lunes, febrero 04, 2013

Hitler y Palestina (2)



La mentada llegada al poder de Adolf Hitler vino a coincidir en el tiempo con  los inicios de la estructuración política del movimiento palestino. En  agosto de 1932 Auni Abd el-Hadi había creado el partido Istiqlal, Independencia, partidario de la insumisión civil y fiscal con las autoridades británicas. El clan Nashashibi, es decir el movimiento palestino moderado y partidario de colaborar con los ingleses, fundó, ya en 1934, el Partido por la Defensa Nacional. El muftí, como sabemos líder de la familia rival, respondió tres meses después creando el Partido Árabe Palestino. El panorama se completó pronto con el Partido de la Reforma y el Bloque Nacional Palestino. Como se ve, la escena de Life of Brian no iba tan descaminada.


Mucho más importante, sin embargo, es el surgimiento de organizaciones de acción medio clandestina, o clandestina del todo, como La Mano Verde, que de 1929 a 1931 se dedicó a atacar colonias judías hasta que los británicos los metieron a todos en el maco; o la Organización de la Guerra Santa, dirigida por un Husseini, Abd el-Qadir. O la Asociación Musulmana de la Juventud, fundada por el imán de Haifa, Iz al-Din al-Qassam, quizás el primer teórico de la obligación de la guerra santa para todo creyente y el ideal del martirio. En noviembre de 1935, este predicador musulmán se echó literalmente al monte con los suyos en Samaria. Mataron a un policía judío, tras lo cual fueron localizados por los británicos, que se los apiolaron con su habitual flema. La tumba de al-Qassam se volvió lugar santo, y a día de hoy hay combatientes de Hamas que aun veneran su nombre.

Buena parte de los seguidores de este imán de Haifa está detrás del estallido de la primera intifada palestina. Ésta se produjo después de que Europa, muy especialmente Londres, hubiese asistido impotente a la operación de Italia en Abisinia. El paseo etíope de Mussolini y su reclamo de un imperio colonial para Italia fue un claro signo de debilidad que los palestinos interpretaron como una llamada a la rebelión.

El 15 de abril de 1936, dos judíos murieron asesinados por árabes. La respuesta fue el asesinato de dos musulmanes la noche siguiente. Tres días después, nueve judíos fueron asesinados. El día 25, todas las organizaciones musulmanas se coligaron bajo el mando del muftí y declararon la huelga general. Muy pronto el paro se convirtió en revolucionario y violento, especialmente cuando los palestinos recibieron refuerzos de hombres y armas desde Siria e Iraq. En octubre, sin embargo, la huelga se terminó por intervención de los gobiernos de los países árabes; pero para entonces la intifada había producido 306 muertes.

Estando así las cosas, en agosto de 1936 los ingleses encargaron una nueva comisión de encuesta e investigación del problema de Palestina, esta vez encabezada por sir Robert Peel. La conclusiones fueron publicadas el 7 de julio de 1937, con un cambio casi radical en las posiciones mantenidas hasta entonces en otros libros blancos. La Comisión Peel reconocía que tanto judíos como árabes eran comunidades nacionales, con diferencias irreconciliables. La Comisión renunciaba a la idea de un solo Estado en Palestina, pues asumía que árabes y judíos serían incapaces de colaborar en él. Negaba, pues, una especie de solución suiza para el territorio, que había sido la opción de algunos expertos y opinadores varios, y apostaba por la partición (una tesis muy parecida a la que resolvería, algunos años más tarde, el problema entre hindús y musulmanes en India).

Por lo tanto, como conclusión fundamental, el informe Peel recomendaba trocear Palestina en tres partes: un Estado judío en la franja costera, desde Tel Aviv hasta Galilea; un protectorado británico en Jerusalén y Belén; y un Estado Palestino incorporando el resto de Palestina y Trasjordania.

Los ataques a la Comisión Peel fueron muchos y muy profundos. Como dejaría triste y sangrientamente clara la independencia de la India algunos años después, ese tipo de particiones sólo eran posibles mediando un masivo éxodo de quienes quedaban, por así decirlo, mal situados. Que en la partición Peel eran muchos, esto es árabes viviendo en el Estado judío, y judíos viviendo en el palestino. Por su parte, los judíos, en su congreso internacional de agosto de 1937, atacaron la racanería con que, según ellos, se les concedía territorio. Asimismo, el Alto Comité Árabe, con el muftí al frente, no quiso saber nada del plan. Aunque en la hostilidad del el-Husseini a aquel plan tenía también algo que ver que la fusión de su territorio con Trasjordania podría acabar colocándolo bajo la bota del emir Abdullah de Amann.

