viernes, enero 11, 2013

¿Qué hacemos con Filipinas? (y 3)


Los Borbones trataron de reforzar su presencia en Asia. Tal vez las Filipinas no fuesen la plataforma estratégica para la conquista de Asia, pero aún podían convertirse en la cabeza de un emporio comercial.

En 1717 llegó a Filipinas un nuevo y animoso gobernador, Fernando Manuel de Bustamante. Entre sus primeras medidas estuvo la de eliminar las corruptelas que habían ido surgiendo en torno al Galeón de Manila, para mejorar los ingresos de la Corona. Esas corruptelas consistían básicamente en embarcar bienes de tapadillo para no tener que pagar impuestos. Vinculado al saneamiento del Galeón estuvo su intento de desarrollar lazos comerciales con los estados vecinos de forma que la economía filipina fuese menos dependiente del Galeón de Manila y del comercio con China.

En 1718 envió una embajada al reino de Siam que fue un gran éxito. El 18 de julio de ese año, el enviado español firmó un acuerdo con los siameses en virtud del cual, España obtenía unos terrenos para edificar una factoría que podrían utilizar para comerciar y para aparejar barcos. Se fijaron cláusulas para regular el comercio entre Siam y Filipinas y se establecía que Siam otorgaría a España el trato de nación más favorecida.

El éxito de la embajada a Siam animó al Gobernador a enviar otra al reino de Tonkin al año siguiente. Esta embajada fue más azarosa que la anterior. Siguiendo una vieja costumbre española,- la de cagarla en el mar-, embarrancaron junto a las costas de Vietnam y hubieron de abandonar el barco. Aun así la embajada tuvo sus frutos: obtuvo el permiso para comerciar con Vietnam, así como un terreno para establecer una concesión.

Por desgracia, estos inicios prometedores quedarían en nada. El gobernador se había enajenado las voluntades de las élites manileñas con sus intentos de poner orden, no siempre ejecutados con tacto. La noche del once al doce de octubre de 1719 se produjo un motín, inspirado por sus enemigos, y el gobernador fue asesinado. La política de apertura comercial que había animado quedó en nada y Filipinas siguió dependiendo del Galeón de Manila.  

La incuria y la falta de visión sobre lo que se podía hacer con Filipinas quedaron de manifiesto en 1762 con la invasión británica. España había entrado del lado francés en la Guerra de los Siete Años en sus etapas finales, cuando el pescado ya estaba vendido. El 23 de septiembre de 1762 quince buques británicos aparecieron en la Bahía de Manila para pasmo del Arzobispo Manuel Antonio Rojas, que hacía las veces de gobernador, ya que el anterior había muerto ocho años antes y España todavía no se había molestado en reemplazarlo. El pasmo del Arzobispo se debió a que nadie le había informado de que España e Inglaterra llevaban nueve meses en guerra.

Los ingleses ocuparon Manila durante dos años e hicieron mucho daño al comercio filipino. Se apoderaron tanto del galeón que iba a salir para México, como del que estaba llegando y confiscaron todos los barcos españoles. Al perjuicio hecho por los ingleses vino a sumarse que el sistema del Galeón de Manila había empezado a quedar obsoleto. Habían surgido nuevas redes comerciales que le restaban importancia y en Hispanoamérica los textiles españoles estaban desplazando a los chinos en los gustos de la gente.

Durante el reinado de Carlos III se hizo un serio intento por rentabilizar las Filipinas y desarrollar sus posibilidades económicas. En 1778 se fundó en Manila la Sociedad Económica de Amigos del País con el objetivo de revitalizar la economía de las islas de manera racional y científica. Los proyectos que se concibieron en esos años fueron impresionantes: sederías, cultivo del tabaco, las especias y la caña de azúcar, explotación de los minerales de las islas, silvicultura y explotación de sus riquezas marinas… La realización de esos proyectos fue menos impresionante. A la larga sólo funcionó la idea de cultivar tabaco, que terminaría convirtiéndose en la principal riqueza del país en el siglo que le quedaba de dominio español, y la caña de azúcar.

En 1785 se estableció la Real Compañía de Filipinas para promover el comercio entre Filipinas y España. Por primera vez se permitió que los barcos extranjeros recalasen en Manila, aunque en un principio se limitaba a aquéllos que llevasen cargamentos de productos chinos o indios. Aunque sus inicios habían sido prometedores, a finales del siglo XVIII empezó a decaer. Las tensiones entre España e Inglaterra, la enemiga de los hispano-filipinos involucrados en el Galeón de Manila, que habían visto sus intereses afectados, los problemas con monopolios de la Corona que trabajaban con los mismos productos procedentes de Hispanoamérica y la mala gestión hicieron que la Compañía languideciese durante el primer tercio del siglo XIX hasta su disolución en 1834.

Los cambios introducidos por los Borbones en el último cuarto del siglo XVIII comportaron una mayor centralización y que el poder de Manila se hiciese sentir con más peso en el resto del archipiélago. Ya no bastaba con gobernarlo indirectamente por medio de cuatro frailes y caciques locales.

