jueves, enero 23, 2014

Francisco Franco como problema histórico

La publicación de los resultados de la inocente encuesta con que he querido celebrar los 1.000 artículos de mi blog ha planteado inmediatamente, léanse los comentarios, un sub-debate hijo del debate, que sucintamente se puede resumir con la pregunta: ¿estará Franco ahí, donde está hoy, dentro de cien años?


Por desplegar el argumento, si he entendido bien a mis corresponsales: ninguno de ellos tiende a poner en duda el hecho de que hoy, enero del 2014, haya que reconocer que el ferrolano es uno de los personajes más importantes de la Historia de España; lo que está en discusión es si lo seguirá siendo cuando haya pasado tanto tiempo entre, por ejemplo, el momento de la encuesta y el reinado de Fernando VII, no digamos de la ganadora, Isabel de Castilla. La pregunta es atractiva, muy atractiva. Y es por eso que yo me he animado a echar mi cuarto a espadas, pero las cajitas de los comentarios no me llegaban.

Franco era gallego, y yo también. La pregunta, para mí, no tiene más que una respuesta gallega: depende. En realidad, depende de nosotros enterrar a Franco en el limbo de los personajes sólo escasamente importantes para nuestra Historia. Depende mucho de la actitud que adoptemos, no los que estamos aquí, sino los que estarán dentro de algún tiempo. Para mi es bastante claro que la generación actualmente adulta va a legar a las siguientes una visión de sí misma, de su país y de su Historia, muy influenciada por el franquismo. Si esa vía se va a virar o no, como digo, ya no depende de los que hoy escribimos, o leemos.

Esto es así porque las trazas del franquismo en nuestra vida actual son muchas y muy profundas. Cuando las acusaciones contra el ex juez Garzón estaban en sazón, uno de sus grandes amigos en la profesión, el fiscal Villarejo, hizo, si no recuerdo mal, una soflama en un acto universitario en la que vino a decir que las estructuras de poder en España seguían siendo las del franquismo, y bla. Personalmente creo que Villarejo, aquel día, como otros muchos, exageró cantidubi. Pero, de alguna manera, tiene, en parte, razón. Pero no por el flanco que él espera.

Dudo mucho que las estructuras de poder actuales sean las del franquismo. Quien diga eso, probablemente, no ha conocido, ni sufrido, las estructuras de poder del franquismo, que lo controlaban todo, hasta el precio al que se importaba el café. Pero eso no quiere decir que Franco no nos esté condicionando. Nos condiciona, y mucho, en el presente. Y, como decía, si dentro de cien años, cuando Números haga su encuesta, nos va a condicionar o no, depende mucho de cómo evolucione la cultura política y social española.

Voy a intentar listar los que para mí son los elementos clave que nos ha dejado el franquismo.

En primer lugar, el franquismo, por el mero hecho de existir, nos escamotea el debate de fondo que debiéramos abordar como españoles, que es el debate sobre la guerra civil. Cuarenta años de dictadura ejercida por el general ganador de la guerra con el apoyo básico de los militares que ejercitaron dicha victoria nos provee de un cubo de basura ideal para echar en él toda la mierda de la que no queremos hablar. El verdadero proceso de memoria histórica es un magma del cual el famoso tema de las fosas es una esquina del cacho de la mitad de un trozo. La historiografía alemana o sobre Alemania ha escrito páginas y páginas sobre la violenta personalidad de los nazis; pero ha escrito mucho más sobre el proceso de sicología social, sobre las fuerzas culturales e ideológicas, muchas de ellas obrantes entre los germanos de siglos atrás, que llevaron a aquella sociedad a, en palabras de Ian Kernshaw, compartir el hubris de su canciller, gesto que les llevó aparejado, lógicamente, el tener que compartir su nemesis. Nosotros, en cambio, nos parecemos más a los italianos que, como nosotros, a veces escriben libros en los que da la impresión que Mussolini fue un tipo listo, colocado en Italia por una nave de romulianos, que les engañó a todos.

