lunes, octubre 07, 2013

La senda de Dios (2: in Tiberim defluxit Orontes)

Dios llegó de Oriente

Como poder político, esto es militar, Roma es un experimento de occidentalización del poder griego. Grecia tenía problemas para ser un imperio porque su estructura, su atomización en polis, no lo favorecía; y porque estaba demasiado cerca de estructuras nacionales que eran asimismo demasiado poderosas. Alejandro Magno cambió eso de una forma meramente provisional que sus herederos convirtieron en un expolio; pero habría de ser Roma quien lo perfeccionase.

El gran salto cualitativo de Roma lo dan dos parientes: Cayo Mario y su sobrino Julio. Ellos logran dominar la Galia para Roma y, dominando la Galia, dominan el gran vivero de guerreros de lo que pronto se convertirá en un imperio. Un vivero tan grande, tan potente y tan capaz que, igual que hace grande a Roma, acabará por destruirla.

De su oeste obtuvo el proyecto romano su fuerza motriz. Pero, sin embargo, las fuerzas de la inteligencia no las podría encontrar ahí. Las fuerzas de la inteligencia, de la técnica y del arte, habrían de llegar, primero, de Grecia; y, después, de las civilizaciones más allá de la Hélade, asimismo helenizadas. Invadiendo el Ponto, Frigia, Palestina o Egipto, Roma entró en contacto con civilizaciones que acabaron por ser, casi todas, mucho más débiles que ella; pero, sin embargo, estaban mucho más desarrolladas y sofisticadas como sociedades especuladoras y pensantes. Siglos después, una civilización romana mucho más madura se exportará a las naciones que domine: la llamada romanización. Pero, en los primeros tiempos de su poder, Roma no romanizó Oriente; todo lo contrario: fue orientalizada.

Era tal la atracción objetiva que las tierras de Oriente ejercían sobre los romanos que uno de ellos, uno de los más ambiciosos además, Marco Antonio, albergó el proyecto de construir ahí un imperio que le hiciese sombra al imperio lacio. Bastante poco tiempo después, Nerón coqueteó con la idea de trasladar su capital a Alejandría; una tentación que, a su manera, terminaría por llevar a cabo Constantino.

La primera penetración oriental en la civilización romana fue la política. Augusto era un gobernador del mundo pero, apenas unos siglos después, Diocleciano era su dueño, al estilo de los sátrapas de las orillas del Éufrates. Además, muchos emperadores acabaron convirtiéndose en dioses, una idea que es posible que al menos a uno, Calígula, lo hundiese en el vórtice de la locura.

La Roma del siglo III y siguientes ya no es la Roma que hubiesen reconocido los ciudadanos de convicciones republicanas que aceptaron el mando de Augusto con el fin de traer la paz tras una guerra civil. Se parece bastante más a una corte persa, enorme, muy burocratizada, en la que el emperador es una figura mítica, casi intocable, de poder onmímodo. A menudo se olvida la cantidad de cosas que Roma importó, sobre todo, de Egipto: la imposición indirecta sobre las ventas o el directa sobre las herencias o el catastro rural son inventos de los lágidas. Por no hablar, por supuesto, del régimen monárquico-imperial y la consideración de su cabeza como un dios viviente.

Pero no terminan ahí las cosas. Muchos de los grandes especuladores que encontramos en la Historia de Roma eran orientales: Ptolomeo o el licopolitano Plotino, ambos egipcios; Porfirio e Iámblico, sirios; Dioscórides o Galeno, ciudadanos del Asia Menor. La influencia de los pueblos orientales en las sociedades que los tocaban es tan fuerte que más de medio milenio después, cuando los musulmanes invadan buena parte de España, los cristianos aquí instalados se referirán a ellos llamándolos caldeos.

La importancia intelectual de los elementos orientales de la antigua Roma es tan grande que algunos de los desarrolladores de la antigua filosofía griega eran, en realidad, no griegos. Ya hemos citado a Plotino; pero también podríamos recordar al bitinio Dion Crisóstomo, o a Luciano de Samosata, que, claro, ya no hace falta aclarar de dónde era. Qué sería de nuestro conocimiento de la Historia de Roma sin los relatos de Dion Casio, natural de Nicea. El gran arquitecto de Trajano era un sirio: Apolodoro de Damasco.

El imperio alejandrino y los diádocos le habían garantizado, además, a Oriente el contacto con la muy fecunda civilización griega, helenizando el área intensamente; contacto que fue el que, en realidad, colocó al Asia Menor, a Siria y, en menor medida, lo que hoy conocemos como la Capadocia y la Turquía asiática, en situación de ser enormemente fecunda a la hora de poner al hombre a pensar, a escribir lo que pensaba, y a especular alrededor de lo pensado. Para cuando la capacidad de Grecia de irradiar se hubo acabado, toda esa efervescencia hubo de escoger otro entorno en el que crecer; ese entorno fue el cristianismo y su teatro, las imponentes avenidas de la Constantinopla bizantina.

