lunes, abril 29, 2013

Soixante huit (17: la construcción del socialismo, seguida de espantá)




Resumen de lo publicado: Finalmente, abrumado por la tensión conjunta de hobbits y enanos, Sauron se aviene a negociar con los primeros de ellos sus condiciones de trabajo en las minas. Tras dos maratonianas sesiones negociadoras, alcanzan un acuerdo. Pero cuando los reyes enanos llegan a las minas a explicarle al resto de sus gentes el contenido de los pactos, éstos los mandan, elegantemente, a tomar Fanta.

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El martes 28 de mayo, el gobierno Pompidou, seriamente presionado por las circunstancias, entrega una pieza mayor a los estudiantes. Alain Peyrefitte, probablemente, sigue contando con la máxima confianza del jefe del Ejecutivo; pero ambos saben que su caída es casi una conditio sine qua non para que las circunstancias comiencen a cambiar para bien en Francia. Si alguien, en ese momento, es la metáfora de la universidad vieja, ajada y clasista que ya no puede volver, ése es el ministro. “Nada se podrá hacer en la universidad a menos que regrese la calma, y yo espero que mi marcha ayude en este sentido”, afirma esa mañana un dimisionario ministro con voz que pretende ser seca y segura.

Sin embargo, la dimisión de Peyrefitte no servirá para nada. Son muchas las personas que se quejan de que las dimisiones de políticos y responsables varios sean pocas y renuentes, pero eso, sin que deba ser justificado, sí que puede ser explicado. Dimisiones políticas sólo las hay de dos tipos: las que se producen demasiado pronto como para que la organización a la que pertenece el dimisionario no se vea debilitada por el gesto; y las que se producen demasiado tarde como para tener utilidad a la hora de apaciguar los ánimos opositores. Por mucho que queramos imaginarnos lo contrario, no existe la dimisión realizada en el momento adecuado y a plena satisfacción de las partes.

El día antes, lunes 27, la UNEF ha convocado una manifestación en París que ha comenzado a mostrar las difíciles relaciones entre el movimiento obrero o sindical y el movimiento estudiantil. El Partido Comunista, por ejemplo, ha desaconsejado la asistencia al evento, “para así no dar espacio a ninguna provocación nueva que pueda obstaculizar el movimiento obrero”. De hecho, la CGT, el sindicato más cercano a los comunistas, le “contraprograma” a los estudiantes su manifestación con doce mítines sindicales en distintos lugares de París, a la misma hora. Sin embargo, en el caso de la CFDT, el sindicato decide finalmente acudir, exactamente que la Federación de la Educación Nacional, y la Federación de la Industria Química de Force Ouvrière (lo cual es todo un dato, puesto que FO es, por principio, contraria a toda manifestación en la calle).

La manifestación parte a las cinco de la tarde, bajo la lluvia, desde Port-Royal, marchando hacia su objetivo final: el estadio de Charléty. Los dirigentes estudiantes comparten la cabeza de la manifestación con Michel Rocard, secretario general del PSU (y que tendrá una larga carrera política en el Partido Socialista; llegado a la poltrona ministerial en los años ochenta, a principios de los noventa conseguirá ser jefe de Gobierno, así como secretario general de la formación); Claude Bourdet, dirigente del PSU en París. Y, cómo no, la gran vaca sagrada del PSU, y por lo tanto de la izquierda real francesa, en ese momento: Pierre Mendes-France.

Viejo zorro de la política francesa (había presidido brevemente el gobierno durante los años cincuenta, en el IV República), cualquier persona que estudie su trayectoria política tras mayo de 1968 difícilmente se hará una idea de la importancia que tenía su figura en los tiempos de los enfrentamientos estudiantiles. En efecto, Mendes-France, tras mayo de 1968; en realidad, casi tras el mitin del estadio de Charléty, pasó a no ser nada o casi nada, en toda una metáfora del futuro que le esperaba a esa izquierda plural y auténtica que representaban el PSU y otras formaciones parecidas. En las legislativas de 1968 ni siquiera logró ser diputado y su siguiente decisión política, que fue apoyar la candidatura presidencial de Gaston Deferre, le granjeó menos del 5% de los votos (aunque, en 1981, apoyaría a un victorioso Mitterrand). Pero como digo, todos estos datos, que no son gran cosa, no nos dan una idea de cuál era el tipo de perfil político que tenía Mendes-France en la primavera del 68. Era considerado un político limpio, eficaz y verdaderamente de izquierdas; uno de ésos varones virtuosos de la buena política, carente de todo matiz negativo, que de vez en cuanto aparecen en el santoral político.