La guerra civil es el definitivo fracaso de un proceso que empieza mutatis mutandis, y en esto estoy de acuerdo con Números, con Fernando VII. La Revolución Francesa, y su proceso de reciclaje llamado Imperio, coloca actores nuevos en el panorama del destino de las naciones, pero también tiene consecuencias probablemente inesperadas para muchos de sus impulsores; entre las más importantes, la creación del golpe militar como elemento de la ecuación del poder. A partir de la Revolución Francesa, ya nadie juega limpio; y el proceso nos llega a nosotros de una forma traumática y muy difícil de digerir; un proceso casi esquizofrénico en el que primero echamos del país a unos tipos para luego aplicarnos a intentar aplicar sus ideas. Siglo y medio después, la historiografía franquista, no pocas veces, reivindicará los valores de quienes se oponían al proceso, de quienes defendían la monarquía tradicional y absoluta, lo cual es uno más de los muchísimos síntomas que podemos aportar de que ese proceso tan complejo no es cosa de principios del siglo XIX, sino que todavía sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso.

En la guerra civil, este choque de placas tectónicas producido por un terremoto de la máxima escala Richter histórica como es la RF, hace crisis definitivamente. Progresismo y conservadurismo españoles han aprendido a lo largo de un siglo entero a vivir en sendas cavernas y el experimento para hacer su convivencia tratable, el sueño de Cánovas, acaba saliendo mal pues, como dicen a veces los ingleses, el Fiat podrá ser un coche tecnológicamente perfecto, pero no hay que olvidar que lo conducen italianos. El canovismo es un montaje teórico que luego cae en manos de Moret, de Maura, de Dato, de Romanones, de La Cierva, de Cambó, de Alba; de algunos de los políticos más maniobreros, si no corruptos, de nuestra Historia.

La guerra civil plantea el problema histórico, o filosófico, o ambas cosas, de por qué los españoles, cada vez que tenemos entre manos un tema que verdaderamente nos interesa, nos tenemos que pegar. Por qué en España nunca han existido, ni llevan trazas de existir, grandes coaliciones, ni gobiernos de concentración nacional, ni espacios de diálogo. Los únicos que han hecho este ejercicio son los perdedores de esa guerra; y tampoco es que lo hicieran que lo flipas de bien, porque sus reflexiones acabaron derivando en una serie de querellas entre ellos, socialistas expulsándose mutuamente de partido, republicanos reprochándole a los demás haber abandonado la idea republicana, anarquistas dividiéndose en facciones y capillas; y todos ellos, o casi todos, poniendo a parir a los comunistas. Los escritos de un Indalecio Prieto, o de Araquistain, o de Peirats, de Gordón Ordax, tienen esa misma pátina en el fondo autojustificativa que tienen, en el bando ganador, los de Ridruejo o Laín. Como bien dice Andrés Trapiello, cuando se leen recuerdos de la guerra civil, jamás se encuentra uno con una página donde diga: «yo maté». Y esto es así, en el fondo, gracias a Franco, a su existencia, y a su longevidad.

Franco nos provee de la Gran Disculpa: fueron los militares, que se reunieron con cuatro curas y otros tantos millonarios en el reservado de un restaurante, y lo montaron todo. España vivió ajena a las maniobras de estos antiespañoles que lo urdieron todo en su estricto beneficio. España, por lo que se ve, cuando los militares decidieron dar el golpe, estaba a piques de construir una paz social suiza, un consenso social sueco y un progreso chino, todo a una vez; pero estos cabrones lo cambiaron todo.

