viernes, marzo 15, 2013

Idus de marzo

Hoy, 15 de marzo, celebramos el día de los idus de marzo. El día en que, según los relatos, Julio fue asesinado en la escalinata que comenzaba a subir para asistir a una sesión del Senado; la escalinata, supongo, porque confieso que no lo sé a ciencia cierta, del templo de Belona.

Han pasado a la Historia las palabras de Julio, tu quoque, fili; como las de Marco Bruto, sic semper tyrannis, que serían repatidas, mucho, mucho tiempo después, por John Wilkes Booth, en el acto de asesinar a Abraham Lincoln.

Para celebrar este día, y para terminar de joderos en fin de semana, aquí os dejo un cuento que escribí hace años que, como comprobaréis caso de leerlo, no es del todo ajeno a los hechos hoy recordados.



Uno

Cayo tuvo un despertar placentero; de ésos que tanto le gustaban: escuchando cantar a los gorriones. En cualquier porción del mundo hay gorriones; es indiferente que se trate de las llanuras de Bélgica, de los escarpados montes españoles o de los bosques de Pharsalos. Los gorriones siempre cantan para anunciar la salida del sol. Con el tiempo y los años, todo el temor que le quedaba a Cayo, que había vivido décadas enteras aterrorizado, era el temor a no saber dónde estaba, a dónde iba, para qué cada amanecer. Así que si regresaba a la vida escuchando piar a los pajarillos, cuando menos se imaginaba en algún lugar conocido y frecuente, si es que en su vida existía eso. Poco a poco los objetos de su habitación se definieron, se definieron también los pliegues desgastados del cuerpo de Marcia, y la luz del sol desde el Mare Nostrum lamiendo sus viñedos, ahora desnudos.

Era una mañana preciosa del final del invierno. Cayo salió a la puerta de su casa, dejó que el sol desentumeciese sus músculos y después observó la suave ladera donde había plantado sus viñedos. Quizá lo más importante en toda su vida había sido el deseo de poseer aquella tierra. Sobre aquella misma hierba había caído muerto su hermano Lucio en una escaramuza con los galos de Vercingetórige. Lucio era un joven de mucho futuro que, probablemente, estaba llamado a hacerse comerciante o artesano; era hábil con las manos y hábil con el dinero, como solía decir su madre. Sin embargo, cuando Cayo, mucho más obtuso de entendimiento como él mismo reconocía, se alistó en el ejército de Julio, impulsado por la ambición de riqueza, Lucio, más joven e impresionable que él, le siguió y nadie pudo conseguir que cambiase de opinión. Había sido un soldado animoso y divertido hasta que un jinete galo le atravesó el pecho. Cayo no lograba olvidar el alarido con el que su hermano dejó escapar su vida antes de yacer fulminado por la guerra. Lo escuchaba repentinamente tras los árboles, como llegando del pasado; soñaba con él sin lograr ver otra vez la escena pero, eso sí, escuchando el estertor de su garganta como si en ese mismo momento se estuviese produciendo. Esperó veinte largos años a que las muchas campañas de Julio terminasen y, cuando lo licenciaron, exigió con lágrimas en los ojos que el reparto de tierras lo beneficiase con ese pedazo de ladera que lo obsesionaba. Año tras año, abría surcos en la tierra con el mismo ímpetu con el que había abierto el vientre de sus enemigos arrancando de sus partes más recónditas la victoria y la gloria. Marcia, su mujer, lo observaba a menudo; después de tantos años de campaña, parecían dos extraños, pero ella parecía sentir por él una especie de amor sublimado, como si el tiempo hubiese destilado una forma extraña de comprensión mutua. Lo observaba callada y, cuando hablaba, le acariciaba el pelo y le recordaba que la tierra no era culpable ni de su dolor ni de sus recuerdos y que, por mucho y muy violentamente que abriese los terrones fértiles, jamás conseguiría que la sangre de Lucio manase de aquellas entrañas. 

Lo único que Marcia no conseguía entender de su marido era el amor que había tomado por Spinter. La unión remota de aquel matrimonio no había arrojado descendencia y Marcia, durante muchos años, había conseguido aceptar ese hecho en la soledad. Cada vez que le llegaba noticia de un triunfo en la Galia, por supuesto, sabía que si Cayo conseguía sobrevivir tendría la recompensa de tomar esclavos, pero pensaba que los vendería inmediatamente; más que pensarlo lo sabía, pues en caso contrario de dónde podría sacar el dinero que a ella le llegaba. Por eso, cuando la Guerra Civil terminó y Cayo le escribió reclamándola en aquella ladera casi mágica de su pasado, le extrañó encontrarse a Spinter. No le habría extrañado, desde luego, que su marido hubiese tomado un esclavo para su servicio. Pero es que Spinter no era un esclavo sino, lo percibió enseguida, el hijo que ambos no habían tenido. Era un joven nervio de tez oscura y escasos modales y a ella parecía temerla constantemente; la trataba como una extraña en su propia casa. 

