lunes, noviembre 25, 2013

Galiza ceibe (2)


Es esta segunda cohorte de gallegos un grupo mucho más hecho. En primer lugar, por diferencias en la formación. Personajes como Benito Vicetto o Murguía tienen formaciones más profundas (aunque ahora veremos para qué las utilizaron...), y mucha más intención a la hora de usarlas. Además, es una generación, por así decirlo, menos progresista y más galleguista, lo cual hará mucho por crear las bases de un nacionalismo que se pueda decir auténtico. Tampoco hay que olvidar que el desarrollo de la prensa hará que, a pesar de que los periódicos provincialistas siguen teniendo vidas efímeras y complejas, el altavoz sea algo más estable, sobre todo gracias a la labor de editores como el vigués Juan Compañel; persona sin la cual el Rexurdimento y, en general, el galleguismo no se entenderían como fueron, y que sin embargo la mayor parte de los gallegos han olvidado. Por último, el centro de gravedad de las prácticas ideológicas se desplaza de Santiago a La Coruña; lo cual, no es por nada, pero le sentó muy bien.

Ahora, no hay que llevar las cosas más allá de lo racional. No estamos ante un movimiento político actuante. Estamos ante una corriente producida entre elites pensantes y, además, urbanas (lo cual, en Galicia, y hasta hace dos telediarios, ha querido decir socialmente minoritarias).

Este protogalleguismo se ve afectado, paradójicamente, por la victoria de sus ideas; porque, ya lo hemos dicho, durante aquellas agitadas décadas del XIX, el provincialismo gallego, en realidad, no es sino una expresión local del progresismo español, por mucho que hoy se intente interpretar, a toro pasado y por conveniencias del presente, como  un movimiento puramente gallego. En 1868, con La Gloriosa, ese progresismo llega al machito y eso, paradójicamente, como digo, afecta negativamente a la idea de un nacionalismo gallego. Las capas progresistas gallegas abrazan con pasión las ideas republicanas españolas y, a pesar de notables esfuerzos como el de Valentín Lamas Carvajal al editar La Aurora de Galicia o del grupo formado por Alfredo Vicenti, Manuel Murguía y Waldo Insúa, que escriben en el Diario de Santiago, el galleguismo se desdibuja en la corriente general. De hecho, la posibilidad de poder gobernar en Madrid, que es donde hay gobierno, hace que el provincialismo gallego se desangre de algunos de sus elementos más flamantes y capaces, como es el caso de Alejandro Chao.

El pimargalismo, esto es el nuevo federalismo español, aportará al galleguismo la formulación ideológica que le faltaba, en el marco de la Federación Ibérica que estos políticos reclaman en Madrid. Sin embargo, estas ilusiones morirán con la I República; proceso que, no se olvide, casi coincide en el tiempo con la derrota final del carlismo, lo que hará que muchos postulados tradicionalistas se acerquen a la hoguera nacionalista. Muerto el federalismo, el provincialismo gallego evolucionará hacia el regionalismo, al estilo catalán; mientras que, entre los antiguos carlistas surgirá el galleguismo, como reivindicador de las viejas tradiciones de la sociedad gallega. Y un detalle no exento de importancia: es al madurar la Restauración, a mediados de la octava década del siglo, y no antes, cuando nace la prensa en gallego. Uno de estos medios, O Tío Marcos da Portela, editado en Orense por Valentín Lamas, lleva en su portada una declaración de intenciones que refleja de alguna manera la situación de (in)madurez en que se encuentra, entonces, el sentimiento de lo gallego:

Os mandamentos do Marcos fora da eirexa son seis:
facer a todos xustiza,
non casarse con ninguén,
falar o galego enxebre,
cumprir co que manda a lei,
loitar polo noso adianto con entusiasmo e con fe,
vestir calzóns e monteira

Los gallegos decimonónicos concienciados, en efecto, están muy preocupados con hablar el gallego enxebre, esto es, el de toda la vida. Recuperar un idioma que reputan en peligro por la invasión secular del castellano y que, ya por entonces, divide a los gallegoparlantes entre los que dicen coello y los que dicen conexo para hablar del mismo segundo plato. Y eso les llevará a un proceso cultural muy parecido al ocurrido en Cataluña, que en Galicia llevará el nombre de Rexurdimento.

