, los italianos se pondrían como el puma de Baracoa y volverían a Libia para hacer valer su soberanía. Pero finalmente, en noviembre aceptó.

En diciembre de aquel año, Sanusi se exilió a Egipto, temiendo la reacción de los italianos, que desde octubre tenían un nuevo Duce llamado Benito Mussolini. Y no se equivocaba, porque Giuseppe Volpi, que había sido nombrado gobernador de Trípoli antes incluso de la llegada de los fascistas, logró con relativa facilidad consolidar las posiciones italianas en la zona. A finales de 1922, la única resistencia efectiva contra Italia podía encontrarse en algunas zonas de la Cirenaica, entre las tribus más comprometidas con la Sanusiya. El comandante en jefe de las fuerzas italianas en la zona, general Roberto Graziani, llevó a cabo una represión brutal entre la población. El 11 de septiembre de 1931, el líder rebelde Omar al Muktar fue finalmente capturado. Graziani estaba de vacaciones en Italia, pero voló a toda prisa a Libia para presidir el juicio sumarísimo tras el cual fue ahorcado, convirtiéndose en el símbolo mártir de la resistencia local contra los invasores extranjeros.

Alrededor de 1938, después de que Volpi hubiese sido sustituido por Emilio de Bono (uno de los grandes personajes de la Italia fascista, por haber acompañado a Mussolini en su célebre marcha sobre Roma), y éste después por Italo Balbo, fue cuando los italianos comenzaron a realizar una política de colonización de ciertas áreas de la costa libia. En aquella época se produjo lo que se conoce como la expedición de los Ventimilia, esto es el trasado de 20.000 italianos al país. En 1939 fueron 12.000 más.

Cuando Italia se implicó en la segunda guerra mundial puso en grave peligro sus posesiones libias y abisinias. A pesar del cambio de último minuto del general Badoglio, por el que el país trataba de hacer más o menos la misma jugada que en la primera guerra, y que no le salió del todo bien, cuando los aliados se hicieron dueños del norte de África, no pararon en barras a la hora de eliminar el poder italiano en Libia. Inglaterra constituyó una administración militar británica en la Tripolitania y la Cirenaica, mientras que Francia se hacía con la de Fazzan. Los ingleses, muy específicamente, no olvidaban que los líderes libios exiliados por los italianos se habían reunido ya en 1939 en Alejandría, una reunión en la que Idris al-Sanusi había dejado bien claras sus querencias probritánicas. En la siguiente reunión, (Cairo, 1940), Sanusi consiguió convencer a las otras tribus para que apoyasen a Londres. Para vertebrar dicho apoyo, declararon el emirato de Tripolitania y Cirenaica, el persona del propio Sayid Idris. El emir, además, recibió carta blanca por parte del resto de los líderes para negociar con los británicos una vez que se consiguiese la independencia. Londres respondió. En 1942, Anthony Eden le prometió a los libios personalmente que la Cirenaica sanusiya no volvería a ser italiana nunca más. La promesa era un trile clarísimo pues, al no incluir la Tripolitania, escondía la intención de los británicos de construir allí una provincia bajo su administración, que es, exactamente, lo que hicieron hasta 1949. Por su parte, la provincia o región de Fazzan permaneció bajo control francés hasta la independencia Libia en 1951.

Tras la derrota final del Eje, en 1946 los sanusiyas crean un Congreso Nacional, básicamente dominado por cirenaicos. Tripolitania, sin embargo, por ser una tierra algo más cosmopolita, se veía más crecientemente influida por ideas de fuera, por lo que tendía a abrazar el nacionalismo arabista. De hecho, la Tripolitania de mostró mucho más activa políticamente, de forma que en 1947 ya había creado media docena de partidos políticos distintos, todos ellos de acuerdo en el principio de declarar la independencia de una Libia unida (con las tres regiones), nación que automáticamente entraría en la Liga Árabe. El principal punto de fricción era el papel que debía jugar la dinastía Sanusiya en aquel asunto.

Los libios, en todo caso, tenían un problema, y es que no eran dueños de su territorio. Igual que aquél que ha firmado una hipoteca vive durante años en un piso que en realidad es de su banco, Libia pertenecía, en aquel momento, y de una forma totalmente explícita, a las cuatro potencias ganadoras de la guerra (o sea, las tres que la ganaron: Estados Unidos, la URSS y Reino Unido; más, ejem, Francia, que, ejem, no ganó una mierda). Los Cuatro estaban de acuerdo en que Italia debía abandonar su soberanía sobre el país (exactamente lo que pasó el 15 de febrero de 1947); pero, más allá, no sabían qué hacer con la finca.

En 1948, una Comisión de Expertos nombrada por los Cuatro viajó a Libia. Se encontraron un país dividido entre tripolitanos, creyentes en la independencia árabe y consiguientemente partidarios de una Libia unida; y unos cirenaicos que habían sustituido la riqueza de partidos por una formación única, el Congreso Nacional, que sólo admitía la independencia bajo el emirato sanusiya. En Fazzan era peor, porque no menos de la mitad de la población prefería seguir bajo la administración francesa.

El 15 de septiembre de 1948, ante este merdé, la cuestión fue puesta en manos de las Naciones Unidas. En los debates que siguieron, Londres y París jugaron en contra de la unificación de Libia, muy especialmente los franceses, que querían mantener un poder directo sobre Fazzan. El 10 de mayo de 1949, ambos países, tratando con ello de torcer el brazo de la decisión multilateral, firmaron el denominado acuerdo o plan Bevin-Sforza, que proponía un dominio francés sobre Fazzan de diez años, de Reino Unido en Cirenaica y de Italia en Tripolitania. Lo cual no hizo sino disparar las manifestaciones en Libia. Finalmente, la Asamblea General de la ONU tumbó la propuesta Bevin-Sforza, con lo que la cuestión Libia quedó desplazada hasta la sesión de otoño de 1949.

Fueron doce meses muy importantes. Doce meses durante los cuales la confianza entre los Cuatro se fue deteriorando cada vez más, y en los que, también la sensibilidad internacional hacia los derechos de independencia de los territorios otrora coloniales experimentó un aumento proporcional en dirección a la desconfianza hacia el gobierno del mundo por los cuatro grandes. Para septiembre de 1949, en consecuencia, Londres se había dado cuenta ya de la movida y había decidido garantizar una independencia de la Cirenaica bajo un gobierno sanusiya, considerando que así colocaban al frente del país a un decidido partidario de sus tesis. Además, este movimiento fue una jugada de ajedrez para colocar a Sanusi en la mejor posición posible frente a una eventual independencia del país completo. Francia siguió los pasos de Londres un año más, garantizando el autogobierno de Fazzan e impulsando la creación de una Asamblea representativa allí.

Subida en la ola (porque la ONU, bueno es recordarlo, se sube a las olas; jamás las crea), la Asamblea General de los países del mundo comenzó a trabajar en el borrador de una declaración de independencia de Libia. El 21 de noviembre de 1949, se adoptó una resolución sobre dicha independencia que, se dijo en el texto, no se produciría más tarde del 1 de enero de 1952. La independencia llegaría, efectivamente, el día de Nochebuena de 1951. Se había creado el Reino de Libia, bajo el emirato de al-Sanusi, estratégicamente aceptado por los tripolitanos, y sobre el cual la ciudadanía fazzaní prácticamente no había podido decir nada.