lunes, diciembre 03, 2012

Soixante huit (6: el primer cráneo roto, y la primera barricada)


De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto y quinto capítulo.

Resumen de lo publicado: En Hobbiton todo el mundo se hace lenguas con que los nasgul están de camino con el cuchillo de capar entre los dientes, dispuestos a dejar la Tierra Media en Tierra a secas. Los ánimos, ya de por sí exaltados, empeoran cuando los hobbits se enteran de que Sauron pretende tomar medidas disciplinarias contra ocho de ellos, entre ellos el propio Gandalf el Rojo. Llevando al extremo el célebre refrán para dos días que me quedan en el convento, me cago dentro, ocupan la Tierra Media, echando a los pocos hombres que hay por ahí a hostia limpia; situación que los Rojirrim, siempre tan solidarios, aprovechan para ofrecerse a los hombres para llevarse por delante a sus presuntos amigos los hobbits.

Así están las cosas cuando Sauron anuncia la clausura sine die de Hobbiton.l

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En la foto, el trío de ases de mayo del 68. De izquierda a derecha: Alain Geismar, Jacques Sauvageot, y Daniel Cohn-Bendit.







Los argumentos de Grappin son bastante claros. Durante la jornada del jueves, 2 de mayo, buena parte de los actos académicos previstos no han podido tener lugar a causa del boicot estudiantil; “parece evidente”, afirma, “que las libertades de expresión y de trabajo tradicionalmente respetadas en las facultades han sido conculcadas”. Por lo tanto, a partir de las 9 de la mañana del día siguiente, 3, la facultad de Letras de Nanterre queda clausurada hasta nuevo aviso. Por su parte, el Ministerio de Educación afirma en una nota que espera recuperar las clases en la semana siguiente, con la excepción de las tres facultades que han concitado la mayor parte de las protestas: sociología, sicología y filosofía.

La prensa francesa, de tono en general conservador, saluda la clausura en sus ediciones del día 3 con indisimulada crítica hacia los estudiantes. Lo más sorprendente de todo es la reacción de L’Humanité, que incluye en su portada un suelto a tres columnas, que se titula Los falsos revolucionarios y carga, una vez más, contra el movimiento estudiantil, y muy especialmente contra “el anarquista Cohn-Bendit”.

En Le Monde, una de las vacas sagradas el periodismo francés, Robert Escapit, escribe: “cuando pasen diez o veinte años, Daniel Cohn-Bendit y sus amigos serán decanos, rectores, ministros, o lo equivalente con cualquier otro nombre. Y espero que afronten la rebelión de sus propios estudiantes con la misma moderación de la que han hecho gala durante el conflicto de Nanterre”. Una ironía, en parte, clarividente; cuando menos en España, si hemos de creer a tanto decano, rector o ministro que dice haber estado en París en Mayo del 68, o comulgar con sus postulados.

La prensa comienza a entrevistar a enragés más o menos incógnitos. Lo que se lee en esas entrevistas parece sacado de la Puerta de Sol ayer por la tarde: Nous ne pouvons compter sur aucun des vieux partis, et encore moins sur les gaullistes. Tradúzcase la frase al español, cámbiese gaullistes por PP, des vieux partis por el PSOE, y se obtendrá un destilado perfecto del discurso dogflutish.

Al día siguiente, mientras el cierre se concreta y Nanterre amanece petado de lecheras, se celebra una asamblea en la Sorbona, organizada por la UNEF con la participación de la FER, la JCR, el 22M y el MAU. Es en esa asamblea donde aparece, al lado de Cohn-Bendit, el vicepresidente de la UNEF, Jacques Sauvageot (tras mayo del 68, se haría profesor de Historia del Arte en Rennes, desapareciendo de la vida pública).

A eso de las dos, la movida se repite, esta vez con la participación de miembros de la ESU (Étudiants Socialistes Unifiés; las juventudes del Partit Socialiste Unificat, de extrema izquierda) y de la UEC. Por cierto, el representante de esta última formación, cercana al PCF, es el único que no llama a participar en la manifestación del lunes 6.

