jueves, mayo 02, 2013

El "otro" final de la II guerra mundial

Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe contar el final de la segunda guerra mundial. Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe describir a Adolf Hitler encerrado en el sótano de su cancillería, suicidándose en compañía de Eva Braun.

Y, sin embargo, ese relato no está completo.

Muy habitualmente los europeos olvidamos que la segunda guerra mundial no terminó con Hitler. Tardó todavía unos meses en acabar, porque proseguía el enfrentamiento en el Pacífico. Y la verdad es que el occidental average poco o nada sabe del final de la guerra en Japón; que fue, desde luego, mucho más movido y caótico que en Berlín. Aquí tenéis un relato.



La Historia del Japón del segundo tercio del siglo XX es todo menos tranquila. Ya, ya sé que en ese segundo tercio cae la segunda guerra mundial y que eso lo puede explicar todo. Pero, en realidad, hay más. Antes incluso de estallar el conflicto, en 1936, las esferas de poder en el país se dividían entre dos grandes sociedades militares: la Tosei ha, con planteamientos conservadores que ambicionaban extender la influencia económica de Japón en Asia; y la Kodo ha, de tendencias más socializantes. El 26 de febrero de 1936, esto es casi coincidiendo con las elecciones del Frente Popular en España, 22 mandos y 1.400 soldados de la Kodo ha dieron un golpe de Estado, conocido por los japoneses como Ni Ni Roku, o 2/26, igual que los estadounidenses hablan del 11S. La conspiración falló y dio el poder a la Tosei ha, además de suponer el fusilamiento de varios militares y civiles adheridos al movimiento golpista.

Ya hemos dicho que la Tosei ha era una sociedad ideológico-militar que pretendía extender la influencia japonesa en toda Asia, comenzando por los países más cercanos, como Filipinas, pero con planteamientos que no descartaban llegar incluso hasta la India. Los planteamientos de la Tosei ha, sin embargo, entraban en lógico conflicto con las potencias europeas presentes en el Extremo Oriente, y es por eso que pronto la sociedad japonesa, siguiendo a sus dirigentes, desarrolló la idea de la Dai Toa Senzo, o guerra de la Gran Asia, en la que las naciones de la zona habrían de sacudirse el yugo de sus dominadores occidentales. Fue la idea de esta guerra, y de su inminencia fatalista, la que animó el ataque japonés sobre Pearl Harbour.

El 14 de agosto de 1945, sin embargo, esta gran guerra se había perdido. Hacía ya meses que, en Europa, Adolf Hitler se había disparado un tiro, terminando con aquella guerra y permitiendo con ello a los Estados Unidos centrarse en el conflicto del Pacífico, obteniendo en el mismo crecientes cotas de superioridad.

Aquel día 14, el primer ministro japonés, el anciando Kantaro Suzuki, convocó una reunión del consejo de ministros. Hacía entonces cuatro días que, en otra reunión del gobierno, y por primera vez, el gobierno japonés había decidido enviar a los aliados un comunicado explícito muy parecido a una rendición, aceptando las condiciones acordadas por los aliados en Potsdam, con la única salvedad de que se conservase la prerrogativa del estatus de Su Majestad Imperial. Es posible que en aquel gobierno japonés hubiese miembros que habrían estado dispuestos, tras la conveniente presión, a aceptar incluso que Hirohito perdiese su corona; sin embargo, los términos en los que el ministro de la Guerra, general Korechika Anami, planteó la irreversibilidad de la condición, les guardó mucho de decirlo. Como siempre ocurre en periodos bélicos, los gobiernos tienen primeros ministros, pero el poder, en realidad, reside en manos del responsable del ejército, porque en tiempo de guerra es quien tiene todos los resortes del poder.

