miércoles, octubre 23, 2013

La triste historia de Élodie Ménétrier y su amiga Euphrasie Mercier

En este artículo he inventado una nueva etiqueta, Grandes casos (casi) olvidados, en la que tengo que acordarme de clasificar alguno de los posts que ya pululan por aquí, como el del Jarabo. Es verdad que de higos a brevas me gusta meter el narizón en asuntos que en su día fueron la caraba y hoy, por el natural paso del tiempo, no levantan grandes pasiones. La mayoría terminaron ante el juez, y la mayoría, también, con condena. No sé si he dicho alguna vez que La huella del crimen me moló mazo.

En fin, hoy os traigo un caso del que estoy casi seguro que ninguno de vosotros sabrá nada, aunque en su tiempo fue tan famoso que incluso fue seguido más allá del Atlántico (el New York Times, de hecho, la calificó de «historia de la vida real que sólo podría ocurrir en Francia»). A ver si sé contároslo con el suficiente salero como para llevaros enganchados hasta su final.

Estamos en el mediodía del 3 de marzo de 1883, delante de una pequeña tienda del boulevard Montmantre, casi esquina con el passage des Panoramas. Entonces hoy eso es el centro de París y carísimo y tal; pero entonces no era para tanto. Más bien, era un lugar un tanto cutre de tiendas baratas. 

La mujer que vemos entrar en la tienda es una señora de cierto atractivo, ya perdido porque pasa de los cuarenta; lo cual quiere decir que, para reproducir la escena en una peli de hoy, probablemente tendríamos que echar mano de una actriz bastante más talludita, tipo Jane Fonda o, arf arf, Jane Birkin. Esta señorita se llama Elodia; Élodie Ménétret. Elodia es lo mismo que mi abuela paterna (soy testigo): una perfecta tocapelotas en las tiendas. De ésas que lo miran todo para comprar entre nada y absolutamente nada. De hecho, la señorita Ménétret obliga a la pobre anciana dependienta que le enseñe prácticamente de todo para, finalmente, comprar un mísero par de pantuflas; que, para colmo, según dicen algunos testimonios, estaban de oferta.

El comportamiento de la Ménétret es típico de la gente de alta sociedad. Y es que ella lo es. Procede de una familia muy pintona y ha tenido una educación muy esmerada. De joven, sin embargo, y aquí utilizaremos la expresión usada por el New York Times, had been thrown into the temptations of Parisian life. En otras palabras: existiendo en ella ya una probable querencia por la ligereza de cascos, Elodie se traslada a París, se tira a todo lo que se mueve, y se gasta hasta el último mango en juergas.

La dueña y dependiente ha soportado esta putada con tranquila resignación. Es una mujer bastante mayor que su clienta, chupada por los muchos años que ha tenido que pasar a caldo. Se llama Euphrase Mercier. Ésta es, pues, la historia de Elodia y Eufrasia.

Élodie tiene esa afición a mirar la peseta de las personas que viven de las rentas y tienen que vigilar que no se les acaben. De todos sus años de folleteo y marcha, a la mujer le han quedado dos «amigos», uno de los cuales, un luxemburgués recientemente muerto, le ha dejado una pequeña renta. Con ese dinero, Elodie se ha podido comprar una casita en las afueras de París, en Villemomble, donde lleva una existencia tranquila y sin aspavientos, además de guardar unos ahorros respetables, de unos 80.000 francos. En realidad, la mujer es tan cuidadosa que son pocos los que saben que el origen de su pequeña fortuna es, en realidad, el tálamo otoñal de un hombre razonablemente rico.

Cuando la dueña del local le está dando el cambio del luis con que ha pagado, Élodie grita: C'est lui!, y sale escopetada de la tienda. Vuelve unos minutos después, con lágrimas en los ojos. Y le explica a la dependienta que días atrás ha perdido un perro en la calle y que ha creído verlo pasando por delante de la tienda, pero no lo ha alcanzado.

En ese momento, la vieja Euphrasie, probablemente movida por la necesidad, piensa deprisa. Y le contesta.

- No se preocupe, mademoiselle. El perro que usted ha visto pasa por aquí todos los días. Si vuelve usted mañana a la misma hora, seguro que pasa y lo puede recoger.

Élodie Ménetret vuelve al día siguiente. Y al otro. Y al otro. En realidad, vuelve muchos días; pero el perro nunca vuelve a pasar por delante de la tienda. Mientras tanto, sin darse cuenta, va entreteniendo el tiempo hablando con la señora Mercier, que es lo que ésta busca. Pasados unos días son confidentes. Una semana después, amigas. El ojo clínico de Mercier no ha fallado; se ha dado cuenta de que su clienta es una mujer sola.

