viernes, abril 26, 2013

Hitler y Palestina (8)

De esta serie se han publicado ya un primer, segundotercer, cuarto, quinto, sexto y séptimo capítulos. 

La ofensiva del Africa Korps dejó bastante claro que las viejas tácticas del ejército inglés en Oriente Medio, que tan buenos réditos le habían procurado a Su Graciosa Majestad durante los tiempos de Lawrence de Arabia, eran fruslerías frente a la capacidad de movimiento de los germanoitalianos. Sin mencionar que, tomando Tobruk, el Eje se aprovisionaba con un puerto de gran capacidad. Sin embargo, las rutas a Tobruk ya no dejaron de estar gravemente hostigadas por los aliados, razón por la cual nunca, en realidad, pudo Erwin Rommel dejar de estar angustiado con la cuestión de la disponibilidad de combustible para sus tropas.


Rommel fue nombrado mariscal de campo en el cruce de comunicaciones en el que él mismo estaba presionando a Berlín para que aprobase una ofensiva sobre Egipto. Para ello, necesitaba que Mussolini movilizase sus tropas en la zona, cosa que Hitler aprobó.

El 26 de junio, unidades panzer comenzaron a hostigar la nueva línea de defensa británica en Marsa Matruh, que venía a ser el último puerto antes de llegarse a Alejandría. El ejército británico se encontraba en una situación que bien cabe calificar de desesperada; más aun después de la caída de la mentada Marsa Matruh, operación en la que los alemanes hicieron 8.000 prisioneros.

En paralelo a la pérdida de Marsa por los británicos, desde el despacho de Joachim von Ribentropp en Berlín se puso a las terminales germanas en el nacionalismo musulmán egipcio a trabajar por una especie de intifada de propaganda en el interior del país. Las organizaciones musulmanas radicales lanzaron esta campaña, que se centró en un eslógan que os sonará: Gran Bretaña roba a Egipto. Los discursos callejeros destacaban el hecho de que la torpeza y chulería de Londres iban a convertir Egipto en el teatro de una guerra, Alá sabe con cuántos muertos de por medio.

Tan sólo 24 horas después de la caída de Marsa Martruh, el Africa Korps alcanzó el último bastión defensivo de los británicos al oeste del Nilo. Era un lugar un tanto inhóspito, tanto que su nombre provenía de una pequeña estación de tren que había allí, llamada El Alamein. Estaba a no más de 100 kilómetros de Alejandría, la primera perla egipcia a punto de caer en manos del Eje.

Rommel decidió atacar El Alamein el 1 de julio. Es imposible que un militar tan experimentado como él no fuese consciente de las contraindicaciones de una operación así. Sus tropas llevaban días de ofensiva, y estaban muy cansadas. Tenía pocos carros d combate, pero también es cierto que tenía pocas esperanzas de recibir más. Probablemente, el mariscal de campo se dio cuenta que esperar y ver sería la mejor manera de aplazar el paso germano del Nilo sine die; ahora que los americanos estaban colaborando, la capacidad de recuperación de los británicos debía reputarse rápida y relevante. Rommel necesitaba bañar los pies en el Canal de Suez más pronto que tarde.

Eso quería hacer Rommel: derrotar a los ingleses, propiamente, en Alejandría, y luego desde allí avanzar hacia Cairo y el Canal. En un mensaje de esos días (que, por cierto, los británicos interceptaron en la famosa granja donde trabajaba Alan Turing y que se describe en la película Enigma), el mariscal pedía a Berlín 10.000 mapas del delta del Nilo.

Como un reloj suizo, sólo que germano, el Africa Korps inició el ataque sobre El Alamein en el amanecer del 1 de julio. Al caer la tarde, seguían golpeando sin noquear. Y esa siguió siendo la tónica en los días subsiguientes. Los británicos conocían mejor el terreno y la capacidad de movilidad y ofensiva de las tropas del Eje se había minado en alguna medida durante la larga marcha de los días anteriores. Convencido de que las tropas no estaban en condiciones de tomar la pequeña estación, Rommel y los comandantes de las divisiones panzer acordaron un descanso de dos semanas para reagruparse y recibir suministros. Hasta el 13 de julio, los alemanes siguieron intentando romper la resistencia británica; pero, a partir de ese día, comenzaron a experimentar la molestia de que fuesen los ingleses los que les hostigaban con pequeñas operaciones de avance contra sus líneas.

A finales de julio, después de semanas de retirada constante a lo largo de más de 1.000 kilómetros, de haber entregado Libia y haber parecido demasiado débiles como para sobrevivir, los ingleses podían decir, por primera vez, que habían parado al Eje. A las puertas de Egipto.

Alemania e Italia, a pesar de este frenazo, no lo veían como una derrota; más bien, como una victoria aplazada; una forma que tenia el gato de jugar con el ratón haciéndole creer que aún tenía posibilidades de sobrevivir. De hecho, ambas partes seguían contando con que ocuparían Egipto, y haciendo movimientos orquestales en la oscuridad en beneficio de cada uno. Hitler, por ejemplo, dio instrucciones, que se cuidó de no contarle a los italianos, de proteger al rey egipcio. La cosa tenía sus bemoles. Alemania sabía que había llegado a acuerdos con los nacionalistas musulmanes y que había animado toda una violenta propaganda en el país bajo la idea de que Egipto debía ser para los egipcios. Si no se sentía ideológicamente muy necesitada de cumplir con su promesa, las consideraciones estratégicas así se lo aconsejaban. Pero tenía enfrente a Benito Mussolini, quien desde que había probado la sangre imperial en su aventura abisinia ambicionaba con ser algo así como el emperador in pectore de lo que consideraba la zona de influencia italiana en el noreste de África. El Duce, en este sentido, consideraba que, una vez tomado Egipto, Rommel seguiría siendo, como comandante en jefe de las tropas de ocupación, el poder alemán visible; mientras que, en el ámbito civil, se nombraría una especie de gobernador italiano (en concreto, Serafino Mazzolini, un camisa negra que había sido embajador en El Cairo) con un staff alemán. Hitler aprobó este movimiento, aunque siguió ocultándole a su socio los contactos, muchos, que estaba manteniendo con lo que podríamos llamar la clase política local.

Ribentropp le aseguraba al conde Ciano la claridad con que Berlín aceptaba la idea de que, de los dos socios europeos del Eje, Roma tenía que ser el poder prevalente en Egipto; pero eran sólo palabras huecas. Cuando los italianos propusieron una especie de comisión económica germanoitaliana para controlar de facto los ricos recursos del país, Berlín puso pies en pared. Mussolini ofreció un pacto de hermanos: lo que se sacase en el avance en la URSS, para los alemanes; y lo que se sacase en Egipto, para los italianos. Para Mussolini, el sentimiento y los deseos del nacionalismo musulmán egipcio era como si no existiesen, y eso ponía en peligro todo el montaje de los alemanes en la zona.

A pesar de las buenas noticias de finales de julio, incluso los británicos creían, todavía, que El Alamein caería, y que los aliados tendrían que evacuar Egipto. No eran los únicos que lo pensaban. Mussolini decidió que entraría en El Cairo, al frente del Africa Korps, subido en un caballo blanco. El 29 de julio, metió el caballo en un avión y voló a Libia. En la ciudad de Derna, buscó un alojamiento y se sentó a esperar la caída de Egipto.

Pero, al fin y a la postre, esperaría sentado.