lunes, diciembre 02, 2013

Galiza ceibe (3)





El regionalismo gallego comienza su andadura seria en 1886, con la publicación de una obra seminal de Manuel Murguía: Los precursores. En esta obra, y en todas las elaboraciones de Murguía posteriores a esta fecha, ya no tenemos el provincialismo que exalta una Historia inventada, pero con un tono reivindicativo dentro de lo español. Encontramos, ya, el planteamiento de una nacionalidad propiamente gallega que busca diferenciarse de España.

La mutación del provincialismo gallego, sin embargo, no dejará de ser problemática por la incapacidad que encontrarán sus impulsores de aportarle un catón ideológico más o menos homogéneo. En efecto, al revés de lo que ocurre con los nacionalismos vasco y catalán, que evolucionan en los cincuenta años que van de 1880 a 1930 con presupuestos ideológicos bastante monolíticos, el nacionalismo gallego refleja la misma variedad que el idioma en que se asienta, y que se habla de formas muy diferentes a lo largo y ancho de la región. El tronco progresista inicial quedará plasmado en aquellas posturas más decididamente federalistas. Pero también habrá elaboraciones de lo gallego desde posiciones más liberales clásicas y, sobre todo, un galleguismo muy fuerte surgido desde el tradicionalismo carlista que, perdida su tercera intentona a finales de siglo, se refugiará en la que fue su corriente principal de nacimiento, los sentimientos regionales. Incluso, aunque no se pueda hablar de una tendencia muy importante, hay galleguistas, como Rosalía, no demasiado lejanos del socialismo utópico.

En 1890, bajo el paraguas de Murguía, que ya para entonces es una especie de Buda del galleguismo de tendencias progresistas, se crea en Santiago la Asociación Regionalista Gallega. La ARG tendrá terminales en diversas ciudades gallegas pero, la verdad, su actividad no será gran cosa que digamos. A pesar de ello, en las elecciones municipales de 1891 logrará presentar una candidatura en Santiago, donde ganará dos concejalías (Salvador Cabeza de León y José Tarrío). También vivió otro momento importante con ocasión del traslado de los restos mortales de Rosalía desde Padrón hasta Santiago. La razón de esta esclerosis es la tensión existente entre la línea más oficial, de tendencias progresistas, y los elementos tradicionalistas que se han integrado en la Asociación, y que son bien evidentes en la personalidad de los dos concejales del campo de estrellas.

En 1897, y aprovechando el traslado de Murguía a La Coruña, se funda en la ciudad la Liga Gallega. Una vez más, el omnipresente Murguía preside la Liga, que está formada casi en exclusiva por coruñeses. Al año siguiente, en un gesto que es la mejor forma de expresar la división dentro del galleguismo, el grupo compostelano formado por Cabeza de León y Alfredo Brañas, ambos de corte crecientemente tradicionalista, fundan la Liga Gallega de Santiago. Sin embargo, esta organización no se recuperará de la muerte de Brañas, con mucho su elemento más conspicuo y creativo, que ocurre en 1900.

Hasta entrado el siglo XX, por lo tanto, el galleguismo no pasará de ser una elaboración teórica que, al contrario de lo ocurrido en el País Vasco y Cataluña, no ha conseguido atraer ni a la gran burguesía ni a la Iglesia, elementos ambos de gran importancia a la hora de tener pasta para hacer cosas, como bien saben: respecto de la primera, los catalanes; y respecto de la segunda, los vascos. Por lo demás, el galleguismo asiste, un tanto desanimado, al espectáculo por el cual las clases medias, incluso urbanas, se mantienen alejados de él.

En 1907, y en buena parte azuzados por la experiencia catalana, las fuerzas galleguistas, de corte netamente burgués todas ellas, crean Solidaridad Gallega con la intención de dar la campanada en las elecciones. La Solidaridad tendrá como caja de resonancia la primera de las publicaciones llamadas A Nosa Terra, en este caso dirigida por Eugenio Carré. Sin embargo, el diagnóstico del párrafo anterior se hará bien patente: contados los votos, la temible coalición regionalista no ha sacado ni un diputado. La Solidaridad, muy escamada de sus posibilidades reales de encontrar correligionarios en el que hasta entonces ha sido su terreno natural, esto es las clases medias urbanas, deja de contemplar a la población rural con esos ojos entre nostálgicos y superiores de quien se dedica a leer los poemas de Rosalía o de Pondal sobre los pinos y los regatos pequenos en un sillón del Casino de la calle Real de La Coruña, y comienza plantearse la posibilidad de conseguir seriamente su expansión en esos viveros (nunca mejor dicho). Es éste el objetivo de las Asambleas Agrarias de Monforte, más o menos contemporáneas del desastre electoral de la Solidaridad. Este tipo de approach dotará al galleguismo de algunos representantes especialmente valiosos, como Rodrigo Sanz (notable dirigente galleguista agrarista que, sin embargo, cabe hacer notar que vivía en ese sitio que los catalanes llaman Madrit).



