jueves, enero 02, 2014

Precarious... ¿Japan?



Quién: Anne Allison
Qué: Precarious Japan.
Dónde: Duke University Press.
Cuándo: 2013.
Cuánto: 246 páginas.


La lectura de Precarious Japan  es una lectura triste. A ratos, incluso angustiosa. Es el relato de un país, un modelo social que, como la propia autora dice en algún punto del ensayo, está resbalando lentamente hacia el barro, situándose en la frontera de la desintegración.

Quienes estén familiarizados con el mundo financiero y ese pequeño universo de la solvencia bancaria, los test de estrés y demás movidas, sabrán bien que pocas cosas hay de las que se hable con mayor temor que del denominado «escenario japonés». El escenario japonés es, de alguna manera, el escenario petrolífero del siglo XXI. Hace ahora casi medio siglo, las economías occidentales temían a la denominada estanflación, causada por el disparo de los precios de la energía. Un petróleo inusitadamente caro provocaba situaciones de crecimiento bajo con inflación elevada. Hoy la inflación está pasando lentamente a un plano de cierta menor importancia, aunque los bancos centrales, y muy notablemente el europeo, siguen teniéndola en el centro de sus políticas; y el escenario que ha pasado a ser temido es el japonés, esto es: crecimiento muy bajo o nulo y tipos bajos, incluso negativos en términos reales.

Ambos escenarios son jodidos porque desmienten elementos nucleares de la creencia económica. Hasta la estanflación, se creía que la inflación la generaba el crecimiento. Hasta el escenario japonés, se pensaba que, en un entorno de crecimiento débil, no había sino que tumbar el precio del dinero para facilitar la inversión y con ello, el crecimiento. Japón, sin embargo, lleva ya veinte años experimentando la nada agradable realidad de que este último aserto no es necesariamente cierto.

Precarious Japan no habla ni una palabra de macroeconomía. Pero, de alguna manera, viene a ser, o a mí me lo parece, una especie de complemento interesante a la investigación económica. Este libro es una especie de llamada hacia el hecho de que en Japón hay muchas más cosas que han colapsado, además del modelo económico. Y es la ausencia de alternativa, o de línea evolutiva, lo que hace especialmente inquietante la tesis.

Anne Allison, a todas luces una gran experta en la sociedad japonesa moderna, explica con pluma afilada y precisión de relojero el modelo exitoso de la sociedad japonesa de posguerra. Una vez perdida sin honor una guerra en la que Japón se zambulló dejándose llevar por ilusiones en gran parte vanas (esto no lo dice la autora, lo digo yo), Japón se convierte en una sociedad tutelada que saca de su interior ancestral los principales conceptos que la identificarán (jerarquía, sobre todo) y que aprovecha las ventajas de dicha tutela para, poco a poco, convertirse en una potencia económica global capaz de plantar cara a su otrora invasor, los Estados Unidos. Todo eso se basaba en una cultura social basada en el esfuerzo y en su retribución clara mediante empleos para toda la vida y una estratificación social que, a diferencia de occidente, pretería a la mujer a la hora del éxito laboral.

La japonesa que ahora podemos llamar «tradicional» es una cultura social basada en el sarariman, recepción japonesa directa de la expresión inglesa salary man. El sarariman es hombre, y no mujer, Y trabaja para una corporación o empresa que lo emplea para toda la vida (en el libro esto se denomina toyotismo). Pero su empresa es algo más que el lugar donde trabaja; es el lugar donde se realiza como persona social, porque, de hecho, terminada la jornada laboral, del sarariman no se espera que regrese a casa inmediatamente, sino que siga conservando el círculo íntimo de compañeros de trabajo yéndose con ellos al karaoke, a beber, de putas tal vez. El modelo japonés no espera al hombre en casa, donde está quien debe de estar, esto es la mujer, encargándose de su parte del trabajo en equipo en que consisten los valores japoneses de posguerra, esto es la educación de unos hijos que deben entender que han de ser competitivos, eficientes. Las familias japonesas, por lo tanto, tienen firmado una especie de contrato implícito con la sociedad de que forman parte y los gobernantes que la administran, por la cual, a cambio de la aceptación de la jerarquía y del valor del trabajo más allá de aquello que se hace para tener de qué comer, son acogidos, ésta es la palabra, por ese mismo sistema, en la forma de un esquema regido por la seguridad, la predictibilidad, y determinados niveles de bienestar.

Este contrato, sin embargo, se ha roto.