25 días después del primer encuentro, es decir el 28, Euphrasie Mercier liquida el contrato de alquiler de su tienda. Y se va a vivir a Villemombloe, con su nueva amiga.

¿Quién es esta hábil anciana? Los Mercier son originarios del norte de Francia; de Fourmies. El padre, que es la primera persona en la familia que creerá en demonios y seres sobrenaturales, era un profesional del sector del algodón, pero se pasó la vida impulsando empresas raras y poco claras. Cuando Eufrasia, la mayor, tiene 25 años, fallecen seguidos su madre y su padre, por lo que ella tendrá que asumir la manutención de sus hermanos; para ello, contará con una herencia razonable (unos 400.000 francos de la época) más la fábrica.

Hemos hablado de los hermanos. El primero de ellos es Zacarías, un tipo más bien normal, que no cree en todas las supersticiones que son habituales en el hogar familiar, y que, alzanzada la edad adulta, abandona el hogar para sacarse y tener una hija, Adèle. Luego viene Camille, una niña, luego jovencita, completamente dócil a los mandados de su hermana mayor. La siguiente, Honorine, es joven con muchos pájaros en la cabeza, entre ellos la idea de que es amada por el conde de Chateauneuf. El condesito, en realidad, pasa de ella, pero eso ella no lo verá con claridad hasta que no le haya legado un bombo, del que saldrá su hijo Héctor. Por fin, la quinta hermana se llama Sidonie.

La revolución de 1848 acaba por arruinar el negocio de los Mercier, tras lo cual todos los hermanos acaban dispersándose por Francia y teniendo vidas más o menos arrastradas. Euphrasie decide ir a París, donde ocupa diversos empleos de mala muerte: es cajera en un restaurante, modista, o dependienta en una tienda de sedas. Con unos ahorros que consigue juntar monta una pequeña tienda de zapatos. Aquello no le va nada bien y le hace llevar una vida miserable hasta que se encuentra con un ángel de la guarda en la persona de la condesa polaca Raczkowska, residente en París, que la emplea en su casa junto con alguno de sus hermanos. Los hermanos, sin embargo, son todos unos fanáticos religiosos, y montan en la casa unos espectáculos entre beatos y diabólicos que acaban por decidir a la condesa, unos meses después, a despedirlos con cajas destempladas. Los hermanos de Euphrase emigran a Méry-sur-Oise, mientras que la hermana mayor queda en París. En muy mala situación. La señora Raczkowska se apiada de ella y le consigue el alquiler de la tienda de Montmartre, donde Euphrase recupera el oficio de vendedora de zapatos.

El 21 de abril, esto es unos veinte días después del traslado, es el último día que algún vecino de Villemomble puede decir que ha visto a Élodie viva. A partir de entonces, nada. Sin embargo, como se sabrá posteriormente, para entonces Elodie ya se ha puesto en contacto con Al Grassier, el otro amante que le queda vivo, al que le ha confesado que su medio amiga, medio criada, la tiene literalmente acojonada con sus historias de fantasmas y espíritus y su carácter dominador; de hecho, la Ménétret tiene tan claras las cosas que le pide a Grassier que guarde él las joyas de ella en su casa.

Es muy probable que Euphrasie supiera, de alguna manera, sobre esas dudas, porque, por lo que se sabe, redobló las presiones místicas sobre su amiga (que era, todo hay que decirlo, persona muy impresionable y de poco carácter) hasta causarle graves trastornos sicosomáticos. Lo poco último que se sabe en el vecindario de Elodie es que tiene fortísimos dolores de estómago, contra los que lucha a base de calmantes que Euphrasie prepara para ella (aquí, obviamente, las trazas de un envenenamiento, que es, como es bien sabido, la forma que usan casi siempre las mujeres para matar).

El 21 de abril, como hemos dicho, Gassler la ve por última vez, en un estado de total postración. Dos días después, cuando vuelve a visitarla, es informado de que se ha ido a América.

A pesar de la inquietud y las sospechas, nadie hace nada hasta que por la casa de campo aparece una sobrina de Élodie, de la que nadie sabía nada; una joven llamada Louise Ménétret que se gana la vida malamente de bailarina, y quien sabe si de otras cosas. Aparece para girar visita a su tía y se queda chupetizada ante la noticia de que no está y, además, en sus posesiones hay una vieja viviendo. Euphrasie le explica que su tía ha caído en conciencia de sus muchos pecados, que se ha metido de clausura en un convento del que no quiere dar filiación a nadie, y que desea acabar sus días sin que la visite nadie. 

