viernes, enero 25, 2013

Soixante huit (10: un intermedio y una asamblea)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo y noveno capítulo.

Resumen de lo publicado: Lo que pasa en la Tierra Media durante el capítulo anterior es más o menos más de lo mismo; aunque, en realidad, la monotonía esconde elementos evolutivos muy importantes porque, poco a poco, los hobbits se están escindiendo como raza: unos quieren mantener la pureza de su movimiento contra las fuerzas oscuras; mientras que otros, cada vez más, abogan por una alianza con los enanos para luchar juntos contra el Señor Oscuro. Sauron, mientras tanto, sigue abonado al que los politólogos conocen como método Aspubo (A Su Puta Bola).

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Antes de seguir con el relato de mayo del 68, y siendo algunas peticiones del leyente, haremos un pequeño inciso: ¿cuál es la geografía, siquiera básica, de los grupetes que andan pillados en el tema de Mayo del 68? De forma muy básica (hacerlo a fondo nos llevaría a comentar más de dos docenas de siglas, y sería complejo; eso sí, si algún día compilo todos estos posts, no digo que no lo haga), y excepción hecha del Movimiento 22 de Marzo, que se explica por sí solo dentro de su inexplicabilidad rampante, las principales referencias que, creo, hay que hacer, son las de: la FGEL, la JCR, la FER y la UJC (m-l).

La FGEL (Fédération des Groupes d’Études des Lettres) es un grupo con tres dirigentes fundamentales: Jean-Luois Peninou (a quien veremos enfrentándose a la FER en un mitin); Marc Kravetz (siempre ligado a organizaciones de extrema izquierda, como periodista se ha destacado, sobre todo, por sus trabajos en el Oriente Medio y durante la revolución iraní) y Antoine Griset (antes de mayo del 68 había sido nombrado presidente de la Mutualidad de Estudiantes de Francia y profesor de Sociología de la Universidad de Tolbiac. A principios de los ochenta se vinculó al periódico Libération y después a La Truffe. Falleció en 1995).


La UNEF había alcanzado un punto de crisis casi total en su congreso de julio de 1967, en Lyon. La Union des Étudiants Communistes UEC y la ESU (Étudiants Socialistes Unifiés) llegaron a una especie de convergencia para hacerse con la dirección del sindicato. Detrás de toda esta movida está el PSU, organización senior de la ESU, que consigue el nombramiento de un nuevo presidente, Michel Perraud (que, parece ser, ha estado siempre vinculado al PSU), aunque dimitirá pocos meses después, presionado por las ambiciones de la JCR y CLER. En este estado de división interna es como el sindicato ha abordado la llegada de Mayo del 68. La FGEL, pese a ser una organización relativamente limitada en su ámbito, será un elemento fundamental para esta tendencia inicialmente ganadora dentro del movimiento estudiantil, y supondrá, por lo tanto, su elemento de extrema izquierda no trotskista.

La JCR, que había nacido el 2 de abril de 1966, tiene entre los estudiantes un gran prestigio nacido de la valentía y la capacidad de acción de su primera línea (el gafapasta y sus amigos de la foto del anterior post son, probablemente, militantes de esta formación). Sus inicios están claramente ligados a las purgas internas dentro de la UEC, sobre todo de los estudiantes contrarios a la figura de Stalin (en el acto fundacional de la JCR están presentes los retratos de Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo y Trotsky); son expulsados después de una consulta entre la militancia dirigida por Roland Leroy (viejo militante comunista, fue director de L’Humanité durante veinte años). Esta acción se viene a unir, durante toda la primera mitad de los sesenta, con la grave crisis interior del comunismo francés a raíz del debate interno que generó la designación de François Mitterrand como candidato único de la izquierda a la presidencia de Francia. El principal disidente expulsado será Alain Krivine (siempre vinculado al movimiento trotskista, es uno de los principales impulsores del Nuevo Partido Anticapitalista). Krivine estaba ligado a los movimientos de izquierda incluso por familia, puesto que se casó con la hija de Gilles Martinet, que había sido secretario general adjunto del PSU.