Cuando Marcia llegó y se instaló en la finca que Cayo había ganado después de años de matanzas comprobó cómo, cada vez más, su marido y su hijo, pero cómo llamarlo así si seguía siendo un esclavo, si jamás Cayo despegó los labios para siquiera apuntar la posibilidad de manumitirlo, formaban como una sociedad aparte. La sociedad de los recuerdos, pues ambos, terminó por reconocerse Marcia, compartían muchas cosas. Hubo un tiempo en el que ella pretendió asumirse a aquella comunidad de memoria solicitando, casi constantemente, que Cayo le refiriese sus aventuras. Pero no era lo mismo. Lo que ella no podía evitar era lo siguiente: el triunfador de mil batallas convivía con la expresión última de su triunfo, un esclavo galo sometido, y nada, absolutamente nada, podía oponerse a eso. Educar a Spinter, alimentar a Spinter, reprender a Spinter, era para Cayo ganar una batalla más, un día más. Aún así su marido amaba sinceramente al muchacho y lo que el muchacho pensase en su profundo interior era un misterio; mas resultaba difícil creer que alguna vez los traicionase o hiriese. 

Marcia vivió todavía muchos años y, ni antes ni después de la muerte de Cayo, osó tocar físicamente a su esclavo-hijo. Lo manumitió el último año de su vida, tras lo cual Spinter abandonó la finca sin una sonrisa ni un mal gesto. El misterio de Spinter era el misterio de los porqués de las guerras, de las conquistas y de la ambición. Cayo no lo entendió nunca y cuando Marcia lo entendió, ya era demasiado tarde. 

Cayo observó unos rastrojos de mala hierba en los que no había reparado. Dio unos pasos hacia ellos, los recogería antes del desayuno. Se dobló para agarrarlos y el dolor volvió. Intenso, cruel y chirriante, justo en la boca del estómago. Sin necesidad de que le visitase el físico, Cayo sabía que era serio; en los últimos meses había comido menos que nunca y, sin embargo, el vientre parecía abultársele más cada día.
Más aún: secretamente, escuchaba una voz entre los viñedos, quizá la voz madura del ya maduro espíritu de su hermano Lucio. Esa voz le decía que tenía una dolencia y que de esa dolencia moriría.

No temía la muerte. Había luchado toda su vida por conseguir para su familia una situación desahogada y eso era lo que tenía Marcia. Si él moría ella, a pesar de no quedarle casi dientes y de sus carnes enfermas de flacidez, encontraría marido. En cualquier caso, ya disponía de sustento. No solía reflexionar sobre el futuro de Spinter; en cualquier caso, su presente era mucho más placentero que haber crecido como un aldeano seminómada, salvaje y empobrecido comedor de raíces, que no otro destino reservaba para sus seguidores ese hombre embrutecido y traidor, Vercingetórige, el cual, contaban los mercaderes, había sido finalmente estrangulado meses atrás en Roma.
A veces no sólo no temía la muerte sino que ansiaba reecontrarse con Lucio. No, el problema no era ése. El problema era la batalla final porque, se decía torpemente Cayo, el general Enfermedad no era un militar contra el que le hubiesen preparado. Así que esperaba su destino estoicamente y al tiempo se rebelaba, y lo temía, lo aguardaba y lo rechazaba al mismo tiempo y, en medio de todo, el dolor. Ese dolor...

Detrás de él estaba Spinter, que movió los pies haciendo resonar la hierba para que lo supiese. Cayo se incorporó y observó el primer rostro amanecido de su esclavo; siempre, esa primera faz de la mañana se asemejaba a la de quien pasaba la noche entera llorando.

- ¿Alguna novedad? – inquirió Spinter.

- Esa mala hierba… - no necesitó decir más.

- La recogeré yo.

Cayo observó la espalda desnuda de Spinter doblada sobre los rastrojos. Sus vértebras podían contarse. Recordó la batalla de Munda, en Hispania, se recordó a sí mismo partiendo en dos, como un puerro, una columna vertebral casi igual que ésa. Pertenecía a una mujer de Gades cuyo rostro jamás vio. Unos reclutas, más jóvenes y fogosos que los veteranos de la Décima, la habían torturado y después violado varias veces. La mujer se arrebujó sobre sí misma, mostrando una columna bien visible, y profería maldiciones contra Julio y sus soldados. 

