miércoles, octubre 09, 2013

La senda de Dios (3: y tendréis una moral)

Esta serie se compone de:

Algunas cosas a modo de introducción
In Tiberim defluxit Orontes

En otra cosa se parecen las religiones orientales al cristianismo maduro de la Edad Media y, asimismo, se distinguen del panteón grecorromano: el carácter de sus sacerdotes.

El pontífice romano era un cargo político. Colleen McCollough, que además de ser la autora de El pájaro espino es una gran erudita en la civilización clásica y ha escrito una serie impagable de novelas sobre los tiempos del final de la República y el Imperio, describe muy bien cómo Sila fuerza el nombramiento de Julio, en su juventud, como pontífice, por la única razón de que así el joven no podrá hacer servicio de armas y, consecuentemente, no podrá hacer sombra al dictador.

Las religiones orientales, sin embargo, inventan al sacerdote full time que, convirtiéndose en un especialista en los misterios de la religión, acaba convirtiéndose en un irradiador de cultura o de ciencia; exactamente igual que los inquilinos de los monasterios medievales europeos. En tiempos tan tardíos como los contemporáneos de Estrabón, todavía los sacerdotes babilonios, seguidores de Beroso; o los heliopolitanos de la escuela de Manetón (autor, entre otras cosas, de la lista canónica de faraones por dinastías) eran considerados expertos en diversas materias del saber. Evidentemente, este proceso tuvo consecuencias negativas: la capacidad de avance especulativo mostrda por los griegos se vio seriamente frenada por el hecho de que las religiones, a la hora de hacer sobre todo ciencia, partían de dogmas preconcebidos contra los que no se podía teorizar (es tristísimo el episodio de Hipatía en Alejandría; pero lo que no es, en modo alguno, se pongan Carl Sagan y Alejandro Amenábar decúbito prono o supino, es inusual); sin embargo, también tuvo otras consecuencias muy importantes pues, de alguna manera, apartó el objetivo final de toda creencia, que no es otra que la salvación del alma, del terreno de los ritos mágicos. La salvación, conforme evolucionan las creencias orientales, cada vez tiene menos que ver con la repetición monótona de unos rituales y con el concepto de no cabrear a un Dios más o menos caprichoso, y cada vez más con el conocimiento y la comprensión de determinados misterios o revelaciones. La religiosidad se convierte en una gnosis, un conocimiento. Cada vez es más difícil ser creyente y, a la vez, un cabestro. La evolución de las religiones orientales durante la era grecorromana, en este sentido, se parece mucho a la evolución del propio judaísmo que será la principal fuente del cristianismo. Hoy, incluso al cristiano más creyente le chirría la escena bíblica de un Yahvé pidiéndole a uno de sus mejores acólitos que mate a su hijo porque le place. De alguna manera, esa misma evolución entre una deidad caprichosa e insensible y el Dios de los cristianos es la misma que se produce con la entrada en juego de la gnosis, del conocimiento de una religión y de sus reglas morales, como elemento para la salvación personal.

Esta evolución de las religiones orientales, desde la danza posesa de los abuelos hacia la salvación desde el conocimiento de los nietos, llegó al mundo romano en el momento más propicio; lo cual quiere decir que, muy probablemente, esa evolución tiene mucho que ver con el tiempo de la Roma donde se produjo. Un momento, se podría decir, bastante parecido al actual, por la gran extensión del descreimiento de la que fue testigo.

El gran fallo de la religión grecorromana es que desconocía la moral. Por eso no le gustaba a Séneca, por ejemplo. El acto supremo de Séneca de meterse en la bañera y cortarse las venas puede interpretarse como una especie de declaración de principios en la que un hombre cultivado, asombrado por la falta de reglas de la sociedad en la que vive, negativamente fascinado por los problemas con los límites que presenta su Señor y el hecho de que no hay casi nada en la moral pública que le pueda corregir en ese aspecto, decide realizar un acto de supremo sacrificio en el que él mismo se pone esos límites que considera el hombre debe imponerse.