Quizás el primer mojón de este camino sea un libro de 1853, obra de Juan Manuel Pintos, que se llamó A gaita gallega; aunque el propio título ya está dejando bastante claro que el gallego de aquella obra era más bien una mezcla entre dicho idioma y el español.

En 1860, la producción más o menos masiva de literatura en gallego comienza en la Coruña con la publicación, de la mano de los hermanos De la Iglesia, de O vello do Pico Sacro. El 2 de junio de 1861 se celebran en la misma ciudad en la que nadie es fontanero los primeros juegos florales de poesía; competición que hoy suena a cursi que lo flipas, pero que en el siglo XIX fue de gran importancia tanto para gallegos como para catalanes. En 1861, sin embargo, todavía la inmensa mayoría de los creadores se presentan con composiciones en español y, de hecho, sólo un poeta en gallego (Francisco Añón) recibe premio.

Dos años después, 1863, Rosalía de Castro publica sus Cantares gallegos, obra con la que se considera plenamente inaugurado el Rexurdimento. Es más o menos el tiempo en el que Francisco Mirás publica la primera gramática gallega moderna. Más o menos quince años después, la literatura en gallego, y el gallego literario (no confundirlo con el que hablan muchos gallegos y no digamos con el gallego de habla actual cuyo limpia, fija y da esplendor es ejercido por colleras por la televisión autonómica y el sistema educativo, que son bastante distintos) quedarán fijados por el gran tridente de la literatura galaica: la propia Rosalía, que se sale en 1880 con su Follas novas, que a un castellano le sonará lúbrico pero a un gallego no tanto; Eduardo Pondal y su muy descriptiva Queixumes dos pinos (1886); y Manuel Curros Enríquez, que el mismo año que las follas de Rosalía publica Aires da miña terra, libro que, en opinión de este amanuense, sobrepuja al de su compañera poeta de la misma manera que el Sil al Miño. Antonio de la Iglesia publicará en 1886 una antología, El idioma gallego, donde, merced a su buen conocimiento de los escritores gallegos, quedan reflejados casi todos los que son. Es libro fácil de encontrar, pues ha sido reeditado.

Donde el nacionalismo gallego desbarra dubidú es en la historiografía. Hemos de comprender, en este sentido, que aquellos galleguistas son galleguistas románticos; y que la tendencia cultural romántica, por lo general, no fue en ningún lugar muy respetuosa con la literalidad de los hechos históricos. Se puede decir, sin temor a ser demasiado exagerado, que, entre 1860 y fin de siglo, los regionalistas gallegos inventan un pasado para Galicia. Un pasado que justifica sus reivindicaciones en la existencia de un histórico ente nacional gallego, ente que fuera asoballado comilfó por Castilla. Pasado que, no obstante, en buena parte no transcurrió salvo en la imaginación de quienes lo concibieron, y lo conciben. La neohistoriografía gallega se basará, sobre todo, en el celtismo («Galicia», dirán estos galleguistas, «es la Irlanda de España»; un argumento que en el siglo XX les han robado los vascos) y en la búsqueda de unas raíces remotas que distingan a su pueblo del resto de pueblos que se asentaron en el suelo ibérico.

Benito Vicetto, uno de los dos grandes exponentes de esta corriente, comienza echando mano de ese género donde todo es posible y que solemos llamar novela histórica a pesar de que no pocas veces, en el pasado como en el presente, más debiera merecer el calificativo de histriónica. Vicetto, de hecho, es de éstos últimos, pues su producción literaria, digamos, sólo es analizable desde el principio general de que se trata de una enorme, vasta, e ideológica, licencia poética.

En 1865 y siguientes años, sin embargo, dará el salto cualitativo pasando de la ficción a la no ficción, escribiendo una Historia de Galicia que tiene páginas en las que uno tiene la sensación de que, en lugar que sobre Galicia, le están hablando del planeta Alderaan. En esa época, y con el mismo título, publicará Manuel Murguía su propia versión histórica del devenir de Galicia, en un gesto que dividirá el nacionalismo gallego en dos bandos, los murguistas (como Pondal, o los Valle-Inclán) y los vicettistas (sobre todo, los hermanos De la Iglesia).