No supo por qué la mató. Siempre había supuesto que aquel gesto fue producto de la rabia de conocer la muerte de Labieno en combate. Labieno había sido el mejor lugarteniente de Julio en la Galia y la Décima, una de las legiones veteranas de César, siempre había deplorado su paso a las huestes de Pompeyo. Desde que Labieno, haciendo uso de esa redundante crueldad que necesitaba para imponer disciplina, no había dudado en masacrar a sus propios compañeros prisioneros tras la audaz acción de Pompeyo en el sitio de Cravenna, todos se habían jurado exigirle a Julio, en su momento, una muerte lenta y humillante para el traidor. Pero el traidor había muerto en Munda, en el campo de batalla, y Cayo presentía lo que iba a pasar; a pesar de todo, Julio querría para él un entierro digno. La espalda de aquella mujer no era sino un terreno de odio, una flor en la que libar el néctar de la venganza imposible. Jóvenes legionarios esperaban aún entre risas su turno para follársela y patearla a gusto. Pero él desenvainó su espada y quebró las vértebras del destino pues él, en ese momento, era uno más de los gloriosos hombres que habían nacido para cambiar los cauces de la Historia, también de las pequeñas historias cotidianas, a su placer. La mujer gritó como Lucio años antes, pero él acalló la voz, que en ese momento nada o poco significaba, con otro mandoble certero en la nuca. Los reclutas callaron al instante y Cayo jadeó mientras los observaba con superioridad. Secó la espada en su túnica y echó a andar. Aquella tarde, según su recuerdo, mató a diez o doce mujeres y muchos más niños. 

Quiso tocar las vértebras en la espalda de su esclavo, pero se quedó muy cerca. El dolor lo impedía y lo impedía también el amor. ¿En qué me he convertido?, se preguntó. Spinter se incorporó con la mala hierba en las manos y lo miró con un deje de reprimenda en los ojos. Sólo entonces, aquella mañana, Cayo entendió. 

Entendió que no podía morir allí ni morir así. Que no podía manchar la tierra eterna que siempre respiraría con el último aliento de un soldado, de nombre Lucio, con los humores de un cuerpo decrépito y destruido por la edad. Que ése no era su destino. Que entre odio y amor debía elegir lo primero, pues el odio había sido su motor durante demasiados años. Durante un leve segundo, se había preocupado por el bienestar de otro, de un esclavo, a la vista de su espinazo fuertemente doblado en una labor agrícola. Hubiera querido, sinceramente, que ese amoroso pensamiento fuese la esencia de su vida; pero era demasiado tarde para amar, para sólo amar. Spinter, portavoz de su destino, pareció entender ese diálogo sin palabras en el que no participaba, y por eso musitó:

- Leónidas, el comerciante griego, pasó ayer cerca de aquí.

- Ah. ¿Y…?

- Traía noticias de Roma. Todo hace indicar que Julio irá a Partia. Nunca se cansa, ¿eh?

Pese al amor que le profesaba, Cayo no se sentía en la obligación de dar a Spinter explicaciones. Se dio la vuelta y caminó hacia la casa, sin contestarle. Dentro Marcia preparaba las gachas del desayuno. Se sentó junto a ella, deseando besarla. Pero no lo hizo. Entre ambos, junto a las viandas, la calenturienta imaginación de Cayo creía ver, posada sobre la mesa, una espada salpicada con la sangre de Lucio.

- Mujer, tengo que decirte una cosa.

- Qué raro que pidas permiso –contestó, seca, su mujer. Las matronas, se dice, tienen muy desarrollado un sexto sentido que las ayuda a detectar los problemas antes de que se produzcan.

- Voy a marcharme.

Por toda respuesta, Marcia lo observó penetrantemente. Qué dignidad, pensó Cayo. Bien sé que me quiere, pero los años de soledad y espera han cincelado esos ojos que ya son incapaces de llorar. Él titubeó un momento, pero la decisión estaba tomada.

- César va a tomar Partia. No sabrá combatir sin la Décima…

- La Décima ha sido licenciada, Cayo.

- Ya… ¡no! No se puede licenciar a la Victoria – su voz resonaba en su interior con los tonos exagerados de las arengas de su general, incluso con los temibles perfiles de Labieno-. Julio no sabría luchar sin nosotros.

- Tienes cincuenta y tres años, Cayo.

- Lo sé, pero…

No supo seguir. La espada ensangrentada seguía allí y en su hoja se enroscaba una serpiente que parecía reírse de él. Dio un puñetazo en la mesa y el desayuno voló al suelo. La serpiente seguía mirándole y siseaba: cobarde, cobarde…

Spinter entró en la habitación.

- ¿Has sido tú el que le ha dicho lo de Partia?