Los palestinos respondieron al Plan Peel con una nueva revuelta, en septiembre de 1937. El 1 de octubre,  todos los integrantes del Alto Comité Árabe, sólo excepción hecha del muftí, fueron detenidos y deportados a las islas Seychelles. El propio el-Husseini fue cesado como presidente del Consejo Supremo Musulmán. El 12 de octubre, huyó a Líbano disfrazado. La revuelta acabó costando 97 vidas.

Londres había perdido la expectativa de poder llevar a cabo el Plan Peel. Redujo drásticamente los permisos de emigración y, en diciembre de 1937, envió una nueva comisión, esta vez presidida por sir John Woodhead. La oposición árabe a la presencia de Juan Cabeza de Madera fue tan grande que consiguió su objetivo: el 9 de noviembre, en un nuevo libro blanco, la comisión Woodhead daba por imposible una partición, enviando con ello el Plan Peel al abultadísimo archivo de las ideas diplomáticas que, en la Historia de la humanidad, no han servido para nada. Al año siguiente, 1938, murieron en Palestina de forma violenta 206 judíos y 425 árabes.

Un aspecto importante de la violencia palestina en aquellos años es que también se dirigió contra los musulmanes. De hecho, entre 1936 y 1939, las organizaciones violentas palestinas mataron casi a medio millar de árabes; lo cual tuvo como consecuencia, que se haría sentir en el movimiento palestino de ahí en adelante, de eliminar muchas posiciones políticas dentro del propio movimiento; literalmente, fueron asesinadas. Sólo bajo ese monolitismo ideológico se pueden entender realidades como la imposición, en 1938, de un código estético en el vestir para el movimiento palestino. En agosto de dicho año, se impusieron el llamado kafiyeh y el doble cordón atándolo a la altura de la frente; instrucción que hizo desaparecer el fez, que había sido el tocado normal, cuando menos en las ciudades.

En favor del movimiento palestino jugó el sentimiento creciente en Europa de que se avanzaba en un tobogán muy pronunciado que terminaba en la guerra. Palestina estaba en todo el centro de la ruta hacia la India, y pensando en una guerra total (no se olvide que las posesiones coloniales son elemento fundamental de las dos grandes guerras del siglo XX), no convenía tener ahí un polvorín cebado. El 7 de febrero de 1939, en el palacio de Saint James de Londres, comenzó una conferencia sobre la materia, con presencia de británicos, musulmanes y judíos. Terminó como el rosario de la aurora. En abril, Neville Chamberlain, que tenía cosas mucho más perentorias en que pensar, afirmó: “si tenemos que ofender a un bando, que sean los judíos”. Los alemanes, de hecho, estaban para entonces convencidos de que Londres arbitraría una solución proárabe para el conflicto, y no andaban nada descaminados.

Pero aquí fue donde, una vez más, el movimiento palestino cometió su error preferido: malbaratar sus ventajas. Ambas partes, judíos y palestinos, rechazaron displicentemente la idea de un Estado binacional; pero los palestinos fueron más allá, rechazando toda solución mínimamente componedora; como siempre, lo querían todo, o no querían nada. Ciertamente, ésta era también la posición de los judíos; pero, por así decirlo, los musulmanes no parecían darse cuenta de que el baldón de la declaración Balfour les concedía cierta ventaja; sin olvidar que los países árabes tenían entonces escasísimo peso en el ámbito internacional. Así las cosas, las conclusiones de la conferencia, redactadas por el Foreign Office, fueron rechazadas por las otras dos partes el 15 de marzo. Al día siguiente, Hitler comenzaba la ocupación de toda Checoslovaquia.

El 17 de mayo, Malcolm MacDonald, secretario de Colonias de HMG (o sea, jer mayestis gobermen), publicó un nuevo libro blanco sobre la materia. Nunca, hasta entonces, se había concedido tanta audiencia a las peticiones de los musulmanes. No se consideraba ni la partición ni la construcción de un Estado judío independiente. Se declaraba cerrada, olvidada, la cuestión de un hogar nacional para el pueblo hebreo, que la declaración Balfour admitía. En el plazo de 10 años se habría de formar un Estado palestino, en el que la mayoría árabe musulmana sería soberana. Se restringía la emigración judía a la zona. Después del plazo contenido en el libro blanco, cinco años, toda emigración hebrea debería contar con el visto bueno de los musulmanes. Se prohibiría a los judíos comprar tierras en áreas densamente pobladas por musulmanes.
Una voz se elevó en la Cámara de los Comunes, 6 días después, contra este papel y, sobre todo, el abandono de la línea Balfour; desgraciadamente para los intereses palestinos, con el tiempo esa voz dejaría de ser cualquier voz, porque era la de Winston Churchill.
Los palestinos, mientras tanto, celebraron esta victoria diplomática quemando banderas británicas en las calles de Tel Aviv. Con ello, colocaron a Londres a un canto de un duro de mandarlos a tomar por saco.
El canto del duro, y el duro entero, acabó llegando apenas dos o tres semanas después.