viernes, febrero 07, 2014

Galiza ceibe (al completo)

Como un servicio al ciudadano, aquí os dejo el texto completo de Galiza ceibe, o sea una breve historia del nacionalismo gallego.

Los nacionalismos existentes dentro de España, excepción hecha de eso que el debate actual ha dado en llamar nacionalismo español (concepto que es una entelequia: el nacionalismo español, entendido como oposición a otros pueblos de España, podrá existir ahora, pero no se rastrea en el pasado), son fenómenos bastante modernos. Para desgracia entre quienes quieran buscan un paralelismo estricto entre las pretensiones nacionalistas existentes en España y el famoso referendo de Escocia, la Historia de España no recoge episodios en los cuales los reyes establecidos de naciones con los nombres que hoy llevan los nacionalismos existentes en España fueron vencidos y humillados por un rey español, o castellano, que consecuentemente sojuzgó a un pueblo que no quería estar bajo su corona. Lejos de ello, los catalanes, junto a otros pueblos de España por cierto, fueron integrados en el proyecto español no porque su rey fuese vencido, sino porque se tiró a la reina castellana. Los vizcaínos, tiempo antes, obligaron a su rey castellano, cuando éste amagó con convertirlos en posesión inglesa, a jurar solemnemente que jamás los separaría de la corona castellana. Y los gallegos, desde la instauración de las peregrinaciones jacobeas, pueden dar por terminados sus serios intentos de constituirse en nación propia; proyecto para el cual nunca contaron con la figura de un rey propio, perteneciente a una dinastía propia.

No obstante lo dicho, la verdad es que lo que menos importa de los nacionalismos es el pasado. Lo realmente importante es el presente; lo que un pueblo siente o no siente en un determinado momento. Si para ello hay razones históricas más o menos sólidas podrá ayudar, pero en modo alguno eliminar toda posibilidad de reivindicación. Es precisamente por eso por lo que los esfuerzos habituales de los nacionalismos por retorcerle el brazo a la Historia me parecen especialmente estúpidos y deleznables. Dejemos las cosas del pasado como están, y del presente ocupémonos los que lo estamos viviendo.

Hecha esta primera apreciación, hoy comienzo a escribir algunas notas sobre el nacionalismo de mi tierra, que es Galicia. Quienes me conocen bien saben que no soy nada nacionalista, y menos aun nacionalista gallego. Tal vez ha sido esto último lo que siempre me ha provocado cierta curiosidad por el fenómeno del nacionalismo gallego, que adopta, en mi opinión al menos, formas muy distintas del vasco y el catalán, que son considerados los otros dos nacionalismos históricos (sic) existentes en España.

Hay dos cosas que, a mi modo de ver, diferencian el nacionalismo gallego de los nacionalismos vasco y catalán.

La primera es que, a diferencia de éstos, es un nacionalismo que se articula desde la inferioridad. Mientras vascos y catalanes buscan en sus ideologías el pleno reconocimiento de sus capacidades económicas, el nacionalismo gallego se basa en sus discapacidades, y en la convicción de que son fruto de algo que se identifica bastante con el concepto de explotación colonial por parte de España. En los tiempos del final del franquismo y la primera democracia, los de mi infancia y adolescencia coruñesas, recuerdo bien que el tema número uno en tertulias de bar era el dinero de los emigrantes. La tesis (más que probablemente no exenta de certeza) era: a Galicia se transfieren montones de dinero que envían los emigrantes (mayoritariamente gallegos); dinero que, después, a través de las cajas de ahorros que es donde sus parientes aquí lo ahorran, se va a financiar cosas fuera de Galicia. La enorme fuerza de este argumento, y la profundidad de sus raíces, tal vez le explique al lector no gallego la dedicación con que la sociedad gallega se ha aplicado siempre a tener al menos una caja de ahorros propia, y el trauma que presenta, en las profundidades abisales del sentir de los gallegos, el hecho de que vaya a dejar de tenerla (proceso que es, para más inri, coincidente con la desgalleguización del más gallego de los bancos privados, que no es el Banco Gallego, sino el Banco Pastor).

La segunda gran diferencia es que, y aquí llegamos a un punto habitual de fricción con todos los nacionalistas gallegos e incluso muchos gallegos que ni siquiera lo son, muchas veces el nacionalismo gallego no es tal cosa. A mi modo de ver, en Galicia se confunde mucho el nacionalismo con el regionalismo, el provincialismo, el comarcalismo incluso. Se confunde el sentimiento de alguien que ama a su tierra sobre todas las cosas con el de alguien que está dispuesto a llevar ese amor a la construcción de postulados políticos. Son cosas distintas, se producen a la vez y provocan que, a menudo, se tome por nacionalismo lo que no lo es del todo.

Pero vayamos con la descripción del nacionalismo gallego y su pequeña historia. A decir de algunos nacionalistas gallegos, el sentimiento galleguista existe desde el tiempo de los godos, cuando los suevos habrían construido una nación y tal. A mí, la verdad, esta tesis me parece una conachada. Si los suevos construyeron una especie de imperio territorial, sobre cuyo nivel de cohesión e identificación la verdad es que la Historia sabe poco, no fue, desde luego, un imperio gallego. Decir que la dominación sueva en parte de la península ibérica es el principio de la identidad gallega es como decir que la forma de ser de los andaluces fue forjada por los fenicios que se establecieron en Cádiz y que, como todo el mundo sabe, cruzaron el Mediterráneo haciendo eses porque iban todo el día en el barco bebiendo manzanilla y bailando sevillanas.

Las condiciones orográficas de la estricta nación gallega, esto es lo que hoy conocemos como comunidad autónoma de tal, sin embargo, sí justifican un desarrollo propio y particular, ya que la comunicación de Galicia con el resto de España es bastante compleja. Así pues, yo creo que no se puede negar que una identificación propia sí que existía al final del periodo gótico y el comienzo de la dominación musulmana, porque los reyes astures encontraron problemas para integrar a los gallegos en su unidad administrativa. Como ya hemos contado aquí, sin embargo, esa diferenciación terminó pronto, tras la hábil utilización de los ovetenses del único elemento realmente aglutinador que existía en la Hispania no musulmana, que era la religión.

Poco o nada se puede exhibir en términos de nacionalismo gallego, mucho menos separatismo, hasta el siglo XIX, que es el gran siglo para estas ideas. Vamos a situarnos en 1840, en la posguerra carlista. Una vez conseguido el cese de las hostilidades, la tensión en la sociedad española provocada por las fuerzas progresistas se hace mayor. El enfrentamiento entre los postulados moderados y los democráticos se hace patente en la regulación de los ayuntamientos, que los progresistas quieren más abiertos a la sociedad de lo que Palacio está dispuesto a admitir. En apoyo del progresismo, en toda España se crean espontáneamente juntas locales. La de Santiago de Compostela se forma el 24 de julio de dicho año, y de la misma forman parte dos destacados activistas demócratas gallegos: el abogado Pío Rodríguez Terrazo y el médico Hipólito Otero, acompañados por un montón de estudiantes entre los cuales destaca un poeta, Antonio Neira de Mosquera. En septiembre, la situación se radicaliza más con el pronunciamiento militar en casi todas las ciudades principales de la región y la multiplicación de estas juntas locales. Todas estas juntas, en un proceso bottom-up que ya hemos visto durante la guerra de la independencia, crean una Junta Superior Central de Galicia que se convierte, por propia voluntad, en el gobierno de la región. Pero, una vez más lo diré, no hay que confundir las cosas; en este caso, no hay que confundir nacionalismo con progresismo, porque aquella Junta Central se intitula gobierno de Galicia en tanto en cuanto no exista un gobierno español de corte progresista.

En las elecciones de 1843, los progresistas ganan con claridad en Galicia y, de hecho, en Santiago designan a Rodríguez Terrazo miembro de la Junta. En Lugo se constituye, de nuevo, una Junta Central de Galicia, que colabore con una Junta Central de España en la creación de un gobierno progresista en todo el país. En su empeño por hacer de la Historia lo que le interesa, el nacionalismo gallego ha pretendido, en no pocas ocasiones, que en aquella reunión de Lugo, Antolín Faraldo habría propuesto que se votase la independencia de Galicia. Más verdad es, sin embargo, que Faraldo ni siquiera estuvo allí. De hecho, el progresismo gallego fue víctima de las divisiones internas en su movimiento en toda España, que acabaron por favorecer el ascenso de los moderados.

Dicho esto, no se puede negar que los sucesos animados por el fin de la primera guerra carlista, esto es la agitación progresista en toda España pero con centros de movimiento muy importantes en Galicia, fueron el germen de lo que se ha dado en llamar el provincialismo gallego. El centro de esta formulación ideológica es sin lugar a dudas Santiago de Compostela, hecho que no debe de extrañar si se tiene en cuenta que los estudiantes universitarios fueron un elemento fundamental del mismo. De hecho, el epicentro del provincialismo puede situarse en la Academia Literaria de Santiago, una institución cultural organizada por un militar de ideas avanzadas, Domingo Díaz de Robles. Allí encontramos a los Faraldo, al poeta Neira de Mosquera, Antonio Romero, Augusto Ulloa, José María Posada, Leopoldo Martínez Padín, y otros nombres que conforman el gotha del primer galleguismo. Sin olvidar, aunque no fuese propiamente miembro de la partida, al historiador José Verea y Aguiar, casi el primer teórico que introduce una interpretación total de un pueblo gallego de raíces célticas, y en quien Neira veía algo así como el iniciador de la identidad nacional gallega. El mejor discípulo de las ideas de Verea será Antolín Faraldo, el verdadero iniciador de la tendencia decimonónica de buscar en la Historia los argumentos a favor de la instrumentación de una nación gallega.


Faraldo, en efecto, escribe incesantemente sobre la materia en la prensa progresista compostelana. Y Leopoldo Rodríguez Padín escribe una Historia de Galicia diseñada en el mismo sentido. Debe decirse, en todo caso, que estas elaboraciones, que ya se apoyan claramente en la especificidad idiomática, tienen su sentido. Galicia, en la primera mitad del siglo XIX, como ocurrirá en otros diversos periodos de la Historia desde entonces para acá, es una región, digamos, des-considerada en el resto de España. En general, pasado el puerto de Piedrafita, las personas tienden a pensar que Galicia es responsable de su propio atraso, y conceptúa a los gallegos como personas por lo general incultas, escasas de ambición y de habilidades (obsérvese, sin ir más lejos, lo fácilmente que este mismo mito social se trasladará, en unas décadas, a otros rincones del mundo, como Argentina). Por ello, las elaboraciones sobre todo de Faraldo tienen que ver con la idea de una Galicia gobernada por sí misma, pero tienen que ver también con la pulsión de vencer esa diferencia secular en contra de la región gallega. Su Grande Obra se concreta en la realización en Galicia de infraestructuras que la sacarán del subdesarrollo, pero casi tanto como de eso habla de la necesidad de unificar previamente los poderes dentro de la propia Galicia. Y sabía de lo que hablaba: décadas después, según cuenta Murguía en su libro sobre Alejandro Chao, éste último, excelentemente bien situado entre las fuerzas progresistas gobernantes en Madrid, diseñará un inteligentísimo proyecto para la construcción de un ferrocarril que comunicará Vigo con la meseta, proyecto que, además, se autofinanciaría; y que sin embargo, tal y como reconoce en su libro el propio señor De Castro de la señora Murguía, se fue a la mierda porque los ayuntamientos de las poblaciones por donde tenía que pasar la vía no se pusieron de acuerdo. El provincialismo gallego, pues, no sólo, yo diría que ni siquiera fundamentalmente, ataca las agresiones de Madrid; sino las concepciones excesivamente particularistas existentes en la propia Galicia. El enemigo de este primer nacionalismo gallego, si así se lo puede llamar, no es España, sino Galicia.

El 2 de abril de 1846, en Lugo, se produce un pronunciamiento progresista más, en este caso del comandante Miguel Solís. Como es bien sabido, a las ideologías les va bien ganar las revoluciones, pero mucho mejor perderlas. Tras sucesivas peripecias, los sublevados son derrotados y fusilados, el día 26 del mismo mes, en Carral. A partir de ahí, el nacionalismo gallego ya tendrá algo siempre fundamental para alcanzar el corazón de las masas: mártires.

El pronunciamiento de Solís no fue sólo un pronunciamiento militar, pues los civiles que actuaban en el campo progresista-provincialista colaboraron con él. De hecho, Manuel Rúa Figueroa, otro conspicuo fundador de la Academia Literaria de Santiago, fue nombrado alcalde de la ciudad catedralicia. Y el gobierno de la Junta Central gallega fue entregado a Rodríguez Terrazo, bajo la secretaría de Faraldo. La mala noticia para el nacionalismo gallego es que esta Junta Central llegó a discutir, diseñar, e imprimir, un programa de gobierno. Léase. Por cada referencia explícita a la independencia de Galicia que se encuentre, la Xunta regala una mesa de comedor.

Tras la derrota de 1846, el movimiento provincialista queda básicamente descabezado, a causa de la muerte de algunos de sus miembros, el exilio de otros, y la emigración geográfica e ideológica de otros tantos, que se van a Madrid a hacer política. Sin embargo, Neira, Martínez Padín y Alberto Camino crearán el Liceo de la Juventud de Santiago, sucesor de la extinta Academia Literaria, horno en el que se cocerá la segunda generación de provincialistas: Manuel Murguía, Aurelio Aguirre, Eduardo Pondal, Luis Rodríguez Seoane, los hermanos Antonio y Francisco de la Iglesia, o Rosalía de Castro.

Es esta segunda cohorte de gallegos un grupo mucho más hecho. En primer lugar, por diferencias en la formación. Personajes como Benito Vicetto o Murguía tienen formaciones más profundas (aunque ahora veremos para qué las utilizaron...), y mucha más intención a la hora de usarlas. Además, es una generación, por así decirlo, menos progresista y más galleguista, lo cual hará mucho por crear las bases de un nacionalismo que se pueda decir auténtico. Tampoco hay que olvidar que el desarrollo de la prensa hará que, a pesar de que los periódicos provincialistas siguen teniendo vidas efímeras y complejas, el altavoz sea algo más estable, sobre todo gracias a la labor de editores como el vigués Juan Compañel; persona sin la cual el Rexurdimento y, en general, el galleguismo no se entenderían como fueron, y que sin embargo la mayor parte de los gallegos ha olvidado. Por último, el centro de gravedad de las prácticas ideológicas se desplaza de Santiago a La Coruña; lo cual, no es por nada, pero le sentó muy bien.