En el fondo de la cuestión yace la difícil relación entre Vicetto y la pareja Murguía-De Castro (ya que, para quien no lo sepa, Manuel Murguía era el costillo de La Chorona de Padrón), que fue muy buena durante mucho tiempo pero que comenzó a deteriorarse el año que el matrimonio antes citado se fue a Madrid; momento que viene a coincidir con una serie de aceradas críticas escritas por Murguía sobre las novelas de Vicetto. Si Murguía hizo eso no es porque las obras del ferrolano le pareciesen malas. Lo hizo, básicamente, porque entre ambos se estaban dirimiendo cosas mucho más terrenales que la histórica misión de reivindicar el lugar de Galicia bajo el sol de la Historia. Competían, ambos, por ser el Gran Manitú de la religión de lo galaico. Sabido es, ya lo hemos contado en este blog, que muchos siglos antes la Humanidad había evolucionado lenta, pero segura, hacia el monoteísmo y, a partir de ese momento, en el Cielo ya sólo cabe un Dios. Así pues, el Dios del provincialismo gallego habría de ser, o Murguía, o Vicetto; uno de los dos sería quien vendiese su Historia de Galicia como churros (como churros enríquez, se podría decir, en un chiste fácil) mientras el otro se quedaría a vestir santos. Y esto es lo que estaba en disputa, una disputa de tamaño suficiente como para merecer que una amistad se fuese a tomar por culo, como se fue. Tan fuerte fue la polémica, tan aleves los bajonazos del navajeo, que Vicetto, el perdedor final de la contienda, anunciará, campanudo, el abandono de su tarea literaria y de su colaboración con la pluma en la causa de lo gallego.

En medio de aquella disensión, el editor vigués Juan Compañel, socio habitual de Murguía en sus aventuras, comenzó a editar la Historia de Manuel, mientras que el ferrolano Vicetto ya estaba preparando la suya. Lo que siguió se parece bastante a una pelea entre videoconsolas de consumo masivo. El editor Castor Mínguez, oliendo la tostada del negocio, llegó a un rápido acuerdo con Vicetto y comenzó a sacar los folletines de la Historia de éste. Los intereses particulares estaban tan presentes en todo aquello que los murguistas, a pesar de lo mucho que había escrito y escribiría su mentor sobre el celtismo de Galicia y la etapa goda y tal, saludaron la salida de un libro dedicado a los reyes suevos (del que, siglo y medio después, siguen bebiendo quienes de nacionalismo quieren saciarse) calificando la dominación sueva de Galicia de «pasajera», así como «árida y desprovista de interés». Vamos, que a Murguía lo coge el BNG, y lo exilia a Guinea…

No le faltaba razón a estos críticos. Pero lo mismo podrían haber dicho de la historia murguista. Ambas tienen un valor historiográfico rayano a cero y excesivamente entregado a la demostración del origen celta de la población gallega y de la existencia de un espíritu nacional, ideas ambas que cuando menos Murguía había sacado de su elevada (y confesada) admiración hacia lo vasco, probablemente inducida por su relación de parentesco con Pedro Egaña, senador y, se dice, el primer hombre que habló de nacionalidad vasca en sede parlamentaria.

La táctica de esta pareja de amigos, que cuando escribieron sus historias ya no lo eran, era bastante sencilla: dar por buenas las versiones contenidas en las leyendas populares. Con su metodología, por lo tanto, deberíamos creer que el cadáver de Santiago llegó a Galicia en una barca de piedra hasta que un monje encontró la tumba en el monte y bla, bla, bla. Todo muy científico.

Murguía y Vicetto abrazaron con pasión el mito (porque es un mito) de que existe una diferencia racial entre los gallegos y el resto de los habitantes de la península ibérica, basada en su origen celta. Origen celta, en España, tienen muchos pueblos, no sólo el gallego. El poeta latino Marcial dice varias veces en sus escritos que su padre era medio celta; y era de Bílbilis, de donde son los bilbilitanos, no los gallegos.

Más aun, no existen, ni siquiera ahora, en el siglo XXI, argumentos sólidos que sostengan la idea de que los celtas que poblaron partes de la península ibérica tuviesen alguna relación con los celtas que lo hicieron en lugares como Irlanda. El hermanamiento entre Galicia e Irlanda, etnográficamente hablando, equivale, más o menos, a aceptar barco como animal acuático. Numancia, la valiente ciudad soriana que resistió hasta la muerte contra los romanos, era una ciudad celtíbera, y de origen celta fueron las familias que se suicidaron dentro de ella para no ser capturados. En otras palabras, hubo celtas en Galicia; pero de ahí a decir que la Galicia fue la quintaesencia de la sociedad y la civilización celtas va un abismo por el que casi cualquier posición mínimamente soportada se despeña; pero que los provincialistas gallegos de finales del siglo XIX cruzaron sin un suspiro.