- No creí…

- No creí, no creí… ¡Galo mal nacido!

- Déjalo en paz. De todas formas me habría ido.

Fue su voz la que sonó temblorosa, húmeda de los sudores de la memoria. Suficiente para que Marcia entendiese. Hay que estar hecha de una madera especial para ser la mujer de un soldado. Los soldados rara vez cambian de opinión, casi nunca de ruta y jamás de estrategia. Su vida es no pensar y actuar sin llevar consecuencias futuras prendidas de su decisión. Seres con una sola dimensión, han nacido sólo para comprenderse a sí mismos y eso Marcia lo sabía bien. Recogió un cuenco del suelo y tornó a engullir su desayuno. Minutos después, mientras los dos hombres la observaban a la espera de su inútil sentencia, miró a Cayo con ojos secos y dijo con la boca llena:

- Llévate a tu esclavo. Aquí no me sirve para nada.

Dos

Sólo unos momentos se detuvo Cayo en la ribera del Rubicón, que aquel año bajaba bravo. Quiso robar con ese gesto sentimientos que no eran suyos. Cuando lo cruzó, lo cruzó como un soldado, sin reparar en las consecuencias de ese gesto que, de todas formas, centenares de hombres habían hecho antes que él, pues no fue de los primeros. A pesar de los pocos años transcurridos la frase de Julio, arrekippo kybos, juguemos la partida de dados, se había hecho bastante popular. A él no le gustaba. No le gustaba el César que confiaba en la suerte. Ni para él ni para la Décima existía la suerte, sino la superioridad. Esos eran los colores con los que pintaban el mundo los veteranos. Ellos eran superiores y Julio era superior, el mayor general en la historia de Roma, más aún que su tío Mario, más aún, desde luego, que Sila, más que Lúculo, o que Craso. Y, desde luego, más que Pompeyo. En Rávena le contaron a Cayo cómo había muerto Pompeyo en Alejandría y eso no había hecho más que confirmar sus sospechas y sus convicciones. Un buen militar jamás muere apuñalado por la espalda por quien fue centurión de sus tropas. En su juicio, Cayo apenas daba peso al hecho de que Labieno también habría traicionado a Julio – y habría acabado con él por la espalda de ser preciso y tener la oportunidad – ni los rumores, que infantilmente se resistía a creer a pesar de saberlos ciertos en su fuero interno, de que César había llorado a la vista de la cabeza cortada y momificada de su rival. Ni el hecho de que hubiese reparado la figura pública de Marco Bruto, que luchó contra ellos en Pharsalos. Todo eso eran evidencias que, sin embargo, se daban de bruces con su concepto de fe y de disciplina. Spinter solía decirle, cuando hablaban de estos asuntos:

- No entiendo la utilidad de la fidelidad. Sólo puedes ser fiel a ti mismo, porque otro siempre podrá traicionarte. Y ser fiel a ti mismo es como respirar; nadie se muere aguantando la respiración. 

Cayo solía escucharle en silencio y nunca le contestaba. Le gustaba pensar que era uno más de los actos de la relación entre amo y esclavo, aunque sabía que no tenía respuesta. Claro que la función de un soldado no es tener respuestas, sino responder. Y él había respondido toda su vida con fidelidad cerrada a su general y su general le había correspondido con riquezas y con la Victoria. Era todo lo que necesitaba saber. Spinter venía de otra naturaleza, la naturaleza de los pensantes. A menudo Cayo lo observaba cuando su esclavo no se daba cuenta y, en esos momentos, el amo era consciente de que el esclavo reflexionaba constantemente. De hecho Spinter siempre se tomaba unos segundos para responder, para actuar y para juzgar. Cayo no admiraba esta cualidad; incluso la temía. La había temido toda su vida pues él, como casi todos los veteranos de su Legión, creía a los centuriones cuando aseguraban que la grandeza de Julio, su general, residía en la rapidez de sus movimientos y que esa rapidez sólo podía ser hija de una suerte de resolución intuitiva. Pues que para Cayo la mayor gloria del ser humano era ser un gran militar, Julio estaba ungido por la mayor de las intuiciones, que es la que acompaña la improvisación en la batalla.

Esto solía decirlo muy a menudo. Y así se lo explicó, una vez más, a Spinter mientras ambos, en los aledaños de una taberna de Rávena, libaban un vino de dudoso gusto para recomponer las fuerzas de la marcha.

Y fue por su costumbre de hablar en buen tono por lo que ambos tomaron nuevo conocimiento de Quinto Silvio que era, sin ellos ni él saberlo, un viejo conocido.