Franco condiciona la Historia de España, en primer lugar, porque la borra. La diluye. Si los alemanes saben, en la medida que se pueden saber cosas que por su subjetividad son inabarcables en una sola tesis, por qué se volvieron locos y acabaron aceptando a un Jefe que les decía que una persona retrasada (léase judío si se prefiere) tenía la potencialidad de generar doce retrasados más y que por eso había que esterilizarla, o matarla; si ellos saben por qué hicieron eso, nosotros, en realidad, después de 50.000 libros sobre la materia, seguimos sin saber, en puridad, por qué nuestros abuelos, abuelos rojos, abuelos azules, arrastraron a vecinos suyos atados a un carro hasta la muerte; o mataron a sus enemigos para después entregarse a ordalías pleistocénicas en las que destrozaban los cadáveres a navajazos; o los mataban por una frase, por un gesto, por un detalle ocurrido tal vez décadas atrás, por un conflicto de lindes que una vez tuvo su tatarabuelo; o marcaron a las mujeres que no les gustaban rapándolas el pelo; o les dieron a sus prisioneros aceite de ricino, por pura diversión, para que no pudiesen evitar cagarse mientras andaban.

El periodista anarquista Eduardo de Guzmán vio a un hombre, alcalde de un pequeño pueblo durante la República, que, en el puerto de Alicante, cuando tuvo claro que no vendría ningún barco a llevárselos y que caerían en manos de las tropas italianas, se degolló él mismo hasta morir. Cada vez que leo ese pasaje, me pregunto qué tipo de pasado tenía que llevar a sus espaldas aquel hombre para tenerlo tan claro; porque uno no se rebaña el cuello a sí mismo por unas ideas, o no solo. Esa imagen plantea una pregunta. Pero esa pregunta está enterrada bajo una losa de dos toneladas, en el Valle de los Caídos. Nosotros, los españoles, no nos la hacemos, porque hemos encontrado la perfecta respuesta cómoda: fue Franco.

En frase bien conocida de George Santayana, los pueblos que desconocen la Historia se condenan a repetirla. La Gran Disculpa Franco tiene el gran problema de que, al habernos hurtado el doloroso autoanálisis que debiéramos haber hecho y no hemos hecho, nos coloca en peligro de volver a cosernos a navajazos, de volver a arrastrarnos por las piedras, de volver a marcar públicamente a aquéllos que no nos gustan. De volver, en suma.

Hay más. La vigencia del franquismo no termina ahí. La vigencia del franquismo tiene que ver, también, con su metífera influencia en el modo de hacer política en España. Y no me refiero a los políticos, que son más o menos como en todas partes, sino a los votantes. A nosotros.

El voto en España es un voto fundamentalmente ideológico. O, si se prefiere, en España se vota un poquito por acción, y un mucho por reacción. Las personas suelen tener clara su ideología; normalmente, piensan que los partidos que la representan no hacen las cosas bien, y por eso su voto es de acción mitigada. Pero es decididamente de reacción porque lo que sí tiene claro el votante español es contra quién o qué vota. Cuando un político llega a donde sea que llegue (el gobierno, la oposición) aupado en los hombros de gentes que, mayoritariamente, no le quieren a él, sino que no quieren a otro, automáticamente se da cuenta de que el diálogo, la mano tendida, la normalización de relaciones, no le va a llevar a ninguna parte. Sus votantes quieren un poco verle triunfar a él y un mucho ver fracasar a los otros. Y eso es lo que él les tiene que dar. Pan y circo.

Esto es franquismo reciclado. Simple. El gran argumento político de Franco, conforme pasaba el tiempo, siempre fue el mismo: 5, 10, 15... y así, hasta 40 años de Paz. La palabra más encumbrada por el franquismo no es España, ni es Patria; es Paz. La Paz franquista, esto es, la Ausencia de El Otro. Porque Franco es el primer guerracivilista de la posguerra civil. El primero que considera que los españoles están condenados a pelearse siempre, y es por eso que la única acción de gobierno racional es eliminar a una de las mitades para que, así, la pelea no sea posible. Con la única excepción del cardenal Enrique y Tarancón y, tal vez, el primer Adolfo Suárez, nadie, repito, nadie en la Historia de España posterior a Franco, nadie en nuestro presente, y nadie es nadie, ha superado este concepto. El concepto de que la paz y la prosperidad de España descansan en la Ausencia de El Otro está en el felipismo (y, sobre todo, en el guerrismo), está en el desempeño casi chulesco del aznarismo, está en el zapaterismo, en el pacto del Tinell, en los saltos mortales realizados por gobiernos tripartitos y cuatripartitos que se cagan y se mean en las urnas. Está por todas partes en la España reciente y en la España actual.

