lunes, octubre 21, 2013

La senda de Dios (4: Cibeles)

Esta serie se compone de:

Algunas cosas a modo de introducción
In Tiberim defluxit Orontes
Y tendréis una moral


La primera religión oriental seriamente introducida en Roma vino de Frigia, y se refería a una diosa que los latinos conocieron como Magna Mater Deum Idea.

En el año 205 antes de Cristo, según la tradición, en un tiempo que los romanos estaban acojonados ante la posibilidad de Aníbal les pudiera hacer pupita, un oráculo sibilino consultado al efecto afirmó que el invasor podría ser expulsado de las tierras de Roma cuando la Gran Madre del monte Ida (en Frigia) pudiera ser trasladada a Roma. El Senado romano envió una embajada al rey Atalo de Pérgamo, quien, de buen grado, les entregó un aerolito negro que él mismo había traído desde Pesino a Pérgamo, y que se suponía una piedra sagrada de la diosa.

Dado que las sibilas habían dictaminado que la diosa debería ser recibida en el puerto de Ostia por el mejor ciudadano de Roma, fue elegido Escipión Nasica para dicha labor. Nasica, escoltado por una corte de matronas que debía de ser bastante escandalosa, llevó la piedra hasta el Palatino, donde, en las nonas de abril del 204, quedó instalada.

Ese mismo año, Escipión consiguió sacar la amenaza cartaginesa de la península itálica y vencer a Aníbal en Zama, ya en África. Hecho que, lógicamente, ayudó mucho a incrementar la fama de aquella diosa del oráculo, a la que todos empezaban a llamar Cibeles. Los romanos le edificaron y consagraron un templo en el mismo Palatino, y todos los años, en la semana del 4 al 10 de abril, en conmemoración de la llegada de la diosa a Roma se celebraban unas fiestas, los ludi Megalenses.

De esta manera llegó a Roma el culto de esta diosa anatolia, cuyos primeros creyentes suponían residiendo en la cumbre del monte Ida o del Berecinto. Los árboles que coronaban ambas montañas, el pino y el almendro, eran asimismo los árboles sagrados de Attis, el marido de Cibeles. Dado que la religión cibelina también tenía elementos de adoración a los animales, pronto los anatolios comenzaron a adorar al más poderoso de todos los que conocían, el león, y a representarlo conduciendo a Cibeles; normalmente, tirando de su carro. Adoraban a Cibeles, a la que también llamaban Mâ, como la madre de todas las cosas, señora de todas las bestias que poblaban los bosques. Ya hemos dicho que Cibeles tenía un marido, Attis, aunque la prevalencia siempre fue para la diosa, lo que ha hecho pensar a mucha gente que la antigüedad de aquellos pueblos debió ser testigo de algún tipo de sistema matriarcal.

Los frigios, después, penetraron en Anatolia y se mezclaron con los originales habitantes de la zona. En este proceso, adoptaron los dioses locales, aunque fusionándolos con sus propias creencias. Así, comenzaron a hablar indistintamente de Attis o de Dionisio (también llamado Sabacio).

Es muy posible que fuesen las tormentas en la zona las que hicieran desarrollar a los anatolios el mito de que aquella exhibición de la naturaleza se producía porque Cibeles estaba pasando en su carro tirado por leones. Pero como la tormenta es un hecho violento y negativo, pronto comenzaron a darle a ese paso un significado triste, y a decir que Cibeles estaba de luto por su marido Attis, que habría sido muerto. Para aplacarla, los creyentes realizan una procesión por los bosques, haciendo uso de diversos instrumentos musicales. Como nos describe Catulo:

ubi cymbalum sonat uox, ubi tympana reboant (…)

Tañen una música sagrada y a la vez ensordecedora, buscando entrar en trance…

Fueron los frigios, que como decimos adoptaron el culto de Cibeles antes de su traslación a Roma, los que, de alguna manera, «inventaron» lo que hoy conocemos como carnaval y semana santa. La clave de la invención es que el dios frigio, Sabacio, era un dios vegetal o de las cosechas. La asimilación de Attis se hizo en los mismos términos. En el momento en que en el nuevo culto de Cibeles-Attis se introdujo el elemento de la muerte de éste, y puesto que era un dios vinculado a las cosechas, surgió el mito de su, si no resurrección, sí renacimiento: el lógico renacimiento de todo lo que es vegetal con la primavera. Aquellos frigios cibelinos se entregaban, con la llegada de la estación de las flores (y, con los siglos, estación de la Madre, o sea María), a una serie de celebraciones excitantes. Algunas de las personas que participaban en estos trances llegaban a autolesionarse, ante el convencimiento de que si salpicaban su sangre sobre los altares sagrados entraban en comunión con la diosa. En el punto más exagerado estaban los que los romanos denominaron galli: creyentes que, en el punto máximo de su paroxismo, se castraban, y pasaban a ser sacerdotes de Cibeles.

