lunes, febrero 10, 2014

Libia (1)

¿Por qué Gadafi; por qué Libia? La respuesta es obvia: por el petróleo. Eso sí, hay alguna cosa más. En todo caso, si la explicación que ya hemos escrito, por el petróleo, ya te vale, estas notas no son para ti. Estas notas buscan contar algo de la Historia reciente de Libia, con el intento de explicar por qué Muammar el Gadafi se ganó el triste mérito de ser atacado por fuerzas internacionales, debilitado hasta el punto de caer como máximo dirigente del país. Esto es lo que voy a intentar contarte durante los próximos posts.



Libia est omnes divisa in partes tres. Es un país que ocupa algo más de 1,7 millones de kilómetros cuadrados, la mayor parte de los cuales está situado en el desierto del Sahara. Al oeste se encuentra la región de la Tripolitania, cuya principal ciudad es Trípoli, como podía imaginarse. Al este de Trípoli encontramos desierto, que se extiende hasta el golfo de Sirt, que es la tradicional frontera con la otra gran región libia: la Cirenaica. Esta zona es donde históricamente se ha desarrollado alguna agricultura. Por último, al sur se encuentra la región de Fazzan, árida y bastante hostil, útil sólo para el pastoreo.

Tradicionalmente, el área más populosa de Libia ha sido la Tripolitania. Esta población está mayoritariamente formada por bereberes y árabes, aunque también viven en Libia colectivos de targuí, judíos, cristianos, y descendientes de otomanos.

En el siglo XVI, tanto la Tripolitania como la Cirenaica fueron invadidas por los otomanos. En 1711, el gobernador otomano de Trípoli, Ahmed Bey Qaramanli, estableció su propia dinastía. Qaramanli se benefició de las pocas ganas que tenían los turcos de andarse de capones en el norte de África, con lo que consiguió, para sí y para sus descendientes, erguirse como rey con la complicidad constantinopolitana hasta bien empezado el siglo XIX.

En la cuarta década del siglo XIX, con seguridad a causa de la ocupación francesa de Argelia en 1831, tanto París como Londres comenzaron a ver la zona como el teatro de un juego de influencias. En 1835, Constantinopla respondió con una nueva ocupación de Libia; pero el hecho de que, en realidad, toda esta partida se jugase en las escasas ciudades hizo que la propiedad de aquellas tierras, notablemente de las feraces de Fazzan, no quedase demasiado clara. En lo que ahora nos concierne, el siglo XIX se puede resumir como la historia de cómo el poder otomano se va viendo, cada vez, más cuestionado por la pujanza de las potencias europeas. Mientras todo eso ocurría, y en paralelo, los habitantes del país acentuaban su fe y su pureza musulmanas, sobre todo a través del movimiento conocido como Sanusiya, que proviene del nombre de su líder espiritual, Sayid Mohamed ibn Ali al-Sanusi, y que buscaba rechazar todo aquello que no se considerase coherente con las enseñanzas coránicas. Sanusi se estableció en la Cirenaica, donde fue capaz de crear algo parecido a una estructura de gobierno.

Sanusi murió en 1859 y su hijo, Mohamed al-Mahdi, que hizo también una importante labor de expansión (y de huida constante de los franceses, que lo odiaban), en 1902. Uno de los sobrinos de al-Mahdi, Ahmed al-Shariff, fue elegido jefe del movimiento, dejando de lado con ello a los hijos directos del anterior líder. Entre estos hijos dejados de lado estaba Idris al-Sanusi, del que volveremos a hablar.

Eran los principios del siglo XX y los franceses, con fortísimos intereses en Libia, apretaban las tuercas a la Sanusiya. Al-Shariff trató de encontrar ayuda en los turcos, pero éstos se la negaron, preocupados como estaban en malquistarse con París. Fue entonces cuando Shariff se dirigió a los italianos, a través de la embajada romana en Cairo. Los italianos, ya entonces deseosos de construir su propio imperio colonial en África y preocupados con que Francia acabase poseyendo el balcón de enfrente de su casa, no se lo pensaron dos veces, y comenzaron a armar a los libios.