La JCR está inspirada en las formaciones de jóvenes creadas por Lenin, y su actuación está centrada en el concepto de autodisciplina revolucionaria; esa imagen tan del tiempo de Mayo del 68 del pollo que no toma Coca-Cola porque la produce el imperio americano y no gusta del boxeo porque supone la explotación sistemática de la raza negra es mucho más trotskista que comunista. Su objetivo principal es crear una vanguardia revolucionaria que prepare la creación de un auténtico partido revolucionario de masas.

También trotskista, pero no por ello amiga de la anterior, es la FER.

El trotskismo francés son en realidad dos: el desarrollado desde Pierre Frank y el de Pierre Lambert (teniendo en cuenta que el segundo se llama lambertista, nos encontramos con la sorpresa, nada cómoda para un español de izquierdas, de que el primero es conocido como… frankista).

Pocos odios registra la Historia moderna de Francia más encabronados e intensos que el registrado entre frankistas y lambertistas (los franquistas, cabe entenderlo, les odiaban a los dos por igual). Los primeros apoyaron, en la guerra de Argelia, al FLN; los segundos, al MNA. Los frankistas son partidarios de introducirse en las organizaciones comunistas internacionales; los lambertistas abogan por una organización trotskista autónoma. En el mundo estudiantil, esta lucha se concreta en la creación de la JCR, frankista; y la CLER, más tarde FER, lambertista.

Los dirigentes de la FER como Claude Chisseray (se acabaría suicidando tirándose al Sena) fueron constantes demandantes de la unión entre estudiantes y obreros, de la huelga revolucionaria, y críticos con la posición reformista del PCF.

Por último, para los maoístas de la UJC (m-l) la revolución china es la mayor de la Historia del hombre (lógico). Acusan a todas las demás organizaciones de izquierda de defender un mero cambio en las relaciones de producción, pero no en las conciencias, olvidando que “lo que debe ser transformado es el hombre” (promesa ésta que Mao cumplió a rajatabla con 70 millones de chinos, a los que, efectivamente, transformó en compost). Su acción política, ya se ha visto en estas notas, presupone la integración total con la clase obrera. Su gran teatro de éxito durante los años sesenta son los comités de acción formados respecto de la guerra de Vietnam, donde tienen acogotados y aburridos a los comunistas oficiales. Al eslógan comunista, paz en Vietnam, ellos oponen El Vietcong vencerá. Que son, obviamente, cosas distintas.

La iglesia maoísta de París está en la Escuela Normal, en la rue d’Ulm, donde enseña un intelectual que les gusta, Louis Althusser; razón por la cual le tienen tanto "amor" a Marcuse.

Bueno, hecho este interludio, vayamos con los hechos.

El jueves de aquella semana apareció como algo extraño, por cuanto no hubo ninguna manifestación ni enfrentamiento de importancia con la policía. Probablemente un tanto engañado por la impresión de esa paz inesperada, así como arrastrado por la necesidad excesiva de dar sensación de normalidad, Alain Peyrefitte, apoyándose en la relativa normalidad de las movidas del día anterior, anuncia en la Asamblea Nacional que está dispuesto a decretar la apertura de las facultades, siempre y cuando exista acuerdo con los rectores. Esa misma mañana, y como un resorte, el rector Roche reúne a los decanos para estudiar la reapertura de su universidad. Finalmente, rector y decanos acuerdan reabrirla, decisión que es recibida por la UNEF con unas declaraciones en las que se reafirma que la huelga sigue vigente mientras no se cumplan las famosas tres condiciones.

El día se consume en una escena muy maoísta, que es una especie de mitin improvisado en la calle el que los líderes estudiantiles, en tanto que organizadores de las movidas del día 8, se someten a la autocrítica de los militantes sobre los errores cometidos en dicha convocatoria. Esa reunión no tendría demasiada importancia si no fuese porque en ella, a instancias de Cohn-Bendit, acaba interviniendo el quizás principal intelectual orgánico del comunismo francés, Louis Aragon, de juventud tan surrealista como madurez a la pura y simple obediencia de las consignas del partido (a cambio de lo cual, la intelectualidad comunista ha repetido durante décadas que Aragon es una de las figuras cimeras de las letras francesas del siglo XX; afirmación que es, en mi modesta opinión, bastante que más que bastante más que discutible). Las dificultades teóricas y prácticas que presenta la convergencia del Mayo del 68 con el comunismo oficial quedan bien patentes en el detalle de que, antes de coger el megáfono, Aragon es aplaudido por una mitad del público, y abucheado por la otra.