Bebía Quinto cerca de ellos, lejos de su vista pues un emparrado hurtaba su persona de la vista de los demás. Cuando Cayo comenzó uno de sus interminables discursos de veterano, él dejó de beber; su mano, más allá de la sombra del emparrado, sostuvo el vaso del que libaba con un leve temblor. Y esperó. Esperó a que Cayo cerrase su garganta, alcanzando ese punto de la conversación en el que la prioridad es recuperar fuerzas para argumentos novedosos. En ese momento en la ínfima placita donde se encontraban se hizo el silencio, sólo interrumpido por el molesto y constante carraspeo que Cayo había desarrollado durante aquel viaje. En el espacio entre dos toses se escuchó un susurro nítido que, desde el emparrado, aseveraba.

- Quizá, si nuestros generales hubieran pensado algo más…

Cayo y Spinter se volvieron. Pero sólo vieron unas manos y una figura difusa, una sombra que diríase lloraba el emparrado sobre la piedra lisa de la placita. Amo y esclavo se miraron. Quizá no iba con ellos.
- Cuántas veces – siguió la voz – hemos reflexionado, en praderas y montañas, sobre la mejor forma de vencer. Nunca nos preguntábamos qué ganamos con vencer.

Ya no existía duda. Así que Cayo y Spinter se giraron para hacer físicamente más fácil la conversación. Habría deseado Cayo contestarle allí mismo a su interlocutor, con voz potente y argumentos fieros; pero su carraspeo se lo impedía. Por eso tuvo que esperar mientras que Spinter preguntaba con quién estaba hablando.

- Quinto Silvio – respondió el hombre, levantando levemente su vaso -. Jornalero para lo que necesitéis, ciudadano de Roma y antiguo soldado.

El interés hizo que las sombras se aclarasen y definiesen. Tendría Quinto aquella tarde de Rávena casi cuarenta años. Alto y enjuto, su parecer fibroso demostraba cuán trabajados estaban sus músculos por los días de actividad frenética. Se vestía con una toga raída y descolorida bajo la cual, sin embargo, su rostro y sus gestos afloraban con una magnanimidad que demostraba que no siempre había sido pobre. Quizá, bajo el emparrado, sonrió con dientes negros.

- No puede ser – las palabras salieron de los labios trémulos de incredulidad de Cayo. Lo que dijo lo dijo con convicción. – Un soldado no puede caer tan bajo.

En el refugio oscuro, Quinto Silvio rió sin ganas. Se adelantó hacia ellos. Llevaba la muerte pronta grabada en la frente hundida.

- Amigo mío, así te verías a ti mismo si hubieras sido derrotado.

Cayo comprendió. Trató de encontrar en su espíritu indiferencia y se sorprendió a si mismo suplicándola sin éxito.

- ¿Pompeyo?

- Pompeyo, sí… - Quinto Silvio bostezó, y hasta ese gesto parecía agotarlo. – Aunque no lo creas, nos conocemos.

Cayo miró a su interlocutor con los ojos muy abiertos. Quinto Silvio parecía divertirse con la escena y, a la vez, parecía no haberse divertido en años.

- Lo único que me queda es la buena memoria. Y yo te recuerdo de Hispania, de aquellos momentos tan divertidos en los que los enemigos bebimos y cantamos juntos.

Poco a poco, como cuando se superan las consecuencias de un somnífero, los hechos fueron definiéndose en la mente de Cayo. Aunque no lograba, ni logró, recuperar de entre las nieblas del tiempo el rostro y el cuerpo de un Quinto Silvio joven, bien alimentado y alegre, supo con claridad que el soldado pompeyano no mentía. Era evidente que se habían conocido años atrás, cuando las tropas de Julio atravesaron los Pirineos y, muy cerca del Ebro, los campamentos cesáreos y pompeyanos se formaron a un tiro de piedra. Aprovechando la ausencia de los generales de Pompeyo, Afranio y Petreyo, las tropas, siempre se consideró que con la extraña connivencia de Julio, intercambiaron visitas. Hombres de César y de Pompeyo pasaron días enteros en el campamento rival bebiendo y celebrando una paz que, durante horas, parecía posible, incluso inevitable. Lamentablemente, el regreso de Afranio y Petreyo supuso el inmediato arresto de los soldados de Julio que se encontraban en el campamento pompeyano (Spinter huyó casi de milagro) y el reinicio de las hostilidades que terminarían con la masacre de Pharsalos.

Trató Cayo de encontrar una corriente de simpatía en su interior para responder a la sonrisa débil y tibia de Quinto. No obstante, era un soldado, se sabía soldado. Si estaba en Rávena era porque quería serlo de nuevo. Por eso le costaba olvidar los campos teñidos de sangre de Pharsalos y el aullido final de su hermano Lucio del cual, repentinamente, aquel voluntario romano de un ejército romano dirigido por un general romano parecía, extrañamente, tener la culpa. Le molestaba el sarcasmo de aquel hombre. Spinter le miró de reojo, sin disimular extrañeza, cuando contestó.

