viernes, septiembre 27, 2013

Píldoras (2) no es educación, es otra cosa

Es muy probable que estés convencido, o convencida, de que el gesto de taparse la boca en público cuando se bosteza es un signo dictado por la buena educación. Si es así, te equivocas. En realidad, cuando menos en su tiempo, lo que revelaba ese gesto no es que quien lo realizase fuese educado, sino que era supersticioso.

Piénsalo dos veces. Teóricamente, el gesto de taparse la boca trata de evitar a la vista de los demás el hecho de estar bostezando, esto es, no pocas veces, aburriéndose. Uno se tapa la boca para que su amigo el conferenciante no se percate de que lo que está declamando nos parece un coñazo. Pero, ¿verdaderamente ocultamos a alguien eso por el mero hecho de taparnos la boca? La verdad es que no. Es un gesto absurdo, porque no evita lo que teóricamente pretende evitar.

La verdad es otra, y hay que buscarla en la Edad Media europea y los muchos mitos negativos que se construyeron durante ella. Las epidemias y pandemias, relativamente frecuentes entonces, enseñaron a las personas que la desgracia (la enfermedad) solía anunciarse muy frecuentemente mediante síntomas que podrían parecer insulsos: sobre todo, el estornudo. Como muy bien describe Ken Follet en su novela World without end, las personas que enfermaban en las epidemias empezaban estornudando; de lo cual es muy fácil saltar a lo que podríamos llamar el pánico al estornudo y, consecuentemente, la adjudicación al mismo de características maléficas.

El bostezo formó parte muy pronto de este catálogo de gestos de mal agüero. Lo cual también es lógico, pues muchas enfermedades (la hepatitis, por ejemplo) causan en quien las sufre un enorme cansancio, que se muestra, entre otras cosas, a través de la somnolencia y el consiguiente bostezo permanente. La gente luego moría de esas enfermedades, lo cual hacía fácil que la cultura popular vinculase bostezo, dolencia y muerte. El bostezo, además, tiene otra característica que lo hace acreedor de las peores sospechas: suele ser contagioso.

El hombre medieval creía a pies juntillas en los poderes de la adivinación, la magia y los hechizos. Sus tatarabuelos paganos eran tanto o más supersticiosos que él, pero al menos tenían religiones que establecían normas y procedimientos para contrarrestar estos efectos, como el sacrificio ritual de animales y todo eso. El cristianismo eliminó todas estas prácticas, aunque acabase por recibirlas parcialmente a través del exorcismo. El hombre cristiano, pues, se debatía entre las cosas que seguía creyendo, y el hecho de que no le estaba permitido creerlas.

Probablemente la mayor creencia supersticiosa fue, y siguió siendo, la del mal de ojo y, en general, las condenaciones y hechizos realizados por personas supuestamente poseedoras de poderes especiales, las cuales condenaban a alguien por diversas razones a la desgracia o a la enfermedad. Dispuesta a creer como estaba la sociedad medieval, cualquier reunión en día de mercado, o incluso tras la misa, se convertía en un conciliábulo en el que los vecinos referían, sin género de duda, historias de personas que habían sido malditas. Como los brujos y brujas de entonces no eran tontos, la maldición preferida era siempre la misma, o sea la que con mayor seguridad se produciría: el deterioro de la salud. El mal de ojo, entonces, consistía en maldecir a alguien a sufrir dolencias, a veces bien localizadas, otras más genéricas, e incluso la muerte.

Una consecuencia muy habitual de estas maldiciones es que el maldito, repentinamente, perdía el vigor. Se convertía en una persona menos activa y más cansada. Esto quiere decir: bostezaba. Muchas personas creían que quien comenzaba a bostezar inesperadamente había sufrido un mal de ojo; y no sólo eso, sino que consideraban que, al abrir la boca para bostezar, empeoraba las cosas porque los espíritus de la maldición, las miasmas de la enfermedad, entraban en su cuerpo por la boca abierta.

Así pues, los hombres y mujeres de nuestra Edad Media se tapaban la boca al bostezar por dos razones fundamentales: primera, para no empeorar su salud, pues consideraban que podrían haber sido objeto de un mal de ojo por el cual los demonios estarían intentando entrar en ellos; y, segunda, para que los demás no fuesen conscientes de que habían sido malditos.

No lo hacían, pues, por educación, sino por superstición.