Cuando la casualidad y la coyuntura (cuya arbitrariedad es una de las razones para rechazar la monarquía como forma lógica de gobierno) colocaron, a principios del siglo XIX, la sucesión al frente de España en una situación dudosa y ampliamente discutible, las dos fuerzas que estaban detrás de cada uno de los bandos contendientes, progresismo y conservadurismo, se fueron a sus correspondientes cavernas. Allí seguían el día que Franco fue votado generalísimo de los ejércitos nacionales, y Franco, cuando ganó la guerra, y durante cuarenta años, no gastó ni un minuto de su vida en plantearse seriamente solucionar eso. En realidad, lo empeoró. Y, empeorándolo, dejó como testamento, no los floripondiosos deseos de su testamento político, sino: una izquierda sectaria, una derecha acomplejada pero no por ello menos cavernaria, unos nacionalismos situados en el terreno de lo disparatado, y una sociedad dispuesta a abrazar, en cada caso, uno de estos tres modelos con la pasión de un derviche.

A finales de los noventa, en medio de una situación económica comprometida, los suecos se enfrentaron a la idea de que tenían que reformar su sistema de pensiones. Las posiciones estaban muy claras. La mayoría de los políticos de la derecha querían un sistema a la chilena, esto es, gestionar las pensiones a través de productos de capitalización. El Partido Socialdemócrata, y desde luego otras formaciones más a su izquierda, quería el mantenimiento de un sistema público de reparto a ultranza. El resultado de aquellas negociaciones fue que el sistema de reparto se mantuvo como el elemento principalísimo del sistema (aunque reformándolo para convertirlo en un sistema de cuentas nocionales; pero ése es otro tema); pero, al mismo tiempo, se creó un sistema, el denominado Premium Pension, por el cual dos puntos y medio de la cotización obligatoria deben ser emplazados por el ciudadano en un producto de capitalización.

En otras palabras: los suecos tomaron dos posiciones diametralmente enfrentadas, buscaron un punto medio, y se sentaron allí.

El informe anual sobre el sistema de pensiones sueco lleva el nombre de Orange Report, o Informe Naranja. Aquí os dejo una copia de la portada del del 2007.


Doy por hecho que sabéis de sobra quiénes son las dos personas que salen en esta foto (¡quién no lo sabe!), pero aun así os lo digo. Ella es Christina Husmark Pehrsson, responsable de estos temas en el Partido Moderado. En español podríamos decir: Fátima Báñez. Él es: Thomas Encroth, entonces responsable en el Parlamento sueco de políticas sociales y pensiones del Partido Socialdemócrata. En español podríamos decir: Valeriano Gómez, el ex ministro del PSOE.

La foto es muy sueca (él sentado y ella de pie; igualdad de sexos hasta para posar). Pero la pregunta es: ¿creéis posible esta foto en España? ¿Creéis posible un informe público, detallando la evolución y resultados de una reforma de gran calado para la sociedad y economía españolas, en cuya portada aparezcan posando, sonrientes, Fátima Báñez y Valeriano Gómez?

En la respuesta tenéis la vigencia del franquismo.

¿Tendrá vigencia dentro de cien años? Pues eso, como decía, depende. Depende de lo listos que seamos capaces de ser. Pero las perspectivas no son muy buenas, aunque sólo sea porque la libertad de criterio nace de una buena educación; y la educación de los españoles la deciden esos mismos profesionales que han hecho de la caverna su profesión. España, tal es mi pesimista visión, es una fábrica de cavernarios que, además, está encantada de serlo.

Es lo que hay.