lunes, febrero 11, 2013

Soixante huit (12: la victoria)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo, noveno , décimo y décimo primer capítulo.


 Resumen de los publicado: La noche del 10 al 11 de mayo, a Sauron se le terminan de hinchar las pelotas y envía a los nasgul, los orcos y todo lo gordo contra los hobbits. Éstos se defenderán con inusitada valentía y pericia, y esa batalla nocturna lo cambiará todo. Ni los enanos, ni sus aliados y en el fondo jefes los Rojirrim, podrán a partir de entonces hacer como que la revolución de la Tierra Media no va con ellos y es cosa de pelaos sin importancia. En consecuencia, ellos, también, se alzan contra el Señor Oscuro, y le declaran la guerra abierta. A partir de ese momento, la revolución hobbit será pasto de logreros.

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A las siete y cuarto de la tarde de aquel día 11, se posa en Orly el avión que trae al primer ministro, Georges Pompidou, de un viaje por Irán y Afganistán. Inmediatamente se dirige al Hôtel Matignon, donde mantiene diversas y rápidas entrevistas con varios de sus ministros. A las nueve y cinco parte para el Elíseo.





Pompidou y De Gaulle permanecen juntos durante tres cuartos de hora. Finalizada la entrevista, se anuncia una alocución televisada y radiada para las once de la noche. A las diez y diez, está en la calle Cognacq-Jay, en los estudios de televisión. A la hora convenida, está delante de la cámara con gesto adusto: “Desde mi regreso, apenas hace tres horas, me he reunido con todos los ministros competentes y después, después de haber conferenciado con el Presidente de la República, y con su acuerdo, he decidido que la Sorbona sea abierta libremente a partir del lunes, y los cursos dejados en manos del rector y los decanos. Asimismo, a partir del lunes, la Corte de Apelaciones podrá, de acuerdo con la ley, decidir sobre las demandas de liberación presentadas por los estudiantes condenados. Estas decisiones están inspiradas por una profunda simpatía hacia los estudiantes y por una confianza en su buen criterio”. Pompidou, político nada exento de inteligencia, es, probablemente, tan consciente de lo tarde y mal que llegan sus decisiones conciliadoras, que termina su discurso con un nada optimista puisse chacun entendre mon appel.

Para entonces, todo el mundo en la política francesa ha olido la sangre. Además, como es normal entre políticos, los signos de querer negociar (que teóricamente es lo que se busca siempre en un conflicto) disparan las ambiciones de los políticos veletas y básicamente exentos de ética para estos temas que, por lo tanto, comienzan a trabajar inmediatamente en contra de la solución. Así, los denominados republicanos independientes, dirigidos por un político de convicciones escasas y ambición desmedida llamado Valery Giscard d’Estaign, reaccionan denunciando la represión contra los estudiantes y reclamando una comisión parlamentaria de investigación de la violencia policial. Los centristas de Jacques Duhamel, al fin y al cabo más coligados con la socialdemocracia, toman el mismo camino.

La UNEF Y el SNE Sup mantienen una reunión esa noche. Es más que probable que en aquel encuentro se oyesen discusiones muy fuertes. En todo caso, el encuentro se prolonga, signo de que no hay un acuerdo claro. De madrugada, Jacques Sauvageot y Alain Geismar declaran a la prensa que valoran el discurso como una apertura, aunque “subsisten las ambigüedades”.

El discurso de Pompidou es un gambito defensivo. Trata de aprovechar las indudables incoherencias internas del movimiento de Mayo del 68. Los ahora protohuelguistas han cifrado la vuelta a la normalidad en sus famosas tres condiciones; condiciones que han sido básicamente aceptadas por Pompidou, y de ahí la discusión. Porque Sauvageot, Geismar, Cohn-Bendit, todos, saben muy bien que hay muchos mayos del 68 dentro de Mayo del 68, y que son mucho más que esas tres condiciones.  Y surge la duda sobre si, ahora que han ganado, ahora que se les da lo pedido, sobre todo la libertad de los detenidos, van a ser capaz de pararlos.

Y, además, están los sindicatos. Que han dado una orden, y no se sienten concernidos por esta victoria.

El 12 de mayo es un domingo primaveral parisino más. Las calles y jardines del centro repletas de gente normal, con una proporción nada despreciable, para qué negarlo, de pollas pretenciosos. Así es París, la ciudad de la Luz y de los Maleducados. En la Bourse du Travail, local de histórico sabor sindical, se labora con intensidad para preparar la manifestación que los sindicatos han convocado al día siguiente, lunes. La reunión estratégica comienza a las 10 de la mañana. Allí están Alain Geismar, y Sauvageot (sólo al principio; a Sauvageot, como a Rajoy, lo vence el sueño, y se tendrá que ir pronto). Están las cúpulas parisinas de la CGT y la CFDT. Quizás el personaje sindical más importante de la reunión sea el cegetista Aimé Albeher, presidente del comité intercentros (diríamos nosotros) de la Renault. De lo que más hay, lógicamente, es sindicalistas del campo educativo. Fuerza Obrera no está. FO, por definición, no se sienta nunca con la CGT en la misma mesa. Les consultan por teléfono.