- Bebimos una vez. Pero las cosas no tienen por qué repetirse.

La sonrisa de Quinto, negra y podrida, incluso fue más franca.

- No me digas. ¿Prefieres, entonces, que luchemos como en el pasado?

Se levantó. Su figura era patética. Moriría pronto de no mediar un milagro de ésos que los dioses reservan para los héroes. Y qué lejos estaba aquel pordiosero de parecer un héroe incluso a ojos de los dioses.

- Lo tienes fácil. Siempre lo tuviste fácil. En vuestras legiones luchaba vuestro orgullo, no el de César. 

Nosotros luchábamos con el orgullo de Pompeyo. Es difícil borrar el miedo propio con un orgullo prestado. Venga, para ambos no han pasado los años en balde pero es obvio que a ti te han deshecho menos. Peleemos.

Aquel pelele comenzó a manejar una espada imaginaria arrojando mandobles al aire. Era ya la única espada que podía portar. Cayo y Spinter se miraron entre airados y extrañados. Como quiera que el esclavo (siempre esa manía de reflexionar antes de hacer las cosas) no mostraba voluntad ni capacidad de hacer algo fue Cayo quien elevó la voz y le gritó:

- ¡Estate quieto de una vez! ¡Un soldado no se ridiculiza de esa manera!

Quinto Silvio detuvo sus movimientos ridículos y pareció caer en una especie de éxtasis depresivo. Miraba sin ver. Poco a poco, Cayo y Spinter cayeron en la cuenta de hasta qué punto estaba borracho.

- El mayor ridículo de un soldado – acabó por decir, arrastrando las palabras – es llegar a luchar sin saber por qué.

- ¿Sin saber por qué? – fue Spinter quien habló, repentina y sorpresivamente tomado por el orgullo que exudaba su amo.- ¡Hemos construido un imperio!

Quinto Silvio le miró y después miró a Cayo. Sus ojos, aguanosos, parecían implorar en verdad esa pelea que con seguridad perdería. Un difuso escalofrío de miedo inexplicable recorrió la espalda de Cayo.

- Romanos no luchan con romanos por un imperio, nene. Ambos – señaló a Cayo con la mano que aún sostenía el vaso – luchamos por el poder, el poder de otros.

- ¡Eso no es verdad! – protestó Cayo – Yo obtuve mi recompensa.

Quinto se rió afectadamente.

- ¿Recompensa? ¿Unas pocas tierras sin importancia, este esclavo flacucho?… ah, sí, y el honor. El honor impoluto de los vencedores. Dime, amigo legionario, ¿duermes bien por las noches?

Repentinamente la voz de Quinto Silvio sonó como desde otro lugar. Aún poco dado a las historias supersticiosas, Cayo dio en imaginar que, quizá, aquel hombre sólo era una visión. Una broma de los dioses o, quizá, el espíritu de su hermano Lucio vengándose de él por haber abandonado la tierra donde había muerto y que juró no dejar jamás. Sólo él, Cayo, y su hermano Lucio sabían que sus noches eran tormentosos recuerdos que se le enroscaban entre las piernas hasta trabar su sueño. Nunca lo había confesado a nadie, ni siquiera a Spinter. Ahora un mendigo moribundo parecía saberlo todo de él, y sentía miedo.

- Los muertos regresan siempre para atormentarnos – continuó el alucinado Quinto Silvio. - ¡Mehercle, con mis manos he matado compañeros tuyos, seguro que de tu misma Legión! Hombres a los que apreciabas lo suficiente como para desearles una vida larga y provechosa y que con dieciocho, con veinte, con veinticinco años dejé sobre la hierba con los intestinos escapándoseles por la herida… Ahora tú y yo estamos aquí, compartiendo vino, y podríamos preguntarnos qué clase de justicia nos ha procurado a nosotros y no a ellos el placer de la vida. Por qué mi destino, el hombre que quizá debiera haber acabado conmigo, se me aparece ahora, demasiado tarde, viejo, panzón, pálido y enfermo. Dile a ese esclavo tuyo que hunda mi cabeza contra la pared si no te quedan fuerzas. Mátame, acaba conmigo; sólo la casualidad ha impedido que lo hicieras antes…

Cayo y Spinter salieron huyendo de aquella taberna. Se habían alejado varias calles y aún podían oír los gemidos de Quinto y la batahola que se formaba a su alrededor. Entre llantos de borracho, daba vivas a Pompeyo e insultaba a Julio con las ocurrencias más horribles de que era capaz. Cayo sintió el deseo de buscar una espada y revivir, años después, el supremo acto de justicia que realizó con aquella mujer que también profería insultos parecidos. Una suerte de sentido del honor lo detuvo; le parecía, y así lo corroboró Spinter con asentimientos leves, que matar a aquel mendigo habría sido rebajarse. Aquella noche partieron hacia el sur.

