lunes, enero 27, 2014

Galiza ceibe (8)

Las divisiones que generó en el grupo parlamentario gallego la discusión sobre la forma de Estado que debía adoptar España hicieron caer en el olvido el tenue borrador de Estatuto que había redactado la ponencia controlada por la ORGA tras la asamblea de junio que, hemos de recordar, prefirió preterir otros proyectos más sólidos, y también valientes, procedentes de otras instituciones gallegas.

Como ya se ha insinuado en estas líneas, antes de que la Constitución fuese aprobada, todavía hubo un intento más de presentar ante el Parlamento de Madrid un proyecto de estatuto gallego. Se trataba de un texto todavía más limitado que el anterior y que fue elaborado por varios parlamentarios gallegos en el mes de octubre de 1931 y que buscaba adaptar el proyecto de la ORGA a las reglas de juego marcadas en la Constitución. Este proyecto, sin embargo, decayó por la abierta hostilidad que le recetó el Partido Socialista, y el escepticismo de muchos radicales.

Es el fracaso de este proyecto de estatuto el que mueve a los inquietos nacionalistas del grupo de Pontevedra a defender la idea de que hace falta crear un partido verdaderamente nacionalista que, al revés que el Partido Nazonalista Repubricán, sea capaz de superar las estrechas fronteras de un localismo como el de la formación orensana. A finales del mes de noviembre de aquel primer año de República se crea un Comité Xeral do Partido Galeguista, presidido por Pedro Basanta, en el que ocupa la secretaría Alexandre Bóveda. Este comité convoca una asamblea de todas las organizaciones nacionalistas gallegas para el 5 y 6 de diciembre. Esta asamblea, celebrada en Pontevedra, será la séptima, y última, de las Irmandades da Fala, y la primera del Partido Galeguista.

Quien esté pensando en un acto multitudinario, que se lo quite de la cabeza. A aquella asamblea asistieron 80 personas, algunas de las cuales, además, lo hacían a título meramente individual, esto es sin ostentar la representación de grupo alguno. Había tres diputados nada más (Otero Pedrayo, Castelao y Suárez Picallo), lo cual nos da una perfecta medida de que no era aquél un movimiento de gusto para la ORGA.

La asamblea fue un éxito, porque logró arrancar de sus participantes la demanda de la unidad y, consecuentemente, los colocó a todos bajo el paraguas de la nueva formación. Sin embargo, el PG siempre tendría en este éxito su principal problema, el problema sempiterno del nacionalismo gallego. Porque la idea nacional de Galicia se mueve, históricamente, y esto afecta también en buena parte al presente, entre dos alternativas, ninguna de las cuales termina de ser buena. La primera alternativa es la de aquel PG, esto es, sustantivarse en organizaciones que abarcan en su seno sensibilidades tan distintas (aquel Partido Galeguista acumulaba desde tradicionalistas casi carlistas hasta marxistas) que le resultará difícil pisar firme, dando la impresión de ser un partido y varios a la vez. La otra opción del nacionalismo gallego es fragmentarse en tantas piezas como sensibilidades, esto es reconocer sus diferencias y, en reconociéndolas, debilitarse.

Buscaba el PG ser un partido de funcionamiento plenamente democrático (bastante más que la ORGA, sin ir más lejos), conformado por grupos galeguistas existentes en cada localidad, con al menos diez miembros. Estos grupos elegían compromisarios que participarían en la Asamblea, que tenía la total soberanía de definir la línea política (una previsión lógica en una formación que, como decimos, albergaba tantas diferencias). Había un Consejo Ejecutivo formado por 15 personas. El semanario A Nosa Terra se convirtió en su órgano portavoz.

El crecimiento del PG fue espectacular. Pero tampoco nos llevemos a engaño: fue espectacular, dentro de su modestia. Comenzó su andadura, en 1931, con unos 750 afiliados, y en 1936, cuando estalle la guerra civil, tenía casi 4.600.

El Partido Galeguista abogaba por la autodeterminación de Galicia dentro de la forma republicana; no era, pues, una formación independentista. Solicitaba la cooficialidad del gallego y del castellano y, muy específicamente, la total cesión de las competencias para que Galicia se pudiese gobernar a sí misma en materias pedagógicas. En materia financiera, y de una forma un tanto suicida en mi opinión, abogaba por un sistema de concierto con el Estado. Y digo suicida porque los conciertos suelen pedirlos las tierras ricas, no las tierras pobres.

En galleguismo obtuvo una decidida mejora de su apoyo social durante la república. Los 53.000 votos redondos conseguidos en 1931 (y sólo en Orense y Pontevedra) se convirtieron en 120.000 en las elecciones que ganaron las derechas en 1933, y casi 290.000 en las del 36; aunque ya se sabe que esas elecciones, muy notablemente su segunda vuelta, no son muy de fiar en el conteo de sus votos; tanto, que a día de hoy, y me parece que ya para siempre, sus resultados no son oficiales.

En Orense, la creciente popularidad de Calvo Sotelo y las formaciones de derechas (junto con el aislacionismo tradicional de los nacionalistas) provocó ciertas marchas atrás respecto de los resultados de 1931. En Lugo, el nacionalismo permaneció como la última formación votada. Sin embargo, en La Coruña y Pontevedra se produjo su gran evolución, ya que en 1936 fue la segunda opción más votada en Coruña, y la primera en Pontevedra. Lo más importante es que en estas provincias, ya en el 33, el nacionalismo logra superar al PSOE en las minorías y, consecuentemente, se convierte en una fuerza de gran importancia para inclinar la balanza a favor de unos o de otros.