Ahora, no hay que llevar las cosas más allá de lo racional. No estamos ante un movimiento político actuante. Estamos ante una corriente producida entre elites pensantes y, además, urbanas (lo cual, en Galicia, y hasta hace dos telediarios, ha querido decir socialmente minoritarias).

Este protogalleguismo se ve afectado, paradójicamente, por la victoria de sus ideas; porque, ya lo hemos dicho, durante aquellas agitadas décadas del XIX, el provincialismo gallego, en realidad, no es sino una expresión local del progresismo español, por mucho que hoy se intente interpretar, a toro pasado y por conveniencias del presente, como un movimiento puramente gallego. En 1868, con La Gloriosa, ese progresismo llega al machito y eso, paradójicamente, como digo, afecta negativamente a la idea de un nacionalismo gallego. Las capas progresistas gallegas abrazan con pasión las ideas republicanas españolas y, a pesar de notables esfuerzos como el de Valentín Lamas Carvajal al editar La Aurora de Galicia o del grupo formado por Alfredo Vicenti, Manuel Murguía y Waldo Insúa, que escriben en el Diario de Santiago, el galleguismo se desdibuja en la corriente general. De hecho, la posibilidad de poder gobernar en Madrid, que es donde hay gobierno, hace que el provincialismo gallego se desangre de algunos de sus elementos más flamantes y capaces, como es el caso de Alejandro Chao.

El pimargalismo, esto es el nuevo federalismo español, aportará al galleguismo la formulación ideológica que le faltaba, en el marco de la Federación Ibérica que estos políticos reclaman en Madrid. Sin embargo, estas ilusiones morirán con la I República; proceso que, no se olvide, casi coincide en el tiempo con la derrota final del carlismo, lo que hará que muchos postulados tradicionalistas se acerquen a la hoguera nacionalista. Muerto el federalismo, el provincialismo gallego evolucionará hacia el regionalismo, al estilo catalán; mientras que, entre los antiguos carlistas surgirá el galleguismo, como reivindicador de las viejas tradiciones de la sociedad gallega. Y un detalle no exento de importancia: es al madurar la Restauración, a mediados de la octava década del siglo, y no antes, cuando nace la prensa en gallego. Uno de estos medios, O Tío Marcos da Portela, editado en Orense por Valentín Lamas, lleva en su portada una declaración de intenciones que refleja de alguna manera la situación de (in)madurez en que se encuentra, entonces, el sentimiento de lo gallego: 

Os mandamentos do Marcos fora da eirexa son seis: 
facer a todos xustiza,
 
non casarse con ninguén,
 
falar o galego enxebre,
 
cumprir co que manda a lei,
 
loitar polo noso adianto con entusiasmo e con fe,
 
vestir calzóns e monteira

Los gallegos decimonónicos concienciados, en efecto, están muy preocupados con hablar el gallego enxebre, esto es, el de toda la vida. Recuperar un idioma que reputan en peligro por la invasión secular del castellano y que, ya por entonces, divide a los gallegoparlantes entre los que dicen coello y los que dicen conexo para hablar del mismo segundo plato. Y eso les llevará a un proceso cultural muy parecido al ocurrido en Cataluña, que en Galicia llevará el nombre de Rexurdimento.
Quizás el primer mojón de este camino sea un libro de 1853, obra de Juan Manuel Pintos, que se llamó A gaita gallega; aunque el propio título ya está dejando bastante claro que el gallego de aquella obra era más bien una mezcla entre dicho idioma y el español.
En 1860, la producción más o menos masiva de literatura en gallego comienza en la Coruña con la publicación, de la mano de los hermanos De la Iglesia, de O vello do Pico Sacro. El 2 de junio de 1861 se celebran en la misma ciudad en la que nadie es fontanero los primeros juegos florales de poesía; competición que hoy suena a cursi que lo flipas, pero que en el siglo XIX fue de gran importancia tanto para gallegos como para catalanes. En 1861, sin embargo, todavía la inmensa mayoría de los creadores se presentan con composiciones en español y, de hecho, sólo un poeta en gallego (Francisco Añón) recibe premio.

Dos años después, 1863, Rosalía de Castro publica sus Cantares gallegos, obra con la que se considera plenamente inaugurado el Rexurdimento. Es más o menos el tiempo en el que Francisco Mirás publica la primera gramática gallega moderna. Más o menos quince años después, la literatura en gallego, y el gallego literario (no confundirlo con el que hablan muchos gallegos y no digamos con el gallego de habla actual cuyo limpia, fija y da esplendor es ejercido por colleras por la televisión autonómica y el sistema educativo) quedarán fijados por el gran tridente de la literatura galaica: la propia Rosalía, que se sale en 1880 con su Follas novas, que a un castellano le sonará lúbrico pero a un gallego no tanto; Eduardo Pondal y su muy descriptiva Queixumes dos pinos (1886); y Manuel Curros Enríquez, que el mismo año que las follas de Rosalía publica Aires da miña terra, libro que, en opinión de este amanuense, sobrepuja al de su compañera poeta de la misma manera que el Sil al Miño. Antonio de la Iglesia publicará en 1886 una antología, El idioma gallego, donde, merced a su buen conocimiento de los escritores gallegos, quedan reflejados casi todos los que son. Es libro fácil de encontrar, pues ha sido reeditado.

Donde el nacionalismo gallego desbarra dubidú es en la historiografía. Hemos de comprender, en este sentido, que aquellos galleguistas son galleguistas románticos; y que la tendencia cultural romántica, por lo general, no fue en ningún lugar muy respetuosa con la literalidad de los hechos históricos. Se puede decir, sin temor a ser demasiado exagerado, que, entre 1860 y fin de siglo, los regionalistas gallegos inventan un pasado para Galicia. Un pasado que justifica sus reivindicaciones en la existencia de un histórico ente nacional gallego, ente que fuera asoballado comilfó por Castilla. Pasado que, no obstante, en buena parte no transcurrió salvo en la imaginación de quienes lo concibieron, y lo conciben. La neohistoriografía gallega se basará, sobre todo, en el celtismo («Galicia», dirán estos galleguistas, «es la Irlanda de España»; un argumento que en el siglo XX les han robado los vascos) y en la búsqueda de unas raíces remotas que distingan a su pueblo del resto de pueblos que se asentaron en el suelo ibérico.

Benito Vicetto, uno de los dos grandes exponentes de esta corriente, comienza echando mano de ese género donde todo es posible y que solemos llamar novela histórica a pesar de que no pocas veces, en el pasado como en el presente, más debiera merecer el calificativo de histriónica. Vicetto, de hecho, es de éstos últimos, pues su producción literaria, digamos, sólo es analizable desde el principio general de que se trata de una enorme, vasta, e ideológica, licencia poética.

En 1865 y siguientes años, sin embargo, dará el salto cualitativo pasando de la ficción a la no ficción, escribiendo una
 Historia de Galicia que tiene páginas en las que uno tiene la sensación de que, en lugar que sobre Galicia, le están hablando del planeta Alderaan. En esa época, y con el mismo título, publicará Manuel Murguía su propia versión histórica del devenir de Galicia, en un gesto que dividirá el nacionalismo gallego en dos bandos, los murguistas (como Pondal, o los Valle-Inclán) y los vicettistas (sobre todo, los hermanos De la Iglesia).

En el fondo de la cuestión yace la difícil relación entre Vicetto y la pareja Murguía-De Castro (ya que, para quien no lo sepa, Manuel Murguía era el costillo de
 La Chorona de Padrón), que fue muy buena durante mucho tiempo pero que comenzó a deteriorarse el año que el matrimonio antes citado se fue a Madrid; momento que viene a coincidir con una serie de aceradas críticas escritas por Murguía sobre las novelas de Vicetto. Si Murguía hizo eso no es porque las obras del ferrolano le pareciesen malas. Lo hizo, básicamente, porque entre ambos se estaban dirimiendo cosas mucho más terrenales que la histórica misión de reivindicar el lugar de Galicia bajo el sol de la Historia. Competían, ambos, por ser el Gran Manitú de la religión de lo galaico. Sabido es, ya lo hemos contado en este blog, que muchos siglos antes la Humanidad había evolucionado lenta, pero segura, hacia el monoteísmo y, a partir de ese momento, en el Cielo ya sólo cabe un Dios. Así pues, el Dios del provincialismo gallego habría de ser, o Murguía, o Vicetto; uno de los dos sería quien vendiese su Historia de Galicia como churros (como churros enríquez, se podría decir, en un chiste fácil) mientras el otro se quedaría a vestir santos. Y esto es lo que estaba en disputa, una disputa de tamaño suficiente como para merecer que una amistad se fuese a tomar por culo, como se fue. Tan fuerte fue la polémica, tan aleves los bajonazos del navajeo, que Vicetto, el perdedor final de la contienda, anunciará, campanudo, el abandono de su tarea literaria y de su colaboración con la pluma en la causa de lo gallego.

En medio de aquella disensión, el editor vigués Juan Compañel, socio habitual de Murguía en sus aventuras, comenzó a editar la Historia de Manuel, mientras que el ferrolano Vicetto ya estaba preparando la suya. Lo que siguió se parece bastante a una pelea entre videoconsolas de consumo masivo. El editor Castor Mínguez, oliendo la tostada del negocio, llegó a un rápido acuerdo con Vicetto y comenzó a sacar los folletines de la Historia de éste. Los intereses particulares estaban tan presentes en todo aquello que los murguistas, a pesar de lo mucho que había escrito y escribiría su mentor sobre el celtismo de Galicia y la etapa goda y tal, saludaron la salida de un libro dedicado a los reyes suevos (del que, siglo y medio después, siguen bebiendo quienes de nacionalismo quieren saciarse) calificando la dominación sueva de Galicia de «pasajera», así como «árida y desprovista de interés». Vamos, que a Murguía lo coge el BNG, y lo exilia a Guinea…

No le faltaba razón a estos críticos. Pero lo mismo podrían haber dicho de la historia murguista. Ambas tienen un valor historiográfico rayano a cero y excesivamente entregado a la demostración del origen celta de la población gallega y de la existencia de un espíritu nacional, ideas ambas que cuando menos Murguía había sacado de su elevada (y confesada) admiración hacia lo vasco, probablemente inducida por su relación de parentesco con Pedro Egaña, senador y, se dice, el primer hombre que habló de nacionalidad vasca en sede parlamentaria.

La táctica de esta pareja de amigos, que cuando escribieron sus historias ya no lo eran, era bastante sencilla: dar por buenas las versiones contenidas en las leyendas populares. Con su metodología, por lo tanto, deberíamos creer que el cadáver de Santiago llegó a Galicia en una barca de piedra hasta que un monje encontró la tumba en el monte y bla, bla, bla. Todo muy científico.

Murguía y Vicetto abrazaron con pasión el mito (porque es un mito) de que existe una diferencia racial entre los gallegos y el resto de los habitantes de la península ibérica, basada en su origen celta. Origen celta, en España, tienen muchos pueblos, no sólo el gallego. El poeta latino Marcial dice varias veces en sus escritos que su padre era medio celta; y era de Bílbilis, de donde son los bilbilitanos, no los gallegos.

Más aun, no existen, ni siquiera ahora, en el siglo XXI, argumentos sólidos que sostengan la idea de que los celtas que poblaron partes de la península ibérica tuviesen alguna relación con los celtas que lo hicieron en lugares como Irlanda. El hermanamiento entre Galicia e Irlanda, etnográficamente hablando, equivale, más o menos, a aceptar barco como animal acuático. Numancia, la valiente ciudad soriana que resistió hasta la muerte contra los romanos, era una ciudad celtíbera, y de origen celta fueron las familias que se suicidaron dentro de ella para no ser capturados. En otras palabras, hubo celtas en Galicia; pero de ahí a decir que la Galicia fue la quintaesencia de la sociedad y la civilización celtas va un abismo por el que casi cualquier posición mínimamente soportada se despeña; pero que los provincialistas gallegos de finales del siglo XIX cruzaron sin un suspiro.

La vinculación entre Galicia e Irlanda era especialmente importante para la creación de estos mitos, pues es en una de las fuentes legendarias de la cultura gaélica, el Leabhar Gabhala, donde puede encontrarse, con un poco de imaginación, el sustento para historias que son tan importantes para el galleguismo que han sido grabadas en piedra en su himno. Es este documento el que habla de un héroe llamado Breogán. Irlanda, según este manuscrito, habría sido varias veces invadida por hombres procedentes de Hispania, gracias a lo cual acaba por tener noticia de un rey llamado Breogán, que ha conseguido tener al resto de los habitantes de la península fuera de Galicia. A Breogán se lo supone en estas leyendas fundador de La Coruña y constructor de la torre de Hércules, afirmaciones ambas que, afortunadamente, son hoy colocadas al nivel de la que narra el descubrimiento de la tumba de Santiago. Mil, nieto de Breogán, habría sido el conquistador final de Irlanda, lo que «explicaría» la raíz común de gallegos (sólo gallegos) e irlandeses.

Murguía y Vicetto, con la compañía de estas fuentes tan fiables y de carácter casi (o sin casi) mitológico, construyeron la idea de que una identidad gallega, céltica, que existiría desde antes de los romanos y que desde los romanos está luchando por conseguir su libertad. Hablaba Murguía, en unos tonos que hoy, la verdad, suenan un tanto nazis, de «una raza gallega distinta y perfectamente acusada», esto es, abrazando teorías como la de cierto nacionalismo vasco sobre distintos RH en la sangre y todo eso.