Días después, en el camino, Spinter habría de confesarle que antes de dejar Rávena se había informado de la suerte de Quinto. Lo habían detenido sin siquiera darle un puñetazo, tan débil estaba. Al esclavo le dijeron que ni siquiera iba a ser juzgado. Se limitaron a encerrarlo en una celda y esperar pacientemente a que muriese.

Tres

La víspera de los idus de marzo, Cayo y Spinter durmieron a raso en el Foro. Varios días atrás se les había acabado el dinero y prácticamente habían llegado a Roma merced a la caridad de sus conciudadanos. El carraspeo de Cayo se había convertido en una tos dolorosa que iba y venía; venía, e iba. Su vientre parecía hincharse con las horas. Spinter estaba aún más delgado y ofrecía el aspecto real del prisionero que un día fue. 

Cayo había resuelto ir a la escalinata del Senado a la mañana siguiente y tratar de encontrarse con Julio. Sabía que su general se hacía vigilar por una imponente fuerza de dos mil jinetes, pero esperaba ser atendido.

- Ahora es Rex – le había dicho Spinter durante el viaje. - ¿Por qué habrá de atenderte?

- Porque me conoce –contestó Cayo.

Spinter lo miró con admiración mezclada de escepticismo.

- Sí, Spinter. Me consta que me conoce.

Se le escapó confesión tan precisa. Cayo respetaba mucho la inteligencia de su esclavo y era consciente de que ahora, en su habitual silencio, estaría pensando: ¿cómo es posible que Cayo no haya referido nunca que César le conoce? Temía el veterano que su esclavo llegase a la conclusión cierta y real: su constancia provenía de un hecho más bien inconfesable.

Había sido en Cravenna. Cayo, junto con otros veteranos y reclutas, se ocupaba de perfeccionar la última línea de asedio pendiente, la que casi tocaba el mar. Estaba, pues, en el ala que Pompeyo escogió para su ataque sorpresivo. Antes de que se quisiera dar cuenta, tenían a la caballería pompeyana encima. Trataron de derribar los caballos pero, ocupados como estaban en la construcción, las tropas allí situadas estaban muy escasas de jabalinas. Además, los honderos de Pompeyo hicieron su trabajo con habilidad y prontitud y no fueron pocos los legionarios que murieron apedreados aquella tarde.

La función del soldado, ya se ha dicho, es no pensar. Esto deja al hombre inerme ante su voluntad y sus sentimientos. Ante el miedo, por ejemplo. Creían los voluntarios que junto a César no tendrían jamás miedo, pero lo cierto es que Cravenna se dejaron llevar por el pánico; aunque la verdad fuese después acallada, cierto es que después de aquel sitio ya nadie, ni Cayo incluso, pudo sostener que las legiones veteranas de César nunca retrocedían. Se batieron en desordenada retirada y Cayo, mientras oía los cascos de los caballos lamiendo su espalda con su repiqueteo, pensó en Lucio y entendió por primera, por única vez, ese miedo total que era la argamasa del aullido que le había obsesionado toda la vida. Corrió y corrió hasta que algo le detuvo. Una mano fuerte le tomó del brazo. A duras penas pudo mirar, pues el miedo atrapa la vista para hacerla suya. No obstante alcanzó a ver a Julio César, temblando de ira, que le miraba.

- ¡Cayo Septimo! ¿Dónde crees que vas? ¿Qué fue de vuestro centurión? ¡No podéis huir!

Esa tarde Cayo aprendió algo. Aprendió que si se teme por la vida propia el rostro impávido de un general es bien poca cosa. Aprendió que, en efecto, por mucho que se entregue la vida por una Labor hay algo en el fondo, del miedo o del orgullo, eso da igual, que es mera y puramente personal. Durante años, Cayo luchó para no reconocerse que bajo la piel del orgullo y del temor se encuentra el amor por uno mismo; reconocer eso habría supuesto enfrentarse con el escalofrío, un escalofrío con forma de gorgona, de todas las veces en que él, creyendo su orgullo la última capa de su ser, había puesto en peligro ese máximo deseo escondido.

Así pues, contó una historia fabulada a Spinter sobre cómo se habían conocido César y él. Spinter no le creyó, aunque se guardó de confesarlo.

