miércoles, noviembre 27, 2013

Una carta al Padre Santo

Padre Santo:

Me disculparás que me dirija a ti en estos términos. Soy un antiguo y, como lo soy, pienso, como pensaba Mariano de Cavia, que no compete referirse a un Papa obrante llamándolo Santo Padre. En todo caso, será Padre Santo, porque lo de Santo Padre hay que currárselo, y no todos los Santos Padres lo han hecho.

Te escribo para contarte lo mucho que me ha ha gustado la lectura de tu primer exordio propio a los fieles, la Alegría del Evangelio. Creo que, a pesar de adolecer de algunas fallas de conocimiento, es muy interesante. Y levanta ilusiones, incluso entre los no católicos. Yo te explico.


Primero, eso sí, hay que hablar de algunas cosas que afirmas que, como te digo, no sé si están del todo bien trabajadas desde el punto del conocimiento. En los parágrafos 55 y 56 de tu documento, además de en alguno más siguiente, estableces una crítica al actual sistema económico, acusándolo de haber creado un nuevo becerro de oro en el dinero y, sobre todo, de estar apoyado en ideologías que propugnan una absoluta autonomía de lo financiero, negándole al Estado su competencia como regulador y supervisor en aras del bien común. La primera de las afirmaciones llama la atención. Si tú mismo, en tu documento, al describir la adoración por el dinero, acudes a una cita del libro del Éxodo, ya deberías haber tenido dentro de la cabeza la pista de que eso de «nuevo» del culto al dinero es más que opinable. Eso que tú llamas el culto al dinero no es algo que haya comenzado a pasar ni hoy, ni hace un mes, ni hace diez años, ni hace un siglo. Viene de mucho antes y se ha producido durante mucho tiempo; tiempo a lo largo del cual, y te diré, si me lo permites, que echo de menos esta referencia en tus escritos, la institución sobre la que tú reinas se ha colocado la primera en la manifestación. Porque supongo que no creerás que Miguel Ángel, Bernini, y los artistas que hicieron las obras que se enseñan en el Museo Vaticano, trabajaron gratis.

La segunda cosa que hay que comentar de tus palabras es bastante más importante. Hablar de autonomía financiera y de negación del papel de tutela del Estado es, perdona que te lo diga, hablar desde la inopia en estos temas. Te sorprenderá saber que en todo el mundo económico no hay un sector más regulado, más vigilado, más supervisado, más conocido por el Estado; no hay un sector en el que una decisión estatal pueda ser más relevante para la actividad, que el financiero. O sea: es justo al revés de como tú cuentas el cuento. La Reserva Federal de los Estados Unidos tiene mucho más poder sobre la banca americana que el que tiene la Comisión Federal de Comunicaciones respecto de las telefónicas. En un país como España, por cada regulación pública referente al sector de automoción habrá como diez o veinte leyes, decretos, órdenes ministeriales, circulares y decisiones interpretativas que afectan a la banca. No sólo eso: es que, en un país como España, las entidades de crédito que se han ido a la mierda tenían sentados en sus consejos de administración a esos representantes de la res publica cuyo concurso, según tú, ha faltado en el sector financiero; aquéllos cuya ausencia en la gestión de lo financiero habría causado la crisis. En realidad, lo que hace abracadabrante la crisis financiera no es tanto que podamos explicarla por la liberalidad descontrolada con que actuaron los bancos; lo jodido es que no podemos explicarla en términos tan simples.

Pero hay una parte de certitud en lo que dices en tu exordio. Es cierto que en el mundo hay territorios cuyos bancos hacen lo que les da la gana. Ya volveremos sobre esto.

A mí, ya te lo he dicho, tu texto me ha llenado de esperanza. Parece como que marcas el principio de una etapa diferente. Una etapa presidida por la ética, esa cosa que hace que las personas aleves teman a Dios, según tú. Y como parte fundamental del comportamiento ético es el comportamiento transparente, es por eso que yo me he ilusionado tanto.

Entiendo, Padre Santo, que al amparo del texto que tú mismo has escrito o que, en cualquier caso, firmas, un texto que aboga por un mundo más justo y más transparente, tú mismo, como rector de la Iglesia Católica, lo cual significa la voz de Dios en la Tierra, vas a empezar a contar cosas que hasta el momento Dios ha preferido no contarnos. Supongo que lo tendréis hablado, pero yo, aun así, te voy a recordar unas cuantas.