Con todo, en aquel auténtico dream team decimonónico del provincialismo galleguista destaca especialmente Eduardo Pondal. Pondal, al contrario de Murguía o Vicetto, no tenía ningún interés en construir un entorno intelectual sobre lo gallego. Él se limitaba a ser un poeta, y, por lo tanto, su labor se centró en utilizar todos esos mitos que sus amigos escribían en sesudos manuales para convertirse en el poeta más popular del galleguismo con gran diferencia, mientras que Rosalía se trabajaba, por así decirlo, los ambientes más literarios y Curros permanecía in between.

En el número 30 de la calle Real de La Coruña, en la trastienda de un conocido comercio, hicieron tertulia muchas veces Manuel Murguía y el propio Pondal; así pues, éste conoció las peripatéticas teorías del galleguismo de primera mano. A aquel lugar le llamaban La Cova Céltica, la cueva celta, así pues poco hay que dudar sobre cuál era el orden del día de sus reuniones.

Pondal, en versos vibrantes, deja bien claras cuáles son las diferencias que ve, construyendo una identidad gallega basada en un pastiche racial bastante curioso, en el que aparecen hasta pueblos de origen iranio (obsérvese, por cierto, que este poema de encendido sentir galaico contiene algunas cosas que, tal vez, harían que su autor no aprobase la oposición para ser funcionario de la Xunta):

Nos somos alanos
e celtas e suevos.
Mas
 [sic] non castellanos[sic],
nos somos gallegos
[sic].
Seredes iberos.
Seredes do demo.
Nos somos dos celtas,
nos somos gallegos
 [sic].

Y vuelve muchas veces sobre los mitos básicos que, como decía, acabarán destilados en el propio himno gallego:

Galegos, sedes fortes,
prontos a grandes feitos.
Aparellade os peitos
a glorioso afán;
fillos dos nobres celtas,
fortes e peregrinos,
loitade polos destinos
dos eidos de Breogán.


De esta manera, puede decirse que en un periodo bastante breve y consecuentemente intenso, apenas los veinte años que van desde 1850 a 1870, el sentimiento nacionalista gallego, muy basado en el
 approach vasco a la cuestión, esto es basarse en supuestas evidencias históricas y etnográficas referidas a periodos del devenir de la Humanidad sobre los que las certezas son más bien escasas; en ese periodo, digo, se construyen las bases de un argumentario que permite a quien lo abrace sostener la diferencia histórica de lo gallego; argumentario notablemente exitoso pues, al correr de medio siglo, cuando llegue en España la hora de anunciar la salida de la estación de España del tren de las nacionalidades llamadas históricas, Galicia podrá, con eso que se dice pleno derecho, subirse a él.

El regionalismo gallego comienza su andadura seria en 1886, con la publicación de una obra seminal de Manuel Murguía: Los precursores. En esta obra, y en todas las elaboraciones de Murguía posteriores a esta fecha, ya no tenemos el provincialismo que exalta una Historia inventada, pero con un tono reivindicativo dentro de lo español. Encontramos, ya, el planteamiento de una nacionalidad propiamente gallega que busca diferenciarse de España.

La mutación del provincialismo gallego, sin embargo, no dejará de ser problemática por la incapacidad que encontrarán sus impulsores de aportarle un catón ideológico más o menos homogéneo. En efecto, al revés de lo que ocurre con los nacionalismos vasco y catalán, que evolucionan en los cincuenta años que van de 1880 a 1930 con presupuestos ideológicos bastante monolíticos, el nacionalismo gallego refleja la misma variedad que el idioma en que se asienta, y que se habla de formas muy diferentes a lo largo y ancho de la región. El tronco progresista inicial quedará plasmado en aquellas posturas más decididamente federalistas. Pero también habrá elaboraciones de lo gallego desde posiciones más liberales clásicas y, sobre todo, un galleguismo muy fuerte surgido desde el tradicionalismo carlista que, perdida su tercera intentona a finales de siglo, se refugiará en la que fue su corriente principal de nacimiento, los sentimientos regionales. Incluso, aunque no se pueda hablar de una tendencia muy importante, hay galleguistas, como Rosalía, no demasiado lejanos del socialismo utópico.

En 1890, bajo el paraguas de Murguía, que ya para entonces es una especie de Buda del galleguismo de tendencias progresistas, se crea en Santiago la Asociación Regionalista Gallega. La ARG tendrá terminales en diversas ciudades gallegas pero, la verdad, su actividad no será gran cosa que digamos. A pesar de ello, en las elecciones municipales de 1891 logrará presentar una candidatura en Santiago, donde ganará dos concejalías (Salvador Cabeza de León y José Tarrío). También vivió otro momento importante con ocasión del traslado de los restos mortales de Rosalía desde Padrón hasta Santiago. La razón de esta esclerosis es la tensión existente entre la línea más oficial, de tendencias progresistas, y los elementos tradicionalistas que se han integrado en la Asociación, y que son bien evidentes en la personalidad de los dos concejales del campo de estrellas.

En 1897, y aprovechando el traslado de Murguía a La Coruña, se funda en la ciudad la Liga Gallega. Una vez más, el omnipresente Murguía preside la Liga, que está formada casi en exclusiva por coruñeses. Al año siguiente, en un gesto que es la mejor forma de expresar la división dentro del galleguismo, el grupo compostelano formado por Cabeza de León y Alfredo Brañas, ambos de corte crecientemente tradicionalista, fundan la Liga Gallega de Santiago. Sin embargo, esta organización no se recuperará de la muerte de Brañas, con mucho su elemento más conspicuo y creativo, que ocurre en 1900.

Hasta entrado el siglo XX, por lo tanto, el galleguismo no pasará de ser una elaboración teórica que, al contrario de lo ocurrido en el País Vasco y Cataluña, no ha conseguido atraer ni a la gran burguesía ni a la Iglesia, elementos ambos de gran importancia a la hora de tener pasta para hacer cosas, como bien saben: respecto de la primera, los catalanes; y respecto de la segunda, los vascos. Por lo demás, el galleguismo asiste, un tanto desanimado, al espectáculo por el cual las clases medias, incluso urbanas, se mantienen alejadas de él.

En 1907, y en buena parte azuzados por la experiencia catalana, las fuerzas galleguistas, de corte netamente burgués todas ellas, crean Solidaridad Gallega con la intención de dar la campanada en las elecciones. La Solidaridad tendrá como caja de resonancia la primera de las publicaciones llamadas A Nosa Terra, en este caso dirigida por Eugenio Carré. Sin embargo, el diagnóstico del párrafo anterior se hará bien patente: contados los votos, la temible coalición regionalista no ha sacado ni un diputado. La Solidaridad, muy escamada de sus posibilidades reales de encontrar correligionarios en el que hasta entonces ha sido su terreno natural, esto es las clases medias urbanas, deja de contemplar a la población rural con esos ojos entre nostálgicos y superiores de quien se dedica a leer los poemas de Rosalía o de Pondal sobre los pinos y los regatos pequenos en un sillón del Casino de la calle Real de La Coruña, y comienza plantearse la posibilidad de conseguir seriamente su expansión en esos viveros (nunca mejor dicho). Es éste el objetivo de las Asambleas Agrarias de Monforte, más o menos contemporáneas del desastre electoral de la Solidaridad. Este tipo de approach dotará al galleguismo de algunos representantes especialmente valiosos, como Rodrigo Sanz (notable dirigente galleguista agrarista que, sin embargo, cabe hacer notar que vivía en ese sitio que los catalanes llaman Madrit).

No será hasta 1916 cuando el nacionalismo gallego surja como tal y, además, con ese nombre. Son las dos palabras que utiliza en un folleto el farmacéutico y periodista Antonio Villar Ponte. El 5 de enero de 1916, Villar Ponte publica un folleto sobre el nacionalismo gallego, al tiempo que inicia desde las páginas del periódico donde escribe, La Voz de Galicia, una especie de cruzada para la creación de sociedades de amigos de la lengua gallega. Ante la excelente acogida que tienen sus propuestas, Villar decide convocar, el 18 de mayo del mismo año, una reunión en los locales de la Academia Gallega, que reúne a medio centenar de personas. Es ahí donde se aprueba la creación de una Irmandade de Amigos da Fala. Diez días después, no podían ser menos los compostelanos, se crea la Irmandade de Santiago; aunque ésta, como ocurre siempre, se caracterizará por una mayor tensión entre el galleguismo de derechas y el de izquierdas.

Ese mismo verano se crearán brotherhoods en Monforte, Pontevedra, Orense, y Villalba. En estas organizaciones es donde, por primera vez, se hace afirmación del principio de que los gallegos han de hablar sólo gallego; o, si se prefiere, el principio, que a finales del siglo XX tendrá enorme éxito en los Estatutos de muchas comunidades autónomas, de la lengua propia.

Las Irmandades da Fala fueron el auténtico bull’s eye del nacionalismo gallego. Con ellas, los impulsores del nacionalismo comprendieron que la población gallega no estaba para los ruidos que se escuchaban en las otras dos nacionalidades llamadas históricas; pero que, al mismo, tiempo, el gallego siempre ha sido una persona muy apegada a su tierra que, además, la aprecia y la quiere con sinceridad. La tierra quiere decir las costumbres, las costumbres quiere decir el pasado, y todo eso quiere decir el idioma. De esta manera, visto que proponerle al gallego medio que vote para enviar diputados nacionalistas a las Cortes no es algo que le atraiga demasiado, lo que le propone ahora es que apoye unas organizaciones dedicadas, básicamente, a dar cursos de lengua y cultura gallegas y organizar espectáculos de coros y danzas. Y lo que consiguen, en efecto, es que la sociedad gallega acepte esta iniciativa con simpatía y sin oposiciones.

En noviembre de 1916, ya bastante consolidadas las Irmandades, dan un paso más con la salida a la calle de un órgano oficial, que también se llamará A Nosa Terra. A través de este periódico, los diferentes teóricos del movimiento incidirán en la demanda de que el movimiento cultural y folklórico se convierta en un movimiento político. A pesar de estas ilusiones, las Irmandades deciden no intentar presentar candidatos en las elecciones de 1917, conscientes de que no tienen demasiadas posibilidades. Sin embargo, Luis Iglesias Roura, el director de A Nosa Terra, consigue acta de concejal por La Coruña gracias a un cameo en una lista no nacionalista.

En 1917, el nacionalismo gallego estrecha lazos con el catalán. Se celebra en Barcelona una semana de la cultura gallega y Cambó y su team realizan dos viajes a Galicia. Cuando se convocan elecciones en febrero de 1918, ambas formaciones deciden coligarse. El proyecto sale como el culo. Finalmente, sólo se presentan tres candidaturas (Luis Porteiro en Celanova, Francisco Vázquez Enríquez en Noia y Antonio Losada en A Estrada; Rodrigo Sanz, el auténtico yes you can de aquella campaña, ni siquiera consigue presentarse por Pontedeume); y los tres pierden. En aquellas elecciones, por cierto, sale diputado por O Carballiño, en Orense, un brillante joven jurista, que se presenta en las filas mauristas, llamado José Calvo Sotelo. A nadie ha de extrañar el fracaso: el movimiento tiene entonces, en toda Galicia, 700 afiliados.

¿Por qué la debacle de 1918? Pues hay varias razones que se pueden explicar, factor común el hecho, triste para el actual nacionalismo gallego y el manto de ensoñaciones con que vive su pasado, de que la sociedad gallega, formada por personas que por lo común eran grandes amantes de su tierra, de sus gentes y de su idioma, no estaba dispuesta a aceptar el nacionalismo como ideología separadora de España. El segundo factor fue el error que supuso la coalición con Cambó, porque a Cambó, en realidad, el desarrollo del nacionalismo gallego no le importaba gran cosa; lo que quería era un movimiento satélite que le pudiese aportar mayor fuerza en la Champions League que quería jugar, que era el gobierno de Madrid. Y, como tercer factor a no olvidar, hay que recordar que el nacionalismo gallego fue extraordinariamente torpe a la hora de ganarse a la Iglesia para su causa (como sí hicieron los vascos, y en buena parte los catalanes), con lo que consiguió que ésta observase el galleguismo con creciente hostilidad, algo que para el nacionalismo sería un problema prácticamente irresoluble durante mucho tiempo.

De esta manera, pues, el nacionalismo gallego consumió una especie de segunda etapa que le dejó escasos réditos, aunque sí, con evidente claridad, el dato de que debía ser a través del acercamiento cultural y etnográfico como podía aspirar a conseguir correligionarios suficientes como para ser algo. Por decirlo de alguna manera, el periodo que va entre 1880 y 1920 es un periodo en el que los nacionalistas gallegos tienden a olvidarse de la chorrada ésa de que los gallegos son celtas, una especie de irlandeses con 
geada, y empiezan a elaborar la idea, mucho más productiva, de que lo que son, es gallegos. 

A partir de 1918, y en las casi dos décadas que median entre dicho año y aquél en el que se aprueba el Estatuto gallego, se consolida entre los nacionalistas galaicos el concepto de Galicia como nación, aunque, una vez que se va más allá del apego primigenio a la tierra y a la cultura gallega que es la razón de ser de las Irmandades da Fala, se encuentran importantes diferencias ideológicas.

En la deriva del nacionalismo, inicialmente progresista surgido a lo largo del siglo XIX y acrisolado en la figura de Manuel Murguía, hacia posiciones ideológicamente contrarias, tiene gran importancia la figura de Vicente Risco. Risco, tan galleguista o más que los nacionalistas de izquierdas, tiñe ese pensamiento del irracionalismo que exhiben muchas ideologías de derechas a principios de siglo (caldo de cultivo del fascismo). De hecho, Risco sostiene algunas ideas, como la nación como hecho biológico anterior al albedrío de los hombres, que cheiran (para los no gallegos = huelen o, mejor, apestan) de lejos a ariosofía, y al tipo de cosas que dirán y escribirán los que a no tardar mucho tiempo venderán ideas como la prevalencia de determinadas razas. De hecho, Risco es un gran creyente en los gallegos como seres de raza céltica (algo que ya está en los poemas de Pondal, por ejemplo) y en la existencia de un alma nacional; esto es, el Volkgeist de los ideólogos Volkisch. Para Risco, de hecho, la raza gallega es mucho más importante que la lengua gallega; esta es una de las razones de que haya envejecido tan mal en los tiempos presentes, a pesar de su talento literario, ciertamente notable.