Italia llevaba casi toda la segunda mitad del siglo XIX albergando aquella idea. Pero no fue hasta 1911 que no la llevó a cabo. Pretextando una insoportable oposición de los turcos teóricamente gobernantes en la zona hacia sus actividades económicas en la costa libia, los italianos enviaron un ultimátum al sultán el 26 de septiembre de 1911. Al mes siguiente, desembarcaron sus tropas en la Tripolitania y la Cirenaica. El 5 de noviembre, Roma anunció la anexión de las dos provincias. Sin embargo, el sempiterno mal italiano, que volvería a desplegarse varias veces durante aquel siglo, es que, a la hora de darse de leches, se les ve el plumero de mal ejército. En efecto, igual que le sucedería a Mussolini un cuarto de siglo después al intentar invadir a los griegos, el ejército italiano de 1912 comenzó a cosechar derrotas frente a los libios que él mismo había armado pocos años antes, más el ejército turco, y a mitad de dicho año se encontraba empantanado. Ello a pesar de haber desembarcado en Libia 115.000 hombres.

Las presiones internacionales obligaron a italianos y turcos a firmar un acuerdo en octubre de 1912 en Ouchy, muy cerca de Lausana. Aquel tratado era un ejemplo de literatura diplomática que pretendía dejar contento a todo el mundo. Formalmente reconocía los intereses de los italianos en la zona bajo su propia legislación, pero tampoco apeaba a los turcos de su soberanía sobre el territorio. Esta ambigüedad hizo posibles intentos como el de Suleiman al-Baruni, líder bereber que levantó a su pueblo en una guerra por su independencia, pero que fue derrotado en marzo de 1913. En Cirenaica, sin embargo, los italianos se encontraron con grandísimos problemas, a causa de que allí estaba el ejército de al-Shariff, al que ellos mismos, debemos recordar, habían armado. Aun así, en 1913 los italianos atacaron la región y estrecharon su cerco sobre Bengasi, a lo que la Sanusiya respondió haciendo guerra de guerrillas. A todo esto hay que añadir que el hecho de que los pocos fuertes de Fazzan hubiesen sido abandonados por los turcos permitió a los franceses avanzar por ahí y hostigar a los italianos que, por lo tanto, en 1915 estaban en una posición incómoda. En abril de aquel año sufrieron la tal vez mayor derrota, en Qasr Bu Hadi, cuando fueron traicionados por un aliado de Misrata, Ramadan al-Suwayli.

Para entonces, Italia estaba más preocupada por la primera guerra mundial que por Libia, y en la zona los primeros escarceos del nacionalismo árabe comenzaban a notarse. En 1918, al-Swayli, aconsejado por el nacionalista egipcio Abderramán Azzam Bey y en compañía de otros líderes tribales (Suleiman al-Baruni, Ahmed al-Murayid y Abd al-Nabi Bilkayr) constituyó la república de Tripolitania, que fue un aviso muy serio para las potencias occidentales, por mucho que sus disensiones internas la llevasen a fracasar pronto.

En Cirenaica, al-Shariff fue presionado por los turcos para que se implicase en la guerra mundial, atacando a los británicos en Egipto. El líder de la Sanusiya, sin embargo, no tenía ganas de meterse en tantos berenjenales, motivo por el cual decidió abdicar en favor de su primo, Sayid Idris al-Sanusi, a quien ya os dije que nos volveríamos a encontrar. Sanusi era todo lo contrario a un señor de la guerra; nunca había tenido especial interés en gobernar a nadie, de carácter básicamente indolente como era. Así pues, se opuso a atacar a los británicos y, de hecho, solicitó, y obtuvo, de Londres el compromiso de actuar de intermediarios en unas negociaciones con los italianos. Fruto de aquellas negociaciones es el acuerdo de Akrama (abril de 1917), que puso toda la Cirenaica, salvo la banda costera, bajo el control de Sanusi.  Eso sí, Sanusi y Swayli, esto es Cirenaica y Tripolitania, no se podían ni ver.

Con el final de la Gran Guerra, en todo caso, las cosas se iban a italianizar bastante.