A las 8 de la tarde, el ministro Peyrefitte da una muestra clara de lo apresurado y no muy reflexionado de su movimiento aperturista de las facultades, y hace público un comunicado en el que afirma que, una vez comprobado que para los agitadores “il ne s’agit nullement du retour a la calme, ni au travail”, es decir que no tienen ni puñetera intención de aprovechar la reapertura para estudiar (pero hace falta ser más tonto que un sarmiento, Alancito, para haber pensado tal cosa), la Sorbona seguirá cerrada hasta el regreso de la calma (traducción: ad Calendas Graecas). Casi al mismo tiempo, el rector de Humanidades de Nanterre, Pierre Grappin, está anunciando en un comunicado la reapertura de la facultad a las 10 del día siguiente (¿lo cualo?).

En el mitin que se celebraba esa misma tarde, el de Aragon, la rápida evolución de los acontecimientos demuestra a los estudiantes lo aconsejable de una nueva reunión más formal, para la que sin embargo no hay lugar de celebración. Por esa razón, se solicita a los militantes de la trotskista JCR que acepten convertir una reunión que tenían ya convocada para las nueve de la noche en un mitin conjunto de todas las organizaciones. La JCR acepta, razón por la cual, a las 9, la denominada salle de la Mutualité, lugar de la reunión, está de bote en bote.

Daniel Cohn-Bendit realiza un discurso sentido, muy suyo, en favor de la unión de todos los grupos revolucionarios, y de que “todos los grupos abandonen toda idea de hegemonía sobre el movimiento”. Danny el Rojo no es ningún gilipollas y, a buen seguro, comienza a sentir en su nuca el aliento, un tanto pestífero, de la revolución oficial, de las organizaciones de la izquierda organizada que, como ya hemos escrito, han tomado interés en todo ese movimiento ya, para entonces, capaz de movilizar a tanta gente contra el Gobierno.

Sobre la reapertura de las facultades, asevera que el Movimiento 22 de Marzo ha decidido reocupar Nanterre y la Sorbona, paralizando el funcionamiento de la Universidad. Apenas dos días antes lo ha dejado más claro todavía en una entrevista en Le Nouvel Observateur, en la que afirma que el objetivo de los estudiantes es ocupar la universidad para hacer de ella otra cosa. Esa entrevista, por cierto, tiene perlas acojonantes, como ésa en la que dice que es defensor de la libertad de expresión, pero no para los esbirros de los Estados Unidos.

Le sigue un orador de la UJC (m-l) que elabora un discurso maoísta situado más o menos a la altura de Urano en el que, entre otras cosas, anuncia, muy serio, que los militantes maoístas han votado un nuevo eslógan para su lucha y, cuando lo lee, se tira medio minuto leyendo un confusísimo texto de cuatro frases encadenadas que levanta las risas tontas entre el público. Pero, inesperadamente, regresa de esas alturas de pensamiento que sólo Mao, Confucio y algunas letras de Duncan Dhu han conseguido alcanzar, para comenzar a arrearle unas hostias como panes a la UNEF, a la que acusa de hacerle el caldo gordo a la socialdemocracia en su proyecto de mantener a la clase obrera y los estudiantes desconectados, estrategia que “es bien evidente en las actuaciones de la UNEF estos últimos días”. Luego la toma con Herbert Marcuse, uno de los líderes filosóficos de aquella movida (razón por la cual un montón de cohortes de estudiantes posteriores, a los que probablemente nos daba clase alguno de los 1.200 millones de españoles que estudiaban en Nanterre aquellos días, tuvimos que soportar sus libros con estoicismo), y termina con el habitual mantra prochino de que los estudiantes deben de dejar de ver a la clase obrera como un elemento de apoyo, sino como la clase dirigente y al mando de toda revolución.