Contra lo que puedan parecer, estos ritos tenían poco de bárbaras exageraciones. Estaban directamente relacionados con la idea de traspasar la carne para hacerse uno con los seres espirituales, esto es limpiar el alma. De hecho, el progresivo desarrollo del ascetismo ligado al culto de Cibeles y Attis provoca el nacimiento del misterio, otro de los que acabarán siendo elementos connaturales de la creencia cristiana.

El misterio quiere decir cosas relacionadas con esa limpieza del alma que se va buscando (esto también quiere decir: si una religión tiene misterios, ya no es meramente una disculpa para tomarse unas birras y esparragar). Se llaman misterios porque hay algunas personas que los conocen y otros que no. La religión de Cibeles creó misterios en diversos niveles, que jerarquizaban a los creyentes, encima los que conocían los misterios más arcanos, debajo la mayoría de creyentes, apenas iniciada.

Esta religión, repleta de misticismo extrovertido, fue una auténtica revolución en Roma, patria de la muy contenida y formal religión romana. El choque fue tan enorme que la celebración de bacanales hubo de prohibirse (a pesar de haber pasado a la Historia, curiosamente, como cosa de romanos) y la castración voluntaria de los galli, proscrita. La Roma republicana hizo todo lo posible por evitar la penetración de la fe cibelina dentro de sus fronteras.

Las cosas cambiaron con el imperio. Tras la caída de la república, probablemente ante la presión de los muchos creyentes que la religión tenía en Roma, el Senado autorizó a los sacerdotes de Cibeles a procesionar por la ciudad, petados de joyas y llevando diademas habitualmente de oro, así como a ir puerta a puerta solicitando óbolos para sus ritos.

Con el imperio, además, y a causa de las guerras contra Mitrídates, los soldados romanos trajeron de Anatolia otra deidad femenina local, Mâ. Esta Gran Madre no fue inducida por el pueblo tracio, sino por los persas, razón por la cual se parece bastante, por no decir que es la misma, a la Anahita de los mazdeístas.

Mâ era diosa guerrera, no rural, y por esa razón sus ritos eran mucho más salvajes y sanguinarios de los de Cibeles. De hecho, los primeros trazos de la religión a Roma llegaron aun con la república, de la mano de Sila, él mismo un gran creyente de Bellona, la diosa romana de la guerra. Los fanáticos de Mâ se vestían con largas túnicas negras, se dejaban el pelo muy largo y bailaban haciéndolo girar al modo de los derviches. Cuando estaban mareados hasta perder el conocimiento, se practicaban lesiones en el cuerpo.

Con el imperio, las últimas resistencias contra estas dos creencias acabaron por caer. La ley autorizó que los propios romanos pudieran ser nombrados archigalli, y las fiestas anuales de Cibeles y de Mâ comenzaron a celebrarse oficialmente en Roma. Fue, sobre todo, el cojo y tartamudo Claudio quien abrió este portillo. De todas formas su antecesor, Calígula, un gran admirador de las religiones orientales, había permitido ya el culto de Isis en Roma.

De hecho, Claudio introdujo un nuevo periodo vacacional en el calendario romano. Iba desde el 15 hasta el 27 de marzo, periodo considerado como de inicio de la primavera y resurrección de lo vegetal; razón por la cual era, por así decirlo, la semana de Attis. El quince, los canóforos realizaban una gran procesión por la ciudad celebrando el encuentro de Cibeles y Attis tras de que, según la tradición, el segundo de ellos, siendo bebé, hubiera sido expuesto en las riberas del río Sangario. Con el equinoccio, se talaba un pino que se llevaba al Palatino por la cofradía de los dendróforos (eso dice su nombre: dendrophori, portadores del árbol). Amortajado como un humano, aquel pino representaba el cuerpo muerto de Attis. El día siguiente a la procesión de dendróforos era un día de luto y ayuno por la muerte de Attis. El día 24, marcado en los calendarios como Sanguis, se celebraban los funerales de Attis, en los que es probable que se bebiese sangre (rito que probablemente buscaba asumir la vitalidad del dios muerto) mientras los galli se flagelaban. Aquella noche se celebraba una vigilia durante la cual se suponía que nacía un nuevo Attis que se fundía con Cibeles y, así, el día 25 llegaba la fiesta que portaba el mismo nombre que la mujer del señor Clinton (Hilaria), donde toda la tristeza de las horas anteriores se convertía en alegría. Entonces ocurría algo muy parecido a nuestro moderno carnaval, uso de máscaras incluido. En una gran procesión final, la estatua plateada de Cibeles era llevada al río, donde se procedía a su ritual lavatio.

