jueves, enero 17, 2013

Hitler y Palestina (1)

    Paquito no fue el único....





En términos generales, en el mundo moderno de la segunda mitad del siglo XX y primera mitad del XXI donde ahora estamos, se cumple una norma de general aceptación: todo lo que es nazi, o tiene simpatía hacia lo nazi, o muestra la más mínima expresión de comprensión hacia el régimen nacionalsocialista alemán, fascista italiano, rumano, austríaco, español, portugués o similar, es rápidamente arrojado por la Roca Tarpeya del justo castigo hacia quien es incapaz de tener un mínimo talante democrático y respeto por el prójimo.

Esto es así con carácter general. Pero toda generalización tiene sus excepciones, y ésta no iba a ser menos. La excepción, en este caso, es el movimiento de liberación de Palestina.


Se habla poquísimo, cuando se habla, del pasado nazi del nacionalismo palestino. El movimiento palestino tiene la gran suerte de que Rommel fuese frenado en El Alamein, porque eso le permite afirmar que miente aquél que dice que los palestinos estaban dispuestos a realizar una matanza de judíos mediterráneos del mismo jaez (y con los mismos procedimientos) que la que perpetró Hitler en Polonia y otros territorios. Gracias a la derrota alemana, nunca se podrá saber si los dirigentes palestinos habrían permitido algo así. Pero, por el camino de esta obviedad, se pierden cosas que no son menos obvias.

Empecemos, más o menos, por el principio. La primera guerra mundial es el verdadero principio del siglo XX, porque supuso la ruptura de eso que Stefan Zweig llamaba, con nostalgia, el mundo de ayer. Muchas cosas eran antes de la Gran Guerra y dejaron de serlo después. Entre ellas, los grandes imperios. Los europeos nos sabemos más o menos el asunto de la partición de Austria-Hungría, pero menos hablamos de la defenestración del imperio Otomano, que tuvo más o menos las mismas dimensiones. El territorio de la actual Israel y áreas adyacentes había sido hasta entonces una provincia turca en la que desde 1880, aproximadamente, con la muerte del zar Alejandro II en Rusia, se venía produciendo una emigración constante, aunque no muy importante numéricamente, de judíos del Este de Europa. Estas migraciones, digamos, personales, toman cuerpo político a partir de 1905, con la primera revolución rusa, que anima a grupos de judíos a pensar en la creación de una nación propia, dando nacimiento al sionismo propiamente dicho. 1905, por cierto, es el año en el que la policía zarista se inventa de la nada el famosísimo libro de los protocolos de los sabios de Sión, que presuntamente demostraba la conspiración judía mundial para crear el Estado de Israel, entre otras cosas.

Palestina, tras la guerra, se la quedó quien ganó el enfrentamiento: esto es, Gran Bretaña. El general británico Edward Allenby había conquistado en 1917 el área. El 30 de septiembre de 1918, ingleses y turcos firmaron el armisticio de Mudros, que se refería a Palestina en unos términos intensamente galaicos que no acababan de dejar claro si aquella tierra pasaba a ser un protectorado, una nación mediopensionista, o qué.

En realidad, el problema de Gran Bretaña es que le había prometido el mismo polvo a tres ligones distintos. A Hussein bin Ali, el jefe de La Meca que aspiraba a unificar la nación árabe, le ofreció apoyo para su proyecto; a Francia, a través del muy incómodo acuerdo Sykes-Picot, le ofreció repartirse Oriente Medio como buenos hermanos, creando un protectorado internacional en Palestina. Y, finalmente, lord Balfour, ministro de Asuntos Exteriores de Su Graciosa Majestad, le había prometido a los representantes judíos la proclividad de Gran Bretaña hacia la creación en el área de una nación para los hebreos.