Aunque Louise desaparece pronto de nuestra historia, es ella la que la desencadenará, pues antes de irse de la zona pasará por la gendarmería local, a presentar una denuncia. El comisario Oberinger llama a declarar a la Mercier, la cual, como prueba (estamos a domingo) exhibe una carta que dice le ha escrito Élodie el miércoles anterior. 

Euphrasie vende la plata y los vestidos de su antigua amiga, consigue algo de dinero, y procede a la repatriación de la familia. El 27 de abril escribe a todas sus hermanas y a su hermano, para que se vengan a vivir con ella. Zacarías, sin embargo, dice que pasa; aunque, ante la insistencia, decide acceder a que su hija Adèle se vaya a vivir con sus tías.

Las hermanas, según testimonio de los vecinos, se entregan a una serie de ritos extraños, procesionando en el jardín alrededor de un parterre de flores.



En agosto de aquel mismo año, Euphrasie sale de viaje hacia Luxemburgo, para visitar a un notario local, monsieur Rausonnet; el Times, con esa intención picante que el periodismo ha perdido hace ya mucho tiempo desgraciadamente, nos informa de que la mujer tiene en mente una trama which could have been born in no brain but that of a French woman, and succesfully executed by very few even for this nation. Exhibe ante el fedatario público un poder supuestamente firmado por Élodie donde le da a ella plenos poderes para disponer de la pensión trimestral que le ha dejado aquel viejo amante luxemburgués ya muerto. El notario le hace notar, valga la redundancia, de que necesita dos testigos para la gestión. Euphrase abandona la notaría y al cabo vuelve con el dueño del hostal donde se hospeda y un huésped, los cuales confirman muy animadamente que el poder ha sido escrito por Élodie Ménétret. Por extraño que parezca, no parece que un notario de Luxemburgo se pregunte cómo es posible que un empresario local y un viajante desconocido vaya y resulte que tienen conocimiento de una señora que vive en Villemomble. Porque el caso es que el notario da fe del poder, y se compromete, puesto que es el administrador de la renta, a enviarle los pagos. Con esa operación, Euphrasie tomó acceso a 40.000 francos más.

El 12 de agosto de 1885, un nuevo huésped aparece en la casa. Es Héctor. Puede que lo recordéis: el recuerdito que le dejó el conde del Castillo Nuevo a Honorine, una de las hermanas. Héctor de Chateuneuf se ha convertido, con la edad, en eso que llamamos un punto filipino. Dando tumbos por la vida, ha acabado reclutado en el ejército francés, del que, sin embargo, pronto desertará. Su condición de desertor le obliga a emigrar a América y, después, vuelto a Europa, a establecerse en Bruselas. Y es de allí de donde se lo ha traído su tía, a pesar de las dudas que él tenía, no fuesen a trincarle para hacer la mili.

Héctor (otras fuentes dicen que se llamaba Alphonse) es un joven alto, musculoso y bien parecido. Un macho alfa, un chulo de putas. La vieja Euphrase bebe los vientos por él y él se deja querer. Eso sí, por detrás de ella la llama vieja chocha y se fija en otros objetivos más acordes con su edad. Adèle es joven, tiene un buen par. A por ella. En unas pocas semanas de estancia del mozo en Villemomble, el sangrado mensual de su prima cesa inopinadamente.

Ante los hechos, Héctor finge tener ganas de sentar la cabeza. Yo le explicaré al tío Zacarías, dice. Os explicaré a todos. Me casaré con mi prima y nos instalaremos en Bruselas. Sólo hace falta, querida tía, que me des algo de dinero para instalarme. 

Pero Euphrase, con un ataque de cuernos como de aquí a lima, lo manda a tomar por culo. Bueno, peor.

- Si tú quieres -le dice-, puedes tener todo el dinero ue quieras. Pero tienes que dejar a Adèle. Por el niño no te preocupes. Lo criaremos.

La discusión sube de tono. Se hace cada vez más violenta. Hasta el momento en que Héctor estalla:

- ¿Y el dinero de tu víctima?

Ante la sorpresa de su tía, el joven se explica: el fantasma de Élodie Ménétret se le ha aparecido y le ha contado todo lo que ha pasado; que Euphrase, en realidad, la mató. Según contarán ante el juez algunos testigos de aquella discusión, por dos veces Héctor hace girar un cuchillo sobre una mesa, y por dos veces la punta del arma se para apuntando hacia el parterre de hortensias en el centro del jardín. Es evidente que las cosas no fueron así. En realidad, Héctor, tampoco hay que ser muy listo, ata cabos desde su llegada a Villemomble. Una vieja arruinada conoce a una señora pudiente, se va a vivir con ella, la señora pudiente desaparece misteriosamente y la vieja se queda con la casa y el dinero... De tiempo atrás, el sobrino se dedica a mirar en los muebles de la casa, cuando su tía no mira, y parece ser que acaba por encontrar unos papeles que demuestran la hipótesis del asesinato.

