jueves, febrero 07, 2013

Soixante huit (11: Órdago a grande)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo, noveno  y décimo capítulo.


Resumen de lo publicado: Sauron, el Señor Oscuro, anda que no mea con anunciar que la situación en la Tierra Media se ha normalizado. Así pues, aprovechando que se producen unas horas de tranquilidad, pierde el culo por anunciar a bombo y platillo que todo vuelve a la normalidad; anuncio que es contestado por los hobbits recordando que Hobbiton sigue en lucha. Pocas horas después, Sauron mismo se desdirá con desparpajo de sus palabras, y dirá que los hobbits son unos cabrones que no quieren más que armar bulla y que ya se está hartando; que les va a mandar a los nasgul para que los genociden. Entre los hobbits no todo es vino y rosas, porque entre ellos están bastante divididos, Brandigamos contra Bolsones, y éstos contra los elfos, y todos ellos contra los Rojirrim. Y, sobre todo, los enanos, los obreros de la Tierra Media, que son los que tienen verdadera capacidad de movilización y de tocarle los huevos a Sauron, asisten al espectáculo como quien está en Cleofás viendo cantar a Marujita Díaz. Pero eso va a durar poco, porque entre que Sauron es un pollas y que a los enanos la revolución hobbit cada vez les parece más aprovechable, la situación va a cambiar muy rápidamente.






A las dos y cuarto de la mañana del sábado 11 de mayo de 1968, el responsable policial de París, Maurice Grimaud (Prefecto de París desde 1966 y hasta 1971, Grimaud está lejos de ser un sanguinario facha. Tras suceder a Maurice Papon en el puesto, denunció el racismo rampante entre las fuerzas policiales. Personalmente, no se declaró nada satisfecho de las violencias de Mayo del 68 y fue un gran defensor de la ilegalización del grupo protofascista L'Occident. En los años subsiguientes, desarrolló una carrera en la función pública en diversos ámbitos, aunque terminó volv iendo al de la seguridad con el ministro Gaston Deferre. Es autor de un libro sobre estos hechos que se titula algo así como En mayo, haz lo que te plazca que, a mí, se me hace un tanto aburrido de leer) , tiene algo que no ha tenido desde que comenzaron los disturbios de Nanterre: una orden escrita del ministro del Interior, Christian Fouchet, de atacar a los manifestantes, de gastarse con ellos con la violencia que sea necesaria. El Estado burgués se ha cansado. Durante los días anteriores, ha tenido la esperanza de poder recuperar la normalidad en las facultades, pero, para entonces, quienes en el entorno del Elíseo piensan que eso es sinceramente imposible, han ganado la partida.

Esa noche, en los alrededores de la plaza Edmond-Rostand, donde estudiantes y policía se estudian a menos de medio centenar de metros de distancia, los restaurantes cierran más pronto de lo que tienen por costumbre. La mayoría ofrece cerrar las puertas con los parroquianos habituales dentro, pero aun así, casi todos los clientes prefieren marcharse. Ellos podrán estar seguros dentro del restaurante, al abrigo del follón callejero; pero sus coches están en la calle, esperándolos, y no tienen muchas posibilidades de ver la madrugada enteros si no se mueven de ahí. Y hacen bien, porque la madrugada sorprenderá esas calles con un montón de bagnoles cruzadas en las calles, torturadas por las piedras y los botes de humo.

La batalla comienza con el acoso y derribo de la barricada que cierra el bulevar Saint Michel; pero los estudiantes se hacen fuertes en otra de la calle Gay-Lussac, que hasta diez veces sobrevivirá a la carga policial. En las calles, el humo es espeso y se hace difícil respirar; días después, orgullosos colegiales de 16 años darán lecciones en la calle a veteranos sindicalistas de cincuenta sobre la mejor forma de sobrevivir en medio de los gases lacrimógenos. Los estudiantes se acercan a las casas y se colocan debajo de los balcones desde donde muchos residentes les tiran agua, para aliviarlos del sofoco del humo de los botes. A las tres, los estudiantes abandonan buena parte de las barricadas para concentrarse en la calle Gay-Lussac, ante la creciente presión policial.