En todo caso, la reivindicación era mucho más que una apolillada condición basada en tradiciones seculares. En realidad, el Tenno, o emperador, tenía, en aquellas horas tan complejas y difíciles para la sociedad japonesa, un papel aglutinador que jugar muy importante. Dos tercios del ejército japonés, en aquel momento, estaban formados por personas, digamos, del pueblo llano; y poco más de medio siglo antes, de no ser por su emperador y la reforma iniciada en la denominada era Meiji, no habrían podido estar ahí, porque hasta entonces Japón había sido una sociedad feudal, en la que el uso de las armas le estaba prohibido a quienes no formaban parte de la pequeña nobleza samurái al servicio de los distintos shogunatos. El Emperador era el agente de aquel cambio, y su desaparición, los miembros de su gobierno lo sabían, probablemente desintegraría la sociedad japonesa.

En todo caso, el consejo de ministro del 10 de agosto y su decisión de capitular de facto no podía pasar sin consecuencias. Desde el día siguiente se fraguaba un golpe de Estado. Un grupo muy selecto de oficiales, reunido ese día en un refugio antibombardeo del Ministerio de la Guerra en Ichigaya, decidió reeditar el Ni Ni Roku. Su teoría era muy parecida a la de los comunistas españoles al final de la guerra civil: para conseguir una paz honrosa, era necesario seguir en guerra, mantener el argumento de negociación vinculado al cansancio bélico del enemigo. Y para ello, tenían que acabar con las tres personas que consideraban responsables de que el Tenno (presente en el consejo del día 10) hubiese dejado entrar en su cabeza la idea de una rendición: el primer ministro Kantaro Suzuki; el titular de Asuntos Exteriores, Shigenori Togo; y el Guardián del Sello Privado y mano derecha del Tenno, Koichi Kido.

Los conspiradores, cuyo principal animador era el teniente coronel Mashjko Takeshita, cuñado del ministro Anami, pretendían aislar al emperador pero, por supuesto, no tenían ninguna intención de acabar con él. Los otros dos grandes conspiradores eran el comandante Kenyi Hatanaka y el comandante Hidemasa Koga, que era, por cierto, yerno del celebérrimo general Tojo.

Los conspiradores no contaban con sacar tanques a la calle ni nada que se le pareciese. Su golpe tenía que ser un golpe palaciego del que la gente de la calle no habría de enterarse. Su gran objetivo era neutralizar al teniente general Takeshi Mori, a quien todos llamaban El Monje por su proverbial austeridad en todo, y que estaba a cargo de las tropas imperiales cuya obligación era proteger la vida del emperador.

¿Y qué hacía Anami? Ya hemos dicho que, en ésta como en otras situaciones, el ministro de Defensa (o el jefe real de las fuerzas existentes, al estilo del coronel Segismundo Casado al final de nuestra guerra civil) es el que corta el bacalao. Sin embargo, Anami dudaba. Entendía los argumentos de los conspiradores (aunque parezca increíble, aquel 14 de agosto, el ejército japonés tenía una capacidad de movilización que afectaba a 23 millones de soldados). En Iwo Jima, los americanos habían perdido un hombre por cada cinco japoneses muertos; ¿cuál podría ser el resultado de la regla de tres con la totalidad de la isla? Sin embargo, el general Koreichika Anami era un hombre de armas, un patriota diríamos nosotros, y a él, la orden, porque era una orden, transmitida por el emperador al aceptar el día 10 el comunicado de rendición, no podía ser violada.

Desde el 25 de mayo de 1945, cuando un bombardeo norteamericano había destruido el palacio imperial, Hiro Hito vivía en la biblioteca imperial. Allí, en un sótano de la misma, se celebró la reunión del 14 de agosto, convocada por Suzuki. Todo el motivo de la misma era escuchar a Hirohito, y éste no se salió del guión que le había trazado su primer ministro con nombre motero. En medio de un coro de sollozos reprimidos que hacían a los ministros parecer que estaban sorbiendo fideos (mis amigos japoneses me han referido que sorber al tomar sopa no se considera de mala educación en Japón), Hirohito sentenció: las condiciones de la rendición le parecían adecuadas; prolongar la guerra sería prolongar el sufrimiento y abocar a Japón a la destrucción; yo soportaré lo que venga.