En términos generales, estos conceptos son más o menos aceptados por todos los nacionalistas gallegos; lo cual, ya se ha sugerido, la verdad no los deja en muy buen lugar ante los tiempos modernos, que abominan tanto de todo lo que apeste a fascismo ideológico. No obstante, bajo estas premisas se desarrolla toda una ideología de raíces democráticas, cuyas mayores expresiones, cuando menos en mi opinión, serán: en lo cultural, Alexandre Bóveda; y en lo político, Alfonso Rodríguez Castelao. Aunque tampoco hay que olvidar, ni a los hermanos Villar Ponte, ni a José Peña Novo. Estos nacionalistas funden el discurso «Galicia debe ser una nación» con los discursos por los cuales, además, debe ser democrática y, además, próspera. Sus ideas se identifican bastante con las elaboraciones de lo que en la II República se calificará normalmente izquierda burguesa (Acción/Izquierda Republicana, Unión Republicana, radical-socialismo…), esto es reformas no sistémicas de la propiedad y, sobre todo, la mejora del sector primario, por el cual el galleguismo muestra una obvia preocupación.

Risco, por su parte, lidera, por así decir, la tendencia tradicional, donde también encontraremos a Ramón Otero Pedrayo. Sus defensores no renuncian a la definición de todas las cosas, también de su nacionalismo, desde la militancia católica, identificando la religión como un elemento esencial de lo gallego (una especie de concepción gallega al modo vasco, por lo tanto). Los tradicionalistas gallegos, como su propio nombre indica, rechazan el progreso y desean mantener Galicia identificada como una sociedad eminentemente rural. Una vez más, encontramos aquí la ideología de raíz carlista, que tan exitosa será entre los vascos, cuyo nacionalismo foralista, al fin y al cabo, se basa en la conservación de unos derechos medievales.


De todas maneras, citar nombres, como citar diversos periódicos de variada laya y difusión, no podría esconder el hecho de que el nacionalismo gallego, ni en los inmediatamente anteriores a la dictadura de Primo de Rivera, ni durante la misma, consigue llegar a una cifra tan modesta como 1.000 militantes activos. En el terreno de las teorías y las elaboraciones, los felices años veinte del siglo ídem son de gran importancia para el nacionalismo gallego; pero como movimiento político, su peso es bastante más que discutible, por mucho que el hecho de que no haya elecciones no permita medir con precisión su influencia.


Para el nacionalismo gallego, además, su división entre, por así decirlo, progresistas y tradicionalistas, que contamina las Irmandades y cualesquiera otras estructuras que se van creando, supone un obstáculo fundamental a la hora de conseguir tener una estrategia electoral mínimamente eficiente. Los demócratas ambicionaban una estrategia bastante clara, que llevarían a cabo en la II República: la alianza con las fuerzas republicanas o, como ellos decían, contrarias al poder de los caciques. Los tradicionalistas, sin embargo, igual que le ocurrirá al resto de las formaciones de la misma ideología en el resto de España, aborrecen del parlamentarismo y temen que la alianza con políticos que «no comprenden a Galicia» pueda contaminar su mensaje, por lo que rechazan la idea de las coaliciones. 


Antes de la Dictadura, de hecho, galleguistas demócratas como el propio Castelao se sintieron atraídos por este punto de vista y esta estrategia. De hecho, la segunda Asamblea Nacionalista, celebrada en Santiago en 1919; y la tercera, que se desarrolló en Vigo en 1921, fueron el teatro de la imposición de la posición de los tradicionalistas. Tan sólo Luis Peña Novo conseguirá una concejalía en La Coruña en las elecciones de 1920. Sin embargo, en la cuarta Asamblea, celebrada en Monforte en 1922, la presión de los partidarios de la participación electoral, nucleados en el nacionalismo coruñés, rompe el momio. Los coruñeses, de hecho, viran la Asamblea hacia la participación electoral y la conjunción republicana; a lo que responden los ruralistas-nacionalistas creando la Irmandade Nazonalista Galega. Presidida por Vicente Riso, abrazará un radicalismo nacionalista y un abstencionismo a muerte.


Siguiendo su estrategia, la tendencia demócrata coruñesa se acerca al federalismo republicano. Fruto de dicho acercamiento, en 1929 Antonio Villar Ponte y Santiago Casares Quiroga fundan la Organización Republicana Gallega, ORGA, llamada a ser la organización más importante del nacionalismo gallego en cuanto caiga el rey. Sin embargo, el tradicionalismo pasa completamente de la invitación a unirse a esta estrategia y en la VI Asamblea nacionalista, celebrada en La Coruña en 1930, la escisión se hace más patente que nunca.


Y en éstas, llega la Repu.

En los meses inmediatamente anteriores al 14 de abril de 1931, en el nacionalismo gallego se produce un cambio crucial, que es el desplazamiento de su centro de gravedad. Mientras para el sentimiento nacional de Galicia fue de gran importancia la figura del muy longevo Murguía, que recuérdese no sólo portaba su prestigio personal sino el recuerdo de Rosalía, el eje Coruña-Santiago fue el de mayor importancia para el desarrollo de lo gallego. Sin embargo, como digo, durante los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, las cosas cambian. La creación en Orense, alrededor de Vicente Risco y Ramón Otero Pedrayo, de un núcleo galleguista tradicionalista, desplaza notablemente a muchos galleguistas hacia el sur. Y más de lo mismo hacen las figuras de Alfonso R. Castelao, Alexandre Bóveda y Valentín Paz Andrade, esta vez bordeando la costa y en dirección a Pontevedra y Vigo. No ha de sorprender, por lo tanto, que en las famosas elecciones municipales de la República sea en estas dos circunscripciones donde el nacionalismo toca pelo (algo).

Quizá os estéis preguntando: pero, ¿por qué no contabilizar las actas de la ORGA-FRG como nacionalistas gallegas? En la respuesta a esta pregunta está la parte del león del problemático devenir del nacionalismo gallego durante los convulsos tiempos de la República. Porque lo principal que se espera de una formación nacionalista es que sea esto antes que otra cosa. Y cuando esto no ocurre es cuando se producen problemas como los que en parte, vive actualmente el socialismo parlamentario catalán, que se encuentra dividido entre aquellos de sus militantes que consideran que el PSC debe ser antes S que C, y los que consideran que debe ser C antes que S. El tipo de dicotomía, por seguir con el ejemplo del mismo partido, al que le sometió Felipe González cuando, en congreso célebre, lo invitó a ser socialista antes que marxista (invitación, creo que es evidente, aceptada).

En las siglas de la ORGA, como de la FRG, antes que la G, viene otra letra, que es la R. Y esto es así porque la ORGA era mucho, pero mucho, más R (o sea, republicana) que G (otrosí, gallega); y en eso se basa, precisamente, su éxito en las elecciones; porque lo que muchos, por no decir todos, los conspicuos votantes de la ORGA en aquellas elecciones del 31 (mi abuelo, sin ir más lejos) siempre dijeron: «yo voté a la República»; yo, cuando menos, jamás escuché a ninguno de esos hombres decir: «yo voté nacionalista».

Supongo, o sé, que hacerse hoy en día una
 masturbatio historiográfica en las aulas de cualquier campus gallego, o en los anaqueles de las librerías, defendiendo el principio de que el éxito electoral de la ORGA era el éxito del nacionalismo gallego, como que mola mucho y, además, puede llevarle a uno a bañarse en subvenciones de variada laya. Pero, claro, defender ideas no las hace más ciertas, como bien sabe, porque lo sabe, otro ignaro gallego como Rouco Varela. El principio fundamental de la ORGA, y que además explica que fuese tan votada en una sociedad que hasta muy poco tiempo antes (menos de una generación, de largo) había mostrado tan escasa proclividad a la identidad nacional; el principio fundamental de la ORGA, decíamos, era la República española; fíjese que ni siquiera decimos la república federal española, porque las convicciones federalistas de los orgos (usado sea este neologismo sin intentar buscar identificación alguna con los relatos de Tolkien) eran más bien epidérmicas, si es que las había; y, de hecho, el líder indiscutible del grupo, el coruñés Santiago Casares Quiroga, no las tenía en grado alguno.

Santiago Casares Quiroga es personaje al que la Historia no trata bien (al menos fuera de Galicia; lo mismo dentro es una especie de Supermán autonomista, pues la subvención lo aguanta todo), aunque yo tengo por mí que si en verdad existe otra vida y él está en algún lugar contemplando en qué términos se lo juzga, estará suspirando con alivio, dado que él sabe bien que las cosas podrían ser bastante peores. Nunca se ha aclarado del todo su oscura participación en el levantamiento republicano de Jaca, que, según algunos protagonistas directos (así, Salvador Sediles, en su fundamental y hoy ilocalizable Voy a contar la verdad), fue una especie de cagada que él pudo muy bien evitar, sin que jamás diese explicación alguna de por qué se tomó toda la noche antes de avisar a Galán de que no habría levantamiento en Madrid, permitiendo la tragedia que le costaría la vida a éste y a García Hernández. Más allá, como colaborador del montaje republicano él siempre se movió en el terreno del orden público, así pues en modo alguno se lo puede considerar ajeno a la redacción y aplicación de la protofascista Ley de Defensa de la República, que transpira cagadas y meadas en los derechos fundamentales de los ciudadanos a lo largo de todo su breve articulado. Suya es la reacción inusitada de la República tras los sucesos en el entierro del alférez Anastasio de los Reyes, que no son ajenos a la deriva de las derechas al golpismo (o sea: matan a uno de los míos impunemente, en su entierro grupos incontrolados me tirotean, y la reacción del Ministerio del Interior es… ilegalizar mis organizaciones) y son las que colocan en la calle, vivito y trabajando, al teniente José Castillo, que como poco debería haber estado suspendido de empleo y sueldo, acción disciplinaria ésta que tal vez habría podido evitar que lo mataran, cauterizando así el posterior asesinato de Calvo Sotelo. Last, but not least, en hechos que son bastante más conocidos, es este gallego peripatético y medio tuberculoso, que saltó como un resorte en el Congreso porque Calvo Sotelo lo llamó señorito de La Coruña, el que llega a la presidencia del gobierno cuando bajo sus pies se está montando la mundial, y no lo cree, o sí lo cree pero se dice tan fuerte, tan sólido, tan capaz, que la conspiración no le da miedo. Zas, en toda la boca, y 300.000 muertos, y 750.000 no nacidos, que se dice pronto.

El republicanismo gallego tuvo este problema: crecer con un piernas al mando de acendrada mediocridad y sectarismo bien entrenado; y el nacionalismo gallego, que es un subconjunto de esta realidad, sufrió las consecuencias de ello, multiplicadas. En su un tanto truquero Sempre en Galiza, Castelao, en realidad, retrotrae los problemas del nacionalismo gallego con Casares, o más bien al revés, al Pacto de San Sebastián del verano de 1930, al que asistió el coruñés. En una versión que ha tenido mucho éxito con el tiempo (porque ya hemos dicho que la historiografía subvencionada o premiada con cátedras vitalicias tiene las córneas muy costumizables), se nos pinta a un Casares heroico que, en llegando a San Sebastián y contemplando la ofensiva catalanista en la reunión, se alza ante los de Barcelona al grito de «¡Y Galicia también!»; ganando con ello para las verdes tierras del noroeste la calidad de nacionalidad histórica. Pero Castelao, como decimos, es de otra opinión. Dice, más bien, que la postura de Casares no se hizo con Cataluña, sino en oposición a ella, «para dificultarles también en su misión, y conformándose con el sentir centralista de la mayoría» (itálicas mías). La intervención de Casares, apostilla con muy mala leche el profesor pontevedrés, «sólo sirvió para la igualdad de trato a propósito de la representación de ambos países en el Gobierno provisional de la República; por eso, los catalanes contaron con un ministro, y los gallegos con otro». Dicho sin retranca gallega: a Casares lo que le interesaba no era presidir una República gallega, sino tocar pelo en Madrid. Un point, c’est tout. 

En realidad, Casares y la ORGA habían comenzado a trabajar desde antes en esta línea gallega, pero española, que tan poco le gustaba a Castelao (ojo: tan poco le gustaba a toro pasado, que don Alfonso también se llevaría lo suyo en una biografía bien hecha…) La ORGA se formó en 1929, y en su programa fundacional ya abogaba por una Galicia «fuerte y poderosa, pero no hosca y erizada en frente de España». Nació, pues, como la formación política conocedora del principio electoral fundamental que opera en la sociedad española: para ganar, hay que centrarse.

El 26 de marzo de 1930, la ORGA convoca en Lestrove una asamblea de todas las tendencias republicanas gallegas. Al llamado acuden la propia ORGA, los radicales, los federales, los radical-socialistas y personas independientes. El acuerdo final de la reunión, conocido como Pacto de Lestrove, creó la Federación Republicana Gallega. El Pacto de Lestrove, lejos de ser una reunión de las fuerzas gallegas en pro de la región, es todo lo contrario: es el cheque en blanco que recibe la organización matriz, la ORGA, y su ambiciosérrimo dirigente, Casares, para realizar cualesquiera pactos sean necesarios con las organizaciones republicanas. Es con el mandato de Lestrove que Casares acude a San Sebastián, y lo cumple a rajatabla. El manifiesto final de Lestrove, ciertamente, asevera que «la República ha de ser federal». Pero lo hace sin dejar de destacar que esta forma de Estado «adapta el Estado a las peculiaridades regionales».

La FRG se presenta a las municipales de 1931 coligada con los socialistas. El éxito de esta coalición fue muy importante, salvo en los ayuntamientos de Lugo y Vigo, donde ganaron los monárquicos; en las zonas rurales, la victoria fue también monárquica, fuertemente apoyada en las estructuras caciquiles.

Los resultados de dichas elecciones, por provincias, fueron como siguen:

·                     La Coruña: 2 concejales comunistas, 40 socialistas, 439 republicanos, 383 monárquicos, 166 otros, y 413 sin datos. 
·                     Lugo: 19 socialistas, 349 republicanos, 540 monárquicos y 74 otros.
·                     Orense: 14 socialistas, 200 republicanos, 88 monárquicos, 648 otros, 800 sin datos.
·                     Pontevedra: 2 comunistas, 48 socialistas, 170 republicanos, 292 monárquicos, 141 otros, 322 sin datos.