No será hasta 1916 cuando el nacionalismo gallego surja como tal y, además, con ese nombre. Son las dos palabras que utiliza en un folleto el farmacéutico y periodista Antonio Villar Ponte. El 5 de enero de 1916, Villar Ponte publica un folleto sobre el nacionalismo gallego, al tiempo que inicia desde las páginas del periódico donde escribe, La Voz de Galicia, una especie de cruzada para la creación de sociedades de amigos de la lengua gallega. Ante la excelente acogida que tienen sus propuestas, Villar decide convocar, el 18 de mayo del mismo año, una reunión en los locales de la Academia Gallega, que reúne a medio centenar de personas. Es ahí donde se aprueba la creación de una Hirmandade de Amigos da Fala. Diez días después, no podían ser menos los compostelanos, se crea la Hirmandade de Santiago; aunque ésta, como ocurre siempre, se caracterizará por una mayor tensión entre el galleguismo de derechas y el de izquierdas.

Ese mismo verano se crearán brotherhoods en Monforte, Pontevedra, Orense, y Villalba. En estas organizaciones es donde, por primera vez, se hace afirmación del principio de que los gallegos han de hablar sólo gallego; o, si se prefiere, el principio, que a finales del siglo XX tendrá enorme éxito en los Estatutos de muchas comunidades autónomas, de la lengua propia.

Las Hirmandades da Fala fueron el auténtico bull’s eye del nacionalismo gallego. Con ellas, los impulsores del nacionalismo comprendieron que la población gallega no estaba para los ruidos que se escuchaban en las otras dos nacionalidades llamadas históricas; pero que, al mismo, tiempo, el gallego siempre ha sido una persona muy apegada a su tierra que, además, la aprecia y la quiere con sinceridad. La tierra quiere decir las costumbres, las costumbres quiere decir el pasado, y todo eso quiere decir el idioma. De esta manera, visto que proponerle al gallego medio que vote para enviar diputados nacionalistas a las Cortes no es algo que le atraiga demasiado, lo que le propone ahora es que apoye unas organizaciones dedicadas, básicamente, a dar cursos de lengua y cultura gallegas y organizar espectáculos de coros y danzas. Y lo que consiguen, en efecto, es que la sociedad gallega acepte esta iniciativa con simpatía y sin oposiciones.

En noviembre de 1916, ya bastante consolidadas las hirmandades, dan un paso más con la salida a la calle de un órgano oficial, que también se llamará A Nosa Terra. A través de este periódico, los diferentes teóricos del movimiento incidirán en la demanda de que el movimiento cultural y folklórico se convierta en un movimiento político. A pesar de estas ilusiones, las hirmandades deciden no intentar presentar candidatos en las elecciones de 1917, conscientes de que no tienen demasiadas posibilidades. Sin embargo, Luis Iglesias Roura, el director de A Nosa Terra, consigue acta de concejal por La Coruña gracias a un cameo en una lista no nacionalista.

En 1917, el nacionalismo gallego estrecha lazos con el catalán. Se celebra en Barcelona una semana de la cultura gallega y Cambó y su team realizan dos viajes a Galicia. Cuando se convocan elecciones en febrero de 1918, ambas formaciones deciden coligarse. El proyecto sale como el culo. Finalmente, sólo se presentan tres candidaturas (Luis Porteiro en Celanova, Francisco Vázquez Enríquez en Noia y Antonio Losada en A Estrada; Rodrigo Sanz, el auténtico yes you can de aquella campaña, ni siquiera consigue presentarse por Pontedeume); y los tres pierden. En aquellas elecciones, por cierto, sale diputado por O Carballiño, en Orense, un brillante joven jurista, que se presenta en las filas mauristas, llamado José Calvo Sotelo. A nadie ha de extrañar el fracaso: el movimiento tiene entonces, en toda Galicia, 700 afiliados.

¿Por qué la debacle de 1918? Pues hay varias razones que se pueden explicar, factor común el hecho, triste para el actual nacionalismo gallego y el manto de ensoñaciones con que vive su pasado, de que la sociedad gallega, formada por personas que por lo común eran grandes amantes de su tierra, de sus gentes y de su idioma, no estaba dispuesta a aceptar el nacionalismo como ideología separadora de España. El segundo factor fue el error que supuso la coalición con Cambó, porque a Cambó, en realidad, el desarrollo del nacionalismo gallego no le importaba gran cosa; lo que quería era un movimiento satélite que le pudiese aportar mayor fuerza en la Champions League que quería jugar, que era el gobierno de Madrid. Y, como tercer factor a no olvidar, hay que recordar que el nacionalismo gallego fue extraordinariamente torpe a la hora de ganarse a la Iglesia para su causa (como sí hicieron los vascos, y en buena parte los catalanes), con lo que consiguió que ésta observase el galleguismo con creciente hostilidad, algo que para el nacionalismo sería un problema prácticamente irresoluble durante mucho tiempo.

De esta manera, pues, el nacionalismo gallego consumió una especie de segunda etapa que le dejó escasos réditos, aunque sí, con evidente claridad, el dato de que debía ser a través del acercamiento cultural y etnográfico como podía aspirar a conseguir correligionarios suficientes como para ser algo. Por decirlo de alguna manera, el periodo que va entre 1880 y 1920 es un periodo en el que los nacionalistas gallegos tienden a olvidarse de la chorrada ésa de que los gallegos son celtas, una especie de irlandeses con geada, y empiezan a elaborar la idea, mucho más productiva, de que lo que son, es gallegos.