La capacidad de presión internacional de los judíos, nadie la niega. Aunque una cosa es ser judío y otra sionista (igual que una cosa es ser Larry David y otra ser Ariel Sharon), los hebreos del segundo tipo maniobraron con mucha rapidez en dos direcciones: en primer lugar, desdibujar esa diferencia, presionando a todos los judíos para que se uniesen en el proyecto de una nación propia; y, en segundo lugar, en las cancillerías internacionales, poniendo en juego toda su capacidad como banqueros, políticos e intelectuales; no por casualidad, el interlocutor de Lord Balfour el día que hizo la promesa antecitada llevaba el apellido Rotschild. El 25 de abril de 1920, en la conferencia de San Remo, se decidió incorporar la declaración Balfour al tratado de paz firmado con Turquía en Sèvres y, para poder garantizar su cumplimiento en el largo plazo, asumir el mando británico en Palestina; algo que no estaba previsto inicialmente, tal y como demuestra el pacto Sykes-Picot. Como sabemos bien los españoles con nuestro temita de Gibraltar, Londres no es que destaque históricamente por tener una política realista y empatizadora en lo que a sus colonias se refiere; salvo que se las esté gastando con 800 millones de chinos, caso en el que sí se muestra, se podría decir, razonablemente razonable. Es muy habitual que Inglaterra se porte con sus colonias como la Gata Flora, ésa que dicen que se si se la meten grita y se la sacan llora. El Foreign Office debe de estar secretamente petado de gentes naturales de Pobla de Trives, provincia de Orense (esto no es más que una cala, a ver si por casualidad tengo algún lector de Trives), porque lo cierto es que no hablar claro, decir yes decir no, comenzar todas las frases por actually pero luego no confesar jamás lo que realmente se piensa, ha sido y es la principal habilidad de los diplomáticos ingleses. Inglaterra es, en buena parte, culpable del progresivo enconamiento de la situación en Palestina, porque recibió el territorio como de rebote, sin saber en realidad qué quería hacer con él; lo recibió, además, en el momento en que los vientos empezaban a sonar en dirección contraria (descolonización) y no hizo, tal es mi opinión, ningún esfuerzo serio por entender los porqués de aquella área del mundo; con la sola, meritoria pero en todo caso algo exagerada excepción del famoso Lawrence de Arabia.

De 1919 datan los primeros enfrentamientos entre musulmanes y judíos, aunque las cosas se ponen serias por primera vez el 4 de abril de 1920, en Jerusalén. Los palestinos estaban muy calientes con la muy reciente creación del Estado sirio por Faisal, el hijo de Hussein. Finalmente, se produjo un brote de violencia que duró cuatro días y produjo 5 muertos. Los disturbios le costaron el puesto al alcalde de Jerusalén, Musa Kazem el-Husseini, que fue sustituido por Ragheb Nashasbibi; un Husseini por un Nashasbibi, esto es un radical por un moderado. El administrador británico, Herbert Samuel, buscaba enfrentarlos. Anular dos fuerzas opuestas poniéndolas una frente a la otra. Una estrategia que, cuando funciona, lo hace malamente.

Para completar su plan, el plenipotenciario de Londres, escasamente dotado de inteligencia estratégica (y, por qué no decirlo, probablemente convencido que los palestinos eran un pueblo de pastores que no distinguían un fusil de una cabra; un poco como la concepción que el pescadero, perdón mayorista, Antonio Recio, tiene de los inmigrantes), necesitaba a un Husseini al frente de la autoridad religiosa de la ciudad, ya que los Nashasbibi tenían la temporal. Eligió a Amin el-Husseini. Amin participó en la elección de muftí de la ciudad, pero quedó cuarto. Sin embargo Herbert, haciendo uso de sus prerrogativas y buscando, como decimos, enfrentar constantemente a las grandes familias de la ciudad, lo nombró el 8 de mayo de 1921. A partir de ese momento, Husseini se convirtió en el mayor intérprete en Jerusalén de la palabra coránica.

En mayo estalló, empezando por Haifa, una nueva ola de violencia musulmana contra los judíos. Se declaró el estado de emergencia en la ciudad, lo cual no impidió que muriesen casi 100 personas, la mitad judíos y la otra, palestinos.

