lunes, septiembre 23, 2013

Noticia del hermafrodita Reyes Carrasco

He porfiado lo mío, pero la verdad es que apenas he conseguido encontrar referencias a un caso curioso de la España decimonónica, como es el del hermafrodita de Huelva Reyes Carrasco. En realidad, la única referencia extensa que he encontrado es un artículo de los historiadores Francisco Vázquez y Andrés Moreno, aparecido en el número 258 de la revista Historia 16. Los autores afirman haber encontrado todo lo que relatan en una revista médica del siglo XIX que, de momento, aparece como la única fuente primaria que he logrado localizar sobre este caso. Como veréis, se trata de una vida bastante novelesca, casi se diría que una película de cine.

Nace Reyes Carrasco en la sierra onubense, y muy pronto en la vida muestra síntomas de ser lo que hoy llamaríamos un marimacho o un bujarrón. Es ella ancha y fuerte, y tiene un temperamento muy vehemente. Todo lo que le gusta, además, es lo que le gusta a los hombres. Le gusta montar a caballo (a horcajadas), es fumadora, bebe hasta dejar inconscientes a sus amigos. Con los años, la voz le muda como le muda a los chicos, se deja el pelo corto y, cada vez más, frecuenta a las personas de su mismo sexo. Como finalmente acabarán anotando los médicos que la estudiarán, no le viene la primera regla hasta los dieciocho. Es su menstruación, además, muy poco generosa y, para más inri, se detiene apenas unos pocos meses después de haber comenzado. El suyo, es, pues, un climaterio especialmente corto, así como una menopausia evidentemente temprana.

En realidad, sus padres, desde el mismo momento en que la tuvieron, tuvieron serias dudas sobre qué era exactamente lo que habían tenido. Como meticulosamente anotarán los doctores José Pablo Pérez y Carlos Cherizola cuando la estudien, Reyes Carrasco tiene un clítoris anormalmente grande, «como un pene mediano e imperforado»; y su vulva, pese a existir, está cerrada por una membrana (no es éste el único caso; en el mismo artículo que cito se habla de otro caso de una mujer a la que le fue observada una membrana parecida, que le fue abierta con cirugía para que se pudiera casar). Con los años, además, no le crecerán las tetas.

Por las dudas que tuvieron sus progenitores fue por lo que le pusieron Reyes de nombre, que es sabido en España vale tanto para hombre como para mujer (este truco, como llamar Rosario o Cruz a los varones, era de todas formas bastante habitual en la España decimonónica entre las clases humildes, pero por otra razón: para evitar el llamamiento a quintas). Cuando la niña va cumpliendo años, los padres la visten como eso mismo, niña, intentando, por así decirlo, definirla. Pero a los doce años, a causa al parecer de las burlas de que era objeto por la prominencia de su entrepierna, solicita ser vestida como un chico. A partir de ahí, ya vestida como un hombre, se encargará de faenas agrícolas, para las que no le faltará fuerza y energía.

A los 18 años abandona el campo para hacerse arriero. Sin embargo, a finales de 1859, a causa de su temeridad, le llegará la ruina. Se empeña en hacer un viaje a Portugal en medio de un tiempo de mil demonios, y por el camino pierde la carga, el carro y los animales. Avergonzada por su ruina y no queriendo volver a casa de sus padres, como aquel que dice (chiste fácil) con el rabo entre las piernas, se coloca en el país vecino como minero.

Tiene la mala suerte Reyes Carrasco de no ser la única habitante de su zona que se ha colocado en la relativamente cercana mina portuguesa. Otro vecino ha conseguido trabajo allí, y la reconoce. Ambos han crecido conociéndose, así pues el minero sabe bien que Reyes es mujer, y una noche, como reza el informe médico, «arrastrado por su grosero apetito», intenta violarla. Pero, claro, intentar violar a Reyes Carrasco, que lleva toda su vida montando a caballo, aventando la paja y lo que se tercie, es meterse en camisas de once varas. El hermafrodita tira de faca y le abre a su agresor un buen agujero por el que se le escapa la vida. Huye a campo abierto, perseguida por las autoridades y protegida por los lugareños de la zona.