Alfred Kastler, profesor de la universidad (y premio Nobel de Física dos años antes) llama a esa hora al ministro del Interior, al que conoce tras haber recibido recientemente una condecoración. Al parecer, antes de llamar ya le ha telefoneado Laurent Schwartz suplicándole que haga algo. Fouchet le responde, fríamente, que la policía ha esperado ocho horas durante las cuales los estudiantes les han provocado, han construido barricadas y han arrancado trozos del pavimento. Y añade: “Yo tengo la responsabilidad de mantener el orden y es necesario que los parisinos puedan circular por su ciudad esta mañana para ir a sus trabajos. La orden de limpieza ha sido emitida”.

Quien más, quien menos, está pegado al transistor. La noche del 11 de mayo es la noche de las radios, que informan de la visita de Cohn-Bendit a la casa del rector Roche, o las negociaciones entre el vicerrector, Chalin, y Alain Geismar. Y acaban emitiendo la propia llamada de Bendit a los estudiantes para que se dispersen (y del caso que le hicieron debiera el señor eurodiputado haber sacado algunas conclusiones que, tal vez, no sacó).

El ministro del Interior entrega a los periodistas una nota de prensa a las cuatro de la mañana. El discurso del Gobierno es claro: hemos derrochado paciencia. Por mucho que hemos ofrecido diálogo, no ha servido de nada. A las dos y cuarto, se ha dado la legítima orden de limpiar las calles, especialmente de los miembros de grupos que buscan imponer la violencia revolucionaria.

Resulta curioso, pero cuando se estudian los hechos de Mayo del 68, no se puede evitar la sensación de que el Gobierno francés perdió la paciencia justo en el momento en que debería haberla conservado. Ya lo hemos dicho: las diferentes corrientes subterráneas del muy variopinto movimiento estudiantil parisino del 68 estaban comenzando ya a emponzoñar la superficie. Las rodillas del movimiento comenzaban a temblar ante el enorme peso de sus contradicciones internas, ésas que según Marx habrían de acabar con el capitalismo pero que, de momento, con lo que ha acabado es con un montón de marxismos. Nunca lo sabremos a ciencia cierta, pero es muy probable que, el 11 de mayo, con el SNE Sup lanzado a tumba abierta a la confluencia con los sindicatos, apoyado por el sector de la UNEF comandado por Jacques Sauvageot; con el movimiento original, los chicos del 22 de marzo, recelando cada vez más de esa estrategia; con los diversos grupúsculos de ultraizquierda empujando en dirección a la movilización frontal y revolucionaria; con la izquierda oficial no comunista diseñando una OPA hostil sobre todo aquello; y con el comunismo oficial de canto; con todo este panorama, digo, Mayo del 68 corría serio peligro de disgregación y descarrilamiento. Pero la noche del sábado 11 reingresó al movimiento en el santoral progresista; convirtió a los estudiantes que querían destruir la sociedad en que vivían en mártires de la democracia (al estilo de tantos combatientes republicanos españoles que han pasado a la Historia como defensores de una democracia en la que no creían). Condenó a la sociedad europea a tener que bregar durante décadas, y lo que te rondaré black haired, con los insoportablemente leves principios del egalitarismo mal entendido que con el tiempo acabará dejando como herencia principal todo aquello.

Y, en lo que viene siendo el corto plazo, hizo ya imposible otra vía para el movimiento que no fuera la coordinación con los sindicatos, el ir a por todo lo gordo, el órdago a grande.

Pero… ¿están dispuestos los sindicatos a la convergencia? Es un lugar común que el sindicato CGT era comunista; la verdad es que los militantes de esta ideología eran minoría en su seno, aunque las connivencias de sus dirigentes se hacen bien evidentes. En realidad, el primer sindicato francés, en el momento en que surge el movimiento sesentayochista, está librando su propia batalla contra los pequeños grupos de ultraizquierda, que tratan de mover conciencias en las puertas de las fábricas con una interminable labor de reparto de pasquines y pequeños mítines organizados espontáneamente y, en general, amenazan con implosionar la organización desde dentro. Son los miembros de lo que todos llaman la CGT proletarienne, el sindicato auténticamente obrero. Esta presión explica buena parte de la distancia que los cegetistas muestran durante semanas hacia el movimiento, a pesar que algunos análisis sostengan que la razón era obedecer a la franca hostilidad del PCF. Pero algo de convergencia sí que hay. Del 6 de mayo son unas declaraciones del secretario general del sindicato, Georges Séguy (siempre ligado a la CGT, hoy tiene ya 86 años) en las que arremete contra “elementos provocadores que denigran a la clase obrera” intentando enseñarle cómo hacer la revolución.