En la marcha de estudiantes y, mal que le pese a la CGT, no pocos obreros, que salió aquel día 27 de mayo camino del estadio de Charléty destacaban los retratos de Mao Tse Tung y Martin Luther King. Este dato nos viene a demostrar, una vez más, lo extremadamente variopinta que era la multitud que alimentaba la alternativa del 68. Y a todos ellos, sin embargo, podría llegar a representar, de alguna forma, Pierre Mendes-France, cuya aureola de sincero e incorruptible traspasaba las banderas rojas, las negras y las incoloras. En cuanto a las fuerzas burguesas y conservadoras, aunque no le olvidaban que hubiese presidido el Gobierno tras la derrota de Dien Bien Phu para pactar con los indochinos, valoraban el hecho de que no fuese un hombre de anarquía.

Tras una lentísima entrada, de más de 45 minutos, en un estadio cuyas gradas ya estaban abarrotadas, y en medio de una tormenta perfecta de banderas rojas y negras, Jacques Sauvageot abre el debate previsto para el final de la manifestación. En referencia a las declaraciones del Gobierno, comienza afirmando, irónico: “Parece que ha venido hoy mucha chusma”; aunque, acto seguido, llama a la tranquilidad porque, dice, “aunque consideramos la que la violencia puede ser justificable (sic), en este momento no la consideramos útil”. Acto seguido, ataca al Gobierno por querer dividir a los estudiantes y a los sindicatos, y afirma que el motivo del encuentro es debatir, y que cada uno diga lo que tenga que decir. Muy en el estilo, pues, de las asambleas estudiantiles de Nanterre. En eso, el movimiento del 68 siempre se fue fiel a sí mismo.

Comienzan las intervenciones. Fredo Krummov, secretario general de la federación textil de la CFDT, afirma que la convergencia obrero-estudiantil debe estar por encima de las reivindicaciones materiales. Maurice Labi, representante de la industria química de Force Ouvrière, afirma: “no se negocia; se conquista”. Acto seguido, un representante del movimiento 22 de Marzo afirma que hay que crear comités de barrio. El siguiente que habla, entre aplausos que diríanse mandrilescos, es André Barjonet (había abandonado la CGT por los acuerdos de Grenelle, y abandonaría ese mismo año el PC por su actitud ante la represión de la URSS a países satélites; luego tuvo algunos cargos políticos y fue profesor de la Escuela de Altos Estudios de Información). El personal orgasma cuando grita: “Se dice que podemos hacer la revolución. Y yo os digo que, si he abandonado la CGT, es porque no han sabido ver que estamos en una situación verdaderamente revolucionaria”.

Un representante de la FEN se marca un discurso plúmbeo-revolucionario que enfría los ánimos un poco. Pero luego llega Alain Geismar, que viene de dimitir como secretario general del SNE Sup, y realiza propuestas concretas: doble poder en el seno de la empresa, y la preparación conjunta por parte de obreros y estudiantes de l’evenement du socialisme. Termina su vibrante parlada con una frase de Ernesto Guevara: “El primer deber de un revolucionario es hacer la revolución”.

Un miembro de la CGT le responde a Barjonet que el lugar para cercar a los burócratas del sindicato es el propio sindicato. Otro del mismo sindicato propone poner en marcha en las factorías en huelga comités de autogestión.