Me gustaría que, a la luz de este compromiso con la transparencia, nos cuentes, a tu grey y a los que no pertenecemos a ella, exactamente qué relación tenía el Vaticano con un señor que se llamaba Michele Sindona. Un tipo con conexiones conocidas con la Mafia italiana, amigo personal de otro portavoz divino anterior a ti (Pablo VI), que hizo negocios con la banca vaticana pasando dinero a Suiza (lo cual era delito entonces), y que fue condenado en Estados Unidos por un cerro de estafas y acciones parecidas. En 1979, Sindona, tal vez lo recuerdes y si no es probable que Dios te pueda refrescar la memoria, simuló un secuestro para evitar ser juzgado en Nueva York. Pero cuando tuvo que volver a los Estados Unidos, solicitó de dos cardenales de tu iglesia, el padre Giuseppe Carpio y el padre Sergio Guerri; más otro prelado que entonces era obispo y que tal vez te suene: Paul Marcinkus, para que declarasen a su favor en el juicio. Los tres accedieron, pero sus testimonios no se pudieron usar porque el secretario de Estado Vaticano, Agostino Casaroli, los desautorizó. Tal vez ahora, con esta cascada de ética transparente que se nos viene encima, este temita se aclare; o sea, qué relación tenía el Vaticano con un banquero sospechosísimo, de conexiones espesas y malolientes.

Pero Sindona es sólo un aperitivo. De quien espero que larguéis, y bien, a partir de ahora, Dios y tú, es sobre Roberto Calvi. Sí, ya sabes, aquel hombre de negocios católico que montó un grupo financiero, el Banco Ambrosiano, que nunca escondió ni su carácter confesional ni su vinculación con el Vaticano. Calvi, esto lo sabes ya porque aunque Dios dio pocas facilidades en su momento a quienes quisieron conocer cosas, aun así consiguieron escribir libros y tal, montó en realidad una monstruosa red bancaria de carácter mundial, cuyo destino básico era despatrimonializar el banco italiano, entidad legal y supervisada en Italia, sacando el dinero hacia filiales y sociedades fantasma, que era donde de verdad se hacían los beneficios y que no controlaba nadie. Dicho de otra forma: tomar el dinero de los honrados impositores, muchos de ellos confiando en la entidad por ser católica, para quedárselo y hacer pasta a sus espaldas.

El plan era que las entidades fantasma de Calvi comprasen acciones del Grupo Ambrosiano a precios anormalmente altos para, así, sacar el dinero de Italia y llevarlo hacia paraísos fiscales y países donde los controles no son especialmente estrechos. Si le salio mal fue, básicamente y simplificando mucho, porque los créditos que pedían esas entidades fantasma para comprar las acciones no los podían pedir en liras, moneda en la que estaban referidos los activos, sino en la única moneda internacional del momento, o sea el dólar. Pero cosas como las crisis relacionadas con el suministro del petróleo impulsaron el valor del dólar, y el gran negocio inicial se convirtió en una ruina. Al enfermo, conforme avanzaba el tiempo, cada vez le olía peor la orina.

Cuando a Calvi se le comenzó a acabar la capacidad de allegar dinero para tapar el inmenso agujero que había creado, se fue a ver a una persona. Ya la hemos citado: el cardenal Paul Marcinkus, colocado al frente del Instituto de Obras de la Religión IOR, también conocido como Banco Vaticano. Si Dios no te ha pasado todavía el dossier, te informo que lo que sabemos las ovejitas del rebaño es que Marcinkus le firmó a Calvi unas cartas (bueno, para ser exactos, las firmaron Luigi Mennini, el número dos del IOR; y Pellegrino de Strobel, el jefe de contabilidad del mismo) adverando el control directo o indirecto por parte del Vaticano de las sociedades del Ambrosiano en Panamá y Lienchenstein (lugares ambos muy frecuentados por las personas que, como dices en tu exorto, sólo quieren hablar de autonomía financiera y pasan de los pobres como de comer mierda). Aunque, con el tiempo, Marcinkus se las arreglaría para conseguir, él, una carta de Calvi exculpando al Vaticano de las tropelías ambrosianas; cosa que no se entiende, porque el control, o lo tienes, o no lo tienes. Y si lo tienes, entonces no hay exculpación que valga, como bien dicen aquéllos que quieren que en casos como el de Bankia caiga, del rey abajo, todo cristo (sea esto escrito con minúscula, Padre Santo).



El momio de Calvi había alcanzado, en 1982, la atmósfera cero: las sociedades fantasma del Ambrosiano debían a las legales y supervisadas mil millones de dólares y, siendo muy optimistas, tenían activos por valor de la mitad. A Roberto Rosone, que entró por entonces en el consejo del Ambrosiano, cuando éste preguntase sobre los préstamos a la sociedad panameña, le calló la boca con un simple: «el Vaticano está detrás». Tal vez, ahora que Dios se ha puesto claramente en contra de la religión del dinero, del becerro de oro y tal, ahora que todo lo que le importan son los pobres y la ética, quiera hacer públicos los papeles que demuestren que Calvi, al decir aquello, mentía, o que decía la verdad.

