martes, octubre 01, 2013

Doping (y 9: amigos para siempre means you'll always be my friend...)

El principal objetivo de la WADA era la creación de un código contra el dopaje que pudiera ser universalmente utilizado. Para entonces, sus planes contaban ya con un amplio respaldo en el mundo deportivo mundial, incluyendo la práctica totalidad de los comités olímpicos nacionales y sus gobiernos, así como las federaciones internacionales de medio centenar de deportes. El consenso era tal que, por primera vez, un dirigente contra el dopaje, en este caso Dick Pound, pudo decirle a las posibles delegaciones de los juegos de Atenas aquello de «son lentejas»: si aceptas el código estarás en Atenas; y si no, no. Eso iba tanto por los países como por los deportes.

Durante todo el año 2002, la primera mitad internamente en la WADA y la segunda en el mundo mundial, se produjo un trabajo intenso de diseño del borrador del futuro código antidopaje, que tuvo que ser redactado varias veces hasta su presentación, en marzo del 2003, ante la Conferencia Mundial sobre el Dopaje en el Deporte que se celebró en Copenhage. De aquella reunión salió la conocida como Declaración de Copenhage, que aseveraba la voluntad férrea de luchar contra el dopaje por parte de todos aquellos que hasta 18 meses antes lo habían promocionado; así como la indiscutible autoridad internacional de la WADA en este terreno.

A veces, los aficionados al ciclismo se quejan de que en esto del dopaje, a su deporte se la encaloma la culpa de ser el que más se droga. Pero, la verdad, a veces pasan cosas… Por ejemplo, durante todo el año 2003, el trabajo fundamental de la WADA y del COI fue monitorizar la integración del nuevo código en las reglas de los diferentes países y federaciones, con la amenaza, realizada por el mismo Rogge, de que quien no lo hiciese no participaría en los juegos del 2004 en Atenas. Sin embargo, ya en el 2003 se produjo el primer problema cuando la, ya lo siento, Unión Ciclista Internacional trató de evitar que la WADA coordinase los análisis antidopaje durante su campeonato del mundo.

Para la WADA, era fundamental que se aprobase una convención internacional que vinculase y obligase a los gobiernos del mundo en la lucha contra el dopaje. Sin embargo, alguien estaba de canto, y ese alguien era nada menos que EEUU. Los Estados Unidos, en efecto, eran uno de los tres morosos de la WADA, pues solamente Italia, Ucrania y ellos no habían soltado la pasta acordada para financiar la agencia. El COI les amenazó con echarlos de Atenas y con pasar de la candidatura de Nueva York para los juegos del 2012 (que, de todas formas, no ganó, tal vez un poco por esta política del avestruz; y es que, señores del deporte y la Administración españolas, mostrarse comprensivo con el dopaje, hoy, tiene costes muy caros cuando se pretende organizar unos juegos, por mucho que ello se quiera mitigar con  una relaxing cup of café con leche). Visto que en Washington George Bush Jr. no se mostraba nada dedicado a la idea, la WADA contraatacó presentando su proyecto de convención ante la UNESCO, donde obtuvo un apoyo unánime de 191 votos. La Convención Internacional de la UNESCO contra el Dopaje entraría en vigor en cuanto hubiera 30 países que la firmasen. El 25 de noviembre del 2005, Suecia se convirtió en el primer firmante. Todo el mundo esperaba que para el 2006, en la apertura de los juegos invierno de Turín, al menos 30 hubieran firmado. Pero en febrero de dicho año, la convención apenas tenía siete ratificaciones. Los juegos, en contra de lo afirmado por el COI, tuvieron que comenzar, y desarrollarse, con un montón de peña sin estar vinculada a la convención; que, de hecho, tardó un año más en tener existencia jurídica.

En el año 2004, la política internacional contra el dopaje alcanzó su mayoría de edad. Fue durante el debate sobre el Estado de la Unión, en Washington. El presidente Georges Bush incluyó el asunto dentro de los temas tratados durante su discurso, lo cual dejó claro a todo el mundo que los Estados Unidos habían decidido apoyar el movimiento internacional. En realidad, EEUU hizo más: la estrella velocista americana Marion Jones fue condenada a seis meses de prisión por mentir a las autoridades federales sobre su dopaje, lo cual provocó que la federación internacional la suspendiera por dos años y le revocase las cinco medallas ganadas en Sidney.




Lo que ha pasado a partir de Pekín es bastante difícil de determinar. La documentación relativa a los juegos más cercanos en el tiempo todavía no ha sido del todo publicada, así pues todavía tenemos que saber si, por ejemplo, China está verdaderamente implicada en la lucha contra el dopaje o, por el contrario, pretende ser la nueva República Democrática Alemana.

Incertidumbres aparte, creo que hay algunas cosas que se pueden decir de este resumen, a modo de conclusión.

La primera de ellas es que cualquier dirigente deportivo que se atreva a afirmar que el mundo del deporte siempre ha estado comprometido contra el uso de drogas, miente. En realidad, miente como un bellaco de proporciones galácticas, porque el deporte de competición, a lo largo de su existencia, lo que ha hecho ha sido, más que permitir o tolerar el dopaje, fomentarlo y multiplicarlo.