Si Roma practicó la erección de la cúpula sobre bases rectangulares u octogonales; si desarrolló un gusto tan refinado por la policromía, fue porque lo importó de Oriente. En esto, como en otras cosas, los romanos aceptaron, de buen grado, sustituir lo que hasta entonces habían desarrollado por aquellos nuevos productos.

En ningún campo, sin embargo, fue más fuerte la influencia oriental, como en la religión.

Cuando se produce el lento proceso por el cual el imperialismo romano va anexionándose las tierras de Anatolia, o de Siria, o de Egipto, las religiones y creencias que tienen sus habitantes permanecen con todo su prestigio; algo que es trazable incluso en los tiempos modernos, puesto que, si en lo que sería el Imperio de Occidente se impuso una sola lengua para la liturgia (el latín), en las tierras orientales los creyentes han seguido, en muchos lugares, realizando sus liturgias en sus propios idiomas, sin elevar el griego a la condición que tiene entre nosotros, los occidentales, la lengua del Lacio.

En las dos esquinas de Roma se producen hechos totalmente diferentes. Mientras en un lado (Galia, Britania, Hispania) la llegada de los latinos supone el abandono progresivo, en algunos casos inmediato, de los dioses antes existentes (prueba de lo cual es que hoy no podemos saber, con exactitud, qué representa exactamente la Dama de Elche); en el otro, es decir en Oriente, las creencias romanas no sólo no se imponen sobre las elaboradas creencias orientales helenizadas, sino que acaban adoptando no pocos de sus matices (sobre todo, la consideración divina del emperador).

Pero no sólo ocurre eso, sino que de Oriente, en forma de soldados, de mercaderes, de esclavos, se produce una auténtica marea hacia el oeste; una marabunta de creyentes de Isis, de Serapis, Cibeles, Attis, Baal, Sabacio o Mitra. Una marea que llega hasta los últimos contornos del imperio, pues la actual Lugo se encuentra ya muy cerca de la punta de Finis Terrae, y hasta allí sabemos que se extendió la fe mitraísta. Juvenal habla del desbordamiento del Orontes en el Tíber, acompañado de las costumbres de los habitantes de sus orillas:

Iam pridem Syrus in Tiberim defluxit Orontes
et linguam et mores et (...)

En los siglos II y III de nuestra era se vive una auténtica fashion de los ritos orientales en la primera ciudad del mundo; un proceso que levanta ronchas entre los romanos de toda la vida, pero que éstos apenas pueden parar porque el imperio sostiene guerras y presidios en muchos lugares, y para todos ellos necesita el alimento de unas tropas que se llevan con ellos, al servicio militar, a sus dioses.

Hay algo aquí que no termina de cuadrar, sino uno se cree la versión tradicional de que las creencias orientales eran filosofías poco elaboradas, de origen y esencia bárbaras. Si era así, ¿cómo es posible que pudieran extenderse tan rápidamente y hacerse tan populares, hasta el punto de amenazar con acabar con el panteón grecorromano, mucho antes de que el cristianismo pudiera soñar con hazaña tal? La clave de la cuestión es que aquellas religiones, probablemente, no estaban tan poco elaboradas como muchos, sobre todo los cristianos, pretendieron después.

Las religiones orientales eran, sin ningún lugar a dudas, religiones de poder; más que hacer a los reyes responsables tan sólo ante Dios y ante la Historia, los convertían en Dios mismo. Pero, aguas abajo, aquellos cultos tenían elementos sumamente atractivos que los hicieron más potentes que la religión oficial ante todo aquel romano que no fuese un patricio pijo obsesionado con el cursus honorum y con tocar poder para robar a gusto (que es, básicamente, a lo que se dedicaba la clase política romana). La religión romana era de raíz griega; y la religión griega era una creencia enormemente estratificada y jerarquizada, basada en el núcleo familiar, cuyo jefe era, además, sumo sacerdote de la deidad del clan. En consecuencia, como bien sabemos cuando menos los estudiantes de antes de la LOGSE (ahora ya no sé, la verdad), la religión griega estaba íntimamente ligada a las familias primero, a los clanes después, y a la polis finalmente. De hecho, lo que los romanos hicieron cuando invadieron Grecia, ciudad a ciudad, fue, para hacer valer su poderío, absorber las religiones locales, hacerlas suyas.

Las creencias orientales eran distintas, y por eso el ejército, esto es el principal cubo de basura de la sociedad romana desde Cayo Mario (el primer general que llamó a las levas a los miembros del census capiti, o sea a los romanos que no tenían donde caerse muertos); por eso el ejército, decía, fue su principal pecera. El cristianismo no inventó la fe como institución religiosa; la fe la desarrollan los sirios que creen en Baal, en Cibeles o en Attis. Y la fe tiene una característica fundamental: iguala al soldado de mierda con su decurión. Éste podrá ordenarle a aquél que se pase un día cavando una trinchera si le apetece, y aquél deberá obedecer; pero a la hora de la liturgias, ambos son el mismo. No hay señas de que las festividades orientales se celebrasen por estamentos, cosa que sí pasaba con la religión oficial grecorromana. Todos eran iguales; para un patricio, eso probablemente era una idea herética. Pero para la mayor parte de la gente, era mucho más atractiva que creer en la señora Bellona ésa bajo cuya protección se solía reunir el Senado.