El libro de Anne Allison es, de alguna forma, la crónica de cómo, paulatinamente, los sarariman se están convirtiendo en excepción minoritaria en una sociedad japonesa que carece de las ilusiones y objetivos que ellos tuvieron durante décadas. El Japón de hoy, descrito en el libro, está repleto de personas mayores que viven sin recursos y acaban muriendo o suicidándose en sus pequeñas casas sin que alguien se percate hasta días después, en lo que se conoce como kodokushi (muerte en soledad); de NEET (la versión sajona del ni-ni: Not in Education, Employment or Training); cuando no de los tristísimos casos de los hikikomori o los habitantes de los cibercafés . Japón, como dice la autora (pág. 6), «ya no es una sociedad de ganadores y perdedores, sino sólo de perdedores». Situación de la que son principales paganas las mujeres, que en buen parte siguen en el hogar y, cuando no lo están, tienen empleos de poco valor (el 80% de los empleados eventuales en Japón son féminas).

Un tercio de los japoneses vive solo y un tercio de los trabajadores son temporales; dato éste último que a los españoles no nos habrá de dar ni frío ni calor, pero que para Japón en la expresión de un cambio radical: la ryudoka, flexibilización. Flexibilización, para los japoneses, como para nosotros, es sinónimo de pérdida de un esquema de reglas fijas en el que cada parte cumplía sus cometidos en beneficio común. Que ese esquema, en el caso nuestro, provenga de unos tiempos que rechazamos (la dictadura de Franco, que fue también el Sangri-la del empleo fijo y  el despido caro) no nos hace, paradójicamente, menos dolorosa la pérdida.

El punto fundamental del cambio operado en Japón es la destrucción del ciudadano como ser social. Los japoneses le llaman a esto muen shakai: la sociedad sin relaciones. Éstas se establecen y se rompen con elevada voñatilidad, o nunca se establecen, como bien demuestra ese dato de que uno de cada tres japoneses no vive con alguien. Las nuevas tecnologías no han ayudado a quebrar esta evolución, si acaso la han empeorado, al crear un mundo virtual de contactos por medio del teléfono móvil.

En una afirmación de ciertas resonancias franquistas, Allison nos recuerda que el ya viejo Japón de posguerra se basaba en tres pilares: la familia, la empresa y la escuela. El bienestar era algo recibido a cambio de trabajar duro y respetar las reglas. La consideración de la mujer como «gerente de la casa» era tan evidente que, hasta hace 1986, el abandono del puesto de trabajo por maternidad era obligatorio. Todo ese sistema de trabajo colapsó con el enorme pinchazo de la burbuja japonesa en 1991, introduciendo el concepto, hasta entonces desconocido en la cultura socioeconómica nipona, de la precariedad; hasta el punto de que en este libro se encontrarán pocas referencias al proletariado, pero muchas al precariado. Entre los japoneses más jóvenes, el sarariman ha sido sustituido por el furita, que es un trabajador que encadena una serie elevada de trabajos distintos, temporales y de corto plazo. El furita está sujeto a una incertidumbre de la que carecía el sarariman y, consecuentemente, ya no afronta los mismos proyectos que éste, notablemente la formación de la familia. La población japonesa, como es bien sabido, está reduciéndose, en gran parte porque Japón, a pesar de todo, sigue siendo una sociedad hondamente racista, que, como también se explica en este libro, importa miles de profesionales indonesios y de otros países para trabajar como cuidadores, pero les somete a unas reglas tan estrictas para poder quedarse que, en la práctica, casi todos los que van, acaban volviendo.

La palabra maldita es haken, trabajador temporal. Básicamente, porque el trabajo temporal es una realidad que ha venido a combinarse con otra, de salarios a la baja, que hace que dos tercios de las personas sin hogar sean trabajadores temporales (página 32). Incluso por encima de esta realidad de los sin techo, la realidad de las cosas impulsa a las personas, como se ha dicho, a llevar una vida solitaria sin proyectos familiares, lo cual dibuja el entorno de una sociedad shoshikoreika: shoshika, esto es baja natalidad; y koreika, esto es elevada longevidad. Japón envejece.