La independencia de México supuso un shock para Filipinas que nunca habían dejado de ser un apéndice del Virreinato de Nueva España. El último Galeón de Manila zarpó en 1815. Que Filipinas sobreviviese, muestra que las reformas de finales del siglo XVIII habían servido para algo. La puesta en valor de su riqueza agrícola y el fomento del comercio con Asia le permitieron superar el final del sistema del Galeón.

Filipinas se reorientó convirtiéndose en una economía orientada a la exportación, que era la vía en la que la habían puesto las reformas borbónicas. El tabaco, el azúcar, la copra, el abacá, el arroz, el café y el añil se convirtieron en sus principales productos de exportación. Esta orientación exportadora se vio favorecida por el creciente interés europeo por Asia y por la apertura del Canal de Suez y la aparición de los barcos de vapor, que facilitaron las comunicaciones entre Filipinas y España.

Hubo un momento en la segunda mitad de la década de los 50 y la primera mitad de los sesenta del siglo XIX, en los que a España le volvieron a entrar resabios imperialistas y nuevamente pareció que Filipinas podría ser el trampolín para una España que quería adquirir un mayor protagonismo en Asia.

En 1858 tropas españolas procedentes de Filipinas participaron en la expedición que envió a Cochinchina el Emperador francés Napoleón III. La excusa para la intervención fue el asesinato del vicario apostólico en Tonkín, que era el dominico español José María Díaz Sanjurjo. Mientras que los franceses montaron la expedición con objetivos coloniales claros, España participó en ella sin saber por qué se metía. De hecho, el Capitán General de Filipinas no vio con buenos ojos esta aventura que distraía fuerzas de lo que de verdad importaba: el sometimiento de los moros de Mindanao. Al final, la aventura de Cochinchina sólo sirvió para que pudiéramos sacar pecho diciéndonos que aún éramos una gran potencia. O sea, que salimos de aquello echando pecho y con cara de gilipollas. La que se nos quedó cuando vimos que Francia se instalaba en el país como potencia colonizadora.

Aunque con torpeza, en esos años España desarrolló una actividad en Asia muy intensa para lo que había sido la norma en el siglo anterior. Abrió embajadas en Pekín y Tokio y consulados generales en Yokohama, Singapur, Macao y Shanghai. En octubre de 1864 España firmó con China un Tratado de Amistad y Navegación que, entre otras cosas, reguló la emigración de chinos a Filipinas. En 1868 se firmó un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con Japón y dos años después uno similar con Siam.
El mayor activismo español también se puso de manifiesto en otras dos áreas: Mindanao y el Pacífico, aunque en ambos casos estuviese motivado más por la conciencia de la debilidad propia que por mostrar lo chulos que éramos. Se trataba de demostrar a otras potencias que éramos capaces de ejercer una soberanía efectiva sobre los territorios que poseíamos o sobre los que teníamos títulos.

En 1851 España organizó una expedición militar contra el Sultanato de Sulu, que terminó con la firma de un tratado de paz un tanto ambiguo que los españoles interpretaron en el sentido de que el sultán reconocía la soberanía española sobre su territorio. A nivel internacional, la campaña sirvió para mostrar a otras potencias que España consideraba que el archipiélago de Sulu y la isla de Basilán pertenecían a su esfera de influencia. Durante la década de los sesenta, España afianzó su dominio sobre Mindanao y tomó medidas para su administración efectiva. En 1876 España lanzó una nueva expedición contra Sulu, dado que era evidente que los nativos no interpretaban el Tratado de 1851 de la misma manera que los españoles. El 22 de julio de 1878 España y el Sultán de Sulu firmaron el Tratado que regiría sus relaciones hasta el final de la presencia española en Filipinas. El Tratado estableció una suerte de protectorado español sobre el sultanato, que retenía una amplia autonomía en cuestiones de administración interna y de comercio.

En el Pacífico España intentó labrarse un imperio en Micronesia. España tenía títulos históricos para atribuirse casi todo el Pacífico, pero la Conferencia de Berlín de 1885 había establecido que lo que valía era la ocupación efectiva, no los títulos históricos. España tenía alguna presencia en Guam y las Marianas, pero siempre las había tenido muy abandonadas y no les había sacado ningún rendimiento. En la década de los ochenta del siglo XIX España trató de recuperar el tiempo perdido. Consiguió que su principal competidor en la región, Alemania, le reconociese en 1885 sus derechos sobre la Micronesia y trató de colonizarlas con fortuna desigual.

Tal vez fuera durante las últimas décadas de su dominio colonial, cuando España tuvo más claro lo que hacer con las Filipinas y fuese más consciente de su valor económico y geoestratégico. Lo que faltó entonces fue lucidez para acomodar las aspiraciones de los filipinos a un mayor autogobierno y los medios para hacerse respetar por otras potencias. Igual que España había reconocido el valor de las Filipinas, otros países, desde Alemania hasta Japón, pasando por Bélgica, que llegó a ofrecer comprar las islas a España, y EEUU también lo habían hecho y con ese reconocimiento estaba el de la debilidad de España y el de que teníamos los días contados en las Filipinas.