Cohn-Bendit, que ve que la asamblea se le está derivando hasta llegar a un serio peligro de descarrilar en una especie de discusión entre teletubbies marxistas, toma la palabra para decir que no se trata de discutir las teorías de cada grupo, sino de decidir si se va a luchar o no. En otras palabras, trata de pasar elegantemente por encima de los problemas que los prochinos están planteando, como si fuese tan fácil generar una unidad de acción entre grupos que tienen tantas, y tan serias, divergencias ideológicas y tácticas. Siempre fue, siempre ha sido, y sigue siendo Cohn-Bendit un estratega de trazos excesivamente gruesos. Su intento, en ese momento, es bien claro: está tratando de que la Asamblea, poder máximo decisorio contra el que nadie osará elevarse, acuerde un calendario de movilizaciones y alianzas que luego nadie pueda mover.

Daniel Bensaïd (siempre a la sombra de Alain Krivine, el principal impulsor de la JCR, será toda su vida un militante revolucionario trotskista. A su muerte en el 2010, siempre siguiendo la estela de su líder, militaba en el Nuevo Partido Anticapitalista. Muy conocido por los círculos trotskistas españoles, pues colaboró en la creación de la Liga Comunista Revolucionaria) interviene en nombre de la JCR. Lo hace para avalar la intervención de Cohn-Bendit y afirmar que lo importante ahora es discutir qué formas de lucha le parecen aceptables a la Asamblea, y no discutir la formación y funciones de un partido revolucionario. Afirma, además, que colocar el movimiento a remolque de las estructuras y movimientos sindicales no aportaría valor añadido alguno. Propone la creación de comités de lucha que expliquen las razones del movimiento en los barrios populares.

En medio de la pasión de la audiencia, pues Bensaïd siempre fue un orador brillante, sube a la tribuna la otra versión del trotskismo francés, la FER, bastante más violenta. Como una demostración de lo unido que está, no ya el movimiento de Mayo del 68, sino simplemente su elemento trotksista, el representante de la FER afirma que hay que ir a una huelga general de estudiantes y obreros (algo que, a nadie se le escapa, no se puede organizar sin la convergencia con los sindicatos…). Asimismo, afirma que hay que “reforzar la UNEF” creando “una verdadera organización revolucionaria estudiantil”. O sea: donde dice “reforzar”, léase “sustituir”.

Tras una intervención plenamente solidaria por parte de un representante del Partido Comunista de Francia (… markista-leninista. ¿Qué os habíais creído?), toma la palabra Jean-Louis Peninou, viejo militante de la UNEF (que llegará a ser dirigente del periódico Libération, del que sin embargo dimitió, tras lo que regresó al periodismo de a pie, escribiendo sobre todo para Le Monde Diplomatique), que responde a la FER directamente afirmando que no quieren un comité central de huelga porque, dice, es la UNEF y el SNE Sup los que ya ejercen esa función. O sea, que el señor Peninou ha visto bien clara la jugada de los lambertistas radicales. Más aún: propone que la FER deje de hacer reuniones y movidas por su cuenta, y se subsuma dentro de la estrategia general.

A Peninou le siguen dos militantes de los CAL, Comités d’Action Lycéens, formados para la ocasión en los institutos, que, cómo no, anuncian su total sometimiento a las movilizaciones que se acuerden.

El desarrollo de aquel mitin masivo de la Mutualité, al que por cierto asistieron como pollos sin cabeza diversos estudiantes extranjeros, entre ellos españoles, que prácticamente no intervinieron, es un ejemplo bastante claro de cómo Mayo del 68 era, aquel 9 de mayo, un movimiento que estaba entrando en eso que algunos conocen como síndrome del ciclista: seguir pedaleando por la única razón de evitar caerse. Mayo del 68 era un movimiento exitoso en la calle; durante los enfrentamientos con la policía, no eran pocos los “burgueses”, normalmente vecinos de los barrios donde tenían lugar las luchas, que se ponían del lado de los estudiantes. Pero esa humedad superficial se apoyaba en un acuífero escondido de lagunas diversas, incluso incompatibles entre sí; y era sólo el éxito de las movilizaciones lo que les mantenía unidos.