En mi opinión, el punto de mayor tensión argumental de este ensayo se alcanza cuando la autora se aplica a analizar las nuevas formas de adaptación a esta realidad que se producen en la sociedad japonesa, fundamental, aunque no exclusivamente, entre los jóvenes. Estas realidades son muy importantes a la hora de valorar el punto de ruptura de valores en que se encuentra el país. Es el caso, por ejemplo, de los netto kafe nanmin, algo así como los refugiados de los cibercafés. Hay que entender que muchos cibercafés o cafés dedicados al manga en Japón ofrecen un alojamiento barato y a la vez precario, por noches. Incapaz de pagar otro tipo de residencia, el refugiado de cibercafé, aquellas noches que tiene dinero para ello, alquila uno de estos espacios. Algo más conocida en Occidente es la figura de los hikikomori, normalmente personas jóvenes que se quedan en casa de sus padres por no poder pagarse un futuro; pero no sólo hacen eso sino que, en la práctica, se encierran en su habitación, rechazando casi cualquier tipo de relación social (o familiar, incluso), con la única compañía de sus amigos virtuales en la red, o los imaginarios de los videojuegos.

El primer paso de los hikikomori es el futoko: el rechazo a la escuela. La mayor parte de estos chicos, que han sido definidos como «homeless en casa», empieza por dejar de ir a clase, tal vez por rechazo al ambiente competitivo, tal vez por otras razones como estar siendo objeto de algún tipo de acoso. Las propias estimaciones oficiales afirman que no hay menos de un millón de hikikomori en Japón. La mayoría de estos exiliados sociales es hombre, pero eso no quiere decir que a las mujeres les vaya mejor. En realidad, la mujer es el espécimen social japonés sometido a una situación más difícil. A día de hoy, y a pesar de la crisis o tal vez por ella, el 85% de las adolescentes japonesas (página 68) sueña con ser un ama de casa full-time, como sus madres, o sus abuelas. La segunda gran opción de vida es trabajar en la industria del cabaret nocturno. El de las mujeres en Japón, pues, parece ser un horizonte binario, sin la escala de grises que cabría esperar en una sociedad desarrollada.

El conjunto del ensayo destila, en mi opinión, una clara corriente crítica hacia la ryudoka y, más específicamente, hacia la llamada hecha por el Gobierno japonés, a mediados de la década de los noventa, hacia la necesidad de incrementar la jiko sekinin, es decir la responsabilidad personal. Una de las tesis del ensayo, cuando menos en mi interpretación, es que la colocación de los individuos de la sociedad japonesa frente al reto de proveer para sí mismos donde hasta entonces lo había hecho el Estado o, mejor, el Sistema (formando el empleo para toda la vida parte de ese Sistema) es el culpable de las muestras de patología social que se pueden ver por doquier hoy en Japón. Debo decir que yo no comparto este análisis. El llamado a la jiko sekinin se produjo en 1995, esto es en un momento en el que la sociedad japonesa llevaba ya cuatro años en caída libre. La reacción a favor de la responsabilidad personal producida en ese momento se asemeja bastante al apresurado abandono de la energía nuclear que se pretende tras la catástrofe de Fukushima (que opera ahora como catalizador de todos estos males que ya existían antes que ella): es una lógica reacción en caliente que busca mitigar, ya que sabe que es imposible parar, la hemorragia. Pero culpar a la sutura del sangrado, culpar al desfibrilador de la muerte del infartado, es algo que no tiene, a mi modo de ver, demasiada lógica. Una parte no desdeñable de las personas que son sometidas a las descargas de un desfibrilador no sobrevive a la experiencia; pero haberse fumado un cartón diario de Marlboro durante cuarenta años tiene bastante más que ver con esa desgracia que el aparatito de marras.

Y digo esto porque Precarious Japan es una lectura interesante, y es por eso que la recensiono, en el hoy de España. ¿Puede España terminar como Japón; podemos estar en las puertas de encontrarnos el casco antiguo de Cuenca petado de hikikomori alcarreños? Hombre, lo dudo. Las estructuras sociales son distintas, el colapso del modelo distinto, y las reacciones culturales, también. Pero, aun así, existen muchas cosas que nos identifican.