La FRG ganó sin paliativos en La Coruña, con 31 concejales, completándose el consistorio con 2 republicanos independientes un socialista y seis monárquicos. En Lugo, como hemos dicho, los monárquicos consiguieron 21 concejales, frente a 3 republicanos y 4 socialistas. En Orense salieron 6 republicanos, 4 socialistas y 13 independientes, la mayoría de convicción republicana. En Pontevedra, los republicanos sacaron 7 concejales, 2 socialistas, 7 agrarios, 2 comunistas y 9 monárquicos.

El mismísimo 15 de abril de 1931, a pelo puta, los tradicionalistas crean el Partido Nazonalista Repubricán de Ourense, que propugna «la autonomía del Estado gallego bajo soberanía del Estado Español». El 6 de mayo, por otra parte, el Partido Radical se segrega de la FRG, iniciando una campaña contra la ORGA, que conseguirá que los federales y radical-socialistas de Orense también abandonen el proyecto. La creciente distancia entre el partido nacionalista republicano de Otero Pedrayo y el galleguismo tibio de la ORGA acabará generando la creación, en diciembre de 1931, del Partido Galeguista.

Estos conflictos, de los que volveremos a hablar, no son sino la expresión de la debilísima coalición formada, en el seno de la FRG, entre nacionalistas sinceros y republicanos gallegos, dos categorías políticas que el tiempo y los intereses de cierta historiografía han acabado por fundir en las mentes de muchos, en beneficio del interés por construir, a los ojos del presente, un movimiento nacionalista más sólido de lo que realmente era. El ejemplo más claro de cómo está de enmerdado este panorama es la decisión tomada en mayo por la ORGA de convocar una Asamblea en La Coruña para «discutir el Estatuto que ha de darse a Galicia en el marco de la República Federal Española». El propio detalle de convocar la movida en La Coruña ya es sintomático: es uno de los puntos importantes de Galicia que más lejos está (desde muchos puntos de vista) de Orense, stronghold del nacionalismo tradicionalista. Pero es que, además, tres días después de hacer pública la convocatoria, se reúne el comité ejecutivo de la FRG (que, no se olvide, está dominado por republicanos), tras lo cual hace pública una nota en la que invita a la ORGA a reflexionar «sobre la improcedencia de su actuación, en cuanto ésta puede significar de desvío del Pacto de Lestrove». Los republicanos gallegos, pues, dejan bastante claro que ellos no fueron a Lestrove a firmar al pie de un papel que dijese que lo principal para ellos era la autonomía de la Galicia; que ellos, lo que querían, era trabajar para el advenimiento de la República Española; entre otras cosas porque, como ha ocurrido muchas veces en la Historia de España y de hecho ocurre hoy mismo entre muchos republicanos que lo son con la mera compañía de dos de pipas, muchas personas en la sociedad hispana, y galaica, le otorgaban a la República una calidad universalmente bonancible que, con su sola existencia, iba a resolver todos los problemas (así, de hecho, la votó mi abuelo; el mismo abuelo que, años más tarde, con las mismas ideas y las mismas intenciones, se estaba dejando los cuartos a base de comprar bonos de guerra de Hitler). 

La asamblea, con todo, se celebra en los primeros días de junio. Se presentaron cinco proyectos:

·                     Uno redactado por el Secretariado de Galicia en Madrid, institución en la participaban algunos galleguistas históricos como Rodrigo Sanz.
·                     Otro redactado por el Instituto de Estudios Gallegos de La Coruña, que contenía algunas medidas descentralizadoras.
·                     Otro del Seminario de Estudios Gallegos. Este texto era el más claramente nacionalista, pues en él habían intervenido Bóveda, Paz Andrade, Risco y otros. Basado en el principio de una República Federal, podríamos considerarlo algo así como, recordando el proceso catalán, el Estatuto de Nuria de los gallegos.
·                     Una ponencia de la ORGA.
·                     Una ponencia de la organización pontevedresa Labor Galeguista.

Las escasísimas proclividades nacionalistas de la ORGA, dueña del machito por la fuerza de los votos y que según se me parece a mí defendía lo del Estatuto por mero cálculo electoral, se hacen evidentes en el dato de que el borrador del Seminario de Estudios Gallegos ni siquiera fue considerado por la Asamblea. De hecho, ésta encargó una ponencia totalmente dominada por la ORGA que redactó un proyecto que desbastaba la autonomía gallega de cualquier veleidad federal.

En puridad, pues, no podemos decir otra cosa que, con la llegada de la República, lo que emergió en Galicia fue el republicanismo, que aceptaba el autonomismo más por motivos estratégicos que por otra cosa; mientras que el nacionalismo, considerado en su pureza, no hizo sino ser tributario de la gran debilidad que mostraba su implantación en la sociedad gallega.

El nacionalismo gallego, en 1931, está ampliamente necesitado de un movimiento que resuelva tanto su fragmentación como la confusión introducida sobre todo por la ORGA. Este paso será la creación del Partido Galeguista; pero antes de eso hemos de hablar de las elecciones a Cortes Constituyentes.

La Asamblea estatutaria de junio de 1931, que como ya hemos visto fue más bien un montaje de la ORGA que pasó completamente de otros desarrollos, tomó como decisiones más importantes dar por permanentemente constituida su mesa presidencial, así como elaborar una ponencia de Estatuto que sería remitida a los ayuntamientos gallegos, diputaciones y demás entidades, con el compromiso de que los diputados gallegos en las Cortes constituyentes (que la ORGA esperaba, con bastante lógica, acaparar en buena medida) lo llevasen ante las mismas. Como pueden ver aquellos de mis lectores que sean versados en el proceso estatutario catalán en la República, Galicia, probablemente a causa de los contactos muy frecuentes entre los nacionalistas más conservadores y los nacionalistas catalanes, va siguiendo los pasos de éstos.

El 20 de mayo, el Comité Ejecutivo de la FRG-ORGA declaraba su decisión de ir en coalición con los socialistas (incluso se juntaron los radicales en alguna circunscripción). Esta decisión tiene como consecuencia la presentación de dos candidaturas en coalición en La Coruña y Lugo. En Orense, sin embargo, fueron muy distintas, pues allí la FRG se alió con el Partido Nazonalista Repubricán y el Partido Radical-Socialista; mientras que el PSOE y el Partido Radical hicieron coalición por su cuenta. En Pontevedra, por último, a la coalición FRG-PSOE se une el político radical Emiliano Iglesias. Sucintamente, esto viene a querer decir que la ORGA consigue optar con muchas garantías a los puestos de las mayorías, mientras que los de las minorías serán escenario de la lucha entre formaciones nacionalistas y de derechas.

El nacionalismo gallego propiamente dicho (porque no me cansaré de decir que la ORGA no era una formación propiamente nacionalista) intenta aprovechar el tirón de las Irmandades da Fala creando su brazo político, el Partido Republicano Autonomista Gallego; pero eso, en realidad, sólo le sirve para darse cuenta de que el tal tirón es más bien relativo. Aun así, en Pontevedra y Orense fue capaz de presentarse por su cuenta, mientras que en La Coruña y Lugo hubo de integrarse en las candidaturas republicano-socialistas. En Orense existía el ya  citado Partido Nazonalista Repubricán, y en Pontevedra se había creado un Partido Galeguista de carácter local. Este grupo es el que, en diciembre de ese año, provocará la convocatoria de la VII Asamblea del Nacionalismo de la que nacerá el PG. En las elecciones se presentó por las minorías, ganando el asiento de Castelao.

Los elegidos fueron los siguientes:

Por La Coruña:

·                     Santiago Casares Quiroga, FRG/ORGA, 88.470 votos.
·                     Antonio Rodríguez Pérez, FRG/ORGA, 75.498 votos.
·                     Ramón Beade Méndez, PSOE, 69.164 votos.
·                     Salvador de Madariaga, FRG/ORGA, 68.783 votos.
·                     Alejandro Rodríguez Cad, FGR/ORGA, 68.741 votos.
·                     Antonio Villar Ponte, FRG/ORGA, 68.089 votos.
·                     Edmundo Lorenzo, PSOE, 67.794 votos.
·                     Ramón Tenreiro, FRG/ORGA, 65.266 votos.
·                     Emilio González López, FRG/ORGA, 64.048 votos.
·                     José Mareque Santos, PSOE, 56.486 votos.
·                     Ramón Suárez Picallo, FRG/ORGA (aunque nacionalista), 55.054 votos.
·                     José Reino Caamaño, independiente, 47.258 votos.
·                     Roberto Novoa Santos, FRG/ORGA, 44.953 votos.
·                     Luis Cornide Quiroga, Acción Social Republicana, 44.705 votos.
·                     Benito Blanco Rajoy y Espada, independiente (adherido al grupo FRG/ORGA), 43.378 votos.
·                     Leando Pita Romero, agrario independiente (también adherido al grupo FRG/ORGA), 43.181 votos.

En Lugo:

·                     Ubaldo de Azpiazu y Artazu, radical, 57.485 votos.
·                     José Lladó Vallés, independiente, 53.852 votos.
·                     Enrique Gómez Giménez, Derecha Republicana, 51.709 votos.
·                     Luis Recasens Siches, Derecha Republicana, 49.429 votos.
·                     Gerardo Abad Conde, radical, 48.660 votos.
·                     Rafael Vega Barrera, radical, 43.716 votos.
·                     Manuel Becerra Fernández, radical, 40.856 votos.
·                     Manuel Portela Valladares, independiente, 37.171.
·                     Daniel Vázquez Campo, FRG/ORGA, 32.087 votos.
·                     Francisco José Elola y Díaz Varela, radical, 31.910 votos.

En Orense:

·                     Luis Fábrega Coello, radical, 41.327 votos.
·                     Basilio Álvarez Rodríguez, radical, 38.420 votos.
·                     Ramón Otero Pedrayo, FRG/Partido Nazonalista Repubricán, 35.443 votos.
·                     Alfonso Pazos Cid, radical-socialista, 31.464 votos.
·                     Justo Villanueva Gómez, radical, 30.714 votos.
·                     Manuel Martínez Risco, Acción Republicana, 29.761 votos.
·                     José Calvo-Sotelo, independiente, 27.493 votos.
·                     Alfonso Quintana Peña, PSOE, 26.647 votos.
·                     Manuel García Becerra, radical-socialista, 26.426 votos.

Por último, en Pontevedra:

·                     Emiliano Iglesias Ambrosio, radical, 45.000 votos.
·                     Enrique Heraclio Botana, PSOE, 43.000 votos.
·                     Alejandro Otero Fernández, PSOE, 42.000 votos.
·                     Manuel Varela Radio, FRG/ORGA, 41.000 votos.
·                     Joaquín Poza Juncal, FRG/ORGA, 40.000 votos.
·                     Bibiano Fernández Osorio, FRG/ORGA, 40.000 votos.
·                     Eusebio Arbones Castellanzuela, PSOE, 40.000 votos.
·                     José Gómez Osorio, PSOE, 40.000 votos.
·                     Laureano Gómez Paratcha, FRG/ORGA, 40.000 votos.
·                     José López Varela, radical, sin escrutinio.
·                     Alfonso Rodríguez Castelao, Partido Galeguista de Pontevedra, sin escrutinio.
·                     Ramón Salgado Pérez, radical, sin escrutinio.

Con estos resultados, la ORGA conseguía lo que Casares siempre había perseguido: mostrar en Galicia unos resultados electorales notablemente distintos a los observados en la mayoría de España a causa de la particularidad de voto de su formación que, con 14 escaños, casi tenía un tercio de los representantes elegidos (lo cual dejaba a radicales y socialistas en peor posición de la que obtuvieron en la mayoría de las regiones). Este particularismo, sin embargo, era un particularismo republicano, en mayor medida que nacionalista.

De hecho, como ya reconoció Novoa Santos en el discurso por el cual presentaba a la minoría gallega en las Cortes, el grupo parlamentario puramente galaico presentaba entre sus miembros hondas diferencias ideológicas y, lo que es más importante, conceptuales en lo que se refería a la organización que debía de tener el Estado. En aquel grupo, en efecto, había una minoría de diputados de convicciones federales, que se combinaban con los puramente galleguistas y, finalmente, los partidarios de lo que entonces se llamaba «Estado integral» y que, básicamente, es lo que hoy llamamos Estado de las autonomías. Los gallegos venían utilizando este fistro conceptual de «autonomía integral» desde 1918, que fue el año en el que lo parieron las Irmandades da Fala para, así, poder compatibilizar su nacionalismo con la defensa de la integración de Galicia en España. Por lo demás, la ORGA se posicionó claramente como fuerza federalista, al estilo pimargalliano; aunque, en una demostración más, por si hacía falta, de que aquella formación, más que un elemento ideológico cohesionado, era más bien un momio montado por Casares a la mayor gloria de su carrera política, cuando el político coruñés entró en el Gobierno y éste abrazó la solución integral o autonomista, cambió de opinión, netamente y sin discusiones, como hay quien dice que jamás hace un gallego.

Los arabescos conceptuales del republicanismo gallego fueron muchos. Sin ir más lejos, Novoa Santos, en la sesión del 2 de septiembre de 1931, soltó una que casi es de El Mundo Today, pues afirmó, sin pestañear, que España no debía ser ni federal ni unitaria (centralista, decimos nosotros), sino «integral y pluritaria». Con dos testículos. Eso sí, también afirmó un principio que estaba destinado a prender muy hondo en las raíces del debate social gallego: el concepto de que «sólo una autonomía económica es capaz de libertarnos del régimen de opresión bajo el cual hemos vivido durante largos siglos». Porque si los catalanes se creen que han inventado eso de Madrid ens roba, es que nunca han hecho la peregrinación jacobea, o cuando la hicieron estaban mamados.

El republicanismo no nacionalista de la ORGA, auténtico suero salino de aquel grupo parlamentario de la Minoría Gallega, se hace bien evidente en la relativa infravaloración que realizaba de las claves de bóveda de todo nacionalismo: ese mismo día 2, Novoa explicó que «los llamados hechos diferenciales, la lengua, la raza [sic], la cultura, son hechos adjetivos que derivan de una esencia común: la esencia común hispánica».