Ya supongo que algún lector habrá que, al leer esto, estará pensando: es que no tener moral es lo que mola. Eso, lamentablemente, no es verdad. Lo sería si el hombre realmente hubiese sido diseñado por Rousseau; la mala noticia es que el diseño de la mayoría de nosotros responde bastante más a los planos de Hobbes. El hombre moderno dice vivir en un mundo en el que todo el mundo hace lo que quiere y la gente es razonablemente feliz, lo cual demuestra que la moral religiosa nunca fue necesaria. No se da cuenta de la cantidad de cosas que, en realidad, el hombre moderno no puede hacer (sin ir más lejos, zanjar una discusión con su esposa arreándole una patada en la nuca) y el antiguo sí podía. El mundo antiguo necesitaba esos límites que hoy son tan evidentes que no son vistos como límites. Necesitaba una moral pública y una moral privada que pusiera coto a las acciones de los hombres para así hacer felices también a los débiles, a los desfavorecidos, a los retrasados mentales, a las mujeres, a los tullidos... Y esta fue una labor en la que, a pesar de algunos esfuerzos notables, sobre todo desde la praxis más que el pensamiento, como Solón o los Gracos, el mundo grecorromano fracasó.

Mientras el mundo europeo estuvo embarcado en una larga lucha para alcanzar una especie de entente cordiale entre clases dominantes y dominadas, que no otra cosa es la monarquía, la república y las primeras boqueadas del imperio, esta falla no se hace evidente. Pero conforme el mundo romano alcanza la estabilidad institucional, cultural y social, la falla comienza a moverse y a provocar terremotos. La exigencia de justicia del hombre normal se hace más patente, y no encontrará nada que le responda en un conjunto de relatos sobre unos dioses que más parecen pijos caprichosos que otra cosa. En los tiempos de Nerón o Cómodo ya es evidente en la cultura romana el surgimiento del grito del modesto contra el rico. Las gentes cada vez creen menos en la vieja religión de sus ancestros, que hasta entonces les había mantenido bajo la promesa de recompensas en el más allá; y Juvenal escribe en sus versos que ya ni los niños creen en el mito de la barca de Caronte.

(...) esse aliquos manes et subterranea regna,
Cocytum et Stygio ranas in gurgite nigras,               
atque una transire uadum tot milia cumba
nec pueri credunt, nisi qui nondum aere lauantur

[La existencia de los manes, de los reinos subterráneos,
de la pértiga de Caronte o las ranas negras de la Estigia
y que tantos miles de almas la traspasen en una barca,
eso es algo que ni los niños creen, siquiera los que aun no pagan en los baños públicos]

La gente abandona los templos, hasta el punto de que Varrón teme por la muerte de los dioses. Octavio Augusto intenta evitar esta marea de ateísmo, pero fracasa. Aunque una de sus reformas, la consideración de él mismo, del emperador, como dios a la manera oriental, será el portillo por el que la religión romana se inundará de creencias orientales. Años después los más, por así decirlo, autócratas de los emperadores, como Domiciano o Cómodo, serán, precisamente, los que más trabajen a favor de la libertad religiosa en Roma. Es cierto, sin embargo, que hay marchas atrás: tanto Augusto como su sucesor, Tiberio, echaron a los dioses egipcios de Roma.

Las religiones y los sacerdotes orientales, sin embargo, triunfaron sobre el ajado e inútil panteón olímpico. Y esto fue así porque, lejos de lo que le pasaba a la religión oficial, aquellas creencias sí que tenían fuertes elementos morales. De hecho, las religiones orientales trajeron a Roma otros dos de los elementos que algún día el cristianismo dirá haber inventado, y que están en la sala de máquinas de su triunfo como religión universal: la idea de la purificación del alma, y la idea de la inmortalidad de la misma como recompensa de una vida piadosa y virtuosa.