Por su parte, el sindicato de profesores de la CFDT se declara contrario a colaborar con organizaciones y estudiantes que “con su actitud están impidiendo una verdadera reforma de la universidad”. El tercero en discordia, la Confédération Générale du Travail-Force Ouvrière (CGT-FO), surgida de una escisión de la CGT en 1947 por razón de la excesiva presencia comunista en los mandos del sindicato, también mantiene las distancias.

Los sindicatos, antes del 6 de mayo, marcan distancias claramente con unas organizaciones que plantean una lucha total, sin posibilidad de acuerdo ni compromiso; la labor sindical, en Francia, como en España o en cualquier parte, siempre tiene como horizonte el logro de acuerdos y de firmas al pie de papeles. En 1968, la apelación de las organizaciones obreras occidentales a la revolución total es ya pura farfolla retórica.

Pero los sucesos del 6 de mayo colocan a mucha gente en París a favor de los manifestantes. En todas las democracias, ante unos disturbios generalizados la policía puede hacer dos cosas: nada, o perder prestigio. Cada vez más, el camino elegido por los flics, léase el Elíseo, es dar caña; y a cada hostia, un burgués parisino más se coloca frente a ellos. El 7 de mayo, el propio L’Humanité tiene que abrir su primera plana proclamando la responsabilidad del Gobierno en los conflictos, y reclamando la amnistía para los estudiantes condenados el domingo 5. A partir de ahí, el discurso comunista empieza a girar lentamente, como un portaaviones que cambia de rumbo, hasta llegar el día 9, cuando su periódico saluda por primera vez la lucha de los estudiantes y apostilla: “deseamos su victoria”.

(Nada de esto será gratis. El movimiento de los comunistas no se produce porque sí, ni sin intenciones. Hay en su giro una parte de cambio obligado por las circunstancias, es decir la creciente popularidad de los estudiantes; pero también hay una ambición de fagocitar el movimiento. La técnica más depurada de todas las desarrolladas por los partidos comunistas en la Historia.)

La mañana del día 7 es la del gran viraje sindical. La FO saca un comunicando condenando la violencia de la noche anterior. La CFDT, aun atacando a los extremistas, proclama su apoyo a los estudiantes. Eso sí: Séguy, en la presentación de un festival de la juventud trabajadora, todavía arremete contra los violentos que, dice, le hacen el caldo gordo a los reaccionarios.

Pamplinas. Las organizaciones tienen jefes, pero también militantes. La sección parisina de la CFDT saca por su cuenta un comunicado de apoyo sin fisuras a los estudiantes. El día 8, la CGT y la CFDT se verán obligadas por sus militantes a declararse oficialmente solidarias con los estudiantes y los profesores.

Durante el día 9, los sindicatos buscan ávidamente a la UNEF. A primera hora de la tarde, Séguy y el secretario general de la CFDT, Eugène Descamps, se presentan en la seda del sindicato estudiantil; pero Jacques Sauvageot no está allí (entiendo que debía de estar en la asamblea callejera de la que salió después el mitin de La Mutualité).

Las negociaciones deberán esperar al día siguiente, 10. A las ocho y media, se hace público un comunicado en el que la CGT, la CFDT, la UNEF y la FEN (Fédération de l’Éducation Nationale, organización mayoritaria entre los enseñantes) anuncian la celebración de una acción contra la represión. Será, dicen, el martes 14, con manifestaciones en todas las universidades de Francia. En todas. Los sindicatos ponen encima de la mesa su capacidad de movilización, sin competencia. Sin embargo, ese comunicado, por tardío, no logrará evitar que la noche del 10 al 11 sea lo que ya hemos contado que fue.

De haberse llegado a la convergencia estudianto-profesoral-sindical, digamos, a mediodía de ese día 10, ¿qué habría pasado? Pensemos. El día anterior se había producido el anuncio del Gobierno de apertura de las facultades y su posterior marcha atrás. El día 10, el Elíseo estaba, es obvio, mascullando el proyecto de ordenar a los polis sacar el cuchillo de capar, pues esa orden se dio a las 2 de la mañana del 11. Si la negociación hubiese dado sus frutos, no a última hora de la tarde, sino a primera, habría habido tiempo, antes de las manifestaciones, de que los miembros del Gobierno hubiesen podido llamar a interlocutores bien distintos de Cohn-Bendit o los grupúsculos de ultraizquierda. Habría podido llamar a los líderes sindicales e intentar una transacción con ellos.