A eso de las 3, cuando los estudiantes proponen seguir la asamblea en el interior, la administración de la Sorbona cierra con llave todos los salones de actos y bibliotecas del edificio. Además, los vehículos policiales comienzan a poblar el Quartier Latin. Comienzan las negociaciones, los dimes, los diretes, hasta entrada la tarde, cuando llega la noticia de que París ha sido elegida como sede neutral para las negociaciones entre Estados Unidos y Vietnam del Norte para acabar con la guerra asiática. Eso enerva
los ánimos, pero más les anima darse cuenta de los movimientos policiales en el Quartier Latin, claramente destinados a aislar la Sorbona. Los estudiantes cruzan un coche en la entrada de la galería paralela a la rue des Écoles, y se aprestan a defenderse en las escaleras del edificio. Ellos están esperando a las fuerzas de choque de L’Occident, que desde días atrás todo el mundo dice van a tomar la facultad.

Pero quienes entran son los policías.

Jean Roche (biólogo y médico, ex profesor del College de France), rector de la Universidad de la Sorbona, ha solicitado formalmente, por escrito, la presencia de la policía en el interior de las instalaciones académicas, tras consultar a los decanos y al propio ministro de Educación, Alain Peyrefitte (lo veremos dimitir por los disturbios de mayo del 68. Pero volvió, a partir de 1973, a ocupar carteras ministeriales en los gobiernos de Georges Pompidou y Valery Giscard d’Estaign. Peyrefitte, en todo caso, es famoso por haber escrito, tras varios viajes a China, un libro titulado Cuando China despierte, el mundo temblará, que fue un auténtico best-seller de su época y ha resultado ser premonitorio).

Entre los estudiantes se extiende el estupor. Los del 22M quieren poner barricadas y resistir, pero el resto de las organizaciones no está tan convencido. Finalmente, tras ser llamados a ello por la policía, salen de la facultad, en grupos de 25, fuertemente vigilados por les flics, hasta el metro de Saint-Michel. Algo más de una centena de estudiantes, sin embargo, son metidos en fragonetas policiales, que les llevan a diversas comisarías de la ciudad, Saint-Sulpice, Notre-Dame-des-Champs, Panthéon…

La gente que ha salido a la calle para coger el metro, sin embargo, no lo coge. Lentamente, a partir de las 5 de la tarde se concentran en la calle, espoleados por las noticias, rumores e invenciones varias que circulan sobre sus compañeros detenidos. Más o menos a las cinco y diez se lanzan las primeras granadas lacrimógenas. A las cinco y media, la policía ha limpiado completamente la plaza de la Sorbona y se aplica a sellarla a cal y canto.

De alguna manera, Mayo del 68, el Mayo del 68 que todo el mundo conoce y en el que participaron, activa y felizmente, unos 120 millones de españoles progresistas que se encontraban allí mismo durante esos días, comienza algunos minutos después, antes de las seis con seguridad, delante del liceoSaint Louis. En ese momento, circula delante del edificio el coche policial R 831, conducido por el brigadier Christian Brunet, con otros agentes. Ninguno se ha puesto el casco. Dos estudiantes salen de la nada, armados con sendos cascotes de la calle (el empedrado del París pijo fue, aquellas jornadas, oro molido para los manifestantes) y los lanzan contra el parabrisas del vehículo, que se rompe en mil pedazos. Uno de los dos cascotes le parte el cráneo a Brunet, que es urgentemente trasladado al hospital Lariboisière.

Las hostias se mueven. De la plaza Saint-Michel, donde policías y estudiantes han estado un buen rato intercambiándose saludos, pasan al boulevard Saint-Germain, mucho más cómodo para apuntar, por ambas partes. Delante del museo de Cluny, (Saint Germain esquina Boutrebie), un pequeño grupo de policías queda semibloqueado y recibe una auténtica lluvia de objetos; la carga policial para liberarlos no se para en barras, que se diga.

Al final del boulevard Saint Michel, en la entrada a la plaza Edmond Rostand, se construye la primera barricada de Mayo del 68. Y es en el asalto a esta barricada donde se usan los primeros cócteles molotov. Pero la barricada cae a las ocho de la tarde.

A eso de las nueve y media, los cafés del boulevard Saint-Michel están abiertos. Como cada noche.

En aquellas cafeterías con radio, los parroquianos pueden escuchar al rector anunciando el cierre de la Sorbona.