La vinculación entre Galicia e Irlanda era especialmente importante para la creación de estos mitos, pues es en una de la fuentes legendarias de la cultura gaélica, el Leabhar Gabhala, donde puede encontrarse, con un poco de imaginación, el sustento para historias que son tan importantes para el galleguismo que han sido grabadas en piedra en su himno. Es este documento el que habla de un héroe llamado Breogán. Irlanda, según este manuscrito, habría sido varias veces invadidas por hombres procedentes de Hispania, gracias a lo cual acaba por tener noticia de un rey llamado Breogán, que ha conseguido tener al resto de los habitantes de la península fuera de Galicia. A Breogán se lo supone en estas leyendas fundador de La Coruña y constructor de la torre de Hércules, afirmaciones ambas que, afortunadamente, son hoy colocadas al nivel de la que narra el descubrimiento de la tumba de Santiago. Mil, nieto de Breogán, habría sido el conquistador final de Irlanda, lo que «explicaría» la raíz común de gallegos (sólo gallegos) e irlandeses.

Murguía y Vicetto, con la compañía de estas fuentes tan fiables y de carácter casi (o sin casi) mitológico, construyeron la idea de que una identidad gallega, céltica, que existiría desde antes de los romanos y que desde los romanos está luchando por conseguir su libertad. Hablaba Murguía, en unos tonos que hoy, la verdad, suenan un tanto nazis, de «una raza gallega distinta y perfectamente acusada», esto es, abrazando teorías como la de cierto nacionalismo vasco sobre distintos RH en la sangre y todo eso.

Con todo, en aquel auténtico dream team decimonónico del provincialismo galleguista destaca especialmente Eduardo Pondal. Pondal, al contrario de Murguía o Vicetto, no tenía ningún interés en construir un entorno intelectual sobre lo gallego. Él se limitaba a ser un poeta, y, por lo tanto, su labor se centró en utilizar todos esos mitos que sus amigos escribían en sesudos manuales para convertirse en el poeta más popular del galleguismo con gran diferencia, mientras que Rosalía se trabajaba, por así decirlo, los ambientes más literarios y Curros permanecía in between.

En el número 30 de la calle Real de La Coruña, en la trastienda de un conocido comercio, hicieron tertulia muchas veces Manuel Murguía y el propio Pondal; así pues, éste conoció las peripatéticas teorías del galleguismo de primera mano. A aquel lugar le llamaban La Cova Céltica, la cueva celta, así pues poco hay que dudar sobre cuál era el orden del día de sus reuniones.

Pondal, en versos vibrantes, deja bien claras cuáles son las diferencias que ve, construyendo una identidad gallega basada en un pastiche racial bastante curioso, en el que aparecen hasta pueblos de origen iranio (obsérvese, por cierto, que este poema de encendido sentir galaico contiene algunas cosas que, tal vez, harían que su autor no aprobase la oposición para ser funcionario de la Xunta):

Nos somos alanos
e celtas e suevos.
Mas
[sic] non castellanos[sic],
nos somos gallegos
[sic].
Seredes iberos.
Seredes do demo.
Nos somos dos celtas,
nos somos gallegos
[sic].

Y vuelve muchas veces sobre los mitos básicos que, como decía, acabarán destilados en el propio himno gallego:

Galegos, sedes fortes,
prontos a grandes feitos.
Aparellade os peitos
a glorioso afán;
fillos dos nobres celtas,
fortes e peregrinos,
loitade polos destinos
dos eidos de Breogán.


De esta manera, puede decirse que en un periodo bastante breve y consecuentemente intenso, apenas los veinte años que van desde 1850 a 1870, el sentimiento nacionalista gallego, muy basado en el approach vasco a la cuestión, esto es basarse en supuestas evidencias históricas y etnográficas referidas a periodos del devenir de la Humanidad sobre los que las certezas son más bien escasas; en ese periodo, digo, se construyen las bases de un argumentario que permite a quien lo abrace sostener la diferencia histórica de lo gallego; argumentario notablemente exitoso pues, al correr de medio siglo, cuando llegue en España la hora de anunciar la salida de la estación de España del tren de las nacionalidades llamadas históricas, Galicia podrá, con eso que se dice pleno derecho, subirse a él.