Primera discusión (siempre es la primera): las pancartas que se llevarán en la manifestación. La CGT no quiere ni oír hablar de banderas o pancartas propias de los diferentes grupos de izquierda que se manifiestan con los estudiantes. Lógico. Trotskistas y maoístas les están jodiendo un día sí y otro también con su radicalismo revolucionario, y los sindicalistas no están dispuestos a darles esa oportunidad en su propia manifestación. Además, los comunistas saben que una manifestación de izquierdas sin pancartas es, by default, una manifestación comunista. Los estudiantes, claro, no están de acuerdo. Además, argumentan, y no les falta razón, que hace falta ser un poco pollas para decidir una medida que luego no se va a poder imponer.

Otro escollo: presencia de los partidos políticos. La CGT los quiere en la manifestación (nos ha jodido, siendo como es un sindicato primo hermano de uno de ellos). La CFDT, no. FO, aunque sólo sea por joder a la CGT, dice por teléfono que ni jartos grifa. La FEN también pone pies en pared. Conclusión: los políticos pueden estar, pero a título personal.

Tercer problema: recorrido. La CGT, en una taimada propuesta, propone evitar el Quartier Latin. La cosa es tan burda (es evidente que, evitando el teatro de la protesta estudiantil, están intentando teñir el movimiento de otro color distinto del que ha tenido hasta ahora), la UNEF afirma que recorrerlo es conditio sine qua non.

Con todo, el problema más gordo se plantea al discutir la forma de la manifestación. La UNEF y el SNE Sup quieren una manifestación universitaria y otra obrera, que se juntarán a partir de un punto. Aquí es la CGT la que se planta: una sola, o nada. La UNEF propone que sean dos cortejos, pero saliendo de sitios muy cercanos; se habla de la Gare du Nord y la Gare de l’Est. La negativa de la CGT dura hasta el almuerzo. Tras la pausa, finalmente, acepta que los estudiantes tengan un mitin delante de la Gare de l’Est, y luego se unan a los obreros en la plaza de la República.

Pero los problemas no terminan ahí. ¿Quién irá al frente de la manifestación? Dos representantes de cada organización presente en la reunión. Los cegetistas, de repente, solicitan a la UNEF que garantice que ninguno de sus dos representantes vaya a ser un “indeseable”. La UNEF pregunta: ¿qué indeseables? Y la CGT responde: “no hubiésemos querido tener que dar nombres; pero, ya que lo pregunta, no queremos a Daniel Cohn-Bendit en la cabeza de la manifestación”. Sólo se salvará ese escollo gracias a los buenos oficios de los otros sindicatos frente a la CGT.

Sindicatos y estudiantes han tardado ocho horas en negociar las condiciones en las que se van a manifestar juntos. Ocho horas. Cuando comiencen las movidas en las fábricas y los estudiantes vayan allí a solidarizarse con sus “compañeros obreros”, y se encuentren con que esos compañeros los tratan como una mierda, se preguntarán por qué. Si sus dirigentes les hubiesen contado bien el desarrollo de la reunión de la Bourse du Travail, tal vez lo habrían entendido.

La CGT es clara perdedora de esa reunión. En buena medida, a causa de su soberbia sindical. No se ha preocupado demasiado de buscar puntos de encuentro con los otros sindicados, arrastrada por su orgullosa condición de líder del mundo obrero francés, y eso le ha supuesto quedarse sola demasiadas veces frente a los obstinados líderes estudiantiles.

Durante la mañana de ese domingo, Pompidou ha recibido al rector y los decanos de las universidades parisinas para estudiar la reapertura de las facultades. Tiene sobre su mesa una carta del ministro Peyrefitte en la que le comunica su dimisión; claramente, el ministro de Educación se siente desautorizado por su jefe con la medida tomada. Pompidou le comunica, esa mañana, que no la acepta. El Procurador general de la República, asimismo, ha hecho liberar a buena parte de los estudiantes detenidos; el resto, los que fueron condenados de urgencia el domingo anterior, pasarán el lunes a la Corte de Apelaciones, y se da por seguro que serán también liberados.

El lunes, día 13, a las ocho y media de la mañana, abren las puertas de La Sorbona. Los estudiantes, inmediatamente, ocupan el edificio, montan mil y una asambleas (en algo habrá que entretener a los siete u ocho millones de jóvenes españoles que les acompañan) y eligen un comité de ocupación.