Una vez escuché a un líder sindical español decir que la fuerza de un sindicato no se demuestra convocando una huelga general, sino desconvocándola. Es cuando te muestras capaz de desactivar la espoleta de una bomba que está a punto de estallar cuando tu enemigo te respeta, y se da cuenta de que te necesita. Si Jacques Sauvageot hubiese estado en la sede de la UNEF el día 9, si las negociaciones hubiesen comenzado en ese punto y hubiesen terminado antes, ¿qué habría pasado en la noche del 10 al 11? Es obvio que el Gobierno se habría encontrado con un tema más gordo (obreros manifestándose con los estudiantes), pero también más tratable, más negociable.

No obstante, imaginemos que el Elíseo negocia a toda hostia y consigue, un decir, que en la tarde del día 10 la CGT y la CFDT (Force Ouvrière lo habría hecho con seguridad, pues era un sindicato por esencia pactista) llaman a la calma y a la negociación. ¿Habrían los estudiantes obedecido? La respuesta, en el 99% de los escenarios, es no. Los estudiantes, para entonces, obedecían a Cohn-Bendit sólo en los minutos impares, y no todos. Buena parte del movimiento de Nanterre, para entonces, estaba en manos de trotskistas, lambertistas o frankistas, maoístas y anarquistas que, por definición, van por libre. El mismo tipo de fuerzas que estaba intentando minar el monolitismo del comunismo oficial en la CGT. Igual que sus grupos de trabajadores desobedecían la línea dirigente en las asambles obreras, habrían desobedecido las consignas estudiantiles. Y de ellos era la primera línea de las manifas. Suyos eran los militantes que, con amplios gabanes y cascos improvisados, le hacían la guerra a la policía calle a calle, acera a acera, loseta a loseta (bueno, claro: ellos y, por supuesto, la brigada de estudiantes españoles antifranquistas, formada por más de tres millones de jóvenes de diversas procedencias). Es mi opinión, ya lo he escrito, que para entonces Daniel Cohn-Bendit cometía el error de comprender que la revolución había tomado una dinámica propia que, lejos de alinearse con él, podía incluso machacarlo a él mismo si se ponía de canto. Los sindicatos tampoco terminaron de entender esto mucho, y los miembros del Partido Comunista yo creo que, a día de hoy, todavía no lo han entendido.

La noche del 11, en las salas de máquinas de los sindicatos no duerme nadie. Séguy hace declaraciones de madrugada poniendo a parir al Gobierno. A las 9 del 11, se reúnen la CGT, la CFDT, la FEN y el SNE Sup de Alain Geismar. Se contacta por teléfono con el Frente Obrero y con los partidos políticos de la oposición: comunistas, socialistas unificados, FGDS (Fédération de la Gauche Democrate et Socialiste, que engloba a los partidos socialista, radical, la Convention des Institutions Republicaines, y otros).

A mediodía, se anuncia la convocatoria de una huelga general para el lunes 13.


Órdago a grande.


El foco del relato histórico se fija en esta reunión de la Bourse du Travail. Pero hay otra al mismo tiempo que, en el fondo, es mucho más importante. Es la reunión que tienen dos delegaciones políticas, presididas: una, la del PCF, por Waldeck Rochet (entonces secretario general, en los setenta su precaria salud dejará paso a Georges Marchais); otra, la de la FGDS, por Guy Mollet (que ya había sido ministro en gobiernos radicales en los años cincuenta, y sería presidente de la Internacional Socialista). Hay una persona que no está por no encontrarse en París: François Mitterrand. Ya tardaba en aparecer. Ambos partidos se ponen de acuerdo en comunicados conjuntos y en enviar diversos telegramas a los magistrados de la República para demandar una convocatoria urgente de la Asamblea Nacional.

Ellos saben que los sindicatos ya no pueden dar marcha atrás.

Y son, sobre todo Mitterrand, excelentes jugadores de mus.

De ésos que están acostumbrados a ganar las manos con las cartas del compañero.