Hagamos notaría de un hecho, con los años, importante. La primera vez que en aquel debate constitucional, y por ende en la Historia de España, se oyó hablar de un esquema de «café para todos», esto es autonomía para todas las regiones, fue en la intervención del debate constitucional de José Ortega y Gasset. Y el gran apoyo que recibió, en medio de un silencio conmiserativo del resto, fue de un diputado gallego: Ramón Tenreiro. En realidad, Tenreiro puede considerarse el primer gran teórico del Estado que hoy tenemos: «No toda España va a ser de la misma categoría; va a haber una España mayor de edad, una España compuesta de regiones con su personalidad propia y característica, y otra España más pobre de espíritu, menos personal, que va a seguir con los municipios reunidos en viejas y gastadas provincias, y éstas dependiendo directamente del Gobierno de Madrid». Con razón deberíamos llamar al actual Estado de las autonomías, para bien y para mal, tenreirada.

Otero Pedrayo defendió una enmienda de la rama galleguista del grupo para que el artículo 1 de la Constitución definiese España como un Estado federal, «o», añadían, siempre gallegos, siempre conciliadores, «la palabra que sustituya este concepto de una manera más adecuada». La enmienda, quede para la Historia, fue firmada por Otero, Castelao, Suárez Picallo, Villar Ponte, los orgos Gómez Paratcha, Tenreiro y Fernández Ossorio-Tafall, y por el radical Basilio Álvarez.

Suárez Picallo, curioso diputado que a finales de ese año, en la fundación del Partido Galeguista, escandalizará a todos declarándose marxista, resumió muy bien el approach de los políticos gallegos al tema central del nacionalismo: «en el principio de la autonomía estamos de acuerdo absolutamente todos. Habrá después gradaciones de esa autonomía, habrá alguna diferencia, la cantidad y la oportunidad de recoger las facultades, todas o parte, que la Constitución nos brinda».

Antes incluso de que se aprobase la constitución, el Grupo Gallego se rompió. La ORGA, cada vez más cercana a Acción Republicana y, por lo tanto, al jacobinismo avant la lettre de su líder Manuel Azaña, estaba rompiendo a trozos el Pacto de Lestrove, que no es que fuera gran cosa, pero algo sí que era. El 2 de abril de 1934, cuando se cree Izquierda Republicana, la ORGA se integrará en la misma. Cuando, en octubre de 1931, el proyecto de Estatuto presentado ante las Cortes por los diputados gallegos se arree una hostia del 42, la escisión ya será un hecho.

La cosa estaba hecha para que, para bien o para mal, el nacionalismo gallego enseñase los dientes por sí mismo. 

Las divisiones que generó en el grupo parlamentario gallego la discusión sobre la forma de Estado que debía adoptar España hicieron caer en el olvido el tenue borrador de Estatuto que había redactado la ponencia controlada por la ORGA tras la asamblea de junio que, hemos de recordar, prefirió preterir otros proyectos más sólidos, y también valientes, procedentes de otras instituciones gallegas.

Como ya se ha insinuado en estas líneas, antes de que la Constitución fuese aprobada, todavía hubo un intento más de presentar ante el Parlamento de Madrid un proyecto de estatuto gallego. Se trataba de un texto todavía más limitado que el anterior y que fue elaborado por varios parlamentarios gallegos en el mes de octubre de 1931 y que buscaba adaptar el proyecto de la ORGA a las reglas de juego marcadas en la Constitución. Este proyecto, sin embargo, decayó por la abierta hostilidad que le recetó el Partido Socialista, y el escepticismo de muchos radicales.

Es el fracaso de este proyecto de estatuto el que mueve a los inquietos nacionalistas del grupo de Pontevedra a defender la idea de que hace falta crear un partido verdaderamente nacionalista que, al revés que el Partido Nazonalista Repubricán, sea capaz de superar las estrechas fronteras de un localismo como el de la formación orensana. A finales del mes de noviembre de aquel primer año de República se crea un Comité Xeral do Partido Galeguista, presidido por Pedro Basanta, en el que ocupa la secretaría Alexandre Bóveda. Este comité convoca una asamblea de todas las organizaciones nacionalistas gallegas para el 5 y 6 de diciembre. Esta asamblea, celebrada en Pontevedra, será la séptima, y última, de las Irmandades da Fala, y la primera del Partido Galeguista.

Quien esté pensando en un acto multitudinario, que se lo quite de la cabeza. A aquella asamblea asistieron 80 personas, algunas de las cuales, además, lo hacían a título meramente individual, esto es sin ostentar la representación de grupo alguno. Había tres diputados nada más (Otero Pedrayo, Castelao y Suárez Picallo), lo cual nos da una perfecta medida de que no era aquél un movimiento de gusto para la ORGA.

La asamblea fue un éxito, porque logró arrancar de sus participantes la demanda de la unidad y, consecuentemente, los colocó a todos bajo el paraguas de la nueva formación. Sin embargo, el PG siempre tendría en este éxito su principal problema, el problema sempiterno del nacionalismo gallego. Porque la idea nacional de Galicia se mueve, históricamente, y esto afecta también en buena parte al presente, entre dos alternativas, ninguna de las cuales termina de ser buena. La primera alternativa es la de aquel PG, esto es, sustantivarse en organizaciones que abarcan en su seno sensibilidades tan distintas (aquel Partido Galeguista acumulaba desde tradicionalistas casi carlistas hasta marxistas) que le resultará difícil pisar firme, dando la impresión de ser un partido y varios a la vez. La otra opción del nacionalismo gallego es fragmentarse en tantas piezas como sensibilidades, esto es reconocer sus diferencias y, en reconociéndolas, debilitarse.

Buscaba el PG ser un partido de funcionamiento plenamente democrático (bastante más que la ORGA, sin ir más lejos), conformado por grupos galeguistas existentes en cada localidad, con al menos diez miembros. Estos grupos elegían compromisarios que participarían en la Asamblea, que tenía la total soberanía de definir la línea política (una previsión lógica en una formación que, como decimos, albergaba tantas diferencias). Había un Consejo Ejecutivo formado por 15 personas. El semanario A Nosa Terra se convirtió en su órgano portavoz.

El crecimiento del PG fue espectacular. Pero tampoco nos llevemos a engaño: fue espectacular, dentro de su modestia. Comenzó su andadura, en 1931, con unos 750 afiliados, y en 1936, cuando estalle la guerra civil, tenía casi 4.600.

El Partido Galeguista abogaba por la autodeterminación de Galicia dentro de la forma republicana; no era, pues, una formación independentista. Solicitaba la cooficialidad del gallego y del castellano y, muy específicamente, la total cesión de las competencias para que Galicia se pudiese gobernar a sí misma en materias pedagógicas. En materia financiera, y de una forma un tanto suicida en mi opinión, abogaba por un sistema de concierto con el Estado. Y digo suicida porque los conciertos suelen pedirlos las tierras ricas, no las tierras pobres.

En galleguismo obtuvo una decidida mejora de su apoyo social durante la república. Los 53.000 votos redondos conseguidos en 1931 (y sólo en Orense y Pontevedra) se convirtieron en 120.000 en las elecciones que ganaron las derechas en 1933, y casi 290.000 en las del 36; aunque ya se sabe que esas elecciones, muy notablemente su segunda vuelta, no son muy de fiar en el conteo de sus votos; tanto, que a día de hoy, y me parece que ya para siempre, sus resultados no son oficiales.

En Orense, la creciente popularidad de Calvo Sotelo y las formaciones de derechas (junto con el aislacionismo tradicional de los nacionalistas) provocó ciertas marchas atrás respecto de los resultados de 1931. En Lugo, el nacionalismo permaneció como la última formación votada. Sin embargo, en La Coruña y Pontevedra se produjo su gran evolución, ya que en 1936 fue la segunda opción más votada en Coruña, y la primera en Pontevedra. Lo más importante es que en estas provincias, ya en el 33, el nacionalismo logra superar al PSOE en las minorías y, consecuentemente, se convierte en una fuerza de gran importancia para inclinar la balanza a favor de unos o de otros.

Como no podía ser de otra manera, la principal obsesión del PG será, desde el principio, apañar un estatuto de autonomía para enviarlo a las Cortes. La primera decisión del Consejo Ejecutivo nada más constituirse el partido es enviar el proyecto de Estatuto surgido de la asamblea de La Coruña a las cuatro diputaciones, buscando su consenso. El ayuntamiento de Santiago convoca el 27 de abril de 1932 una asamblea. Ésta se celebra el 3 de julio y aprueba un anteproyecto, redactado por dos miembros de la ORGA, cuatro galleguistas y tres nacionalistas históricos, que es sometido a información pública (4 de septiembre). Como nota al margen, y para que se vea que no hay nada inventado, el tema que más polémica suscita en este trámite de enmiendas es el de la capitalidad de la comunidad, que unos quieren ver en Santiago, y otros en La Coruña.

Finalmente, los días 17 al 19 de diciembre de aquel año de 1932, en Santiago, se celebra la magna asamblea de municipios, que ha de elevar a definitivo el proyecto. De los 319 municipios gallegos de entonces, asistieron 227. Se opusieron al proyecto 76 de ellos, correspondientes a 399.668 habitantes; mientras que lo votaron a favor 243 municipios en los que vivían 2.058.632 gallegos. De esta manera, con un 77,4% de los municipios representativos del 84,7% de la población, se cumplían las previsiones constitucionales para aprobar el proyecto, al que ya sólo le quedaba el trámite de referendo.

Este último trámite, sin embargo, se reveló más complicado de lo inicialmente previsto.

Se creó una Comisión de Propaganda del Estatuto, en la que participaban el PG, el Partido Republicano Gallego (nuevo nombre de la ORGA), y Acción Republicana. Sin embargo, de ese carrito tirarán sólo los galleguistas. La ORGA y AR no se mostraban nada convencidas de la pertinencia de convocar el referendo. Al proyecto de convocar el referendo ni siquiera le sirvió que al frente del Ministerio del Interior fuese nombrado Santiago Casares, entre otras cosas porque, como ya he escrito, en realidad el coruñés tenía escasísimas veleidades autonomistas. El PG va perdiendo progresivamente la paciencia hasta que, en mayo de 1933, realiza una interpelación en las Cortes por intermedio de sus diputados. Esa presión acaba por torcer el brazo de Casares y de Azaña, y el 27 de mayo de 1933 se publica el decreto que regula el referendo; decreto que será casi violentamente criticado por los nacionalistas por su excesivo intervencionismo cuando, venían a decir Castelao y sus compañeros, a vascos y catalanes se les permitía convocar sus consultas como les apeteciera. En realidad, el retraso parece ser que tenía que ver con que el gobierno de Madrid no quería dar un paso en favor del referendo antes de las elecciones municipales parciales de abril, en las que ya se dio la primera hostia, que sería doble hostia en las generales de noviembre.

En el mes de julio, el Comité Central de la Autonomía, a pesar de sus muchas reticencias hacia el decreto, hace de tripas corazón y, con la única ausencia de los socialistas, aprueba la celebración de la consulta en septiembre. Sin embargo, el hecho de que el PG es el único que realiza propaganda (el único interesado, en realidad) y que se convocan las elecciones de noviembre, deja esa convocatoria clasificada en el cubo de basura de la Historia.

Producidas las elecciones del 33, ésas en las que inesperadamente las izquierdas perdieron su república y que provocaron en Azaña, Martínez Barrio, Gordón y otros políticos de la izquierda burguesa ideas que sólo con mucha imaginación y mucho ron Pampero pueden calificarse de respetuosas con la democracia, el Comité Central de la Autonomía gallega convocó asamblea en Santiago para el último domingo de noviembre y el primero de diciembre. En dicha asamblea, a la vista del menor apoyo recibido por las opciones galleguistas, y de la fragmentación y divisiones internas del propio movimiento nacionalista, se decidió aplazar la consulta sine die.

¿Divisiones? Pues sí. En los primeros meses de 1932, el movimiento nacionalista nucleado por el PG había sufrido una escisión sin grandes consecuencias, la de la Vangarda Nazonalista de Alfonso das Casas. Sin embargo, conforme terminó aquel año y comenzó 1933, el sector más tradicionalista del nacionalismo gallego comenzó a sentirse crecientemente malquisto con la hostilidad hacia la Iglesia y las movidas obreristas. De hecho, la deriva que tomaban las izquierdas de la República movía cada vez más a Vicente Risco y su gente a abrazar el aislacionismo que les había caracterizado antes de la República.

La asamblea del partido de 21 de octubre de 1933, en Santiago, es el teatro en el que estas diferencias se hacen dramáticas. Con las elecciones de noviembre justo delante, los tradicionalistas consiguen convencer al resto de sus compañeros de que el nacionalismo debe presentarse solo a las elecciones. Aquella idea fue letal para el Partido Galeguista que, simple y llanamente, lo perdió todo, pues quedó sin representación parlamentaria.

El de 1934, como sabe todo el mundo, fue el peor año para el sentimiento nacionalista o autonómico en mucho tiempo. Una persona de cierto poder político y no muchas luces estratégicas, Lluis Companys, se dejó convencer por uno de sus ministros, el filofascista Dencàs, de que la cosa estaba ya madurita para que Cataluña se fuese por su parte. Así, coincidiendo con el golpe de Estado revolucionario de las izquierdas, montó el pollo independentista, aunque en cuanto salieron las tropas del general Batet a la calle, las ínfulas se fueron al carajo. Companys terminó en la cárcel, Dencàs huyendo por las alcantarillas, y la autonomía catalana, la única que había conseguido avanzar en realidad, suspendida.

La suspensión de la autonomía catalana soltó todas las tripas que tenía que soltar en la derecha gobernante que, si antes podía haber estado algo dispuesta a hacer de bajo vientre corazón con una situación que no le gustaba nada, a partir de ahora no se cortó un pelo. Esto tuvo una consecuencia obvia para el nacionalismo gallego, puesto que pronto sus dirigentes se convencieron de algo que, por otra parte, era una verdad absoluta: la única forma racional de conseguir la autonomía gallega sería aliarse con las izquierdas.