También, recordemos, el día 13 es el de la huelga general. La cosa, a primera hora de la mañana, parece funcionar, y París amanece a medio gas, por decir algo. En términos generales, como por otra parte suele ocurrir siempre o casi siempre, la huelga general triunfa básicamente en los servicios públicos: trenes, cercanías, metro, aunque también es cierto que las empresas se las ingenian para hacer circular un porcentaje relativamente relevante de unidades. La industria es otra cosa. El oeste, suroeste y en la zona de los Alpes, se puede pensar en éxito de la huelga en la industria privada; no así en el resto de Francia. En el sector privado parisino paran Manolo y el de la guitarra (españoles, por supuesto).

A la una de la tarde, hay un huevo de estudiantes concentrado frente a la Gare de l’Est, el lugar designado para su mitin y salida de la manifestación.

Comienza el mitin. Jacques Sauvageot hace lo que tiene que hacer, no hay otra; a pesar de que supongo que sabrá, en ese momento, que ese movimiento clava en la tierra el primer mojón del camino que llevará al divorcio entre los estudiantes revolucionarios y esa mayoría silenciosa de lo que ellos consideran “burgueses”, cuya simpatía, más o menos confesada, hacia el movimiento estudiantil ha sido uno de sus principales avales, si no el mayor. Ante la realidad de que el Gobierno ha aceptado las condiciones que ellos mismos pusieron para ir a la normalidad, la UNEF pone otras. La movida en la universidad continuará para “conseguir las discusiones políticas en el seno de la universidad, y la dimisión del ministro del interior y del prefecto Grimaud”. Interviene Cohn-Bendit, derrochando pragmatismo como acostumbra: “para luchar contra el régimen capitalista, no hay sino un arma: la acción directa en la calle. La huelga general no es una herramienta de apoyo, sino una herramienta de clase para derribar el capitalismo”. Anuncia la creación de un Tribunal Popular que juzgará la labor de los policías. Los dos líderes estudiantiles, pues, le envían a la sociedad francesa un mensaje claro: no van a pactar. Se les ofrecen las tres condiciones, y ponen otras tres. Y, si les dan esas tres, exigirán que todos los cojos de Francia tengan un iPad; y, si se lo dan, exigirán un puente entre Lyon y Tegucigalpa. Esta sensación acabará por ser fundamental cuando, días mediante, el Gobierno francés reaccione de forma inesperada para los revolucionarios.

A eso de las tres, los estudiantes llegan al punto de reunión de la plaza de la República. Aquello es el caos. Líderes estudiantiles y sindicales tardan media hora en encontrarse. La marcha comienza, guiada por un extraño servicio de orden, amalgama de cegetistas y estudiantes que se observan entre ellos con hostilidad. Un grupo de anarcosindicalistas pretende entrar en la manifestación. Los cegetistas se lo impiden (ya se sabe, la Historia lo demuestra y muy especialmente en España, que todo lo que los comunistas quieren hacer con los anarquistas es fusilarlos at best). Finalmente, la CGT les deja pasar.

La manifestación “unitaria” lo es tanto que, al paso por la Bourse de Travail, la sede sindical, los líderes estudiantiles montan un pollo de la hostia porque los sindicalistas la tienen decorada con banderas tricolores. Como digo, se monta la de Dios es Cristo: la bandera tricolor, protestan los estudiantes, “es la de la reacción burguesa”… caramba. Suponemos que es disculpable, teniendo en cuenta que, como estaban de movidas, no habían podido ir a clase el día que explicaron la Revolución Francesa.

Los estudiantes que se unen a la manifestación cuando pasa más cerca de La Sorbona lo tendrán que hacer entre las gentes normales; la CGT les niega lugar en la cabeza, como le niega a Cohn-Bendit el uso de los micrófonos reservados a los dirigentes. Los estudiantes reaccionan, ya bien entrada la tarde, petardeando el oficialismo sindicalista, y rompiendo, aquí y allá, los cordones del servicio de orden (como poco, hay 150.000 manifestantes, y eso no hay quien o controle), al grito de “¡Al Elíseo”, que animan los militantes anarquistas y maoístas (extraña coalición ésta…).

La movida termina en el campo de Marte, a los pies de la Torre Eiffel. Ahí, en las intervenciones de rigor, Jacques Sauvageot y Daniel Cohn-Bendit inaugurarán una tendencia aun en boga hoy en día: la tendencia a afirmar que a una manifestación a la que hayan ido más de treinta o cuarenta mil personas es una manifestación “con un millón de asistentes”. Y se quedan tan anchos.

La huelga general es un realtivo fracaso. Pero la manifestación es un éxito.

Es la gran victoria de Mayo del 68.