Nada más terminar el señor Hito, su secretario, Sakomitzu Hisatsune (con la ayuda de Kihara Michie, un periodista de su conocimiento), comenzó la redacción del mensaje al pueblo japonés, en los términos que había expresado su boss. El texto fue aprobado por el gobierno y grabado en un disco por el emperador. El momento de la emisión fue fijado para el mediodía del día siguiente, miércoles 15.

Así pues, lo primero que tenían que hacer los conspiradores era encontrar ese pequeño disco, del tamaño de un single de vinilo, y destruirlo.

Hatanaka y Koba se pusieron al lío inmediatamente. Recorrieron Tokio de parte a parte, hablando con todos los posibles conspiradores, a los que propusieron un golpe de Estado que utilizase a los 350.000 prisioneros de guerra como rehenes, aislando al emperador. La mayoría de las personas con que hablaron y que estaban mínimamente informadas de lo que pasaba no quisieron saber nada; estaban preparando su sepuku.

Inasequibles al desaliento, los conspiradores enviaron a los periódicos un falso comunicado del Estado Mayor Central, informando de órdenes del emperador para atacar, amén de comenzar una guerra de propaganda en la que dijeron que los americanos tenían ya planes trazados para sellar al emperador en Okinawa y que todas las mujeres japonesas serían violadas (o sea: que los americanos pensaban hacer con ellas lo que sus maridos, padres e hijos hicieron con las chinas de Manchuria). Sin embargo, no tuvieron demasiado éxito.

En la madrugada del miércoles 15, el general Mori estaba en su despacho con su cuñado, teniente coronel Michinori Shiraichi. En ese momento, entró en la estancia Hatanaka, escoltado por el capitán de aviación Shigetaro Uehara y el teniente coronel Matasaka Ida. Lo instaron a unirse a ellos, a base de plantearle ejemplos de resistencias desesperadas y victoriosas, como la de los fineses. Mori, levantándose, sentenció: “La Konoye [primera división de la guardia imperial, a sus órdenes] no es una milicia”.

Hatanaka sacó su pistola. Pero Uehara, cerca de él, prefirió la tradición. Desenvainó su katana de reglamento y lanzó con ella un golpe circular, que no hirió a nadie. Sin embargo Uehara, experto esgrimista al estilo samurái, combinó su primer golpe con otro vertical de arriba abajo, sobre Mori. Entró por la esquina del cuello y el hombro y penetró casi hasta la tetilla. Acto seguido, sacó el sable y, con las dos manos, ejecutó un golpe circular que decapitó a Shiraichi. En los dos o tres segundos que duró todo, Hatanaka tuvo tiempo de hacer varios disparos a ninguna parte.

Los conspiradores desarmaron rápidamente a la guardia imperial, mediante órdenes cursadas por escrito con el sello de Mori. A las dos de la mañana, empezaron a buscar el disco.

No se andaban con chiquitas. A Yosihiro Tokugawa, mayordomo imperial, le dieron una paliza para que les confesase dónde estaba el disco, aunque no lo sabía (en realidad, el disco no estaba allí; había sido guardado en la caja fuerte de unos asistentes de la emperatriz).

Fuera de la residencia imperial, otros grupos de sublevados tomaron la emisora de la radio pública, la NHK. Otros soldados, reforzados por jóvenes del Kokumin Kamikaze Tai o grupo de voluntarios suicidas, asaltaron y quemaron la casa de Suzuki. Incluso 36 aviones despegaron de la base de Kodama para apoyar a los rebeldes, aunque regresarían sin haber soltado sus pepinos. También fue quemada la casa del presidente del Consejo Imperial, barón Kiichiro HIranuma. Con la de Kido, sin embargo, no pudieron.