Ya en la III asamblea del PG, celebrada en Orense en enero del 34, las gentes de Vicente Risco, el increíble hombre menguante del nacionalismo galaico, habían salido trasquiladas. La asamblea aprobó un mandato a los dirigentes del PG en el sentido de acercarse a cualesquiera fuerzas republicanas fuesen partidarias de la autonomía. Siguiendo este mandato, Castelao y Bóveda inician contactos con Izquierda Republicana, formación que, no se olvide, se había comido la ORGA de Casares Quiroga, que para entonces ya estaba a lo suyo, que era gobernar en Madrid, como finalmente conseguiría, con resultados más que cuestionables para España. Por su parte, Azaña tenía de autonomista lo que Tom  Cruise de físico cuántico; pero también era un señor que se apuntaba a un bombardeo por conseguir el poder, bien fuera éste real o meramente indiciario; y, de hecho, cuando inició las negociaciones con el Castelao Team,
 ya estaba mascullando en su interior la idea, propia de gentes bipolares en proceso de profunda demencia senil política, de que si algún día montaba un Frente Popular con Largo Caballero lograría manipularle y llevarle a su huerto (algo que también creía Prieto; y es que la clase política de la República, qué nivel, Maribel). Como ya había hecho alguna que otra vez en su dilatada carrera política, Manuel Azaña estaba en ese punto en el que estaba dispuesto a firmar lo que fuese, declamar en los mítines lo que fuese, y defender cualesquiera ideas, con tal de recuperar sus expectativas racionales de tocar moqueta otra vez. En consecuencia, convertirse en un autonomista gallego convencido no le costó ni medio telediario.

Ambas fuerzas, PG e IR, llegan a una alianza táctica, motivo por el cual, en abril de 1935, en la siguiente asamblea del PG, se monta la mundial. Sin embargo, al discurso tradicionalista de Otero Pedrayo responden los asistentes a la asamblea con notoria frialdad. Como consecuencia de estos hechos, José Filgueira, a quien yo tuve la ocasión de conocer una tarde en Pontevedra en la que trató de convencerme de la santiaguedad de los huesos que están enterrados en la catedral compostelana, se escindió del PG y formó un grupo casi testimonial, la Dereita Galeguista de Pontevedra.

El Partido Galeguista, cada vez más implicado estratégicamente con IR, obviamente sigue a esta formación cuando Azaña decide su integración en el Frente Popular. Este gesto provocará la salida del partido de Vicente Risco, fundando la Dereita Galeguista de Ourense, que no tuvo, como la otra, práctica actividad.

Los galeguistas se encontrarán con que en el patio de Monipodio que fue la elaboración de las listas del Frente Popular, nadie o casi nadie estaba dispuesto a darles boleta (mucho menos Casares Quiroga, quien desde el principio de estas notas está mirando por lo suyo, y ahí sigue). De hecho, a pesar de que en las elecciones del 33 puede exhibir el PG cierto punch en La Coruña y Pontevedra, todo lo que consiguen, y eso tras mucho vivaquear en las reuniones del Frente en Galicia, es colocar cinco candidatos: Ramón Suárez Picallo y Antonio Villar Ponte en La Coruña; Alexandre Bóveda, en Orense; Xerardo Álvarez Gallego en Lugo; y Alfonso Rodríguez Castelao en Pontevedra. Saldrán elegidos los dos coruñeses y Castelao, entre otras cosas porque en las votaciones hay mucho navajeo, y el Frente Popular le hace la cama a Bóveda en Orense, de modo y forma que los militantes del resto de formaciones del Frente no le votaron.

El Frente Popular, no obstante, honrará los compromisos que había adquirido antes de las elecciones, y convocará referendo del Estatuto para el 28 de junio de 1936.

En aquel referendo votó a favor del Estatuto el 73,96% del censo electoral. Es una cifra impresionante que hace escribir párrafos cheos de orgullo a muchos historiadores gallegos. Sin embargo, incluso Castelao, desde el balcón del exilio, viene a reconocer que hubo, si no pucherazo, sí manipulación. Entendámonos. No cabe hablar de pucherazo porque, según todas las trazas, el Estatuto tenía las de ganar en el referendo. Sin embargo, lo que es más que probable es que, en una votación limpia, no hubiese alcanzado, en una región tan dispersa como Galicia y con elevadas cotas de abstención, el nivel de apoyo que le exigía la Constitución. Evidentemente, ni el nacionalismo gallego, ni el Frente Popular, se podían permitir que el Estatuto no saltase el listón. Así pues, lo saltó; sí, o sí. Por decirlo mal y pronto, los diputados nacionalistas gallegos intentaron que, en atención a las especiales características organolépticas de la nación gallega, se permitiese la aprobación del Estatuto por mayoría absoluta, y no los dos tercios que exigía el texto constitucional. Como quiera que la propuesta no fue atendida por Madrid, el referendo se ganó con tres cuartos del censo por el artículo 33. 

Alfonso Rodríguez Castelao, que se reputa normalmente como el principal candidato para ser presidente de la autonomía gallega, salvó su vida gracias al Estatuto votado en el referendo de junio. El estallido de la guerra civil, en lugar de pillarlo en Pontevedra, donde con casi total seguridad habría acabado fusilado, le pilló en Madrid, encabezando una delegación de parlamentarios gallegos que venía a presentar el texto a las Cortes. Un texto cuya piedra filosofal era la cooficialidad del gallego y el castellano, que establecía un sistema electoral proporcional que desentonaba con el resto de sistemas existentes en la República, y que, por cierto, ya entonces se preocupaba de hacer ese fistro jurídico de regular el derecho de voto de los gallegos de cierta diáspora (y decimos cierta porque hay diásporas que no nos dan derecho de votar una mierda). Durante la guerra civil, Castelao estará obsesionado con que se realice un acto jurídico de recepción del Estatuto por las Cortes. Y lo consigue en la última sesión del congreso celebrada en territorio español, en 1938; situación que consideramos de legalidad, olvidando movidillas de quórum y tal. Con este gesto, el pontevedrés consiguió situar el Estatuto gallego entre lo que la Constitución de 1978 consideró nacionalidades históricas.

Supongo que no hace falta decir que, con la victoria de los nacionales, las organizaciones nacionalistas fueron prohibidas, sus bienes incautados, y sus dirigentes perseguidos. Los dirigentes del ala izquierda, como Bóveda o Víctor Casas, fueron juzgados y fusilados. Los derechistas que, a pesar de serlo, no se habían apartado del PG, fueron sujetos a variados tipos de ostracismo (entre ellos, Otero Pedrayo). Y, por último, los nacionalistas más de derechas, como Risco o Filgueira, no tuvieron sino que alinearse con el franquismo para pillar cacho. Pero hay gente, como el alcalde de Santiago Anxel Casal, que experimenta las repugnantes consecuencias que en la guerra civil tuvo eso que se llama salir a pasear.

En el exilio, evidentemente, la principal figura será Castelao, quien con los años será elevado al areópago de los intocables; y, la verdad, merece mucho más ser intocable que otros que también lo son, como Companys.

Galicia, con el resto de España, acaba de entrar en eso que Celso Emilio Ferreiro llamó la longa noite de pedra.

Ni siquiera ahora que, como toda España, el nacionalismo gallego tiene un enemigo en su paisano el ferrolano Francisco Franco, logrará la unidad. En realidad, la principal colonia gallega fuera de España, Buenos Aires, ya estaba dividida en los años veinte, entre los emigrados independentistas y los más afines a las fuerzas republicanas. La llegada de Castelao a la capital argentina pareció limar estas asperezas y, de hecho, en 1942 se funda un grupo en el exilio, la Irmandade Galega, que parece ser aglutinadora de tendencias (además de editora de A Nosa Terra en el exilio). Sin embargo, los enfrentamientos nunca desaparecerán, muy especialmente entre primeros emigrados, esto es gallegos establecidos en Argentina antes de la guerra, y nuevos emigrados.

En 1944, el mismo año que se publica la primera edición de Sempre en Galiza, se crea un denominado Consello de Galiza, impulsado por Castelao y la Irmandade Galega, preocupados por la influencia dentro de la emigración gallega de posguerra de las fuerzas meramente republicanas. Era el momento en que todo el movimiento republicano consideraba que la victoria de los aliados en la guerra mundial supondría la expulsión de Franco, así pues había toneladas de codazos debajo de la canasta con la intención de recoger el rebote. El Consello de Galiza se apresuró a hacer pública una posición defendiendo la idea de que la caída del dictador debería suponer la creación de una tercera república española de carácter federal. Sin embargo, nunca tuvo la potestad real de decirse representativo del exilio gallego. Sólo consiguió la adhesión de los tres diputados galleguistas vivos (Castelao, Suárez Picallo y Alonso Ríos) y dos de Izquierda Republicana (Elpidio Villaverde y Alfredo Somoza). Especialmente intensa fue la hostilidad del PSOE, que no quiso saber nada de aquel movimiento. Así las cosas, aquel movimiento se quedó en poco más que la gente de Castelao. En México, 1945, y ello a pesar del decidido apoyo de los nacionalistas vascos (no así de los catalanes), la idea de que las Cortes en el exilio ratificasen el Estatuto gallego ni siquiera llegó a tener ni media fuerza. Y, durante el gobierno Giral, a Castelao, que fue ministro, no le vinieron a hacer, que se dice, ni puto caso.

En 1944 se había formado en Francia un Bloque Nacional Repubricán Galego, de corte militar (de hecho tenía un «ejército») que no tuvo gran impacto. Como no lo tuvo, tampoco, la Alianza Nazonal Galega creada en México.

A finales de los años cuarenta, y a pesar todas estas voluntaristas iniciativas, el nacionalismo gallego se disolverá como un azucarillo. Las razones, dos. En primer lugar, el progresivo enfriamiento del optimismo surgido en 1946 sobre la posibilidad de que Franco fuese expulsado de El Pardo por una pretendida coalición de países democráticos; y, en segundo, la muerte, en 1950, del único factótum real que tenía el nacionalismo, es decir la persona de Castelao.

Por lo que se refiere al interior, los restos del Partido Galeguista en Galicia consiguieron crear, en 1944, una Junta Gallega de Alianza Democrática. Sin embargo, algunos meses después sus principales hombres serán detenidos. Este nacionalismo gallego de interior, además, sufrirá la misma suerte que todos los grupos republicanos, con la excepción, tal vez, del comunismo. Me refiero a las diferencias estratégicas y de criterio con los exiliados, esto es el Consello de Galiza. ¿Cuál era el problema? Pues el común a todos los nacionalismos.

Tras terminar la guerra civil y consolidarse el general Franco al frente del Estado español, en lo que a las nacionalidades se refiere se produjeron dos posiciones diferenciadas. Una era la que colocaba la reivindicación nacionalista por encima de todo. Era la sostenida por los nacionalistas puros que, en aras de aquella intransigencia, hicieron cosas que les abochornarían si las recordasen (y es por eso que no las recuerdan), como no ir al famoso Contubernio de Munich porque «no se iba a hablar de lo suyo». La otra era la posición que consideraba que lo que tenían que hacer las fuerzas nacionalistas era integrarse en un frente antifranquista totalmente representativo, sin entrar a discutir qué se les ofrecía en materia de autonomía o independencia. Como se ve, es el mismo tipo de discrepancia que sufrió el exilio republicano respecto del interior, cada vez más proclive a pactar con cualquiera, incluso los monárquicos; mientras ellos, petados de veteranos políticos de la República que no estaban dispuestos a hacer componendas con los que entonces fueron sus enemigos, se aferraban la pureza virginal de la forma republicana.

En 1945, los nacionalistas del interior habían formado una Unión Republicana Gallega que se integró en la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas. Este gesto nunca fue comprendido, ni perdonado, por los gallegos del exilio, cada vez más desconectados de la realidad en sus salones bonaerenses donde hacían sonar las gaitas y, entre eso y sus recuerdos de cómo era Galicia a principios de los treinta, se decían que todavía sabían de qué pie cojeaba su país. El Partido Galeguista, muy cercano a estos planteamientos maximalistas del exiliado, de hecho queda prácticamente laminado en el interior desde finales de los años cincuenta. El nacionalismo, a partir de 1950, volverá de hecho a la filosofía de las Irmandades da Fala, convirtiéndose en un movimiento cultural, del que es hito importantísimo la fundación, en dicho año, de la Editorial Galaxia.

El nacionalismo gallego no saldrá de esta dinámica perversa de un interior resignado y un exterior en su caverna hasta que caiga en manos de la generación de posguerra, en su mayoría formada por personas antifranquistas desde la izquierda. Los años sesenta, ya lo hemos contado en este blog, son los años en los que el comunismo cambia de estrategia y se vuelve tercermundista, sobre todo desde el momento en que Estados Unidos se implica en Viet Nam. La cosa es que este viraje de la izquierda tiene como consecuencia ese fistro ideológico consistente en que personas de corte marxista tomen la bandera de los derechos de las nacionalidades (como digo, es una postura extraña si se piensa un poco, ya que un obrero moldavo, con los escritos de Engels en la mano, debería ser más solidario con un obrero asturiano que con un burgués moldavo); fistro que de hoy, por multirrepetido, ya lo asumimos con toda naturalidad.

A finales de los cincuenta se forma en Galicia un Consello da Mocedade, en el que confluyen, una vez más y como siempre, todas las tendencias del nacionalismo gallego, desde las más conservadoras hasta los comunistas; aunque, probablemente por primera vez, la mayoría de las personas de izquierdas es bastante neta. Como siempre que se crean estos panachés galaicos, las diferencias no tardarán en aflorar. El ala más radical, mayoritariamente marxistas aunque también algunos galeguistas radicalizados, es expulsada del Consello y funda, el 25 de julio de 1964, aprovechando la fiesta, la Unión do Pobo Galego. Es la primera vez que en Galicia hay una formación marxista de corte revolucionario, y además gallega. Empieza siendo un grupo que casi cabe en un par de taxis, pero sin embargo es de gran importancia su creación porque provoca la mutación del nacionalismo gallego, que a partir de entonces, y no desde el tiempo de los suevos como a veces parece que pretenden algunos, será básicamente de izquierdas.