Muchas personas, en el micrófono y fuera de él, sugieren que Mendes-France tome la palabra. Pero él se niega porque, dice, “éste es un acto sindical, no político”. ¿Y los estudiantes?; bueno, no parece que le hayan reprochado nunca el olvido. Mendes-France, que es tipo listo y tiene las suelas de los zapatos manchadas con la caspa que desprenden las moquetas del poder, no quiere intervenir porque se ha dado cuenta del tono abiertamente revolucionario que ha tomado el mitin-debate de Charléty. Sabe que al Elíseo no se llega sólo con el empuje de todos estos estudiantes y obreros. Como buen conocedor que es de ese hecho histórico que moldea Francia desde su producción, la Revolución Francesa, sabe que las masas revolucionarias son incapaces de elevar a nadie a los altares de un poder duradero (a menos que, como Lenin, esté dispuesto a masacrar, una vez que se haya llegado, incluso a los aliados de ayer). Y sabe, por lo tanto, que el tipo de gentes cuya aquiescencia necesitará para llegar algún día al poder ni están en ese estadio, ni le van a dar apoyo alguno como se ocurra tomar la palabra y avivar la hoguera.

Finalmente, Sauvageot hace de resumidor: “No negociaremos con el Gobierno, porque no es un interlocutor válido. Lo que hace falta es reemplazarlo mediante un reagrupamiento de fuerzas dispuestas a llevar el movimiento a sus consecuencias últimas, esto es la implantación del socialismo”.

Obsérvese, en las palabras de este líder estudiantil a quien nadie conocía un año antes (y del que todos se habrán olvidado un año después) cómo la entrada en juego de los sindicatos en Mayo del 68 tiñó este movimiento de algo muy distinto de lo que fue en su inicio. Un anarquista que se precie de serlo jamás aplaudirá a un orador que le está invitando a participar en “la construcción del socialismo”. Para muestra, las acciones del anarquismo en el país donde el anarquismo fue más lejos en la acción, o sea España, respecto de la “construcción del socialismo”. En este punto reside, quizás, la gran contradicción intrínseca del movimiento que comenzó el 22 de marzo oponiéndose a la intervención estadounidense en Vietnam. Mayo del 68, siendo lo que había sido en sus inicios, tenía poco recorrido; las gentes se habrían cansado de tirar cascotes y recibir botes de humo y, además, la gran mayoría, si no todas, las reivindicaciones que habían animado los inicios del movimiento, habían sido aceptadas por el Gobierno. La alianza con los sindicatos era un paso, más que lógico, necesario; pero, dando ese paso, era imposible no estrechar el camino futuro del movimiento y convertirlo en un movimiento de oposición política.

Este viraje será tóxico para Mayo del 68. En una situación en la que la percepción social es clara en el sentido de que el Estado es incapaz de garantizar el orden (recordemos que Francia sigue en huelga; que ya no hay gasolina en las gasolineras, que no se puede ni comprar el pan), el mitin de Charléty, lo quisieran o no sus promotores, y es muy difícil de creer que no lo quisieran, apareció como un órdago a la grande a la democracia parlamentaria burguesa (sí, al parlamentarismo también; en todos los discursos de Charléty, no hubo ni una referencia a ganar el poder por la vía de los votos).

Los primeros acojonados serán los comunistas. Por mucho que L’Huma pretenda enmascararlo con las conocidas habilidades de conteo de manifestantes, a nadie se le escapa que la movida de la UNEF ha sido todo un éxito de participación, y que, en comparación, a los doce mitines de la CGT han ido Manolo y el de la guitarra (lo de Manolo, nombre español, es, obviamente, una licencia poética; como todo el mundo sabe, los setenta y ocho millones de estudiantes españoles que estaban en París aquel 27 de mayo de 1968, al caer la tarde, estaban en Charléty).

Para el Partido Comunista, ahora que se hace palmario que no van a poder controlar el movimiento, ha llegado el momento de pararlo; de ponerle un cortafuegos. Y es por eso que Waldeck Rochet se dirige a François Mitterrand para establecer una reunión entre comunistas y socialistas de la FGDS (Fédération de la Gauche Démocratique et Socialiste) que sirva para establecer un programa mínimo común.