Otra cosa que siempre le faltó a la creencia grecorromana, y que las religiones orientales tenían a manos llenas, era pompa; teatro. Como ya he insinuado, la religión oriental no captaba ni a las familias, ni a los clanes, ni a las ciudades ni a las naciones; captaba a las personas una a una y, por lo tanto, tenía que inventar, para ello, toda una liturgia hermosa que cautivase al creyente. En ese sentido, el cristianismo tampoco inventó las procesiones, ni la tendencia hacia la creación de múltiples figuras complementarias (santos y vírgenes) a las que venerar además, y no pocas veces en lugar de, la deidad central. Muchos egipcios creían mucho más en su Debod local que en su teórico Chief Executive Officer, o sea Osiris, o Isis; profundos y finos egiptólogos, como el sacerdote y arqueólogo Etienne Drioton (hoy en día sigue siendo de lectura bien aprovechable su monumental Égypte, escrito a cuatro manos con Jacques Vandier), han señalado los muchos paralelismos existentes entre los cultos egipcios a las deidades locales y la actual preferencia de mucha gente por los santos católicos. Los hombres y las mujeres que querían creer comenzaron, en algún momento hace unos dos mil y pico de años, a aprovechar la llegada de la primavera para sacar en procesión a sus deidades, y no han parado hasta hoy, en que se dan dentelladas para saltar una reja y sacar a cambio abierto una pequeña estatuilla; imagen en la que muchos de quienes así actúan creen mucho más que en Dios mismo.

Aquellos antiguos orientales danzaban como peonzas, se ponían hasta las tetas de bebidas estimulantes e, incluso, en ocasiones se flagelaban, buscando encontrar el punto de éxtasis que hoy alcanza alguna que otra sevillana escuchando a la Pantoja cantar una saeta desde un balcón a las tres de la mañana (porque la gente, cabe recordar, se desmaya de la emoción durante la madrugá). En no pocos de estos casos,  ocurría por ejemplo con los presbíteros de Cibeles, la mejor forma de garantizarse un adecuado impacto de las bebidas espirituosas era mantener un tiempo previo de abstinencia. Tampoco esto lo inventaron los cristianos, mucho menos los islamitas.

Otro aspecto del choque entre religiones orientales y occidentales ha tenido un papel fundamental en la construcción de la conciencia religiosa del hombre. Me refiero al conflicto, que ha he medio insinuado, entre continencia y sensualidad. La moral filosófica griega, que impregna su religiosidad, busca lo primero; se suele citar como ejemplo de ello a los estoicos (que, de hecho, han hecho pasar la palabra al lenguaje coloquial con un significado muy preciso). Las religiones orientales, sin embargo, arrastradas probablemente por esa liturgia sensual en la que bailan, beben y se extasían, así como por el hecho de que la antigüedad de sus creencias hace que tengan en buena medida orígenes rurales, desarrollan un aspecto diferente de la religiosidad: el sacrificio.

Los dioses orientales mueren. Osiris, Attis y Adonis son los tres muertos y llorados por sus mujeres: Isis, Cibeles y Astarté. Los dioses han de morir porque la sensualidad litúrgica, el éxtasis, así lo requiere: quien llora una muerte, con mayor celo celebrará una resurrección.

Entre una oferta formada por unos tipos disfrazados de Senador Palpatin que sacrifican pichones y corderos en las aras sagradas, y una buena juerga en la que con la disculpa de que Adonis ha muerto y ha resucitado, o que Isis ha reconstruido el cuerpo de Osiris mutilado por Seth, bebes como un cabrón, bailas como Locomía y lo mismo hasta echas un polvo, ¿con qué te quedas?

No obstante, conviene ser cuidadosos y no dar a estas palabras un significado demasiado superficial. Ciertamente, y es muy probable que encontremos aquí al principal responsable de la resistencia con que Juvenal recibió las novedades orientales, las religiones venidas del Levante, las creencias orientales superaron al panteón grecorromano porque éste no podía competir con las elaboradas liturgias que trajeron consigo los hombres del Creciente Fértil y de Siria. Pero no nos engañemos: una religión es algo mucho más serio que ponerse hasta las trancas de vino. Para emborracharse, el hombre clásico ya tenía los ritos dionisíacos. Pero lo que no tenía el hombre clásico en la religión oficial era ese concepto de que la creencia es la misma para todos; de que los dioses no miran desde la nube y ven creyentes de pata negra, primera especial, primera clase, y luego diferentes formas de creyentes más o menos rastreros. Las religiones orientales aportaron a la sociedad romana, y sobre todo a sus legiones, el concepto de una fe compartida por todos y para todos. Las legiones no hicieron sino polinizar el mundo con esa idea.

Aquél de la fe de todos fue el primer paso que dio Dios hacia su casa actual.