La UPG, de hecho, aplica a Galicia el catón del análisis geopolítico del marxismo-leninismo tuneado de los sesenta, sacado de algunas cosas que Lenin dijo, sin mucho desarrollo ni convicción (más que nada, porque de sus actuaciones pudieron sacar sus herederos la conclusión de que se podía hacer exactamente lo contrario, como bien saben los bálticos). Dado que la gran oportunidad de las izquierdas en ese momento es el proceso de descolonización que se produce en todo el mundo, es entonces cuando la UPG desarrolla la imagen de Galicia como una colonia de España que, consecuentemente, debe ser descolonizada (teoría que tiene que ver con la Historia más o menos lo mismo que los pensamientos de Belén Esteban con la filosofía de Wittgenstein). De su praxis revolucionaria saca la UPG su coqueteo con el terrorismo a través de la fundación de un brazo armado; pero el asesinato por la policía de Moncho Reboiras, en 1975, cegará esa vía.

En 1963,  por otra parte, medios nacionalistas de corte socialdemócrata crearán en el Partido Socialista Galego, PSG, con la intención de ser un poco el continuador de la línea del Partido Galeguista.

Así estaba el tema cuando el gallego que los tenía asoballados se murió.

Cuando llega la Transición, obviamente las fuerzas políticas gallegas se centran en el tema de la autonomía. Eso sí, no lo hacen como en el País Vasco o en Cataluña, y la razón fundamental para ello es que, para cuando llega la democracia, y a despecho de experimentos que se producirán algunos años después, la referencia histórica del nacionalismo gallego, el Partido Galeguista, está laminada. Castelao, ya lo hemos dicho, murió en 1950, y esto lo coloca en una evidente inferioridad de condiciones frente a Josep Tarradellas o el ex peneuvista, ya batasunero, Telesforo Monzón. Galicia prácticamente no tiene líderes históricos, y para uno que tiene, Ramón Piñeiro, es persona que, por mor de la reclusión sufrida, se ha apuntado tiempo atrás al movimiento gallego culturalista (mucho poema enxebre, mucho estudio etnográfico, mucha gaita, y tal) y no quiere saber nada del movimiento político propiamente hablando.

La falta de un claro referente nacionalista provocará, además, que muchos gallegos, que por otra parte ya estaban bien predispuestos a ello, tiendan a confundir galleguismo con nacionalismo. Los partidos tradicionales nacionales, en Galicia, tienen un tono muy gallego que los convierte en una especie de formaciones nacionalistas avant la lettre. El ejemplo más claro de lo que decimos es Manuel Fraga, quien, además de ser un animal político, trabajó durante toda su vida en democracia su imagen de gallego de pura cepa, persona del pueblo que jugaba al dominó con sus paisanos en Perbes, que tendía a mitigar las pretensiones nacionalistas de una sociedad, la gallega, que, la verdad, nunca lo había sido en grado sumo.

En 1976, mes de mayo, se funda el Partido Popular Galego, PPG, fruto de la unión entre algunos galleguistas de ideología cristiana y el grupo del mismo corte que, a escala nacional, estaba montando Joaquín Ruíz Jiménez. El PPG pudo ser el receptor de la antorcha del PG pero, sin embargo, a pesar de ser tan pronto el gesto de su formación, para cuando la llevaron a cabo ya no quedaba sitio en Galicia para más nacionalistas de derechas o centro-derecha, puesto que la inmensa mayoría de ellos estaban enclavados en la UCD, que prometía algo tan importante en política como tocar pelo de Poder; y Alianza Popular, donde se producía el indudable atractivo de la personalidad de Fraga.

Por lo que se refiere a la izquierda, en el momento de morir Franco ni el PSOE (bueno, los PSOEs, porque entonces había dos) ni el Partido Socialista Popular de Enrique Tierno tienen implantación seria en la región. Ya en 1974, durante las últimas boqueadas del dragón, se había fundado un Partido Galego Social Demócrata, que no llega a gran cosa. Así las cosas, la fuerza fundamental es el PSG, formación crecientemente escorada hacia la izquierda por su líder Xosé Manuel Beiras.

A la izquierda de Beiras, sin embargo, había más. Estaba, para empezar, el PCG-PCE, formación enormemente disciplinada y que contaba, además, con su influencia en Comisiones Obreras, entonces el sindicato mejor implantado en Galicia, de largo. Sin embargo, la actitud del PCE ante la cuestión nacional gallega no estaba del todo clara. Entre universitarios y cuadros tenía cierta implantación el Movimiento Comunista de Galicia, que apoyaba sin ambages las reivindicaciones autonomistas. Otros partidos de izquierda de orientación española, como la Organización Revolucionaria de los Trabajadores ORT, el Partido de los Trabajadores de España PTE o la Liga Comunista Revolucionaria LCR, tenían posiciones más tibias al respecto.

En el campo puramente nacionalista, el grupo más fuerte era la UPG, que adopta rápidamente una estrategia de frente popular con la creación de la Asociación Nacional Popular Galega (ANPG), que es un intento doble para, por un lado, monopolizar el movimiento nacionalista; y, por otro, ganar la universidad, lo cual, en un momento como la transición, en el que además la fuerza universitaria estaba prácticamente concentrada en la ciudad de Santiago, tenía una gran importancia. La UPG, sin embargo, fracasará tratando de aglutinar al PSG en la ANPG.

Con todo, como siempre, hay que advertir al paciente lector de que no debe dejarse arrastrar por la impresión de que, a base de tanto hablar del nacionalismo, la vida política gallega estaba presidida por él. En realidad no es así. La vida política gallega en el principio de la democracia está, first and foremost, presidida por lo que pasa en Madrid. A principios de 1975, cuando los comunistas impulsen la creación de la Junta Democrática, el PCG creará la Xunta Democrática. Cuando el PSOE contraprograme creando la Plataforma de Convergencia Democrática, creará, inmediatamente, la Plataforma de Convergencia Democrática de Galicia. Cuando ambas se fundan en la famosérrima Platajunta, la fusión se verificará en Galicia en la Táboa Democrática de Galicia.

El nacionalismo gallego se dará cuenta pronto de que tiene que reaccionar a la decisión de comunistas y socialistas de no forzar la ruptura con el proceso de Transición, que ellos, sin embargo, siendo mayoritariamente marxistas, sí que desean. En enero de 1976, la UPG impulsa la creación del Consello de Forzas Políticas Galegas o CFPG, donde sí logrará meter al PSG (y el fantasmagórico PGSD), y al que se unirán después el Partido Carlista y el Movemento Comunista (como se ve, el nacionalismo gallego siempre ha tenido una gran afición por la macedonia de frutas). Este Consello elabora un documento llamado Bases Constitucionais para a participación da Nación Galega nun Pacto Federal, que con su mismo título lo deja ya todo claro. Sin embargo, el Consello fracasará antes de terminar ese año, ante la tentativa de la UPG de alimentar sus sindicatos nacionalistas de nueva creación con los militantes de CCOO que también lo son del MCG. Asimismo, en octubre de ese mismo año, las tensiones UPG-PSG fuerzan la creación de la Asamblea Popular Galega APG, que escinde con ello la ANPG.

Ese patio de Monipodio político llegó en tal situación a las elecciones de 1977, en las que el llamado Bloque Nacional Popular Galego, resultado de la fusión de la UPG y la ANPG, saca un 2% de los votos. El PSG, en solitario, saca el 2,4%. El PPG y el PGSD, coligados, sacan 63 votos menos que el BNPG. UCD saca 20 diputados, Alianza Popular 4, y el PSOE 3. El nacionalismo gallego, muy especialmente el de corte rupturista, resulta, pues, laminado en las urnas.

Los resultados son especialmente dañinos para el PSG. A partir de los mismos, el PSOE no cejará hasta conseguir que el partido siga los pasos del PSC en Cataluña o el PSPV en la Comunidad Valenciana. Finalmente, consigue que un grupo bastante numeroso de militantes se pase al denominado Partido Socialista de Galicia-PSOE. Así pues, había que distinguir entre PSG y PSdeG, y ay de ti, mamarracho, si no entendías la diferencia. En la UPG, algunos militantes de corte algo más conservador también se escinden para fundar el Partido Obreiro Galego.

Como consecuencia de todo esto, se puede decir, porque es la verdad, que la autonomía gallega, para bien, y para mal, no es obra de los nacionalistas. El ente preautonómico gallego, presidido, cómo no, por un médico (quien sea de Santiago de toda la vida sabe de lo que hablo), el doctor Gerardo (mutado a Xerardo) Fernández Albor, y el estatuto de 1980, se lo pastelean entre ellos las tres formaciones que tienen representación en Galicia (como, por otra parte, debe ser), y sobre todo dos de ellas.

Con la llegada de la preautonomía y la autonomía, el nacionalismo rupturista sufre un obvio shock, porque se viene a demostrar que la mentada estrategia no va a servir de gran cosa. Además, en un gesto en buena parte increíble, resurge el Partido Galeguista. De la mano de algunos nacionalistas históricos y con otros retales (políticos escocidos del PPG y PGSD, que se han quedado sin plataforma) se refunda el PG de Castelao en noviembre de 1978. Esta formación genera con el PSG y el POG la formación de una coalición, Unidade Galega; nomenclatura que, como ya habréis concluido en estas notas, hablando de Galicia y de nacionalistas, se acerca peligrosamente al oxímoron. En las primeras elecciones municipales de la democracia, UG levanta en buena parte los desastrosos resultados del 77, y se lleva algunas cosas de cierto fuste, como la alcaldía de La Coruña para Domingo Merino (PSG). Las cosas van bien hasta que, en 1982, se desintegra la UCD; proceso que, en Galicia, provoca conversaciones entre algunos políticos venidos de esta formación y un sector del PG, que forma finalmente con ellos Coalición Galega, generando una escisión con el resto de la militancia del partido histórico que deja éste hecho unos zorros. Antes de esto, en todo caso, veremos a la UPG y al BNPG atraer al PSG para ir coligados a las primeras elecciones autonómicas, donde conseguirán tres diputados que son expulsados de la Cámara autonómica por negarse a acatar la Constitución. Este gesto, y el poco rédito político que supuso, mueve a la mayoría de la UPG a pilotar la conversión del BNPG en el Bloque Nacional Galego o BNG, bastante más moderado en sus apelaciones rupturistas.

En las autonómicas de 1984, CG obtiene un éxito bastante notable. Lo cual será su perdición, porque les convertirá en bisagra. Por ello, la alternativa de la Coalición es: o dejar a hacer a Alianza Popular, recia ganadora; o crear una coalición, a la baleárica podríamos decir nosotros desde la experiencia del futuro, con las fuerzas de izquierda. Esta disyuntiva quiebra la Coalición y provoca que sus militantes más de izquierdas la abandonen y creen el Partido Nacionalista Galego. Ambas formaciones encontrarán, ¡por fin!, su lugar bajo el sol con la formación del gobierno González Laxe (PSOE), en el que participarán; pero eso sólo servirá para dilatar un poco más su declive, puesto que en las elecciones de 1988 se arrearán una hostia del cuarenta y siete, y no sobrevivirán. Uno se disuelve en la práctica, y el otro, el PNG, acabará en el BNG.

En la izquierda, el POG muta a Esquerda Galega, y acaba absorbiendo al PSG, por lo que pasa a llamarse PSG-EG (no lo he escrito todavía en estas notas: pero los no gallegos deben saber que todas las siglas políticas, sindicales y tal en Galicia no se leen diciendo “ge” cuando hay una G; se lee “Ga”. Así pues, esto se lee: “Pe ese ga e ga”. La segunda mitad de los ochenta y años adyacentes verán una lucha entre el Pe Ese Ga E Ga y el Be Ene Ga por la dominación de la izquierda nacionalista; competición que acabará ganando claramente el BNG, mucho más implantado socialmente. El PSG-EG, a causa de estos reveses, se refundará en Unidade Galega, formación que asimismo se escindirá; una parte de sus militantes se irá a Izquierda Unida, y la otra al Bloque.

Tras este conjunto de fenómenos, el BNG se convertirá en un experimento histórico en la política gallega, pues conseguirá lo que, en el fondo, el nacionalismo lleva pretendiendo desde siglo y medio atrás: superar sus diferencias. El BNG que afronta la década de los noventa es una formación eclesial, ecuménica, dentro de la cual, al servicio de la idea del nacionalismo gallego, conviven liberales de izquierdas, marxistas de variada laya y socialdemócratas. Muy inteligentemente, este BNG que surge de los primeros escarceos de la autonomía gallega ha renunciado a la autodeterminación a corto plazo, lo que hace su mensaje muy atractivo a capas de votantes gallegos poco amigas de revolucionarismos y tal. En 1989, la prevalencia del BNG es un hecho, y cuatro años después sus adversarios prácticamente desaparecen, hasta aceptar los hechos en 1995 e integrarse en el propio Bloque. En 1996, el nacionalismo gallego vuelve a enviar representación al Parlamento de Madrid, 60 años exactos después de haberlo hecho la vez anterior.

Y aquí lo vamos a dejar, porque este blog habla de Historia. A juicio de su amanuense, lo que pasó después, con el nuevo gobierno del PSOE en coalición con el BNG, son hechos del presente. Mi opinión personal, por cosas que vi y experimenté durante aquellos años, es que aquella coalición de gobierno era un tanto contranatura, pues englobaba a dos formaciones que, en realidad, se estaban disputando la hegemonía en la izquierda gallega. En aquellos tiempos, cuando iba a Galicia en verano, me sorprendía mucho escuchar en la radio cuñas publicitarias de la «vicepresidencia de la Xunta» en las que se animaba, por ejemplo, a mujeres emprendedoras que buscasen ayudas, a informarse en «la web de la Vicepresidencia de la Xunta de Galicia». Daba toda la sensación de que en aquel gobierno mucha gente iba a lo suyo, y creo que eso se acabó pagando.

De la escisión sufrida por el Bloque, obviamente, sé menos aún, porque pertenece todavía más al campo de lo que algún día será Historia, pero no lo es. Si eso, quedamos aquí dentro de treinta años, y os lo cuento.