El capitán de navío Hisuna Kozono tenía que sublevar a la gran base aérea de Atsugi, pero se puso enfermo de paludismo y hubo de ser ingresado; el golpe era tan precario que esa sola ausencia impidió que la base pudiera ser tomada. Por su parte el ministro Anami, que había cursado una orden a todo el ejército para que acatase las órdenes del emperador que se iban a dar el 15, cambió de idea y cursó la orden de asesinar al almirante Mitsumasa Yonai, ministro de Marina y decidido partidario de la capitulación.

Se podría decir, por lo tanto, que el primer golpe había sido un éxito: los enemigos principales habían sido neutralizados. El emperador, aislado. No tenían el disco, pero tenían la NHK. Y algunos elementos dubitativos, como Anami, parecían finalmente convencidos. Nada de esto, sin embargo, impresionó al general jefe de Estado Mayor del Ejército del Este (zona de Tokio), Taksuhiko Takashima, quien, al encontrarse con que aquella madrugada se comenzaban a transmitir toneladas de órdenes, todas dirigidas a aislar la residencia imperial, se mosqueó. Así se lo hizo saber a la Kempeitai, policía militar, y a su jefe directo, general Shizuichi Tanaka. Cuando se pudo hacer una idea de lo que pasaba, se las arregló para entrar en contacto con el coronel Haga, subordinado de Mori en la guardia imperial, quien seguía creyendo que las órdenes de desarme y aislamiento provenían de su jefe; ni siquiera sabía que estaba muerto.

Tanaka se presentó ante la guardia imperial y, acompañado por Haga, restableció la jerarquía inicial. Ante la insistencia de uno de los conspiradores, comandante Sadakichi Ishihara, de hacer cumplir las falsas órdenes, lo arrestó. A las siete de la mañana, las tropas imperiales se acuartelaron y los prisioneros de la residencia, liberados.

Hatanaka, Joga y el coronel Yiro Shiizadi lograron escapar de la Kempeitai y se fueron a la radio; pero allí se encontraron con que los técnicos les hacían la vida imposible, impidiendo con ello que pudiesen lanzar una proclama. Entonces se recibió una llama en la emisora anunciando la llegada de tropas leales. Aquello fue la señal para los tres conspiradores de que habían perdido aunque, aun así, salieron de la emisora y se dedicaron a repartir octavillas por los barrios cercanos a la residencia imperial. Cuando la Kempeitai les estrechó el cerco, llegó el momento de morir como un japonés. Hatanaka, más moderno (y práctico, diría yo),se disparó en el entrecejo; pero, como no murió, su compañero Shiizadi lo atravesó con su sable, para luego abrirse el vientre y, tal vez a causa del dolor, se disparó en la sien. Por lo que se refiere a Koga, se encerró en el despacho de Mori El Monje y, una vez allí, se abrió el vientre con dos cortes en forma de cruz.

Horas antes, en medio de la madrugada, el general Anami se había atravesado el vientre de parte a parte con un puñal ceremonial y luego se serró la carótida. Su cuñado Takeshita lo encontró todavía vivo y lo remató con su sable.

La locura hitleriana terminó, sin lugar a dudas, en el jardín de la cancillería, mientras unos soldados quemaban su cadáver para que no fuese encontrado ni mancillado por los rusos. La guerra del Japón, también bastante loca, terminó, de alguna manera, de forma muy parecida. En la mañana del día 15, en la sede ministerial de Ichigaya, los cuerpos de Anami, Hatanaka y Shiizadi fueron quemados en una pira muy parecida. Y en ese fuego se consumía el imperio japonés, como antes, en otro, se consumió el Reich alemán.

Tiempo después, el general Tanaka, consciente de haber hecho su deber pero de alguna manera envidioso de la fuerza de los hombres a los que había contestado, se suicidó también.