Son bastante comunes, en los programas de ciencia, esos modelos temporales que nos cuentan la vida del Universo como si fuera un día; modelos que nos sorprenden cuando se nos dice que el hombre, en realidad, lleva en el Universo apenas unos cuantos segundos o minutos de la última hora de dicho día. Es evidente que para nosotros, que como Humanidad tenemos una Historia y una Prehistoria conocida que abarca centenares de generaciones, nos parece que el hombre siempre ha estado ahí. Pues con el dopaje pasa lo mismo. Como muchos de nosotros, especialmente los más jóvenes, hemos crecido como personas sabiendo de operaciones contra el dopaje, pensamos que esta lucha ha sido la misma siempre. Pero no es verdad. El deporte internacional, y muy especialmente el olimpismo, se han construido, hasta hace apenas unos segundos, a base de dejar, cuando no aconsejar u obligar, a los atletas que se dopen. Inmisericordemente. Incluso poniendo en riesgo sus vidas presentes y futuras.

En realidad, es que el deporte internacional, y como decimos muy particularmente el olimpismo, se han hecho grandes, se han hecho mitos, se han hecho negocio, a base de que quienes tenían que atraer a las masas a los estadios compitiesen garantizando, by the chemical way, que lo harían altius, citius, fortius. Hay deportes, como el atletismo, cuyo negocio se basa en que el año que viene llegue un tipo que corra más rápido que el del año anterior, o salte más, o lance la bolita más lejos. Récords como el de Beamon en México son mala cosa. Por lo que se refiere a otros deportes, notablemente los de equipo, cuanto más famosos son, cuanto más interés concitan, más necesarios se hacen en las parrillas de la tele. Hay que jugar más partidos, y eso las rodillas no lo aguantan tan fácilmente. El ejemplo más claro me parece la NBA. A los jugadores americanos, en los juegos de Londres, les dieron vara ancha con los análisis de sangre y orina. Es lógico: el baloncesto de elite, de mates estratosféricos, de pases imposibles, o se juega 86 veces al año, o se juega a base de gazpacho sin aditivos. Las dos cosas a la vez son imposibles.

¿Tendríamos la Liga de las Estrellas, el Calcio, la Bundesliga o la Liga Inglesa que tenemos si sus protagonistas sólo pudiesen tomar Nocilla untada en pan con doble horneado? La respuesta es más o menos la misma que la de esta pregunta: ¿cómo es posible que las marcas atléticas nunca alcancen un tope insuperable? ¿Es que no hay una marca de cien metros lisos que ya ningún hombre pueda superar? Siempre puede ser que, de repente, salga un atleta que supere las marcas anteriores. Pero, en un deporte limpio… ¿es normal que eso pase en cada nueva generación de competidores?

El dopaje, a mi modo de ver, tiene dos grandes debates morales. 

El primero es el que ya he dicho: así es el negocio; si las cosas cambian, ¿lo será? 

El segundo es: ¿y por qué no?

En Japón hay un deporte que arrastra masas de espectadores llamado sumo. Es una modalidad de lucha, una especie de judo de gordacos. Sus luchadores son la antítesis del atleta. Para ellos es muy importante acometer con fuerza al adversario para sacarlo del círculo de competición, y es por esa razón que los grandes luchadores de sumo engordan de manera industrial. Comen tanta basura, y tantas veces, para engordar, que muchos saben que se condenan a la diabetes temprana o a otras dolencias vinculadas a la obesidad, algunas de las cuales son candidatas a apiolárselos antes de llegar a viejos. Pero, para ellos, vale mucho más la gloria.

La cuestión es: ¿no debería permitírsele al deporte de elite una sumo approach? El atleta que se mete cosas con  una jeringa no puede estar pensando que ése es un acto natural precisamente. Hoy, la mayoría, si no todos, pueden imaginar las consecuencias de ponerse todo lo que se ponen. Si es su elección, ¿quiénes somos los demás, moralmente hablando, para afeársela?

En todo caso, y sea cual sea la posición frente al dopaje, queda, como importante conclusión, el hecho palmario, que ya he citado, de que el mundo del deporte internacional apenas lleva desde ayer por la tarde seriamente comprometido en luchar contra el mismo. Sinceramente, la retirada de las medallas de Marion Jones, la de Ben Johnson, me parecen de chiste. ¿Qué pasa con todas las medallas obtenidas en los juegos, cuando menos, desde México hasta Seúl? Los dirigentes olímpicos saben bien que si todos esos entorchados fuesen anulados, serían muchos más los pecadores castigados que los justos agraviados. Muchísimos más; yo diría que, cuando menos, en una relación de 40 a 1. Mantener las cosas como están no deja de ser utilizar ese solitario 1 para salvar a 40 pollas, a sus entrenadores, a sus dirigentes deportivos y hasta a sus gobiernos, que, no lo olvidemos, sabían muy bien lo que se hacían, y que estaba mal hecho.

El olimpismo puede decir ahora que está comprometido contra el dopaje. Eso, la verdad, lo veremos. Algún día. Porque el deporte es hoy tan importante que sólo es cuestión de tiempo que (re)aflore como elemento de orgullo nacional, o ideológico; y obtener medallas vuelva a ser lo que fue en el pasado. El día que los grandes poderes del mundo sentencien, otra vez, «hay que hacer lo que sea para que no nos ganen», ¿se posicionará de verdad el olimpismo contra ello y nadará contra corriente? La respuesta, desde ya, es: no. A menos que al olimpismo lo colonice una horda de monjes budistas sordociegos.

La última vez que me senté a ver más de media hora de unos Juegos Olímpicos fue en Barcelona. Para mí, sinceramente, es un espectáculo en el que no merece la pena perder el tiempo. Porque no es un espectáculo. Una buena partida de póker es un espectáculo. Una con las cartas marcadas, no.