Abrumado por los problemas, Calvi no paraba de llamar a Marcinkus. Éste, no obstante, en la primavera de 1982, regresado de un viaje con el Papa, le llamó y lo mandó a la mierda. Esto colocó a Calvi entre la espada del Banco de Italia y la pared de los muros de San Pedro, convencido de que lo único que le quedaba era tirar de la manta. Por eso, entre otras cosas, le dijo a Flavio Carboni, uno de los pocos amigos que le quedaban y que le ayudó a hacer el viaje a Londres del que no volvería; le dijo, continuemos, que el IOR había hecho pagos al sindicato polaco Solidaridad para meterle músculo en su lucha contra las autoridades del país. Que es una afirmación que ahora, en esta nueva época de ética y transparencia, supongo que Dios estará deseando desmentir... o confirmar.

En la quiebra del Ambrosiano, una vez localizadas las pérdidas derivadas de la compra de acciones de autocartera y de la revaluación del dólar, quedaron 400 millones de dólares sin justificar. Pérdidas, dinero desaparecido, que nadie sabe quién recibió, ni para qué. Ahora que parece que quiere hablar, Dios, que lo sabe todo, ¿nos lo querrá referir?

Los apercibimientos judiciales enviados por los magistrados italianos entendidos de la quiebra del Ambrosiano al trío de la bencina (Marcinkus, Mennini y De Strobel) ni siquiera fueron abiertos. El Vaticano argumentó que le tenían que haber llegado por vía diplomática. O sea que, cuando menos en 1982, este mismo Vaticano que ahora, a través de tu pluma, clama por la ética, se escudó en un tecnicismo de derecho internacional para dejar sus posibles responsabilidades en una quiebra fraudulenta de grandes proporciones debajo de la alfombra. Estoy seguro que éste es un patinazo divino que será prontamente resuelto ahora. Hay que recordar, en este sentido, que el Vaticano sólo admitió en público su propiedad de algunas sociedades del grupo Ambrosiano cuando en la prensa italiana se filtraron informes que lo demostraban.

Por medio de retruécanos y decisiones discutibilísimas, en su momento se dictaminó algo muy curioso: el IOR, o sea el Vaticano, o sea tú, era propietario de las sociedades fantasma que cometieron las tropelías financieras propias de esas personas a las que denuncias en tu exordio; pero no se le podía considerar responsable de ello, porque no las había gestionado. Dicho de otra forma, el viejo esquema de la Inquisición: yo condeno a los relapsos a la hoguera, pero como resulta que los fuegos los levanta la justicia secular, a la cual yo le entrego a los reos, resulta que yo no los quemé. Será eso que llaman los renglones torcidos de Dios; pero como tú escribes en renglones muy tiesos, estoy seguro de que todo este embrollo se va a aclarar. Incluida la oportuna muerte de Calvi, que aparece ahorcado bajo el puente de Black Friars en Londres, de la que supongo que Dios sabrá algo; y otras cositas de las que no hay tiempo para hablar en este post, como son las relaciones del Vaticano con Licio Gelli, el dirigente de la Logia P2, con conexiones en todo el entramado político italiano. Un hombre que, una vez, para mostrarle a alguien el absoluto poder que tenía sobre el Vaticano, le enseñó una foto del entonces Papa Juan Pablo II. Estaba completamente en bolas a la orilla de su piscina privada. A Gelli se le ha relacionado con todo tipo de tropelías, incluidos atentados mortales personales. Estoy seguro que todo se va a aclarar ahora, por eso es que estoy tan ilusionado.

Wojtyla es un caso. Porque, Padre Santo, cuando des, porque no dudo que lo harás, a la luz pública toda la documentación del IOR correspondiente a aquellos años tan intensos. Cuando se descubra definitivamente, tal es mi convicción, que el Vaticano fue en aquel tiempo un despiadado especulador financiero internacional que despatrimonializó a honrados impositores católicos para así poder desviar dinero y gastarlo en las luchas que le interesaban (como Polonia, y tal) o, como poco, permitió que otros hiciesen eso mismo en su nombre. Si se descubre eso, Padre Santo, ¿ordenarás la retrocesión del proceso beatificador de tu antecesor, Carol, o dejarás que se siente en el panteón de los santos de tu Iglesia una persona que amparó, si no ordenó o intensificó, una de esas estrategias de «autonomía financiera» que denuncias en tu texto?

Ya te he dicho al principio que volvería sobre el hecho de que son pocos los países que no tienen disciplina bancaria independiente. Muy pocos. Algunos de ellos son los países en los que Calvi situó sus sociedades fantasma. Otro es Ciudad del Vaticano. El Estado del que tú eres teócrata, por colleras con Dios. Así pues, de alguna manera, Padre Santo, en las letras que has escrito, te has denunciado a ti mismo.

Porque comienza una nueva era en la que, seguro, seguro, que todas estas faltas de información, todo este comportamiento antiético, se va a corregir, es por lo que estoy tan ilusionado. Padre Santo.

Tuyo,

Juan de Juan.