El contacto de los cultos frigios y tracios con el mundo griego los helenizó muy pronto, aunque los modificó en buena parte dado que el approach helénico al hecho religioso no casaba demasiado con la figura de un dios rural como Attis. Ese contacto, en todo caso, terminó de convertir la fe en Cibeles y en su esposo Attis en una fe más abstracta, más, por así decirlo, intelectual. El culto al renacimiento de las cosas basado en la llegada de la primavera se convirtió pronto en la creencia en la vida después de la muerte.

La influencia de Cibeles-Attis fue tan grande que, en realidad, su  culto pronto tendió a absorber todos aquellos que llegaban de Asia Menor. En ello hubo de tener un papel importante el clero cibelino que, igual que hará el cristiano algunos siglos después, fue dotando a su creencia de elementos diversos con la intención de integrar a cualquier creyente en su seno. En este proceso de asimilación, el culto de Cibeles acabó absorbiendo a la divinidad lunar lidia Men, que era considerada reina del submundo de los muertos. Men y Attis pronto comenzaron a confundirse, de modo que el esposo de Cibeles comenzó a ser visto como el rey del mundo de los muertos, mientras retenía su vieja capacidad de resucitar.

Otras inscripciones demuestran que Attis también recibió otro nombre: hypsistos, es decir, el Supremo; que es la forma habitual en la que en los pueblos y sociedades de Asia Menor que habían experimentado la penetración judía se conocía al Dios de los hebreos. Lo cual más que sugiere el hecho de que la pareja formada por Cibeles y Attis llegó, en algún momento, y en el orbe romano, a alcanzar las características de los dioses omnipotentes, señores de este mundo y del otro (no podemos decir del cielo y de la tierra porque, como ya veremos, esa idea fueron otros quienes la construyeron) y de poder, como he dicho, omnipotente. En esta tendencia, Attis y Cibeles hubieron de compartir presencia con Sabacio, otro dios tenido por omnipotente, y probablemente surgido del contacto de las poblaciones del norte de Egipto y el Oriente Medio con el monoteísmo judío. Los creyentes en Sabacio se bendecían usando tres dedos de la mano derecha, y creían que, a su muerte, serían llevados por su ángel de la guarda a un gran banquete, hecho éste que celebraban mediante comidas comunales de sentido religioso.

Aun experimentó el culto de Cibeles una influencia mayor: la de las creencias persas y, muy en especial, Mitra, el dios solar. Aunque también hay que contar con Anahita, la diosa de las aguas que regaban los campos. En el siglo IV cuando menos, Attis es denominado por sus creyentes como menotyrannus o rey de los meses, esto es, es considerado el agente sobrenatural del fenómeno, bien conocido ya entonces, de la entrada del sol, cada mes, en un signo zodiacal distinto. Al penetrar Mitra en el mundo grecorromano, y puesto que es una deidad solar, la identificación entre ambos era bastante fácil de esperar. Anahita, por su parte, fue asimilada a Cibeles. El contacto con las creencias persas, además, tiñó los ritos cibelinos de mazdeísmo. De esta forma, el sacrificio ritual de animales, que se hacía para que los participantes en el mismo adquiriesen su fuerza a través de la sangre, se convirtió en un rito por el cual la sangre era el símbolo de la resurrección. Asimismo, siendo considerado el animal sacrificado de orden sagrado, los creyentes estaban seguros de entrar en comunión con su dios al beber su sangre. Es bien conocido el dato de que el lugar donde los creyentes romanos celebraban sus taurobolias o sacrificios de toros es, precisamente, donde hoy se asienta el Vaticano.


El siguiente paso de Dios, pues, fue elevar a las deidades nacidas del culto rural, que eran aquéllas en las que creían de verdad los pueblos antiguos, a la condición de omnipotentes y presentes en el mundo de los seres inmortales.