De hecho, Euphrasie estaba pensando en vender la casa y un día, consultándole a su sobrino, le viene a preguntar si sería posible ponerle al comprador la condición de que nunca cave en el jardín. La tía lo justifica por el supuesto miedo que tiene a que aparezcan cosas bajo la tierra porque, hecho éste cierto, la casa está construida en un lugar que una vez fue cementerio. Pero Héctor no se lo traga, y ata cabos. Ahora ya sabe que su tía es una asesina y, para más inri, sabe dónde está el cadáver. De hecho, cuando Adèle se queda embarazada y su novio monta la que monta, en realidad podríamos hablar de un intento de chantaje, pues es probable que, incluso con anterioridad a aquella escena, el joven ya le hubiese dicho a su tía que su silencio valía unos 25.000 francos.

Héctor y Adèle huyen de la casa a Bruselas. Su tía les sitia por hambre. Sin dinero y sin profesión, ambos malviven, muy malnutridos. Tanto, que el hijo de Adèle nace muerto. Eso enloquece a Héctor quien, ciego de odio, se dirige a la policía, denuncia a su tía e incluso indica el lugar del enterramiento.

Bajo el parterre de hortensias aparece un cráneo, unas tibias, algunos huesos. En la chimenea de la cocina se aprecia una materia excesivamente grasa que hace pensar a los forenses que allí mismo se ha podido quemar un cadáver. Una comisión rogatoria enviada a Luxemburgo se entrevista con el notario Rausonnet. Peritos calígrafos examinan el famoso poder y opinan que es falso.

Ante el juez, Euphrasie Mencier muestra una actitud ciclotímica: a ratos tiene una seguridad a prueba de bombas, a ratos se deja caer en sollozos sordos en los que se queja de su triste que ha sido su vida, repitiendo que todo se lo ofrece a Dios... Insinúa que su amiga Élodie puede haberse marchado a España, pero no cuela; incluso envía al juez, a los tres días de empezar el juicio, un inocente telegrama que dice: Bordeaux. Acabo de regresar de América. Suspendan la sentencia. Elodie Ménétret. Arremete contra el perito calígrafo, y justifica los huesos en el jardín por el hecho de que la casa se ha construido sobre un antiguo cementerio. Interrumpe constantemente la declaración de los 80 testigos llamados a declarar, declamando que Dios los va a castigar por sus mentiras.

En medio de las sesiones, hace su aparición teatral Héctor de Chateauneuf; ha conseguido un salvoconducto que le permite entrar en Francia con la garantía de no ser arrestado. Su testimonio no hace sino añadir folclorismo a aquel caso que, en ese momento, tiene mesmerizado París, la Francia entera. Se reafirma en que todo lo que sabe se lo ha contado un fantasma. Afirma de tener el don hereditario de descubrir cuerpos enterrados. Euphrasie se levanta, lo señala con el dedo y le dice: tu es possédé par un démon; Héctor empalidece, y sale corriendo. 

El jurado no tarda ni media hora en deliberar. Declaran culpable a la vieja Mercier, y la condenan a veinte años de prisión; a cadena perpetua, en realidad, porque para entonces tiene ya más de sesenta años.

Nunca se pudo saber, a ciencia cierta, si los restos encontrados bajo el parterre eran los de Élodie Ménétret. Bueno, o no se pudo, o no se quiso, porque las pruebas eran bastante evidentes. Entre los restos encontrados en el jardín apareció un diente falso y una pieza de oro que había sido el relleno de otro diente hueco. La policía visitó al dentista de Elodie Ménétret, en cuyos registros figuraba la colocación, en 1857, de un diente falso; y el relleno, en 1871, de un diente con oro.

En realidad, lo que inclinó la balanza de aquel juicio en contra de la acusada fueron los muchos testimonios que se desplegaron sobre los ritos cuasidemoníacos que se practicaban en aquella casa. Euphrasie Mercier, a pesar de ser una más que probable culpable, fue, en realidad, condenada por bruja; y, tal vez por ser conscientes de que, en derecho, su condena tenía difíciles apoyos, los jueces le aplicaron un extraño atenuante (dijeron que la acusada había estado sometida a «circunstancias extenuantes») para rebajar un tanto la condena. También cabe la posibilidad de que la condenasen por loca. Porque la familia era de armas tomar: Héctor Chateauneuf se ahorcó pocos meses después del juicio y dos de sus tías, Honorine y Sidonie, acabaron en un asilo de locos.

Euphrasie, sin embargo, murió muy vieja, y siendo muy considerada en la prisión por su buena conducta.