Aquella existencia bandolera, sin embargo, ni es la que Reyes quiere para sí misma, ni tiene mucho futuro, racionalmente hablando. Así pues, el ex minero contacta con su familia, consigue que le den apoyo logístico, y se desplaza a Cádiz de estrangis, donde embarca hacia Londres. Embarca en la nave como mujer, pero su aspecto es tan evidente que es obligada por la tripulación a hacer trabajos de marinero.

En todo el barco hay sólo otra persona que hable español: la mujer del capitán, natural de Gibraltar. Reyes no conoce las labores de la mar, así pues quiere librarse del pesado baldón de sus obligaciones. Así pues, convence a la capitana para que la emplee como doncella a su servicio. Bueno, no sabemos muy bien si la convence o la seduce, porque pocas jornadas después la intensa intimidad entre camarera y señora es ya la comidilla de todo el barco. En consecuencia, la capitana aconseja a Reyes que vuelva a asumir las labores de marinería y que, a ser posible, desembarque en el primer puerto que toque el barco.

Como consecuencia de esta escala obligada, Reyes Carrasco termina en la isla de Malta, sin conocer a nadie y sin poder hacerse entender, hasta que acaba por cruzarse con una española que la lleva al consulado patrio. Ante el cónsul, Reyes se presenta como Bartolomé Bravo, natural de Cádiz y de profesión, marinero. Como sea que no puede demostrar estos asertos oficialmente, el cónsul da en pensar que se trata de un desertor del ejército. Así las cosas, acaba embarcando a Reyes en un barco francés, camino de Marsella, para ser entregada allí al cónsul de la ciudad. Una vez en la ciudad francesa, la meten en un hotelito donde Reyes se liga a una de las hijas de los dueños.

Finalmente, el cónsul español en Marsella la embarca a Barcelona, donde Reyes huye, pero sólo para ser detenida en Gerona. Fue condenada a siete meses de presidio en la Ciudad Condal.

En 1862, Reyes Carrasco termina su condena y decide irse a Cádiz, donde se coloca como aguadora. Se hace llamar Manuel de los Reyes y ha renunciado completamente a su identidad femenina. Pero acaba por ser reconocida y denunciada a las autoridades, que resuelven entregarla a las portuguesas para que responda por el homicidio que cometió. Sin embargo, Reyes enferma de fiebres tifoideas y debe ser ingresada en un hospital durante seis meses. Para entonces, arrastra desde Barcelona la fama de bicho raro, lo que hace que los catedráticos y profesores de la Facultad de Medicina aprovechen su estancia hospitalaria para estudiarla a fondo, tanto durante sus fiebres como después, cuando de nuevo habrá de ser ingresada por una neuralgia.

El fin de Reyes se pierde en la escasez de testimonios que existen, aunque todo parece indicar que nunca llegó a ser extraditada a Portugal. En todo caso, la peripecia de su vida, felizmente relatada por dos médicos en un informe profesional, es una buena prueba de las enormes dificultades que registran las personas fuera de lo normal, en un mundo que temía a todo que lo fuese. El siglo XIX europeo, y por lo tanto español, si bien registra las primeras aproximaciones a la homosexualidad, la transexualidad y el hermafroditismo desde puntos de vista más o menos equilibrados, siguió, en este punto, buena parte de la estela de los tiempos anteriores. El Derecho español prácticamente no registra en esos tiempos la realidad de quien tiene inclinaciones hacia un sexo que no es con el que ha nacido, o tiene incluso algo más que tendencias. En aquel entonces, la milicia y el matrimonio son los dos únicos puntos de la vida de las personas en los que la definición sexual importa. A todo esto, en el caso de las mujeres sobre todo, se une la aproximación que muchos siquiatras realizan al tema en aquella época; tienden a considerar a la mujer que practica el tribadismo (el concepto de lesbiana no es muy común todavía) como persona propensa a la violencia, y aun al crimen, como efecto de sus deseos desviados y, no pocas veces, de su extraña anatomía. Cuando una sociedad espera de alguien que se convierta en un delincuente y un desclasado, las probabilidades de que ello ocurra se multiplican, y esto es lo que pasa con muchas lesbianas del pasado. Pero esto ya lo hemos contado.