España también se está enfrentando al final de un modelo, que ya no va a volver. Y no, no es la burbuja inmobiliaria. El estallido de nuestra burbuja inmobiliaria es nuestro Fukushima particular: un hecho que profundiza lo que nos pasa, pero no lo crea, porque el colapso ya estaba ahí. Lo que lleva colapsando en España más o menos desde hace un cuarto de siglo es el modelo ecosocial de nuestra dictadura. Porque, en una intentona que, la verdad, tiene toda la lógica, cuando llegó la democracia lo que intentamos los españoles fue quedarnos con lo que nos gustaba de la herencia de Franco, cambiando lo demás. Hasta que ha llegado una crisis que, además, nos ha pillado dentro del club del euro, lo cual nos ha impedido resolverla devaluando, hemos vivido en un sistema laboral en el que las bajadas de sueldo, a pesar de ser legales (nunca ha habido nada en el Estatuto de los Trabajadores que impidiese negociar salarios a la baja nominal), nunca se producían. Como los más viejos del lugar recuerdan, hasta el 2007 la discusión salarial, en todas partes, se centraba en la opción entre aumentar, mantener o perder poder adquisitivo; siendo la última de estas opciones equivalente a subir los sueldos por debajo de la inflación o, todo lo más, dejarlos como estaban (crecimiento cero). La opción de responder a una caída de la demanda, a la producción de tales o cuales circunstancias negativas, bajando la retribución, no se contemplaba, cuando menos en los trabajadores por cuenta ajena sometidos a negociación colectiva. En las últimas décadas de la Historia de España hemos vivido casos tan increíbles como los de las hulleras públicas, que perdían por todos los costados y aun así pactaban un año tras otro aumentos, siquiera nominales, de los sueldos.

De Franco nos quedamos con un mercado laboral tan rígido que después de cuatro décadas de bombardeo de protones flexibilizadores sigue siendo uno de los más gruesos de Europa; nos quedamos el concepto de la representación orgánica (cuotas partidarias para todo, sea ese todo el gobierno de los jueces, de la energía, de los medios de comunicación públicos; y sindicatos que son representativos per se, no por mor de su militancia); nos quedamos con el concepto de una economía estatalizada (salud pública, pensiones públicas, transporte público, marco eléctrico público... que todo aquello que hayamos podido soltar -telecomunicaciones, sector aéreo, etc.- lo ha sido por imperativo bruselense). Hemos conservado estas estructuras, provocando una resistencia al cambio tan relapsa que, finalmente, hemos generado un entorno de doble penalización: penalización por la ineficiencia per se del sistema, y penalización porque las reformas a medias no hacen sino generar costes sin beneficios. Dicho de otra forma, nos obstinamos en seguir con gripe y, por eso, pudiendo tomar paracetamol, apenas aceptamos tomar aceite de ricino y, como corolario, ya no estamos ni con gripe ni sin gripe, sino con gripe, y encima vomitando.

La sociedad española, de hecho, está tan angustiada ante el hecho de que el esquema de funcionamiento que desea se esté yendo por el desagüe que ha hecho lo que toda sociedad amenazada hace siempre para poder sentirse mejor: buscar un enemigo. Ese enemigo, y en esto la reacción social española se abrocha un poco con muchos de analistas y activistas sociales japoneses a los que este libro da voz, ha sido el llamado neoliberalismo. Estamos donde estamos, dice la tesis, porque la economía es rabiosamente capitalista. ¿Rabiosamente capitalistas las cajas de ahorros, entidades de crédito gobernadas por los mismos que en el otoño del 2008 iban a «reinventar el capitalismo»? ¿Rabiosamente capitalista el mercado laboral, intervenido por la regulación en forma de decenas y decenas de formas de contratación? ¿Rabiosamente capitalista el sistema eléctrico español, en el que el juego de la oferta y la demanda pesa la mitad que las decisiones administrativas? ¿Rabiosamente capitalista la burbuja inmobiliaria, cuya base de existencia es una decisión pública llamada ordenación del territorio, y que para su producción establece como conditio sine qua non la colaboración de una persona llamada alcalde? ¿Rabiosamente capitalista un país donde los burócratas deciden cuándo abren los comercios, cuándo hacen rebajas? No es casualidad que en España, cada vez que nos acerquemos a algo que ha fallado en nuestra economía, nos encontremos con un subsistema que tiene de liberal, de desregulado, lo que Melendi de activista de la Ley Seca.

Precarious Japan me parece un libro interesante para ser leído con ojos hispanos porque, a pesar de las enormes diferencias culturales y sistémicas que pueden detectarse entre ambas realidades, hay dos cosas muy importantes a tener en cuenta por nosotros. La primera, un futuro posible; porque nosotros podemos caer en la misma espiral en la que está cayendo Japón. La segunda, una reflexión compartida sobre cuáles pueden ser las vías de salida de dicha espiral, asunto en el cual, como digo, probablemente mi análisis no coincida mucho con el de la autora.