Algunos de los originales dirigentes del movimiento tenían para entonces el temor y el resquemor tipico de los militantes anarquistas. El mismo tipo de resentimiento puede rastrearse, durante buena parte de la guerra civil española (sobre todo en sus inicios), entre los confederales, sobre todo los faístas: la convicción de que éstos pueden pactar.

El anarquismo, como movimiento politico, tiene muchas características, pocas buenas. Pero la más clara es que es un movimiento relapso; irredento. Cuando todos los demás han conseguido ya alcanzar algún tipo de punto de acuerdo con el poder en conflicto. ellos siguen en la posición de no firmar ni acordar una caraja. Una sola vez, en la Historia de España, el anarquismo ha estado por la labor de pactar antes que otros, que es precisamente al final de la guerra civil, cuando las fuerzas confederales se convierten en el sostén del golpe del coronel Casado. Pero eso es así sólo porque: 1) la guerra está perdida; b) los confederales consideran que haciéndolo evitan un mal mayor, que es un golpe de Estado comunista en la zona republicana, que estaban convencidos iba a dar el equipo colorao (nunca mejor dicho) Negrín-Líster-Modesto-resto de patulea. Como contrapeso a este ejemplo, tal vez valga la pena recordar que, cuando estalla la guerra civil, en Madrid se desarrolla una larguísima y salvaje huelga general de la construcción, de la que hasta la UGT ya se ha bajado, pero que los alegres cenetistas mantienen impasible el ademán (incluyendo diversas "invitaciones" a obreros ugetistas para que no entren en los tajos), en demanda de reivindicaciones conseguidas en otros puntos, como Zaragoza, que han sido admitidas como inaplicables, cuando menos de momento, por otros sindicatos.

En este espíritu anarquista, pues sigo creyendo que, en aquellos momentos, anarquista, más que ninguna otra cosa, es el movimiento 22 de Marzo, sus impulsores temen. Saben lo que pasa cuando un movimiento se pone en manos de, digamos, un PSOE, una UGT, unas CCOO o una Izquierda Unida. Las cosas cambian, porque un Gobierno, que jamás pactará (porque, la verdad, no tiene por qué hacerlo) con el 15-M o Democracia Real Ya, que son fistros que no se sabe muy bien qué son ni a quién representan; un Gobierno, digo, en cuanto ve siglas que conoce y con las que se sienta en el debate político y social, ya se queda más tranquilo. Porque con ésos sí que puede (no sólo puede; es que suele) pactar.

Hemos hablado poquísimo, en estas primeras diez notas de Mayo del 68, de la figura de François Mitterrand. Pero eso se va a acabar pronto, querido lector, porque pronto tendremos que citarlo. A la fecha que recensionamos, Mitterrand no pasa de ser un político más que, en la Asamblea Nacional, se levanta para putear al Gobierno con lo que está pasando en la calle. Pero pronto será algo más. De hecho, si hemos de atenernos a los hechos ocurridos, al pequeño detalle de que Daniel Cohn-Bendit ha terminado de eurodiputado de una formación verde, Jacques Sauvageot ni está ni se le espera, etc... y que Pacote fue Président de la République, ya me diréis quién sacó requesón de todo aquello, y quién no.

Yo creo que eso mismo, esa misma deriva, es la que Cohn-Bendit estaba tratando de evitar en aquella asamblea. Estaba tratando de evitar que Mayo del 68 terminase en una reunión en cualquier mesa imperial de cualquier ministerio del centro de París, con señores sonrientes que se dan la mano después de haber firmado un papel. Porque los anarquistas no firman papeles sobre mesas imperiales. Los anarquistas se quedan con el papel, las mesas, las sillas y las paredes, o mueren en el intento.

Si esa era la intención de Daniel, le salió de puto culo.