Como no podía ser de otra manera, la principal obsesión del PG será, desde el principio, apañar un estatuto de autonomía para enviarlo a las Cortes. La primera decisión del Consejo Ejecutivo nada más constituirse el partido es enviar el proyecto de Estatuto surgido de la asamblea de La Coruña a las cuatro diputaciones, buscando su consenso. El ayuntamiento de Santiago convoca el 27 de abril de 1932 una asamblea. Ésta se celebra el 3 de julio y aprueba un anteproyecto, redactado por dos miembros de la ORGA, cuatro galleguistas y tres nacionalistas históricos, que es sometido a información pública (4 de septiembre). Como nota al margen, y para que se vea que no hay nada inventado, el tema que más polémica suscita en este trámite de enmiendas es el de la capitalidad de la comunidad, que unos quieren ver en Santiago, y otros en La Coruña.

Finalmente, los días 17 al 19 de diciembre de aquel año de 1932, en Santiago, se celebra la magna asamblea de municipios, que ha de elevar a definitivo el proyecto. De los 319 municipios gallegos de entonces, asistieron 227. Se opusieron al proyecto 76 de ellos, correspondientes a 399.668 habitantes; mientras que lo votaron a favor 243 municipios en los que vivían 2.058.632 gallegos. De esta manera, con un 77,4% de los municipios representativos del 84,7% de la población, se cumplían las previsiones constitucionales para aprobar el proyecto, al que ya sólo le quedaba el trámite de referendo.

Este último trámite, sin embargo, se reveló más complicado de lo inicialmente previsto.

Se creó una Comisión de Propaganda del Estatuto, en la que participaban en PG, el Partido Republicano Gallego (nuevo nombre de la ORGA), y Acción Republicana. Sin embargo, de ese carrito tirarán sólo los galleguistas. La ORGA y AR no se mostraban nada convencidas de la pertinencia de convocar el referendo. Al proyecto de convocar el referendo ni siquiera le sirvió que al frente del Ministerio del Interior fuese nombrado Santiago Casares, entre otras cosas porque, como ya he escrito, en realidad el coruñés tenía escasísimas veleidades autonomistas. El PG va perdiendo progresivamente la paciencia hasta que, en mayo de 1933, realiza una interpelación en las Cortes por intermedio de sus diputados. Esa presión acaba por torcer el brazo de Casares y de Azaña, y el 27 de mayo de 1933 se publica el decreto que regula el referendo; decreto que será casi violentamente criticado por los nacionalistas por su excesivo intervencionismo cuando, venían a decir Castelao y sus compañeros, a vascos y catalanes se les permitía convocar sus consultas como les apeteciera. En realidad, el retraso parece ser que tenía que ver con que el gobierno de Madrid no quería dar un paso en favor del referendo antes de las elecciones municipales parciales de abril, en las que ya se dio la primera hostia, que sería doble hostia en las generales de noviembre.

En el mes de julio, el Comité Central de la Autonomía, a pesar de sus muchas reticencias hacia el decreto, hace de tripas corazón y, con la única ausencia de los socialistas, aprueba la celebración de la consulta en septiembre. Sin embargo, el hecho de que el PG es el único que realiza propaganda (el único interesado, en realidad) y que se convocan las elecciones de noviembre, deja esa convocatoria clasificada en el cubo de basura de la Historia.

Producidas las elecciones del 33, ésas en las que inesperadamente las izquierdas perdieron su república y que provocaron en Azaña, Martínez Barrio, Gordón y otros políticos de la izquierda burguesa ideas que sólo con mucha imaginación y mucho ron Pampero pueden calificarse de respetuosas con la democracia, el Comité Central de la Autonomía gallega convocó asamblea en Santiago para el último domingo de noviembre y el primero de diciembre. En dicha asamblea, a la vista del menor apoyo recibido por las opciones galleguistas, y de la fragmentación y divisiones internas del propio movimiento nacionalista, se decidió aplazar la consulta sine die.

¿Divisiones? Pues sí. En los primeros meses de 1932, el movimiento nacionalista nucleado por el PG había sufrido una escisión sin grandes consecuencias, la de la Vangarda Nazonalista de Alfonso das Casas. Sin embargo, conforme terminó aquel año y comenzó 1933, el sector más tradicionalista del nacionalismo gallego comenzó a sentirse crecientemente malquisto con la hostilidad hacia la Iglesia y las movidas obreristas. De hecho, la deriva que tomaban las izquierdas de la República movía cada vez más a Vicente Risco y su gente a abrazar el aislacionismo que les había caracterizado antes de la República.

La asamblea del partido de 21 de octubre de 1933, en Santiago, es el teatro en el que estas diferencias se hacen dramáticas. Con las elecciones de noviembre justo delante, los tradicionalistas consiguen convencer al resto de sus compañeros de que el nacionalismo debe presentarse solo a las elecciones. Aquella idea fue letal para el Partido Galeguista que, simple y llanamente, lo perdió todo, pues quedó sin representación parlamentaria.

1934 fue, como sabemos, un año muy interesante. Para España entera, y para Galicia también. Como contaremos pronto.