En las religiones orientales se produce el maridaje entre una creencia mágica que se hunde en la noche de los tiempos y la estricta novedad de las religiones personales basadas en la moral. En cuando al primero de estos elementos, como muy bien describe Frazier en su libro ramal, una de las grandes creencias mágicas que se encuentra en las culturas primitivas es la simpatía. Muchos pueblos antiguos, en este sentido, creían que, por ejemplo, limpiando la sangre de la hoja del cuchillo y lavándolo se curaba la herida causada por dicho cuchillo. Ésta es una creencia que está hondamente enraizada en la mente humana, incluso hoy en día. Esto me lo hacía notar el otro día un amigo que me ponía un ejemplo escatológico: las bolsitas que se encuentran en las papeleras de Madrid para los dueños de perros están diseñadas para que éstos puedan recoger con ellas las deposiciones de sus canes sin exponerse a las miasmas y bacterias de la mierda perruna. Pero, sin embargo, la mayoría de las personas que acaban de recoger una bolita de café se negarán a coger con esa mano, por ejemplo, un canapé de ensaladilla para luego llevárselo a la boca. Aunque, en realidad, objetivamente, su mano no está más sucia de lo que lo estaba antes de que su perro cagase, ellos sienten que necesitan lavársela. Tienen una percepción simpática: les basta haber estado cerca de un trozo de mierda para pensar que la mierda ha contaminado sus dedos.

El viaje que hace Dios, en las religiones orientales, desde el ritual mágico de las creencias rurales o animistas o la fría religión estatal del panteón grecorromano, comienza, ya lo hemos dicho, igualando a los fieles. Una vez que los fieles han sido igualados, entra a jugar el concepto de quién, en esa situación de igualdad, se salvará y quién no: la moral. Y, de la mano del concepto de que ciertos actos salvan y de las viejas creencias simpáticas, surge la idea de purgar el alma purgando el cuerpo. Cuerpo limpio, por simpatía, lleva a alma limpia.

El concepto de alma limpia, además, alumbra ese otro de la pureza original. Es una creencia muy fácil de adquirir por los seres humanos, pues todos, salvo los muy insensibles, apreciamos la pureza y la inocencia totales al contemplar a un recién nacido. Los niños, pues, son honestos, son puros, son inocentes (y bastante cabrones, para qué negarlo). Consecuentemente, si los niños son inocentes y los adultos taimados, entonces el hombre nace con una inocencia perdida que ha de recuperar para salvarse. Y se salva mediante sus acciones y purificando su cuerpo con ayunos, o con baños en agua sagrada. Ninguna de estas dos cosas las inventó Juan el Bautista.

Porque el creyente era insuflado por una nueva vida cuando era purificado, y porque el hombre antiguo consideraba que era la sangre la que portaba la vida de los seres sobre la Tierra (algo lógico, surgido de la observación de que quien se desangra, muere), en muchas de estas religiones sus acólitos beben sangre. Otros se purificaban mediante la renuncia, el ayuno constante, o la flagelación. El hombre puro, como los yoguis de la India, no come para no introducir en su cuerpo elementos impuros; y es casto para no verse invadido por la polución y la debilidad. En suma, se sacrifica de variadas formas. Juvenal describe, sin ir más lejos, a los creyentes de Isis dando vueltas a sus templos de rodillas, exactamente igual que hacen hoy algunos beatos y beatas que así se lo han prometido a su virgen o a su santo preferido.

La introducción del ascetismo, de la expiación, de todos los hechos relacionados con la rectitud moral y la necesidad de limpiarse de la inmoralidad, cambió para siempre el papel de los sacerdotes, que dejan de ser meros vigilantes de la adecuación de los ritos llevados a cabo para convertirse en vigilantes de la moral, en centinelas de la pureza del resto de creyentes. Desde ese momento, ya nunca dejarán de ser extraordinariamente influyentes. Con la decadencia del imperio romano, además, todas estas ideas, íntimamente relacionadas con la idea de inmortalidad que ya había sido explotada por religiones antiguas como la Egipcia, irían mutando hacia la convicción de la degradación de la Humanidad y la proximidad del fin del mundo, lo que incrementará más, si cabe, su prestigio.

Hemos visto, pues, a Dios dar un paso: todos sois iguales ante Mí. Aquí está el segundo: para que os salve, habréis de tener una moral, y respetarla.