A pesar de esta violencia, los sentimientos antijudíos ingleses, que son como las meigas en Galicia (haberlos, hainos) operaron para virar la opinión pública de las islas en favor de los palestinos. De hecho, en 1922 Trasjordania fue separada del resto de Palestina, y la emigración judía allí seriamente obstaculizada.

En este punto, los palestinos cometieron por primera vez un error que han repetido varias veces en su Historia: malbaratar los vientos a su favor. En primer lugar, en lugar de leer o entender los virajes políticos en Gran Bretaña como una invitación a moderarse y no dar problemas, los entendieron como una especie de aval hacia su violencia verbal y en ocasiones física contra los judíos. En defensa de los musulmanes, en todo caso, hay que decir que la actitud británica tampoco era neta a su favor; sin ir más lejos, la declaración Balfour seguía ahí. Pero, en todo caso, cuando los ingleses les insinuaron ofertas en forma de instituciones de autogobierno, las rechazaron displicentemente. El gran problema del movimiento palestino, hasta Camp David como muy pronto, ha sido emperejilarse en quererlo todo.

Los judíos, mientras tanto, impasible el ademán, llevaron a cabo en 1924 una nueva oleada de emigración masiva a Palestina. En 1929, un conflicto relacionado con el Muro de las Lamentaciones trajo de nuevo la violencia entre ambas comunidades. En agosto de aquel año, entre insistente rumorología callejera en el sentido de que los judíos tenían planes para derribar edificios musulmanes y reconstruir su templo, hubo actos de violencia en Jerusalén. Pero el día 23 por la tarde, fue en Hebrón donde la violencia estalló con toda su fuerza. Fueron asesinados 67 judíos, entre ellos 12 mujeres y 3 niños. Los palestinos arrasaron seis kibutz. El día 30, en Safed, fueron asesinados otros 20 judíos. La intervención británica, durísima, acabó con la vida de más de un centenar de musulmanes.

Algunos historiadores marcan esta fecha de agosto de 1929 como el verdadero momento negro del conflicto árabe-israelí. Aquellos asesinatos, según esta tesis, tuvieron la consecuencia de que los judíos abandonasen toda idea de convivencia pacífica con los palestinos; abandono del que, a despecho de fotos para la galería y concesiones irremediables, en mi opinión no se han bajado todavía.

Sir Walter Shaw, el ponente que realizó la investigación de aquellos episodios, responsabilizó a los musulmanes de la violencia, pero también dejó bien claro que el motivo profundo era la emigración judía. El 20 de octubre de 1930, en un Libro Blanco, Gran Bretaña cambió su política respecto de Palestina, con una notabilísima restricción a las emigraciones como principal novedad. Sin embargo, aquel proyecto apenas duró, pues cuatro meses después, ante las presiones de los grupos judíos mundiales, el primer ministro MacDonald dio marcha atrás.

Aquel detalle fue más que suficiente para Amin Husseini. Clamó que el Parlamento británico estaba tomado por los judíos; apelación a la que no le faltaba, para qué negarlo, toda la razón.

La situación era así de inestable cuando en 1933, un nuevo factor vino a unirse: la victoria electoral, en Alemania, del Partido Nacionalsocialista. Victoria que, casi inmediatamente, sacó del armario a todos los antisemitas de Europa. Hitler y su repentina fama mundial, en efecto, dio alas a todos aquéllos que, de alguna manera, trataban de no hacer evidente su odio visceral a la raza judía, y creían todas las teorías sobre la conspiración sionista mundial (el propio Amin Husseini, en un signo de irresponsabilidad para un dirigente, apoyaba sus discursos en los Protocolos de los Sabios de Sion). Pronto, además, la evolución de Alemania condicionaría la propia política británica.

Con Hitler en el poder, las cosas en Palestina iban a evolucionar muy rápidamente.