Amaneció sobre el Foro. También había gorriones en Roma. Cayo se despertó excelentemente fuerte, sin molestias, toses ni dolores. Supuso que era la cercanía de César, la cercanía, al fin y al cabo, de un dios. Spinter se despertó solo, se sentó sobre su manta y se desperezó como en un diálogo consigo mismo. En ese momento Cayo lo observó, sucio, despeinado y como siempre con los ojos cargados, y sintió una corriente de ternura hacia ese silencioso compañero que le había obedecido tantos años. Pronto iban a separarse. Él se iría a Partia (porque Julio, seguro, no se negaría) y Spinter regresaría con Marcia, por mucho que ésta fingiese no quererlo ni necesitarlo. Siempre se había despedido de sus buenos amigos.

- ¿Sabrás volver a casa, Spinter?

El esclavo lo miró como extrañado.

- Si supe sobrevivir en la guerra, sabré encontrar el camino de regreso.

Así era Spinter. Cortante, diferente, lejano. Un pensamiento cruzó la mente de Cayo. ¿Quizá pensaba, como Quinto Silvio, como Marcia, que no había sabido quererlo?

- Crees que soy un viejo chocho, ¿verdad?

Spinter reflexionó mucho antes de responder. Cada segundo el dolor de Cayo, esta vez psicológico, se multiplicaba por veinte.

- Soy tu esclavo. Lo que yo crea o no crea no tiene importancia.

- Ya, pero yo te pido… te ordeno que me contestes. Crees que estoy loco, que Julio no querrá ni hablarme, ¿verdad?

Cogió la mano de Spinter. Ambas manos estaban sucias y pegajosas, habían sido días de dura marcha. Nunca había tenido un gesto de cariño hacia él. El esclavo miró las manos enlazadas tratando de comprender, pero sin conseguirlo. Al fin habló.

- Creo que has vivido demasiado.

Cayo lo miró con los ojos muy abiertos. Pero no se sintió ofendido.

- Te he servido durante años. Conozco todas tus batallas, he dormido a tus pies todas las noches antes de ellas. Siempre has conocido tu destino pero a la vez lo rechazabas. No querías morir como murió Lucio y, a la vez, no admitías otro futuro. No lo admites. Morirás en Partia y tú lo sabes. Ya no tienes edad para luchar, serás sólo un escudo para los escudos. 

- ¿Y qué hay de malo en ello? – protestó débilmente el soldado que aún quedaba dentro de Cayo, gobernando sus sentimientos.

- Nada. O casi nada. Sólo que has vivido demasiado, Cayo. Y con los años crecen hiedras en nuestro interior, ahora esas hiedras son muy pobladas, también la del miedo y el deseo de seguir vivo. Es triste y a la vez conmovedor: apenas te queda vida por vivir y es ahora el primer momento en que lo valoras. Cuando me poseíste eras un bruto sin convicciones. Pero ahora han pasado demasiadas mañanas en paz y todo ha adquirido un sentido. Por eso me aprecias. En el fondo deseas que yo disfrute de lo que para ti no puede tener sentido. 

Se levantaron. Caminaban hacia el Senado, cargando sus escasas pertenencias. Algo dentro de Cayo le trajo la paz. Ahora sí podía marcharse. Ahora que, paradójicamente, conseguía entender las razones para no hacerlo. 

- Así que crees que soy idiota. 

- No eres idiota. Sólo te resistes a cambiar. Demostrarte ahora, aquí mismo, a ti mismo, que poco o nada de la brutalidad que has demostrado en el pasado surgió de tu interior sería como echar tu pasado al Tiber. No debes negarte. No puedes negarte. La compasión queda para los demás y, por eso, yo te compadezco. 

Frente a la escalinata del Senado, un hombre maduro y otro todavía joven se abrazaron. Quizá alguien pensó que eran amantes griegos venidos a menos. Era una buena mañana, un día extraño y luminoso. Cayo vio partir a Spinter, que no se volvió ni una sola vez para recoger los gestos de despedida que su amo enviaba al aire. Cuando Spinter se perdió de su vista, Cayo se sentó en la escalinata y esperó. Ya no pensaba nada. Sabía todo lo que iba a pasar. El mundo era coherente y era imposible cambiar el curso de las cosas.

Con gran parafernalia, Julio César, imponente a pesar de la vejez, se bajó de su litera y caminó hacia la escalinata. Emocionado, Cayo se levantó para encontrarle. Dio un paso, dos, tres. Pero era viejo, perseguia un destino erróneo y, además, no sabía. Varias personas más jóvenes salieron de detrás de él y lo superaron.



Alcanzó a distinguir el rostro cerúleo de Marco Bruto.