El martes por la mañana, después de haberle contestado a Rochet que sí, que mejor que se vean, Mitterrand da una rueda de prensa en el Hotel Moderno de la plaza de la República. Cuando se sienta ante los periodistas, Mitterrand no es, en modo alguno, un hombre feliz. Tiene el mismo problema que los comunistas y por eso ha accedido a reunirse con ellos. Es evidente que, en teoría, todo debilitamiento del Ejecutivo conservador le viene bien; pero eso es así siempre que se trate de un debilitamiento en el que él ha participado de alguna forma. Y no es el caso, porque su socialismo, digamos, oficialista, está muy lejos del socialismo del PSU, y desde luego del de Mendes-France.

Es por eso que argumenta ante los periodistas que las huelgas y las movidas estudiantiles son importantes, pero no esenciales; porque no se puede puede olvidar a las dos organizaciones que han combatido en el pasado preparando los tiempos que han venido. Desde el 3 de mayo, afirma, no hay Estado en Francia, pero eso no quiere decir que no deba haberlo. Da por seguro que el referéndum le dará la espalda a De Gaulle, por lo que la Asamblea se deberá disolver y se deberá crear un gobierno de transición. Un gobierno formado por diez miembros no escogidos por su ideología y el cual, regardez la gilipolluá, “si es necesario, dirigiré yo”. Aunque, acto seguido la vaselina, puede haber otros que quieran legítimamente ese puesto, “y estoy pensando en Pierre Mendes-France” (caramelo envenenado: de esta manera, ante los votantes burgueses y amantes del orden, Mitterrand está estableciendo una dicotomía entre él y Mendes-France que le debería dar acceso a sus votos).

Y por si alguien tiene alguna duda de las intenciones “altruistas” del viejo zorro socialista, apunta: claro que, también, va a quedar vacante la presidencia de la República. “Y, en ese caso”, remacha, “yo soy candidato” (segunda jugada, por si falla la primera: ahora trata de atraer a las izquierdas, haciéndoles soñar con un ticket Mitterrand-Mendes, a la americana).

Como en el año 1968 todavía quedaban periodistas de verdad, en el turno de preguntas hubo uno que le preguntó a Mitterrand, sin conseguir que éste le respondiese, si su propuesta no significaba “cambiar un gobierno que no ha tenido ninguna autoridad desde hace diez días por un gobierno que no ha tenido ninguna autoridad desde hace diez años”.

En todo este movimiento, Mitterrand cree estar fuertemente apoyado por el Partido Comunista, pero, cuando menos en parte, no es así. A los comunistas hay una pieza del ajedrez mitterrandino que no les va nada: Mendes-France. Lo temen como líder de un gobierno de concentración de izquierdas (y quien no lo entienda, que se cuestione por qué el comunismo español jamás suelta la cabeza de Izquierda Unida, que es una coalición) y saben que, como miembro del PSU, está en la única formación política de izquierdas que ha estado, incondicionalmente y desde el principio, a favor del movimiento estudiantil (que sí, lector, que sí: la única…)

Los comunistas actúan en el terreno que mejor se les da: las palabras. La demanda de un gobierno de unión democrática se convierte, pronto, en un gobierno popular. Lo segundo es mover la calle: el 28, el Partido Comunista convoca una manifestación para el 29, desde la Bastilla a Saint-Lazare. Irán solos porque, aunque convocan a todos los sindicatos a una reunión preparatoria, ninguno acude.

Los acontecimientos, sin embargo, van muy deprisa. A las 10 horas de la mañana del miércoles, camino del Elíseo se produce una aparatosa procesión de tiburones (Citröen DS, el coche de los altos cargos). Se celebra un consejo de ministros en un palacio presidencial cercado, más que protegido, por la policía.

A las 11 horas y 24 minutos, dos tiburones negros salen del Elíseo. En el primero de ellos van el general De Gaulle y su señora.

Oficialmente, De Gaulle ha partido a Colombey. Pero seis horas después los teléfonos entre este pueblo y París arden. Son los periodistas, que le cuentan a sus medios que Monsieur le Président no ha llegado, no está allí.

El Presidente de la República ha desaparecido.